



Entre las muchas funciones simbólicas e iconográficas que cumplen los personajes femeninos de la literatura llama la atención, en el ámbito de la narrativa española de vanguardia histórica, la de representar la modernidad, la de ser indicio y prueba de que el mundo se ha trasformado, de que se ha hecho “moderno” y de que se han abierto horizontes de cambio para la sociedad. Así, son frecuentes los personajes que representan, por sí mismos o por oposición a otros, las contradicciones de una modernidad emergente que provoca sorpresa y desconcierto. La mujer como símbolo o indicio de la modernidad y de sus transformaciones llega a ser una constante en muchos de los textos de la vanguardia de los años veinte.
En este trabajo nos acercamos al tratamiento de los personajes literarios femeninos de la narrativa vanguardista como representación de los cambios ocurridos en la modernidad, tratamiento que estará mediatizado, como veremos, por una parte por la dualidad de sentimientos con que los escritores vanguardistas experimentan la modernización; por otra, por la ambiguedad con que entienden la feminidad. La transformación del mundo, la modernización de la vida cotidiana y los cambios en las costumbres y en la sociedad en general genera temor y desarraigo en los hombres del cambio de siglo, pero también les atrae y seduce. Frente a ellos la mujer se dibuja como el gran enigma de los nuevos tiempos, pues, si bien por una parte representa todo el esplendor de la modernidad, por otra no se descarga del peso que supone una tradición de siglos de preconceptos sobre lo femenino.
Existe en la idea de modernidad un aspecto plural. Matei Calinescu en su ya clásico Five Faces of Modernity, reconoce la existencia de dos modernidades distintas y en franco conflicto, la modernidad burguesa y la modernidad estética:
En algún momento de la primera mitad del siglo XIX se produce la irreversible separación entre modernidad como momento de la historia de la civilización occidental -producto del progreso científico y tecnológico, de la revolución industrial, de la economía arrolladora y los cambios sociales del capitalilsmo- y la modernidad como concepto estético. (1991: 50)
La primera de ellas, la idea burguesa de modernidad, continúa las principales tradiciones de periodos anteriores y mantiene vivos los valores de la triunfante civilización burguesa: la doctrina del progreso, la confianza en las posibilidades benefactoras de la ciencia y la técnica, el dominio del tiempo, el culto a la razón, etc.; ideas que se mantuvieron como “valores claves de la triunfante civilización establecida por la clase media” (loc.cit.). La segunda, la modernidad estética, la que dará lugar a una parte de las vanguardias y a la crisis cultural del cambio de siglo, muestra posiciones radicalmente antiburguesas -cuyo origen es para Calinescu netamente romántico- y rechaza la escala de valores de la sociedad tradicional. La dualidad entre las dos, una orientada a la racionalización de la vida y al progreso técnico y la otra al irracionalismo y a la desconfianza de los avances de la modernización, se mantendrá de distintas formas y con diferente intensidad en la cultura del cambio de siglo. La convivencia entre las dos tendencias se manifiesta en los sentimientos encontrados que el arte de las primeras décadas del siglo XX muestra con respecto al mundo cambiante de la modernidad.
Por otra parte se podría además establecer una correlación entre estas dos modernidades y un simbolismo de género. Existe una modernidad constructiva, plena de confianza en las posibilidades del conocimiento racional y de la técnica moderna, representación de una sociedad viril, racional y utópica que no cuestiona la modernización. Y hay otra que muestra toda la desazón de lo desconocido y de lo imprevisible y que reclama nuevas formas de expresión para una nueva sociedad, que rechaza el modelo burgués y que a menudo se asimiló a una forma femenina del mundo. A grandes rasgos, podría establecerse el mismo paralelismo entre los movimientos utópicos de vanguardia -cuyo mejor modelo sería el muy misógino Futurismo italiano- y un símbolismo masculino, de fuerza viril constructiva por una parte; y por otra, las tendencias críticas de la vanguardia, reflejo de la profunda ansiedad creada por la modernización -que representarían orientaciones expresionistas o dadaístas- y que dando un paso más podrían asimilarse con representaciones femeninas del mundo. La identificación de lo irracional con la mujer, de los discursos alternativos al modelo burgués imperante con lo feminino constituyó -y hasta cierto punto aún constituye- un paradigma aceptado1. Por otra parte, la racionalidad, el orden constructivo y utópico de la sociedad racional, se identificaba con el mundo de los hombres
Entendiendo de este modo la idea plural de modernidad vigente en el primer tercio de siglo y más especialmente en el ámbito de las vanguardias, podemos interpretar la aparición de toda una serie de personajes femeninos de la narrativa vanguardista en términos de representaciones de la modernidad. Pero para entender esta doble caracterización de la mujer moderna, es necesario remontarse antes al siglo anterior y a su idea de feminidad.
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