La imprenta, en su momento, jugó un papel similar en la transformación de la sociedad. Hoy, gran parte de nuestras actividades giran alrededor de la tecnología de la escritura que posibilitó la imprenta. A la tecnología de la palabra escrita se sumó la tecnología de la imprenta, que potenció sus efectos extendiéndolos por las capas sociales a las que la cultura del manuscrito no había llegado. De esta forma, una tecnología, la de la escritura alfabética, se introdujo de forma progresiva en prácticamente todos los ámbitos de la vida social hasta configurarla a su imagen.
En la actualidad, podemos considerar el sistema literario integrado por los siguientes sectores principales: "creación", "productivos-distributivos", "educativos" (en sentido amplio), "clasificadores" y "consumidores", tal como refleja el gráfico nº 1:
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Gráfico nº 1 |
Cada uno de estos macrosectores cumple una función básica dentro del sistema. El sector creación es el encargado de la producción intelectual de los textos. Es fundamental distinguir la materia informativa del soporte. Roger Chartier afirma: «los autores no escriben libros; no, escriben textos que se transforman en objetos escritos, manuscritos, grabados, impresos...» (El orden de los libros). Una obra literaria, una novela, por ejemplo, se materializa sobre un soporte determinado susceptible de reproducción.
No todas las artes mantienen las mismas relaciones con sus soportes. No es lo mismo una pintura al óleo que un grabado. En el primer caso, la pintura es un original único, mientras que en el caso del grabado está en su naturaleza ser reproducible. En el caso de la literatura, los textos son sometidos a procesos de producción material y a reproducciones sucesivas sin que se altere su condición textual. Esta última característica se adquiere a partir de la imprenta, ya que los procesos de reproducción manuales (manuscritos) introducían toda una serie de variantes, interpolaciones y errores en la transmisión. Cada manuscrito tenía un carácter hasta cierto punto único, no sólo por las diferencias concretas que pudieran producirse en el proceso de copia, sino por el carácter personalizado que muchos de ellos tenían.
Los sectores "productivos-distributivos" se encargan de la elaboración material de los textos, de su inserción en unos soportes determinados. En los cinco últimos siglos, el libro ha sido el soporte privilegiado de los textos. Tan es así que ha silenciado otras formas de almacenamiento y transmisión. La identificación libro/cultura ha sido uno de los ejes de la configuración del mundo occidental. El libro ha oscurecido otras formas culturales, especialmente las populares, que no eran recogidas en sus páginas. Las formas culturales de transmisión oral tuvieron que ser recolectadas (romanticismo) y puestas por escrito para salir a la luz. Hoy asistimos a un nuevo auge de la investigación sobre las formas orales, desde la lingüística (estudios sobre lenguaje coloquial) hasta la historia (fuentes orales frente a las documentales), pasando por muchas otras disciplinas.
Los sectores "productivo-distributivos" forman un entramado comercial que abarca desde la empresa editorial a las librerías (venta) cuya función es establecer unos canales que den salida a los productos textuales. De forma simplificada podemos señalar que unos agentes (editores) reciben unas propuestas de publicación por parte de los creadores intelectuales (autores). En sus manos está el decidir si el texto propuesto debe entrar en el circuito del consumo literario. Este carácter regulador es un elemento importante: supone el filtro de la producción. Mediante esa decisión, el texto pasa a ser "libro" o no; pasa a ser un objeto disponible socialmente o no logra pasar del estado de "original". Hay ya sobrados ejemplos de cómo este poder de decisión, este "gusto selectivo", por parte de las instancias editoriales ha contribuido a la configuración de un determinado momento cultural propiciando unos estilos, modas, etc., en detrimento de otros que han tenido que esperar mejores tiempos o, simplemente, no han llegado a publicarse. Otra decisión importante del sector editor es determinar el número de ejemplares que han de constituir la tirada. Fijar la tirada inicial supone también valorar las posibilidades reales del texto en el mercado. Aunque este factor puede ser corregido posteriormente con el añadido de otras ediciones para ajustarse a la demanda, la tirada es el momento de riesgo, desde el punto de vista editorial, ya que los costes que se arriesgan son los de la elaboración material del libro (coste de 1 ejemplar x número de ejemplares).
Una vez fabricado el libro, éste necesita de unos estamentos intermediarios (distribución) que lo hacen llegar hasta los lugares de acceso del público. Los libros son objetos que circulan, que han de ser transportados de un lugar a otro, que han de estar visibles en lugares especiales destinados a su exhibición, que han de ser dados a conocer por medio de diferentes mecanismos (publicidad, reseñas, revistas especializadas, etc.) para motivar a su adquisición.
Los libros han de ser depositados en ese espacio especializado que es la librería. Ese es su destino natural, el punto en el que buscamos de forma directa o aleatoria los textos de nuestro interés. Esta parte del sistema es fundamental, ya que es el espacio de relación con los libros y de su adquisición. El aumento de la producción y su diversificación ha hecho que este sector esté en permanente crisis durante las últimas décadas. Esta crisis se produce por la imposibilidad de ofrecer un fondo suficiente que mantenga una clientela que permita la subsistencia. Desde el punto de vista editorial se traduce en la búsqueda de otros canales y espacios para distribuir sus productos: grandes superficies, quioscos de prensa, venta a domicilio, venta por catálogo, etc. El problema reside en que las librerías no pueden absorber en sus espacios la producción editorial. Este problema de almacenamiento se traduce en un problema de oferta hacia sus clientes. La librería ha de elegir entre transformarse en "librería general" o en la "librería especializada" buscando reducir el campo de su oferta. Esta última posibilidad reduce, a su vez, el número de sus potenciales clientes teniendo que extender su campo de acción mediante mecanismos de detección de lectores pertenecientes al sector de su especialización (envíos de información a grupos interesados en el área seleccionada). Los puntos de venta cumplen (o deben cumplir) una función informativa hacia sus clientes, tanto en las notificaciones de las nuevas apariciones como en el contacto con ellos en el momento de la compra. Esto requiere unos mecanismos de establecimiento y detección de sus clientes potenciales, por un lado, y de formación del propio agente librero que debe conocer los libros de que dispone para poder informar adecuadamente a sus clientes y ayudarles en su decisión.
Junto a estos dos primeros sectores (producción creativa y producción-distribución física), se encuentran otros que regulan socialmente el tráfico o circulación de los textos y las condiciones de su consumo. El papel central que el libro ha jugado como vehículo en la formación de la cultura occidental hace que se sitúe en el centro de muchas prácticas sociales y que haya generado una serie de instituciones cuya finalidad es regular su consumo y circulación. Los libros no están simplemente ahí. Son objeto de estudio, de regulación, de clasificación, forman parte del curriculum de las personas, se agrupan formando parte de programas educativos, etc.
Desde el punto de vista de la educación, en la que el libro es el eje, ya sea como libro de texto, como conjunto de libros que se debe conocer para alcanzar un determinado grado o nivel, etc., podemos distinguir dos ámbitos que hemos denominado escolar y académico. En el sector escolar, los libros son estructurados conforme a unos niveles que son los que se han establecido para la adquisición gradual de los conocimientos. El nivel escolar garantiza las bases comunes culturales, el conocimiento compartido. Una serie de textos determinados son agrupados y estructurados conforme a unos determinados criterios fijados por la política educativa (centro educador, administraciones, familia, etc.). Estos libros son prescritos por esas instancias y dan lugar a la formación lectora inicial. Es en esta etapa cuando se forman, técnica y, en muchos casos, vocacionalmente, los lectores.
El sector académico, junto a la prolongación del escolar, cumple otras funciones que afectan a diferentes aspectos del sistema. También el sistema académico genera sus propios corpus de textos. Desde el mundo académico se producen las estructuraciones de los textos en forma de cánones, es decir, se establecen los agrupamientos de textos y los mecanismos de inclusión y exclusión culturales que caracterizan al sistema literario. El sistema literario es históricamente cambiante; se modifica conforme a la introducción de nuevos criterios que lo regulan. Podemos comparar programas educativos elaborados con una separación temporal suficiente para comprobar que los criterios y, por lo tanto, los resultados de su aplicación han variado. George Steiner señala un ejemplo de este tipo de cambios:
La ideología de la educación liberal, de un humanismo con bases clásicas dentro del esquema decimonónico de la cultura constituye una elaboración de expectativas específicas derivadas de la ilustración. Aparece a numerosos niveles, entre ellos la reforma universitaria, las revisiones de los programas escolares, la ampliación de la base educativa, la instrucción de los adultos, la diseminación de la excelencia a través de libros y periódicos de bajo precio (G. Steiner: En el castillo de Barbazul; Madrid, Guadarrama, 1976, pp. 65-66)
El sector académico es también productor de textos. Su producción, a su vez, está regulada por unos mecanismos específicos del sistema universitario (colecciones universitarias, tesis doctorales, revistas científicas, etc.). Esta producción genera también formas especiales de distribución y adquisición de sus propios textos, configurando mercados potenciales dentro del mismo mundo académico (estudiantes, especialistas, etc.) o hacia el exterior (divulgación, etc.).
No necesariamente vinculada orgánicamente con el mundo académico, la crítica constituye una importante institución dentro del sistema literario. Aunque sea su situación mucho más compleja, la función de la crítica es fundamentalmente valorativa y orientadora. De forma general, podemos decir que su función queda potenciada con el aumento progresivo del público lector desde el siglo pasado. La crítica es un punto de referencia, un elemento de orientación necesario en un mundo en el que la producción editorial desborda las capacidades lectoras de cualquier persona. La crítica se vincula también al desarrollo de los medios de comunicación y al aumento de su difusión. Es un medio informativo y formativo: notifica la aparición de los textos y los evalúa situándolos en un lugar dentro del marco general. Su papel se ve reforzado por el moderno aumento del gusto lector por lo nuevo frente a lo tradicional. Cuando el corpus de lecturas formativas estaba más delimitado y normalizado, el alcance de la crítica era más restringido. Al producirse un elevado número de nuevos títulos, la función de la crítica se hace más intensa y queda vinculada a los medios de comunicación ya sea mediante la inserción dentro de publicaciones generales (suplementos, secciones, etc.), ya sea dentro de publicaciones especializadas (revistas literarias, etc.), ya sea en medios impresos (prensa) o en audiovisuales (TV, radio). También la crítica contribuye a la formación del corpus literario y del canon. Tanto el silencio crítico como la manifestación negativa o positiva respecto a una obra condicionan su difusión y, así, su destino comercial. El aumento de información sobre las obras tiene resultados evidentes sobre un sistema que apenas recurre a formas publicitarias generales por lo variado de su oferta (el coste de un anuncio puede ser igual o superior al coste de la edición completa).
El aumento de la información ha llevado a la explosión de un sector que ha adquirido una importancia decisiva: el documental. El aumento masivo de la información genera un grave problema de manejo de la misma. Por encima de ciertas cantidades, la información puede no ser un bien, sino una causa de problemas. Las ciencias documentales se encargan de hacer que esas cantidades de información estén disponibles de forma rápida y eficaz. La moderna documentación no se preocupa sólo de archivar, sino de arbitrar sistemas de catalogación que permitan la localización rápida y selectiva de la información por parte de los usuarios. Mediante diversos métodos y prácticas, los documentalistas establecen sistemas de clasificación, reducen a formatos manejables los textos, los vacían extrayendo sus elementos básicos para poder realizar documentos de síntesis, agrupaciones de información conforme a criterios de recuperación, etc.
La biblioteca es un importante sector dentro del sistema. Inicialmente la biblioteca no tenía la función que hoy consideramos prioritaria: el acceso a sus fondos. Se limitaba al almacenamiento y, como consecuencia del aumento del número de volúmenes, a la clasificación de los libros y revistas. En ellas se realizan, hoy —a diferencia del pasado—, prácticas favorecedoras de la difusión de los textos. Las redes de bibliotecas públicas son un importante foco de difusión de la cultura y buscan su adecuación a las necesidades generales de los usuarios o, en su caso, la especialización. Sus criterios de adquisición de fondos contribuyen a conformar sus depósitos y éstos atraen a tipos característicos de usuarios. Son también una fuente importante de datos sobre la lectura gracias a sus registros de los movimientos de los libros, etc.
El público, los lectores son los destinatarios y consumidores de los libros. A través de librerías, bibliotecas, préstamos personales o cualquier otro sistema los libros circulan en cantidades variables y llevan sus contenidos por el cuerpo social. Sea por placer, por casualidad, por prescripción, los libros va a parar a nuestras manos después de recorrer diversos y a veces complejos procesos. En Occidente, todos somos miembros de una sociedad lectora.
Como conjunto, el público es una masa amorfa que se concentra esporádicamente alrededor de unos textos determinados. Cada libro tiene su público. Los autores, los editores repiten fórmulas tratando de recuperar el agrupamiento circunstancial que suponen los compradores de una obra, sin embargo, el determinar por aproximación quiénes van a ser los lectores o cuántos pueden ser es uno de esos aspectos en los que la experiencia y el conocimiento se mezclan con la intuición. La mayor parte de las veces desconocemos el destino de cada uno de ellos: en qué manos acabaron y a qué fines se destinaron. Tenemos cifras de ventas, pero no cifras de lecturas ni perfiles de consumo. Salidos de las librerías, los libros siguen un destino individual, atomizado, que hace casi imposible saber más sobre ellos. Los datos de que se dispone son demasiado genéricos para reconstruir la historia de un libro, como se podía hacer en el mundo de los manuscritos, en donde cada uno tenía su propia personalidad.
Todos los elementos señalados contribuyen a la configuración del sistema literario, entendido éste como el conjunto de prácticas y movimientos de circulación que rodean la producción, la distribución y el consumo de los textos en nuestra cultura.