



Las Redes de Comunicación van a jugar un papel decisivo en el futuro inmediato modificando nuestro entorno y nuestros hábitos y prácticas sociales. La sociedad de la información se constituye sobre los dos pilares de la informática y los nuevos sistemas de comunicaciones. Nos interesa ahora saber en qué medida van a afectar a los elementos constitutivos del sistema literario.
Lo primero que debemos analizar es el papel del libro mismo. El primer gran cambio que se percibe es la separación de textos y soporte, es decir, la separación de información y soporte de la misma. Debemos preguntarnos si la información contenida en el soporte libro es susceptible de ser digitalizada. Hace más de una década que prácticamente todos los libros que se producen son digitales antes de pasar al soporte papel, característico del libro. La presencia del libro, su tradicional imagen, su condición de objeto (su peso, sus medidas, el espacio que ocupa en nuestras bibliotecas) nos hace ignorar que ese libro ha sido casi con toda seguridad escrito por su autor en un ordenador y conservado en algún soporte magnético. Si no ha sido el autor quien lo ha hecho directamente, alguien a su servicio o la editorial misma se habrá encargado de hacerlo. Así lo demanda la tecnología de edición hoy existente. Muchas editoriales, revistas, etc. no aceptan ya originales si no les son remitidos junto con un disquete ajustado a unos formatos determinados. La reducción de los costes que este cambio de proceso permitía y sus ventajas respecto a las viejas tecnologías de impresión, maquetación, fotocomposición, etc. fueron tan evidentes, que fue el propio sistema editorial el que impuso la necesidad de comprar un ordenador a los autores para aceptarles sus originales.
Sin embargo, estas consideraciones, casi siempre olvidadas, suelen dar paso a otras más centradas en los procesos creativos.
¿Modifica en algo un texto el hecho de que sea compuesto con un instrumento u otro? ¿Es diferente un poema si se escribe con pluma de ganso, máquina de escribir o con un ordenador? Sabemos que algunos autores consideraban que era imposible escribir poesía en una máquina de escribir tradicional (ni siquiera eléctrica) y que sólo eran capaces de desbloquearse, poéticamente hablando, deslizando sobre el papel la punta de su pluma.
Marshall McLuhan, refiriéndose a la máquina de escribir, señalaba que estaba había intensificado los efectos normalizadores de la imprenta, pero también había producido efectos de autonomía respecto a ella y experimentación disgregadora hacia aspectos propios de la oralidad:
Que la máquina de escribir, que llevó la tecnología de Gutenberg a todos los rincones de nuestra cultura y economía, haya generado dichos efectos orales, es un típico cambio de sentido. Esta inversión de la forma se da en todos los extremos de tecnologías avanzadas, como ocurre con la rueda en la actualidad.
Como ejecutante, la máquina de escribir estableció una estrecha asociación entre la máquina de escribir, el discurso y la publicación. Aunque de forma meramente mecánica, en algunos aspectos actuó más como una implosión que como una explosión.
En su carácter explosivo, y confirmando los procedimientos de la imprenta de tipo móvil, la máquina de escribir tuvo un efecto inmediato sobre la regulación de la ortografía y de la gramática. Se sintió enseguida la presión de la tecnología de Gutenberg sobre una ortografía y una gramática «correctas». Las máquinas de escribir provocaron una enorme expansión en la venta de diccionarios. También crearon innumerables y sobrecargados archivos que dieron nacimiento a las empresas de limpieza de archivos de hoy en día. No obstante, al principio, no se pensó que la máquina de escribir fuera indispensable para los negocios. Se daba tanta importancia al toque personal de la carta manuscrita que los puristas descartaron la máquina de escribir para usos comerciales. Sin embargo, pensaban que podía ser de utilidad a escritores, clérigos y telegrafistas. Incluso los periódicos se mostraron tibios hacia la máquina durante un tiempo (M. McLuhan, Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano; Barcelona, Paidós, 1996, p. 271; Understanding Media. The Extensions of Man, 1964)
La máquina de escribir era una pequeña imprenta, pero esta vez en manos del creador, que podía experimentar con sus posibilidades. McLuhan pone como ejemplo los poemas de E.E. Cummings y su peculiar espaciado entre palabras y líneas.
Varias décadas después, el generador de la fobia es el ordenador respecto a la máquina de escribir: algunos autores necesitan sus viejas máquinas de escribir (la de toda la vida) para poder componer sus textos. Otros, con menos problemas tecnológicos, trasladan las dificultades al entorno de la creación y sólo necesitan tener el mar o la montaña a la vista (recuérdese la escena de Madame Bovary en la que Flaubert, burlándose de las manías románticas, hace hablar a León de "un músico célebre que, para excitar mejor su imaginación, acostumbraba a ir a tocar el piano delante de algún paraje grandioso", II parte, cap. 2).
Indudablemente, la escritura con el ordenador tiene sus propias características. Ha sido estudiada ya por algunos autores centrándose, principalmente, en los fenómenos de estructuración y revisión que permite, y sobre los mecanismos del pensamiento. Nadie duda de sus ventajas en una oficina, por ejemplo. Sin embargo, algunos autores claman contra la informatización de la creación y confunden el instrumento informático de la escritura (la pluma, la máquina de escribir, etc. son también instrumentos tecnológicos) con los procesos creativos. Hablan de la deshumanización y de la entrada de la máquina en el terreno humanístico. El temor a la máquina (miedo ancestral) hace pensar no en que los ordenadores sustituyan a los libros, sino en que lleguen a sustituir a los propios autores. Conforme las máquinas se convierten en elementos más complejos, el miedo a ser sustituidos por ellas (p. ej., los puestos de trabajo en la industria o en el sector servicios servicios) aumenta. Sin embargo, los libros los fabrican máquinas en un proceso que va desde la tala de los árboles (hacha o sierra eléctrica), reciclado de trapos, baños químicos para su blanqueo, etc. El libro no es un objeto simple, natural; es un producto de alta tecnología perfeccionado por su uso a través de los siglos, que ha ido buscando su forma idónea a lo largo de la historia. Convertir el libro (papel encuardenado) en una especie de objeto ecológico, naïf, frente a las nuevas tecnologías no es más que una forma de autoengaño o de ceguera cultural.
Precisamente por su perfección, por su depurada evolución como objeto a lo largo de la historia, el libro tiene asegurada larga vida en la medida en que no es fácilmente sustituible en muchas de sus funciones, prácticas y entornos. Pero, no debemos olvidarlo, los libros impresos y los manuscritos convivieron durante varios siglos, o, lo que es lo mismo, la imprenta no supuso la desaparición inmediata ni del manuscrito ni de la cultura que soportaba, sólo su transformación progresiva.
Desde el punto de vista de la creación, creo que es más efectivo preguntarse qué puede aportar el nuevo medio. En este sentido hay dos direcciones distintas por las que podemos dirigirnos.
La primera se refiere a la autonomía productiva. El autor puede ser su propio editor, es decir puede controlar todo el proceso de edición de su propia obra. La informática le provee de todo tipo de herramientas de producción (procesadores de textos, programas gráficos para la ilustración, etc.). En sus manos están también los dispositivos, hardware y software para llegar directamente al público a través de las redes de comunicación. Esta independencia es importante desde varios puntos de vista. En primer lugar, otorga una autonomía creadora, ya que no necesita de esos filtros que supone el mundo de la edición impresa, en el que la decisión está en manos de los editores. Esto hará aflorar un número mayor de textos, que se alejarán de los sistemas tradicionales y se acogerán a la edición electrónica. La posibilidad de la edición masiva de textos no significará necesariamente un aumento de la calidad, sólo eso, un aumento de los textos en circulación. La frustración del autor rechazado se sustituirá por la también tradicional del autor poco leído, que existirá siempre.
El otro aspecto importante de la creación deriva de las posibilidades que el nuevo medio permite. Nos referimos al nuevo tipo de "textos" que puede generar. Hasta hoy tenemos más o menos claro lo que es un "texto" y lo que es un "libro". El "libro", como soporte, limita lo que puede ser el "texto". La escritura, por ejemplo, deja fuera del texto elementos paraverbales expresivos que son propios de la palabra oral (diferenciación de voces, volumen, entonación expresiva, elementos rítmicos, etc.). El nuevo medio puede transmitir textos escritos (sólo cambia el soporte), pero también permite la creación de nuevas formas hipertextuales y multimedia. En este sentido, el nuevo"texto" integra todos los recursos disponibles en el nuevo medio, es decir, escritura, imagen estática, animación, vídeo, sonido, música, etc. Es indudable que esto permitirá desarrollar unas nuevas formas artísticas. Que llamemos a esto "texto" o no, que llamemos a los que los realicen "escritores" o no, es un problema de denominación. Las nuevas "enciclopedias" multimedia incorporan imágenes, vídeo, música, palabra audible y textos escritos. Decidir si son "auténticos libros" o no es un problema clasificatorio que no evita que sean una realidad y cumplan una función. Ya sea como hipertextos (nueva forma de organización y fragmentación de los textos), ya sea como multimedia (integración de medios expresivos tradicionalmente separados), el concepto de autor variará por extensión de sus ámbitos de trabajo.
Mayor autonomía y nuevas formas expresivas integradoras parecen ser las dos incidencias más importantes en el campo de la creación que el tiempo se encargará de ir colocando en su lugar. En el nombre de la pintura se criticó inicialmente a la fotografía; hoy nadie duda que la fotografía pueda ser una forma expresiva o artística, que por el hecho de utilizar una tecnología diferente a la tradicional y milenaria en el campo plástico no se la pueda considerar dentro de las artes plásticas.
Hemos señalado ya algunos elementos que afectarán a la industria editorial. Los cambios aquí son de un orden distinto. Las editoriales son empresas que fabrican un determinado objeto: libros. Si aparece un nuevo soporte susceptible de acoger los contenidos que tradicionalmente se encerraban en los libros, las editoriales pueden hacer dos cosas: ignorar el nuevo medio alegando que eso no son "libros" o incorporar a su producción el nuevo soporte. Debemos evitar siempre los planteamientos radicales: el nuevo medio no supone ni a corto ni a largo plazo la desaparición del libro, sólo la modificación del sistema al introducirse un nuevo elemento. Las editoriales, en cuanto empresas (las de mayor peso en el sector), ya se están introduciendo en este nuevo medio. Las ediciones multimedia que realizan se centran, por ahora, en aquellos tipos que resultan más acordes con los nuevos formatos por sus contenidos: obras de divulgación (científica, histórica, artística) enciclopedias, biografías, etc.
Las editoriales, como empresas que son, determinan sus proyectos según la aceptación que pueda tener entre el público comprador. En la medida en que estos nuevos productos sean aceptados por el público, se irá extendiendo su ámbito de aplicación a diversos géneros o tipos de libros.
Desde el punto de vista económico, la edición sobre soporte digital es mucho más barata que sobre el soporte papel. Esto permitirá introducir cada vez más cantidad de información en los soportes. Un beneficio inmediato de esto es, por ejemplo, la confección de ediciones críticas. Muchas ediciones de textos —por indicación de los editores, generalmente— limitan o eliminan el aparato crítico y bibliográfico porque en el mundo del papel la información ocupa espacio (número de páginas), y éste se traduce en dinero. Las ediciones digitales de clásicos, es decir, de aquellos que ya tienen tras de sí una gran producción de comentarios e interpretaciones, se verán beneficiadas. La edición de "obras completas" o de "obras selectas" serán también un tipo de publicación beneficiado por los nuevos sistemas. Permitirá también la recuperación de muchos textos cuya edición se había rechazado por estimar una baja demanda. La reducción de los costes hará que estos textos puedan ser puestos en circulación.
Los destinatarios de esta forma de edición serán aquellos lectores familiarizados con los medios informáticos y necesitados de gran cantidad de información, fundamentalmente, los universitarios. Se producirá una ampliación progresiva de ese público conforme se vayan introduciendo estos nuevos medios en los diferentes ámbitos sociales. Al igual que es en la escuela donde se enseña a familiarizarse con los libros, será en la escuela en donde las próximas generaciones se ejerciten en el uso de las nuevas tecnologías. Es significativo que la mayor parte de la producción multimedia que se está realizando hoy en día tenga un carácter didáctico claro y cuyo uso esté destinado a las aulas, individual o colectivamente (cursos de idiomas, enciclopedias, material de apoyo para diversas asignaturas: ciencias naturales, arte, historia, etc.). Esto acelerará la producción de nuevos tipos de textos digitales al aumentar el hábito de relación con estos productos.
Hay otros aspectos importantes que modificarán el mundo editorial. Los sistemas de redes permiten algo gravoso hasta el momento para las empresas: la publicidad de las obras. Las redes abaratan de forma radical este gasto y permiten dar una mayor información sobre cada una de las obras de su fondo. De esta forma se evita la decisión obligada de las editoriales de tener que esforzarse en la promoción de un número reducido de títulos y tener que dejar a su suerte a los otros de su fondo.
Los nuevos sistemas de impresión, combinados con la información a través de las redes, permitirán un nuevo sistema de edición: la impresión bajo demanda. Este será uno de los campos decisivos de desarrollo. Hoy en día los libros que se editan tienen que serlo en unas tiradas por debajo de las cuales no resulta rentable por el encarecimiento excesivo del ejemplar. No todos los libros van a tener los mismos lectores. La edición bajo demanda permite producir el número de ejemplares que los lectores necesitan. Este sistema no es nuevo. Es el que se seguía en el mundo de los manuscritos (la copia de encargo) y es el que se seguía mediante el sistema de suscripciones hasta que el sistema de tiradas masivas desestimó la necesidad de conocer cuántos lectores querían realmente una obra determinada. Tanto las obras de gran envergadura (la Enciclopedia, de Diderot y D'Alembert, p. ej., con 4.000 suscriptores) como las novelas por entregas del siglo pasado jugaban con el conocimiento del público al que se dirigían. Como señala Hipólito Escolar, refiriéndose a estas prácticas en el siglo pasado:
La suscripción proporcionaba al editor ingresos previos a la puesta en venta o inmediatos a la misma, con lo que disminuía la inversión. También el riesgo, pues si la suscripción no resultaba suficiente, bastaba con suspender la edición (H. Escolar: Historia del libro, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez/Pirámide, 1988, p. 543)
Los riesgos en el mundo de la edición digital son mínimos al reducirse los costes fijos que encarecen las ediciones. Lo que se requiere es un mayor esfuerzo de información sobre las obras y de detección de los públicos potenciales. Puede que se vendan doscientos libros, pero no habrá sido necesario editar 3.000.
Los libros dejarán de "agotarse" o quedar "fuera de catálogo" porque siempre será posible editar ejemplares sueltos. Incluso es posible que sea el propio lector el que realice la labor de impresión dirigiéndose a algún centro (ya existentes) de reprografía en el que podrá entregar el disquete recibido y le convertirán en papel encuadernado su edición digital en unos pocos minutos, de la misma forma que hoy dejamos nuestros carretes fotográficos para su revelado y positivado en papel. Todo esto no es futuro; son posibilidades reales que sólo esperán su conversión en hábitos.
Esto planteará, de hecho ya lo plantea, problemas legales de control de las copias. Si el lector puede realizar múltiples copias a partir de un solo ejemplar digital, el negocio editorial se resiente, sin mencionar los problemas del autor. Es previsible que se desarrollen sistemas de control de las copias, al igual que muchos programas informáticos limitan las posibilidades de duplicación. En cualquier caso, es un problema que tendrá que resolverse en el futuro y que afectará a toda la estructura de derechos (autor, edición, etc.) elaborados a partir de la conversión del texto en "objeto-libro". Todo este sistema, constituido desde el concepto de "propiedad" (intelectual, de la edición, etc.) y de derechos sobre ella, surge con el mundo de la imprenta y por la consideración de los "bienes" culturales e intelectuales como algo susceptible de tráfico comercial y, por tanto, productor de beneficios económicos. La situación, que no había cambiado sustancialmente desde la introducción de la imprenta, al verse modificada en sus condiciones de producción, tendrá que generar nuevas fórmulas de respeto de los derechos de cada uno de los miembros intervinientes en el proceso. Entre convertir a los autores en nuevos juglares, dependientes del favor del público para su subsistencia, e imponer mecanismos férreos de control que bloqueen las posibilidades del nuevo medio, es presumible que se encuentre alguna solución satisfactoria para todos.
En resumen, la incidencia sobre el sector editorial será alta, ya sea por el desvío de textos hacia la edición digital (que podrá ser realizado por los autores mismos, por nuevas empresas o por las mismas editoriales), por sistemas de edición dobles (digital e impresa) o por la producción de los nuevos tipos de "textos" multimedia. Esto, en sí mismo, no es ni positivo ni negativo; como cualquier otro cambio, será positivo para los que sepan adaptarse y buscar las nuevas posibilidades, y negativo para los que no se adapten a las nuevas necesidades que se planteen.
El sector distribuidor es un elemento intermediario cuya función en la colocación de los productos editoriales en los lugares de venta. En la medida en que las redes de comunicación posibilitan la distribución de los productos de forma casi instantánea hasta cualquier parte del globo, el sector distribuidor se verá afectado negativamente. Las posibilidades de suministro directo a los lectores o a las librerías en formato digital hace que su función se vea reducida. Hoy gran parte de las editoriales que se encuentran en la red incluyen formularios de pedido de libros ofreciendo distribución directa, sin necesidad de intermediarios. Esto no ha repercutido todavía sobre los precios de lo libros, pero lo hará desde el momento en que una parte importante (a veces excesiva) del precio del libro proviene del sector distribución (almacenamiento, transporte, etc).
En la medida en que vaya cambiando el terreno de juego, cambiarán las reglas y condiciones del sector. Si una parte del producto editorial no necesita ser almacenado, ni transportado, ni repartido físicamente, es lógico pensar que aquellos que se ocupan de estas funciones verán modificadas sus condiciones de existencia. Lo importante será saber cuál será la proporción futura entre producción digital y producción impresa, cómo irá evolucionando en el tiempo.
|