"Melancolía:
Calle donde vivo, enfermedad incurable,
territorio donde crecen las más hermosas canciones,
los versos más exquisitos,
mejor que la tristeza, mejor que la alegría,
cerradura de la llave de los sueños,
hombro donde apoyar la cabeza, lágrima furtiva,
patria de don nadie, casa del viudo,
río de los que no saben nadar, [...]”
Joaquín Sabina
“Yo y mis palabras”
Magazine El Mundo (27/10/2002)
La melancolía, ya sea entendida como sentimiento o como temperamento, ha sido objeto de diferentes teorías a lo largo de la historia que, como es lógico, han venido condicionadas por la particular visión del mundo que presentaba cada época y los horizontes ideológicos, culturales y artísticos que se han ido imponiendo en cada momento histórico. Podemos considerar, por tanto, la melancolía o sus distintas denominaciones o manifestaciones más o menos científicas y/o filosóficas, como un lugar común en el propio pensarse el hombre a lo largo de los años. A través de la contemplación de ese devenir histórico y de los elementos expresivos y la estructura tópica que cada época ha generado en torno a la melancolía, encontramos marcas o indicios que nos ayudan a entender cómo se va configurando el hombre en sus manifestaciones culturales y, por tanto, como es su mundo y su forma de insertarse en él.
Desde distintas disciplinas como la medicina, la filosofía, la política, la literatura, el arte, la psicología..., se han realizado estudios e investigaciones tendentes a dirimir cuestiones relacionadas con la melancolía. En muchos de estos estudios, con el ánimo de concretizar y precisar al máximo estas cuestiones, se ha defendido la particular actitud melancólica de diferentes épocas, de algunas sociedades o de algún tipo de hombre en particular. En este sentido y con esta predisposición, se ha puesto especialmente de manifiesto la relación del Siglo de Oro español con el espíritu melancólico e, incluso, se ha hecho corresponder la identidad o el carácter hispánico con una particular inclinación a la melancolía y a su expresión artística.1
Entre los estudios que más llaman nuestra atención nos encontramos el artículo “El siglo de Oro de la Melancolía: Judíos, moros, místicos y cortesanos” publicado por Roger Bartra en 1997. En las primeras líneas de ese artículo se plantea la cuestión principal que se desarrollará a lo largo del texto: el autor se pregunta si pervive o no a finales del siglo veinte aquel particular espíritu melancólico español que se admiraba en el Siglo de Oro (Bartra; 1997, 28):
“Más de una vez, durante los últimos años, en América Latina nos hemos preguntado si todavía existe esa España melancólica cuyos humores negros cristalizaron en el Siglo de Oro y que fueron celebrados y/o deplorados durante siglos como uno de los rasgos de la identidad española”
La conclusión que se contiene en ese estudio certifica que esa particular experiencia o sentimiento melancólico, que se observa en muchas de las manifestaciones artísticas de nuestro país desde el siglo XVI, se acaba al tiempo que la dictadura franquista, coincidiendo su ocaso con el advenimiento de nuestra joven democracia (Bartra; 1997, 31):
“El fin del franquismo y el reino de los socialistas terminaron de enterrar el pasado melancólico. Pero desde América, la mirada de muchos intelectuales tiende a saltar por encima de las opacidades ultramodernas franquistas y postfranquistas; el “misterio español” sigue intrigando y aún fascinan la ferocidad de la guerra civil, las tristezas de la generación del 98, los terrores que invocó Goya y, así, en rápida regresión, hasta llegar a la melancolía de los siglos XVI y XVII”
Estas palabras son el punto de partida de este trabajo ya que intentamos demostrar que la melancolía sigue siendo un sentimiento o un estado que subyace en muchas de las producciones artísticas de finales del siglo XX y, por tanto, distintas obras, movimientos culturales o actitudes sociales se convierten en diferentes modos de expresar esa melancolía.
El desacuerdo con las conclusiones que se extraen de ese artículo se sustenta tanto si observamos cuál es la atmósfera cultural que se vive en estos últimos años en todo el mundo occidental como si nos detenemos en la particular situación política y social de la España postfranquista. De esta manera, y aunque este trabajo pretenda detenerse en el ámbito cultural español y en una producción artística muy concreta, como es el conjunto de canciones que componen la obra de Joaquín Sabina, es conveniente señalar algunas razones que demuestran la pervivencia de esa actitud melancólica en el artista en particular y, por extensión o porque proviene de ella, en la sociedad en general.
En los años 70 y 80 el hombre occidental atraviesa lo que se ha dado en llamar “postmodernidad” que se define, siguiendo a Lyotard, como el fracaso de las grandes revoluciones históricas, la caída de todas las utopías que se habían instaurado durante la Modernidad, el fin “des Grands Récits”. Evidentemente, ante este panorama de descentramiento y desmembramiento del sujeto triunfante de la Modernidad, el hombre siente una entrañable sensación de vacío y se encuentra sin disyuntivas. Y específicamente en España, durante la transición y los primeros 80 nos encontramos con una particular y contextualizada forma de melancolía que se expresa en diferentes manifestaciones artísticas como la literatura, la canción, el cine... (un ejemplo, sería la película El desencanto2 de Jaime Chavarri); en movimientos culturales como la movida3 y el pasotismo imperante o en actitudes políticas o sociales como la que se resume en la tan manida y desesperanzada frase: “Contra Franco vivíamos mejor”.4
Por tanto, este trabajo se apoya en la idea de la pervivencia de ciertas estructuras tópicas relacionadas con la melancolía, por lo que se puede tender un lazo entre los principales tópicos establecidos en el Siglo de Oro y una obra relativamente actual como la constituida por el conjunto de las canciones de Joaquín Sabina. A través de la obra de este autor se pretende constatar que esa secuencia diseñada por Bartra en torno al sentimiento melancólico en España no presenta una interrupción tajante y que la obra de Sabina, con sus propios matices y particularidades, es susceptible de ser analizada bajo las coordenadas de ese espíritu o sentimiento melancólico que ocupó todo el Siglo de Oro y que ha dado lugar a diferentes teorías e interpretaciones. Por tanto, consideramos, por las razones que se irán desentrañando a lo largo de estas páginas, que en Sabina concurren muchas de las características que en nuestros autores clásicos venían unidas a la melancolía y que gran parte de su obra puede ser interpretada atendiendo a esas relaciones.
Este trabajo inicialmente se plantea el estudio y el análisis, a la luz de las diferentes teorías establecidas con respecto al talento o al estado melancólico, de una canción de Sabina titulada “Calle Melancolía”. La elección, como se evidencia ya en el propio título, no es gratuita pero, además, ésta es una canción estandarte del universo poético del autor, una de sus primeras composiciones puesto que se inserta en su segundo elepé Malas compañías5 y, sin embargo, una canción que ha sido invariablemente recuperada, interpretada y actualizada por Sabina, elevada prácticamente a la categoría de himno en su repertorio musical. Para nosotros es ahora un texto a través del cual podemos desplegar un abanico de posibilidades de interpretación de la melancolía en la época actual. Nuestro objetivo no se acaba ahí puesto que “Calle Melancolía” no es una muestra aislada sino que la podemos utilizar como punto de arranque para establecer el haz de relaciones que esta canción mantiene con el resto de la obra del autor y conectarla con parte del andamiaje temático y de la estructura tópica de toda su obra y con una de las facetas más conocida de la postura pública del autor. En este sentido, Sabina recurre reiteradamente a adoptar una postura vital impregnada de un cierto pesimismo o melancolía, aunque con mucha frecuencia haya una tensión entre ese pesimismo y el recurso al humor, la actitud irónica, el sarcasmo o, incluso, el cinismo. En una entrevista ofrecida para la publicación española Efe Eme, el propio Sabina certifica lo que vamos a defender en este trabajo:
“He tenido mucho éxito, completamente inesperado en mi oficio. Y todas las mañanas me arrodillo, me doy cabezazos contra el suelo y doy gracias a Dios por haberme permitido estafar a la gente durante tantos años.... pero por dentro soy melancólico, pesimista... y eso no tiene arreglo”6
Aunque no han de bastarnos estas palabras para asegurar que por sus canciones corre el hálito de la melancolía sino que debemos ahondar en la obra para establecer en qué sentido se puede aseverar esto, sí es interesante acudir a afirmaciones de este tipo para contextualizar vitalmente lo que nos muestran los textos. Con este ánimo se puede acudir al “Prólogo” del libro Con buena letra, que muy recientemente ha antologado las letras de todas las canciones de Sabina, en el que el propio autor explica como en la adolescencia la escritura se convierte en una especie de antídoto contra el desengaño:
“A los catorce años [...] poseía mi cuaderno a rayas cada vez más lleno de ripios contra el mundo, mi guitarra cada vez más desafinada... y un plano del paraíso que resultó ser falso. Y la vida, previsible y anodina, como una tarde de lluvia en blanco y negro.
Después de referir sus éxitos y la consecución de sus objetivos profesionales, confiesa que todavía se resguarda de las recaídas melancólicas escribiendo canciones:
“Y cuando las cartas vienen malas y amenaza tormenta y los dioses se ponen intratables y los hoteles no son dulces y todas las calles se llaman Melancolía [...] escribo en technicolor la canción de las noches perdidas, para vengarme de tantas tardes de lluvia en blanco y negro [..]”
Finalmente, para apoyar la idea que se desarrollará en el grueso de este trabajo, no podemos dejar de citar las palabras con las que el poeta y crítico Luis García Montero sintetiza el universo poético de Sabina. Así, en el prólogo a Ciento Volando de catorce, expone “El mundo de Joaquín es real y matizado porque surge de la melancolía para desembocar en los impulsos irónicos” (García Montero; 2001, 7).