La imagen literaria de Eros en la Antología Palatina, Libro V - Erotismo a través del cuerpo (contemplado o deseado) de la mujer
3 - Erotismo a través del cuerpo (contemplado o deseado) de la mujer
III.1 El cuerpo de la mujer, en V, A.P., es una visión radiante, fuente de erotismo ( `imeros), preludio para el deseo de amor, el sexo que la implacable belleza ( kallos) exige. En el libro XII de A.P. los amantes anhelan cuerpos jóvenes de hombre; el libro V celebra formas de mujer. Eros ama los cuerpos, los contempla y tiende a ellos. El sentimiento surge con la espontaneidad de un proceso natural. El sufrimiento de amor, los límites, que existen, vienen de otra parte, nunca de contener éticamente (o culturalmente) el impulso sexual o culpabilizarlo. Acostumbrados como estamos a ciertos frutos de la cultura semítica y cristiana, donde el cuerpo es relegado o bien sublimado -recuerden el amor cortés y sus derivaciones-, la poesía griega antigua -sus esculturas, su pintura- nos seducen más justamente por esta diferencia de presupuestos. Eros -donde nombro al dios estoy nombrando el instinto que provoca, que es anhelo a veces, a veces cumplimiento sexual acabado- es la fuerza rectora en los procesos de creación del universo. Por Eros - Erws- se acoplan los opuestos -Tierra y Cielo en los orígenes cosmogónicos según Hesíodo27- y se perpetúa el ritmo-'rutmos'- en que el mundo consiste.
Los epigramas palatinos imaginan al dios -Eros alado28, Erotes helenísticos29-, niño veleidoso y cruel- Deinos Hrws deinos (176)-, dulce y amargo -gluku kai dusupoiston dusupoiston pikron aei kradia (163)31 -, lanzando de su aljaba las saetas de amor hasta clavarlas en el corazón - ep´ emhn iobolei kradihn 32- de los amantes. El dardo es fuego y abrasa - anihron d´ek puros hke belos)-, es un aguijón34 -kai trumew, kradih te buqw pelemizetai oistrw (235)-, el hombre se siente preso, perdida la libertad en otro -en d´ara demois keimai eleuqerihs ouk epideuomenos~(249)-35 , naufraga -yuchs pnigomenhs kumati kupridiw (235)36-, tiene la locura de amor -oude tis allh anera nosjizei prhxis erwmanihs-(293)37. Amor arrastra, domeña - ilkei gar m´okrtvn (64)-, es irresistible (64)38, ciega la razón y la voluntad39. No se puede huir de él40. Símbolo del amor es la abeja: clava un aguijón, inocula veneno - kentron rwtos (163)41; pero también como la abeja liba el amor las flores y es dulce su miel -kai meli men stazeis upo ceilesin hdu jileusa (32)42-. Amor atrapa con su anzuelo venenoso -kentromanes d´agkistron ju stoma (247)43, perros rabiosos clavan los colmillos -lusswwn taca pikron Erws enephxen odonta eis eme (266)44. El amante recibe una herida -Elkos cw ton rwta (225)45, llora, camina hacia la muerte- ek d ´oligodranihs kai moron eggus cw (236)-46. Amor es jugador de pelota con los corazones -Sjairistan ton Erwta trejw (214)47. Amor juega los destinos de sus amantes en una azarosa partida de dados-.48
El deseo sigue a la contemplación de la belleza. En el poema 177, Meleagro imagina un bando sobre Eros49 porque éste ha escapado del lecho. En la punta de ingenio final, el poeta dice haberlo encontrado, guarecido en los ojos de Zenófila
Mas aquí está, vedlo, en su guarida. No te me escapaste,
arquero, en los ojos de Zenófila escondido.
Me interesan estos dos versos porque apuntan una manera particular de concebir el deseo amoroso: éste se funda en Eros, dios e impulso, pero ahora que se escondió en la mujer hará que los dardos de amor surjan de la mirada de ella50. La amada como procedencia de las flechas, la lumbre, el amor, seguirá múltiples caminos de desarrollo desde la tradición del amor cortés provenzal, poesía italiana renacentista, poesía española de Cancionero y de los Siglos de Oro.51
El libro V de A.P. recoge algunos poemas en los que el deseo surge, sin embargo, a pesar de la vejez, e incluso de la fealdad manifiesta52:
No es amor el deseo de poseer a la que tiene hermoso aspecto,
fijándose sólo en el buen criterio de los ojos.
Antes bien, ver una fealdad y, blanco de sus flechazos,
amarla y perder la cabeza y arder de pasión,
eso es amor, eso es fuego. Porque la belleza gusta a todos
por igual cuantos sus formas saben distinguir (89: Marco Argentario)
Siempre así en flor estés ; mas si algún sarmiento enojoso
de arrugas te llega, me resignaré, pues te amo. (227: Macedonio Cónsul)
Son poemas que me interesan por la original solución amorosa que presentan y que -con aportes diversos- tendrá desarrollo en la tradición humanística occidental. En A.P. el amor es afectado por la limitación que sobre todas las felicidades impone el mundo imperfecto: así, en nuestra colección de epigramas el amor es amenazado por el tiempo que todo lo acaba, y el deseo es precario porque el sexo nunca colma la codicia de unión perfecta53. Surgen el desaliento, la decepción, la queja amarga. Estamos ante un tema y unas formas que la tradición romántica54, inglesa o alemana, Cernuda entre nosotros, desarrollará ampliamente. Frente a la imperfección de las formas sensoriales, el poeta puede afirmar -así lo hace la A.P.- su voluntad de amar más allá de las apariencias. El cuerpo es corruptible, no el amor. Espiritual, el amor se vuelve eterno: un sentimiento -una idea-, no su accidente55. El amor, así entendido, como el tránsito del objeto erótico a la persona amada, el único ser, puede perdurar más allá, incluso, de la muerte. Esta derivación significativa no está presente, sin embargo, en V, A.P, porque la dimensión ultraterrena ha sido descartada de los poemas amorosos, entretenidos los amantes en el aquí dichoso del amor.
En el amplio muestrario de situaciones y actitudes sexuales que es V, A.P., la propuesta habitual, sin embargo, es la complacencia ante la belleza, el deseo porque el cuerpo y sus formas están en sazón -wria kallosunh-, tersas de juventud o incitantes de madurez. La descripción de la mujer sigue un canon poético, una selección de motivos y tonos, un material conocido en el contexto literario. A.P. usa lo que existe, y con ello, recrea, combina, amplía, supera a veces, se pone en situaciones de convencionalidad límite para sorprender, de repente, con una punta de ingenio o un esguince imprevisto.
Un epigrama tras otro, el cuerpo de la mujer se repite en la descripción que el poeta/amante hace de él. Los poemas de V. AP habitúan al lector -y le hacen esperar- la mención de unas determinadas partes del cuerpo y no otras. Reelaboran una tópica de atributos y propiedades, creando una precisa atmósfera de recepción en el lector. Éste -en la costumbre- multiplica y se contagia -como si fuera un juego de espejos o un laberinto de ecos- del erotismo posado en el cuerpo de la mujer, sus adjetivos, sus imágenes, sus símbolos. Cabellos, ojos, mejillas, cuello, muslos, sexo. Exhalan perfume, son ambrosía y néctar, llevan luz de oro, fuego, blancura de nieve, rosas y rojos. Fulguran y deslumbran. Hay gracia, encanto, voluptuosidad, delicadeza, deseo, morbidez, suavidad, seducción. La mujer, sus besos, lo que promete, el acto de amor, son dulces como la miel. Si no se puede gozar a la mujer -muchos son los obstáculos- entonces el sentimiento es amargo. El adjetivo dulce -`hdu- es uno de los omnipresentes en la poesía erótica griega y en nuestro V, A.P. Traduce una apetencia del objeto, la codicia de poseer eso que es tan agradable, lo que gratifica suavemente los sentidos y el espíritu. El erotismo de V, A.P. busca dichas voluptuosas, no violencias carnales o espirales sentimentales. Apetece indolencias, morbideces, incita más que excita según nuestro sentido pornográfico del sexo. No tiende hacia la novedad creciente, busca la repetición - el “de nuevo” lírico: dhute- de lo que gusta. Eros, el sentimiento, el objeto de amor -la mujer-, el acto sexual, son naturales y sagrados. Representan lo fascinans -fascinante- de la existencia, aquello que atrae, seduce, encanta, el fulgor de la belleza . Es por esto que la lectura de los epigramas palatinos deja en el lector -por encima de otras impresiones- un sentimiento lírico: es el halo luminoso que el amor y la mujer posan sobre todas las cosas de este mundo, dignificándolas. No empaña quizá esta visión última de los poemas el hecho de que los poetas, muchas veces, se permitan emplear puntas de ironía, o exhiban temas/formas/actitudes/tonos que, desde otra perspectiva se pueden considerar escabrosos, vulgares o cínicos.
III.2 RETRATO DE LA MUJER -OBJETO ERÓTICO- EN V, A.P.
La mujer tiene cabellos seductores. Gustan si son rubios, si son morenos, si tienen canas56; pueden ir sueltos57, en cascadas de rizos58 o recogidos59, enmarcados por guirnaldas de flores60, bajo un pañuelo o velo61. Los ojos son de oro. Destila fuego la mirada. Tiene ojos de novilla. En el acto de amor su mirada languidece o relampaguea62. Las cejas enmarcan la mirada, son pobladas, negras, hermosas63. Gusta la sonrisa dulce, sensual64. Las mejillas tienen la propiedad del cristal, son blancas65. Blanco es también el cuello, luminoso y erguido66. Suaves son los brazos cuando ciñen, de nieve y rosa67. Los tobillos llevan ajorcas de oro, son bellos, orgullosos68. Blancos o de plata son los pies69. Las formas de la mujer son esbeltas, deliciosas, hay esplendor, parecen divinas70. La piel es mórbida, tiene tersura, seducción, destila ambrosía y néctar71. El aliento es dulce72. Su charla73 es amena, sus labios parlanchines... Ella contonea provocadoramente las caderas74. Las piernas son apretadas, las rodillas de ambrosía, los muslos blancos y suaves75. La boca y los labios son placenteros, semejan a la purpúrea rosa, dulces y sabrosos como la miel y el néctar, frescos como el rocío76. Motivo erótico constante son los pechos: blancos como la leche, las manzanas, la nieve; risueños, semejantes a las rosas; saben a miel; erguidos y de esplendoroso fulgor excitan y encantan77. Las formas del cuerpo femenino se transparentan, desnudas y excitantes, entre las aguas, mientras el hombre contempla la escena del baño La melena cae sobre los hombros; pechos, nalgas, sexo se dejan entrever, palpitan y ondulan a través del movimiento del agua78. Recreando eróticamente el juicio de Paris, el poeta se imagina juez en una competición de sexos. Nalgas, muslos, piernas, sexos -cristal, rosas, néctar, hoyuelos, oleaje incitante- surgen en medio de una completa desnudez79. Describiendo la unión sexual, el poeta se fija también en las nalgas, piernas, sexo de ella80. Ella lleva vestidos que transparentan, túnicas que ciñen, velos que tocan los pechos, joyas que rodean y, tal vez, son innecesarias81. Un grupo de poemas recrean -convirtiéndolos a los fines eróticos- el género de los epigramas votivos: el amante o el propio poeta ofrecen a los dioses -Cipris, Príapo-, en calidad de exvoto, objetos que estuvieron presentes en la noche amor: sostén, sandalias, guirnaldas...82
III.3. AMOR FURTIVO Y OBJETO DE DESEO MÚLTIPLE
Robemos los besos; Ródope, y los deleitables oficios
de Cipris tan arriesgados. Es dulce esconderse
de la mirada de los guardianas que todo lo captan, y sabe
mejor el lecho furtivo que el de todos sabido. (219: Paulo Silenciario)
El tipo de amor preferido en V, A.P. es el amor extra-conyugal, tal como se formula en 219 (Paulo Silenciario) -jwria lektra, el lecho furtivo-. Los poemas de la Antología proponen un repertorio diversificado de formas de satisfacción erótica, donde el deseo proviene de cualidades y atributos múltiples. Las relaciones se establecen con casadas, doncellas, prostitutas, mujeres que deciden sexualidad variada y libre. No importa la condición social, color de la piel o relación familiar: altas damas o sus criadas, negras, madre de la amante. Se recorren todas las edades: desde la joven primeriza, a la joven ya experimentada, la mujer madura en sazón, la mujer adulta que comienza a envejecer, la mujer vieja. Se puede satisfacer el deseo sexual con varias personas en el mismo lecho, tener varios amantes a un tiempo, practicar el acto de Cipris en todas las formas y posturas. El eros homosexual -ya entre hombres, ya entre mujeres- es rechazado con vehemencia, a veces con ambigüedad cínica. La recusatio viene impuesta por la temática elegida para el libro V que lo opone al XII. La ocasión de la condena, sin embargo, es aprovechada con frecuencia para la mención insinuante o la descripción regocijada del acto homoerótico. Si el morbo aberrante -se recomienda en una ocasión, por ejemplo- fuera incontrolable, la muchacha podría ser penetrada como si se tratara de un joven, imaginando que lo es efectivamente.83
III.4. IMAGINACIÓN
En una situación erótica frecuente en V, A.P., el poeta imagina el acto de posesión de la amada: a veces es otro hombre (“ella debajo de otro”; “ambos bajo la misma manta”) a quien el poeta imagina gozando, despertándosele en el pecho celos ardientes; a veces es él quien ha conseguido la entrega de la amada (sueño erótico); en un subgrupo de epigramas, el poeta imagina el contacto con ella de un objeto cualquiera (mosquito, copa, viento, el sueño, una rosa), sintiendo envidia y deseo vehemente de ser él uno de esos objetos que tal gloria obtienen.84
III.5. CONTEMPLACIÓN DEL DESNUDO FEMENINO
Una situación erótica ampliamente recogida en V, A.P. son las escenas de desnudo femenino. El poeta/amante contempla el cuerpo desnudo de la mujer durante el baño, con ocasión de una competición de desnudos, en el acto sexual, a través de las ropas que porta sugerentemente. La visión se detiene en las partes sexuales femeninas: éstas surgen abiertamente o (entre)aparecen a través de las túnicas, el agua, la mano.85
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