La imagen literaria de Eros en la Antología Palatina, Libro V - La antología palatina, una imagen literaria del erotismo
1 - La antología palatina, una imagen literaria del erotismo
(...) Que después
de mis carnes, en el corazón y en los huesos se me mete
ya ese amargo Eros con ansia que todo lo devora 238 (Paulo Silenciario)
El pudor no va con Cipris 253 (Irineo Referendario)
y sus pechos blancos como la leche, hermoso par, excitante 56 (Dioscórides)
nada más dulce que el amor 170 (Nóside)
El libro V de la Antología Palatina (antología de epigramas griegos realizada en el siglo X d.C.1) recoge un corpus extenso de 3102 epigramas de temática erótica3, escritos por poetas de la Antigüedad en un período de tiempo que abarca desde el siglo V a. C.4 hasta el siglo VI d. C.5 Es la Antología Palatina escritura, literatura -desdoblamiento estilizado- que hicieron los hombres antiguos sobre la vida: Eros, el deseo y el acto sexual6; también los sentimientos de amor, la exaltación o el sufrimiento7. La homogeneidad en palabra y pensamiento que mantiene el corpus palatino a lo largo de un período de tiempo tan extenso, permite fijar cuáles fueron las formas eróticas -y el sentimiento- que la Antigüedad hizo suyas para explicar -y crear literariamente- el suceso de eros. Ateniéndome al marco del simposio, me interesa saber cuál fue la imagen que del sexo se forjó la Antigüedad, a través de un género literario preciso -los epigramas eróticos-, y cómo ese imaginario colectivo reaparece, en comunidad de pensamiento y expresión, en otros autores y otros géneros poéticos griegos y latinos (bucólica, lírica, elegía).
Quiero insistir en el hecho de que estamos ante una imagen del amor/sexo, imagen literaria. Cualquiera que sea la diferencia que va entre la vida y la literatura, entre los hechos que nos suceden y cómo los explicamos para que otros los lean8, filtro de palabras que necesariamente irrealizan, esa es la distancia que hemos de tener en cuenta para comprender el exacto valor de la Antología Palatina. Allí, por ejemplo, un poeta, Rufino9, en el siglo II d.C. hace una descripción y elogio de la mujer, en estos términos :
Ojos de oro, mejillas de cristal y placentera boca
más que las corolas de las purpúreas rosas,
terso cuello de mármol, pechos de esplendoroso fulgor
y pies más blancos que los de la argentina Tetis. (...).(48: Rufino)10
Inmediatamente sabemos que el poeta está dándonos un objeto de deseo y una mujer soñada por las metáforas y la mitología, no una mujer real: la mujer del poema nace en forma de imagen, como estética o literatura. A veces, como ocurre en el ejemplo que les he puesto, la literatura se recarga de tradición, reelabora figuras que vienen de un canon, piezas de un juego sabidas por todos, y son estos entonces, los elementos convencionales, los que son forzados a comunicar nuevamente, a fin de que exista un tipo de acto individual y una eficacia emotiva. La mujer del fragmento que les leí -se tratará en otras ocasiones de la expresión de un sentimiento o del relato del acto de amor- ha sido desrealizada siguiendo dos caminos:
i) mediante la aplicación de metáforas, claramente identificables con una tradición literaria -la luz de la mirada como oro; mejillas que son cristales; la boca, un cáliz de flor; el cuello es mármol-;
ii) estableciendo la excelencia de la amada con respecto a los seres (puede tratarse de los mismos dioses11 o de objetos excelentes12) que sirven de base a la comparación
Rufino quiere dar un temblor de deseo a la descripción de la mujer: adjetiva entonces sensorialmente (cáliz purpúreo, blanco cuello, pies más blancos); destaca la cualidad placentera (deleitable: terpnoteron) de la boca13, posa la mirada en los pechos de ella, atribuyéndoles un esplendoroso fulgor (sthqea marmaironta, pechos fúlgidos como el mármol). A través de estos últimos elementos el retrato se carga de sexualidad anhelante: atraen el beso, dirigen la mirada y el tacto. Pero tampoco aquí construye nada nuevo Rufino: el receptor de un epigrama erótico conoce -y espera- la mención -frecuente en ellos- a los besos, los pechos.
El hábito literario, sin embargo, -convenientemente utilizado- no disminuye la eficacia comunicativa: surge, por una parte, la erotización en el marco simposiaco donde todo predispone al regocijo con el vino, el amor y las palabras; y la habilidad artística de los poetas puede conseguir la vitalidad de los poemas más allá del contingente receptor originario. Me pregunto hasta qué punto los epigramas eróticos griegos, leídos desde nuestra contemporaneidad, -se añaden otras tradiciones eróticas, hay distintas concepciones del amor y la vida, nuevas formas literarias-, pueden resultar “efectivos” artísticamente. Luis Cernuda, recuerda la impresión que le provocó en el verano de 1936 la lectura de la Antología Palatina: le atraen -dice- la expresión concisa y la justeza de pensamiento de los epigramas griegos14. La sintonía con la poesía de A.P. tiene que ver, -también, con las formas de eros, su sentimiento y expresión.
El poema de Rufino que vengo comentando maneja una imagen de la mujer siguiendo una tópica que incita al amor y crea deseo. Finaliza -uso de la punta de ingenio- con un contraste que nos sorprende. En el dístico elegíaco último se nos dice que la mujer -esa mujer tan bella- ya no es tan joven: sus cabellos tienen canas
si ya entre tu pelo, acá y allá, algunas espinas resaltan
no prestaré yo mi atención a esas blancas vetas.15
El poeta/amante desdeña los signos de envejecimiento, el deseo es aún posible. El valor significativo de esta situación es múltiple, partiendo de una red estable de alusiones y referencias internas en A.P.:
a) El poema se articula sobre el tópico de la belleza aún16, presente en muchos otros momentos de V, A.P.: Es en 62 (Rufino) donde encontramos la formulación precisa del tópico Oupw sou to kalon cronos esbesen (“Aún no ha extinguido el tiempo tu belleza”). La juventud, nos dice el poeta, permanece en restos (ti polla leiyana ti polla le esthken mitrhs gumna peridromados), y ella sigue siendo tan deseable como antes. El poema, además, contiene la mención a los pechos -hermosos todavía- de ella: oudo to kallos tvn ilarvn mhlwn h rodou exejugen (y no se esfumó de tus risueñas manzanas el blanco o el rosa) El motivo de los pechos es común igualmente a 13 (Filodemo )17: khn stenois ti keina ta lugdiva Kenia mastwn / esthken mitrhs gumva peridromados (“y en su pecho aún se yerguen los pezones aquellos de sus senos/ de mármol, desnudos de sujetador que los ciña”)
Es evidente la fuerte erotización que sobre el retrato de la mujer madura realiza la mención a los pechos intactos. En el poema de Filodemo la conservación de la belleza adquiere, además, las propiedades del prodigio: ella tiene 60 años, aún son negros los rizos de sus cabellos, su rostro no lleva arrugas, y surgen libres y erguidos sus pechos18
b) El tema de la belleza aún lleva por un cauce establecido de referencias y asociaciones al tema del tiempo y sus tópicos, tempus fugit, ubi sunt, memento senctutis, memento mori, carpe diem. De forma creciente a partir del siglo IV-III a. C. los epigramas de temática erótico-convival van ocupando -y aún sustituyendo- la primacía poética que hasta ese momento comparten elegía, yambos, poesía mélica. Entre las diferentes formas poéticas, tejidas en el ocio de los banquetes o triunfantes para la publicación de antologías, se va fijando cierta comunidad de espíritu, coincidencia -y variación- de palabras, temas, situaciones, actitudes. Es un contagio de naturaleza literaria -influencias, variaciones a partir de la imitatio, recreaciones en otro género- pero también, antes y esencialmente, hay una comunidad de civilización, una precisa identidad de pensamiento y sentimientos. Cada cultura fija la forma adecuada a la respuesta particular que concede al problema de la vida y el lugar del hombre en su transcurso. La Antigüedad griega, desde la épica, la dramática, la narración, el pensamiento filosófico o la lírica es el mundo que se preguntó con obstinación por el tiempo, inseparable del vivir, injusto porque nos arranca bellezas y placeres, trágico porque nos conduce a la muerte. Frente al destino del tiempo, se alza la queja dolorida, pero también y consecuentemente, la urgencia de gozar porque la vida, en su instante perfecto, es la única ocasión -irrecuperable- de tener sentidos y florecer.19
Bañémonos, Pródica, ciñamos coronas y echemos sorbos
de vino puro, cogiendo las copas más altas.
Breve es la edad del placer; después, en el tiempo que queda,
la vejez lo impedirá y la muerte que es el fin. (12: Rufino)
Esto es vida y sólo esto: la vida es placer; ¡Fuera las penas!
Breve es para el hombre el tiempo de vida. ¡Pronto el vino!
¡Pronto los coros y guirnaldas amigas de las flores! ¡Pronto las mujeres
Goce yo hoy de lo bueno, que nadie sabe el mañana! (72 :Paladas)
Encontramos en estos epigramas una nueva expresión del tópico carpe diem unido al marco simposiaco. Porque ambos, vida y placer, son breves, es preciso no perder tiempo, apresar aquello que nos gusta, rebosar la copa de vino y el deleite de amor. El banquete es el contexto ficticio de celebración al que refieren los dos poemas, pero puede ser, además, el marco real20 de audición de los mismos. Allí, en el banquete presentado por el poema, -figurado, metafórico de significación- pero también en el mundo cierto de los comensales que escuchan el poema, en la lascivia presente de flores y música, los hombres pueden aplazar el mal y la muerte. Me interesa señalar cómo los dos poemas enlazan con el género próximo de la elegía21 refiriendo -a manera reflexión y expresión gnómica- el tiempo que pasa, la cercanía de la vejez y la muerte, la ignorancia en que todos los hombres yacen respecto al mañana. Cualquier lector/receptor de la Antigüedad, y nosotros también, sería capaz de tender el puente referencial que lleva a determinados poemas de Arquíloco, Minnermo, Simónides, Teognis y otros poetas yambógrafos y elegiacos griegos.
En el poema 12 la formulación del carpe diem sirve al poeta, además, para un fin preciso: la muchacha, Pródica, es exhortada a tomar placeres mediante el argumento del memento omnes senecturi esse, memento omnes morituri esse. El poema no contiene textualmente la apelación al amor, pero posibilita la interpretación en este sentido por otros medios: me refiero a los implícitos contextuales, la red de relaciones semánticas que unos poemas establecen con otros22. En el sistema poético que la A.P. forja, donde ningún poema es algo nuevo, sino repetición monótona, eco siempre de palabras, el eje de lo paradigmático actúa en cada momento particular para sobreimponer significados, valores, trasmundos poéticos. Los tópicos se refractan en motivos, se establecen combinaciones, unos motivos lleva a otros, una mención contiene muchas. Así, la invitación a gozar del amor de 12 (Rufino) se ilumina, por ejemplo, si leemos:
Con celo guardas tu doncellez, más ¿qué ganas ? No es bajando
al Hades, muchacha, donde hallarás un amante.
Entre los vivos están los placeres de Cipris, joven,
más en el Aqueronte huesos y polvo seremos (85: Asclepíades)
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