Inicio / Wikis / Monografías / La fémina insurgente: personaje femenino y modernidad en la vanguardia española de los años veinte - Repertorio de la mujer moderna

La fémina insurgente: personaje femenino y modernidad en la vanguardia española de los años veinte - Repertorio de la mujer moderna

Monografía creado por Marcia Castillo Martín. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/mcastill.html
17 de Septiembre de 2006
Historia de la literatura

3 - Repertorio de la mujer moderna

Una de estas “mujeres modernas” es Dorothy, de Naufragio en la Sombra de Valentín Andrés Álvarez, de 1930. Hija de un indiano rico, nacida y criada en Nueva York, Dorothy revoluciona durante las vacaciones de un verano el pueblo de su padre con su “acento extranjero y su esbelto tipo de neoyorkina”(84), sus maniobras al volante de un Packard, su dominio del tenis y su ausencia de sentimentalismo. El narrador, joven de vetusta nobleza y carácter abúlico, queda fascinado por esta mujer que posee una fábrica en Boston y que con espíritu pragmático quiere transformar el bosque ancestral en una importante y productiva industria. Al recordarla exclama, “¡Qué mujer! Era un espíritu emprendedor, espíritu de creación de los tiempos modernos” (147). Por bien de la ecología Dorothy regresará a Nueva York sin transformar los bosques españoles, pero eso sí, después de haberse probado “como en casa de una modista” (88) y sin mostrar la menor emoción, unos huesos que encuentra en el cementerio abandonado para comprobar por el tamaño si pertenecieron a su abuela. Dorothy representa la modernidad en lo que ésta tiene de cosmopolitismo ajeno al universo de una España atrasada y es, en este sentido, un modelo atrayente. Es además un caso raro entre los personajes que estudiamos, pues representa una idea triunfante y utópica de modernidad. Lo más frecuente es que estos personajes presenten una dualidad más marcada, que provoquen una continua oscilación entre la atracción por lo nuevo y el temor a lo desconocido y al desarraigo. El personaje narrador, amante de la tradición, de la naturaleza, que posee tierras que no explota y un castillo que no moderniza, no puede sustraerse a la fascinación de esta jovencita de apenas dieciocho años y que sin embargo sólo percibe en la naturaleza materia transformable en industria.

La seducción que estas mujeres provocan es casi una constante en las novelas, si bien, no siempre del mismo modo. La nueva mujer provocará tambien desazón, sorpresa e insatisfacción en los personajes masculinos, principalmente cuando se niegan a plegarse al ideal cultural según el cual se espera que actúen. Así, en Pájaro Pinto de Antonio Espina (1926), Andrea, cuando el protagonista del relato le confiesa abiertamente que “yo he venido aquí a enamorarme” y quiere conocer los sentimientos de la joven preguntándole si está “un poco” enamorada de él, responde sin inmutarse: “en absoluto chico”(1926: 47). También Valentina, de Efectos Navales de Antonio de Obregón de 1931, se niega a aceptar el ideal del amor cuando confiesa descaradamente a su fascinado amigo Néstor, “si crees que voy a ser tuya porque no tengo a nadie en el mundo, te engañas” (1931: 51). Valentina, hija de un millonario alemán y de una francesa, se ha criado en un ambiente cosmopolita y arrastrará a Néstor a una vida de depravaciones y aventuras. En el Grand Hotel y en medio de los comensales presos de sus etiquetas burguesas “hacen irrupción los jerseys fulminantes” de Néstor y Valentina. “¡Los señores son demasiado modernos!”, se atreve a comentar el Maître (1931: 82). El amor entre ellos se hace poco a poco imposible sin que a ciencia cierta conozcamos más causa que la actitud transgresora de Valentina, quien prefiere entregarse a destructivas aventuras con hombres que la maltratan. Hacia el final de la novela Néstor echa la culpa a la “época que nos ha colocado en esta triste situación” (141) y Valentina llora por primera vez en su vida. Esta súbita emoción sorprende enormemente a Néstor, quien se siente tentado de avisar al médico. Valentina contradice así el retrato emocional clásico de la heroína romántica, sensible e indefensa. Ella no desdeña codearse con criminales ni visitar barrios de mala nota plagados de peligros, es más, ello constituye una de sus aficiones, un “turismo desenfrenado”, nos dice el narrador, que no despierta en la intrépida joven temor alguno.

El rechazo del amor romántico y del sentimentalismo es otra de las características de muchos de estos personajes. Así, la alegre Celedonia, de la que ya hemos hablado más arriba, mientras viaja como “camarada” con Agliberto quien por su parte ama a otra mujer, asegura que “cuando me case, si es que me toca casarme alguna vez, recordaré con alegría este viaje de novios, sin noviazgo y sin...amor.” (1930: 88). Tanto Valentina como Dorothy o, en cierto modo, Celedonia, muestran una llamativa ausencia de sentimientos que choca con la idea de la fragilidad emocional femenina. Ellas no son mujeres a las que haya que proteger sino que son mujeres de las que hay que protegerse, pues arrastran a los hombres en el torbellino de sus aventuras. Así ocurre con Agliberto, el jóven ingeniero que ha estudiado -dice- “para confeccionarme un porvenir a la medida y adquirir derecho a una existencia segura y garantizada” (1930: 137) y que, arrastrado por Celedonia a una aventura insensata, “en vez de trabajar en la conquista de Mab, aceptaba aquella peligrosa compañía, comprometiendo así su felicidad soñada” (1930: 79).

También Proserpina de Proserpina rescatada del mexicano Jaime Torres Bodet, publicada en España en 1931, es una mujer moderna que no puede ser amada. Delfino Castro-Valdéz, médico que estudió con Proserpina en la misma Facultad, evoca su figura de mujer enigmática, “desproporcionada, romántica, mitológica” (1931: 22), “mujer vencida por la civilización” (52) y única de las estudiantes que iba y venía entre los cadáveres acariciándolos (34-35). ésta contrasta además con su enfermera y futura novia, Hortensia, a la que describe del siguiente modo: “Tan rectilínea, tan pura, tan exigente de los trabajos bien hechos, de la ropa muy limpia, de los mandiles acabados de planchar” (15). Simbolizada por el color blanquísimo de su bata de enfermera y representada como una “pequeña vestal” (13), Hortensia encarna la estabilidad absoluta. Frente a ella resalta el dualismo irracional del mito de Proserpina, eternamente robada y devuelta, cíclica como todo lo femenino, fuerza inestable que vuelve de las profundidades de la tierra. Proserpina, o mejor dicho Dolores Jiménez que es su verdadero nombre, es una mujer moderna por excelencia. Nacida a bordo de un trasatlántico5, fue una estudiante de medicina brillante, amada y criticada a partes iguales. Delfino sólo se encuentra con ella en hoteles de grandes ciudades, en “citas impersonales en un despacho, en una clínica, en un salón de té” (65). La fascinación por Proserpina está siempre unida a la zozobra que provoca en el protagonista una mujer que vive en “esos conventos laicos, los grandes hoteles” (151) y que pertenece a un tipo nuevo de mujer: “esa generación de señoritas para quienes el mar no es sino un producto de los trasatlánticos, el amor una condición de los cinematógrafos, el verano una propaganda de una playa de moda” (50).

Pero Proserpina, aunque ha sabido labrarse una profesión y una independencia sorprendentes, paga su transgresión de mujer moderna con la soledad, con el abandono de todos cuando se encuentra en su lecho de muerte, junto al que llama a Delfino después de muchos años de no verse.

La idea de la transgresora castigada, de los peligros que acarrea la modernidad abrazada sin cautela, es también bastante frecuente en los textos de la vanguardia española. Se observa una tendencia a cerrar los relatos que en nada concuerda con la ruptura estructural de la novela que defendían los escritores de la deshumanización6. Estos finales consisten a menudo, como comentábamos, en el “castigo” del personaje femenino transgresor. Así, ya hemos visto que Proserpina paga su independencia y su negativa a entregarse a un amor convencional con la soledad al final de su vida. Silvia, en Luna de copas de Antonio Espina, es calificada de “fémina insurgente” y aparece, al volante de su veloz automóvil, adornada con todas las gracias de la mujer moderna. Su alma, nos dice el narrador:

Se halla quizá demasiado alerta. Se nota en ella un temor muy justificado a caer en cualquier servidumbre del pasado. La servidumbre del romanticismo no se le va facilmente de la imaginación. (1929: 118)

Sin embargo, tras entregarse a Arturo Sheridan, un misterioso personaje con el que tiene un hijo, pierde la razón. Aunque el encuentro amoroso se ha visto subvertido enteramente, pues Silvia acude a la cita armada con una Browning en el bolso, no así las dramáticas consecuencias de entregarse a las pasiones. También Gloria Locke -protagonista de una de las Tres novelas frívolas de Félix del Valle, de 1930-, conductora, bailarina de Charlestón, tenista y amante desenfrenada, “perfecta mujer de hoy” que “representa la turbia y equívoca criatura de vanguardia en el ejército frívolo” (1930: 41), acaba sus días cansada de “lo nuevo”, refugiada en un convento de México. Y es que si novelistas, narradores y personajes masculinos se ven deslumbrados por las mujeres “modernas” no pueden por otra parte sustraerse totalmente a la idea de feminidad decimonónica aún vigente en aquel momento. Buena muestra de ello son, como ya hemos visto, los numerosos textos en los que el teórico de la deshumanización, el filósofo Ortega y Gasset, despliega sus ideas sobre la mujer y lo femenino. La enorme influencia de Ortega sobre los narradores vanguardistas va más allá del dictado estético de la deshumanización, atañe también al plano ideológico y muy particularmente al concepto de feminindad.

Los peligros de la modernidad son evidentes: el desarraigo y la desestructuración social, la imposiblidad de la intimidad y de las relaciones, el desánimo y la insatisfacción. Pero también es innegable el advenimiento de una nueva moralidad que ha de liberar a los hombres de ese férreo estuche weberiano que es la sociedad burguesa. Así, ciertos personajes femeninos representan una modernidad distinta, menos aparente pero más profunda en cuanto que contestan la sociedad en su conjunto. El autodescubrimiento y la toma de conciencia forman parte de sus características principales. En Primero de Enero de Jaime Torres Bodet de 1933, Gonzalo Castillo, hastiado de su vida de triunfador social se entrega a la búsqueda de un sentido vital que encontrará al conocer a Rosa Snickers. Rosa une a su independencia de mujer moderna que vive sola, mantiene a su hijo fuera del matrimonio y rechaza el amor sentimental, un nacimiento pseudo-heróico. Es huérfana desde la cuna y fruto del amor imposible de sus padres, perseguido él por asesino de un presidente y por besar a su novia en pleno día frente a la Escuela de Tiro. El encuentro con Rosa despierta en Gonzalo la conciencia de su vida inútil y el deseo de reemprender el camino de la autenticidad vital. Esta toma de conciencia se realiza especialmente por el contraste entre la transgresora Rosa y otro personaje, Marina, la esposa del médico Montearroyos. Marina es la afirmación sin fisuras, la aceptación incuestionada del mundo y de la cultura establecida:

sólo la esposa de Montearroyos parecía estar convencida de sus recursos, tener en orden el total de su alma, de sus papeles, (...) llevaba una existencia agitada, también inmóvil: la existencia de un pasajero (...) La transportaban las calles, como los corredores un pullman (...) lo que se hace en los trenes para perder el tiempo que sobra, (...) lo hacía Marina todos los días: escribir postales, masticar caramelos de menta, descifrar los rompecabezas de los periódicos. (1934: 72-73)

Como ya vimos en el caso de Proserpina y Hortensia -o ahora de Rosa frente a Marina-, el contraste entre la mujer moderna, transgresora y rupturista con el modelo tradicional, proporciona la medida del ideal y del modelo a combatir. También Blanca, una maniquí de modas liberada en Hermes en la vía pública de Antonio de Obregón, se opone a Adela, rica heredera destinada al matrimonio, caprichosa y sin voluntad. O Maritere, de “Medusa artificial” de Francisco Ayala, mecanógrafa que trabaja fuera de casa y lucha por su independencia, se opone a su hermana que aunque trabaja lo hace como costurera sin abandonar el hogar paterno. La dualidad de los personajes femeninos, es tambien frecuente en las novelas de Benjamín Jarnés y remite en cierta medida a la distinción tradicional Eva/Maria. César Pérez Gracia lo expone así en La Venus jánica:

Dos conceptos de mujer pugnan por aflorar de forma dramática en las páginas jarnesianas. (...) Un tipo de mujer que se identifica con el mundo y un tipo de mujer que se indentifica con un mundo diferente a éste. (...) Dos tipos de pedagogía femenina, dos polos, de los que los personajes de Jarnés son una constante dialéctica dramática. La virginidad de Adriana y Blanca, o la inacabable serie de amantes de mayor o menor frivolidad. La rivalidad entre madre e hija en Paula y Paulita; entre hermana mayor y hermana menor, en Julia y Blanca ; entre Carlota y su madre; o la dualidad Matilde-Rebeca, el conflicto es de una tenacidad inexorable. Esos dos conceptos de la virgen y la meretriz, rigen lo más profundo de la mente europea, y acaso de la universal. (1988: 100)7

Una vez más ni las mujeres más modernas escapan a la tradición. Puede que ahora las simpatías del escritor estén más orientadas a la mujer de carne y hueso, sea prostituta o simplemtente mujer moderna, que hacia la virgen espejo de perfecciones y virtudes. Lo llamativo es que la dualidad permanece, la distinción maniquea de la feminidad sigue pesando en medio de la anhelada modernidad.8

Otros personajes, como Boina Azul en El hombre de los medios abrazos de Samuel Ros de 1933, toman conciencia de sí mismos y de la falsedad de su situación. Tras un accidente de automóvil en el que pierde un pecho, la joven señorita ve cercenada su feminidad pero recupera la auténtica consciencia de su individualidad. Como ella dice, “no era más que una señorita y no comprendía lo que le separaba de una mujer”, mientras que ahora tiene “ganas de escandalizar, de ser maleducada y arremeter contra todas las personas con las impertinencias” que piensa. (1933: 65). Boina Azul asume su compromiso de mujer moderna cuando de lo meramente superficial -su indumentaria de garçonne y su veloz automóvil-, pasa a reconocer la verdadera novedad, la necesidad de rechazar los convencionalismos que oprimen la vida de una “señorita”. Ya sea por el despertar a la lucidez de los personajes que se relacionan con ella, (como en Primero de Enero) ya sea por la propia autocomprensión (como en este caso), la modernidad del personaje femenino representa en gran medida un rechazo de los convencionalismos.

Una vertiente crítica de la vanguardia deshumanizada se muestra, aunque sea tímidamente, en estos personajes rupturistas, osados y desafiantes. Personajes que reclaman una nueva moralidad y un nuevo papel pero que, sin embargo, acaban plegándose al peso de muchos estereotipos. La toma de conciencia, el despertar a la realidad de la identidad personal, se realiza muchas veces a través del verdadero amor y de la relación con un hombre. La trasgresión es, como ya hemos visto, frecuentemente castigada en los finales de las novelas y las ideas sobre lo femenino siguen siendo cuando menos algo anticuadas. José Díaz Fernández, nada sospechoso de reaccionario por otra parte, declara en La Venus mecánica que “un latino no podrá nunca contemplar a la mujer sino como una deidad caprichosa y terrible” (1930: 40)9. También la modernidad es en gran medida una deidad caprichosa y terrible, seduce pero también asusta. La modernidad es para la vanguardia, femenina en lo que tiene de inquietante y desconocido. Masculino es el poder del dominio que la era moderna proyecta sobre el mundo. Masculina es la imagen del progreso doblegando la naturaleza, de la velocidad reduciendo el tiempo, y de la metrópolis racional y tecnificada. Pero el sentido de lo desconocido, de lo inescrutable de la modernización y de lo impredecible del futuro mantiene su identificación con un universo femenino.

Valora este capítulo:
Autor y licencia de 'La fémina insurgente: personaje femenino y modernidad en la vanguardia española de los años veinte - Repertorio de la mujer moderna'
Marcia Castillo Martín Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/mcastill.html CopyLeft
Este contenido ha sido recopilado por el equipo de Wikilearning. Todo el contenido recopilado se ha obtenido respetando y comunicando en nuestro site la licencia de cada fuente.
Wikilearning tiene permiso expreso por escrito de los autores para publicar los contenidos que ha extraído de otras webs, incluyendo su uso comercial.

Opiniona sobre 'La fémina insurgente: personaje femenino y modernidad en la vanguardia española de los años veinte - Repertorio de la mujer moderna' (0)

Tu nombre debe tener tres caracteres como mínimo.
Es necesario que te des de alta con una cuenta de correo válida.
Es necesario que te des de alta con una cuenta de correo válida.
El contenido del título de tu opinión debe tener tres caracteres como mínimo.
Es obligatorio que selecciones una valoración del recurso.
El contenido del comentario de tu opinión debe tener tres caracteres como mínimo.

Opina sobre este monografía



* Valoración:
* Nombre:
* Correo electrónico:
* Título:
* Comentario:

Wikis relacionados con 'La fémina insurgente: personaje femenino y modernidad en la vanguardia española de los años veinte - Repertorio de la mujer moderna'

La actividad autorial de Max Aub en torno a la plaquette “A” nos ilustra las... Más »
Este trabajo se enfocará en tres figuras diferentes que la mujer ocupa en la poesía... Más »
Nabokov participa del concepto tradicional de genio a través del cual se piensa al autor... Más »
Después de veintiocho años de la publicación de El beso de la mujer araña, de... Más »
Este concepto, considerado hasta ahora como un simple mito por la ciencia occidental, está en... Más »
¿Estás seguro de que deseas eliminar este capítulo?