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La Mujer ventanera en la poesía de Carmen Martín Gaite - El advenimiento de una nueva "mujer ventanera"

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CopyLeft Monografía de Iñaki Torre Fica - 20 de Agosto de 2006
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3. El advenimiento de una nueva "mujer ventanera"

Ese gozne entre ambas ventanas se sitúa en el poema “Espiga sin granar” (pp. 41-42), y desembocará, en su forma más cuajada, en “Todo es un cuento roto en Nueva York” (pp. 88-92)14 . Han pasado ya quince años desde aquellos poemas de primera juventud, y Carmen Martín Gaite es ya una escritora consagrada que ha abandonado su Salamanca natal para residir en Madrid. En la primera composición asistimos a esa metamorfosis que parece operarse en la autora, antesala de la mujer que será. En lo formal, abandona el monólogo cuasi omnipresente en sus textos inaugurales y adopta un tono narrativo que derivará hacia el diálogo al concluir el poema. Se trata, a decir verdad, de un monólogo desdoblado, o un diálogo consigo misma. En él, hace gala de gran condensación conceptual y de un increíble poder metafórico a la hora de significar la necesidad de salirse de la imagen externa y convencional impuesta, para alcanzar la verdadera condición femenina. El vocablo espejo sustituye ahora al de “ventana”15 (pero, ¿qué es el espejo sino la ventana por la que asomarse a uno mismo?), objeto cargado de un densísimo simbolismo y aprovechado magistralmente por Carmen Martín Gaite en muchísimas de sus novelas (nuevamente, me veo obligado a recurrir a Nubosidad variable, que se teje sobre el bastidor del desdoblamiento especular, empezando por el doble protagonismo de las mujeres que dan carne a una historia de amistad). La antinomia verdad/apariencia (“el brillo mendaz de los espejos”) vertebra el discurso de un poema que gira el timón del romanticismo hacia una madurez conceptual y expositiva y en clara consonancia con las preocupaciones fundamentales de la mujer de hoy en día.

Nunca me acerco tanto a ser mujer
como cuando abanono mis palabras,
repliego el abanico
tras el que ensayo risas de gioconda,
desciendo del tinglado de mis gestos
por peldaños estrechos y gastados
y me quito en silencio, a oscuras,
los adornos.

Alguien está conmigo a quien no veo,
que me recoge el alma como un traje arrugado
y me la va subiendo de los pies a los hombros:
la mujer que seré.

No alcanzo todavía a mirar cara a cara
a esa mujer secreta, que apenas si aletea
cuando deja de oírme trajinar (…)

Nunca veré sus ojos de sibila.
Ahora porque no llego a ellos, de tan altos,
de tan imprevisibles,
y un día (…) sustituirán el brillo mendaz de los espejos
y abarcarán muy serios,
bajo un toldo de sombra
-¿por qué pienso tan seria a esa mujer?-
la figura lejana e irisada
de aquella adolescente
que soñaba una vez con conocerla.

El ansia por conocer ese futuro enigmático se vive a sabiendas de un cambio radical de actitud en el que el gesto primordial sea el de quitarse las máscaras y encarar la realidad apartando los velos de la vaga ilusión juvenil, “lejana e irisada”. Esta asunción de una nueva encarnadura femenina exige de la mujer que sepa habitar la soledad y encontrarse a gusto en una nueva habitación, el cuarto propio que para sí y para las demás de su género reclamaba a finales de los años veinte Virginia Woolf16.

El final de este duro itinerario lo encontramos en el poema “Todo es un cuento roto en Nueva York”, tal y como les anunciaba antes. Forma parte de esos poemas escritos una vez ha dejado a sus espaldas la niñez y la adolescencia y se traslada ahora a un nuevo y caótico escenario: Nueva York. El espacio exterior se ha ensanchado notablemente. En él, la calle es catártica: para el individuo desarraigado -como lo es la mujer que protagoniza el texto-, el anonimato de los espacios abiertos le permite dar rienda suelta a su identidad. El desarraigo, mezclado con la rebeldía, procede de un inconformismo nacido al calor de las cuatro paredes opresoras de la casa. No soportan las ataduras ni el encierro al que el bloque familiar las condena y les impide lanzarse al exterior. La calle es un recinto liberador al que acuden a cobijarse. La calle invita a tomar distancia y mirar desde fuera lo de dentro, da un quiebro a su punto de vista y lo amplía. Esta disolución liberadora en el río del tráfico y de los transeúntes anónimos no es sino una versión renovada y acorde con los tiempos, de los sueños románticos y panteístas que acosaban a Rosalía de Castro en su anhelo de fundirse con la Naturaleza y ser llevada por la luna hacia esos parajes remotos de paraísos inalcanzables.

Esta fusión de la propia individualidad junto al resto de individualidades que hormiguean en el decorado urbano aporta una lección de soledad que debe ser asumida. Una soledad deseada o no, pero soledad al fin y al cabo (“a palo seco”), en que la mujer se reconoce a veces en las imágenes de otras mujeres, un espejo que rechaza o que adopta. A lo largo del poema, se teje un campo semántico que abarca los términos referidos a la imagen (“lentilla”, “retina”, “ojos”, “guiños”), y éstos se oponen a aquellos otros que revelan un espejismo, la falsedad de las visiones retocadas por la imaginación o la cámara fotográfica. También el cine es una fábrica de imágenes fantásticas (“soñadas”) y en las antípodas de la realidad, un universo de farándula y oropeles, de ilusionismo, en definitiva.

La protagonista poética vaga por las calles atestadas de una ciudad en constante ebullición, y tropieza con un carrusel de personajes femeninos en los que trata de hallar espejo: la mujer anónima, algo hortera, que se ocupa de sus lentillas; la drogadicta al que los estupefacientes nublan la capacidad de visión; la artista de cine envuelta en una nube de destellos fotográficos y falsos piropos… Ninguna de estas figuras de la atroz realidad urbana responde a la imagen de mujer que busca nuestra protagonista. En realidad, ofrecen ventanas herméticas e impersonales, espejos sin azogue. El fragmento final del poema, que me complazco en transcribirles a continuación, nos brindará la verdadera clave:

¿Por qué no entrar un rato en el Museo Whitney?

Cansada de rodar,
de soñar apariencias,
de debatirse en vano
ensayando posturas de defensa o de ataque,
de convertise en otra,
esa mujer perdida por Manhattan
se ha escondido en un cuadro de Edward Hopper,
se ha sentado en la cama de una pensión anónima
y ya no espera nada.

Sin abrir tan siquiera la maleta,
acaba de quitarse los zapatos
porque los pies le duelen,
y se ha quedado sola entre cuatro paredes,
condenada a aguantar a palo seco
esa luz de la tarde ya en declive
que se filtra en la estancia
veteada de brillos engañosos,
con los brazos caídos y la mirada estática,
clavada eternamente de cara a una ventana
que de tan bien pintada parece de verdad.

La elección del pintor Edward Hopper no es, como nada de todo lo que escribe Carmen Martín Gaite, fruto de la casualidad. Ya lo cita en su ensayo adicional “Los incentivos de la ventana”, y uno de sus cuadros, “Habitación en Nueva York”, adorna la cubierta de su novela Fragmentos de interior17. Resulta curioso comprobar que las piezas de ese mosaico, de esos añicos de espejo desperdigados aquí y allá en sus poemas, nos sirven para recomponer el azogue al completo. Por la vía del arte (de la pintura en este caso, pero es fácil trasladar este ejemplo pictórico al terreno de la literatura), hemos accedido a una tercera dimensión, la de la metaficción: la ventana, que luego ha sido espejo, es ahora un cuadro, y en él hallamos pintada una ventana, casi más real que las auténticas ventanas. La pintura es otra ventana por la que asomarnos a la vida, y esa mujer desconocida que deambulaba por las calles neoyorquinas en busca de un espejo, ha acabado por encontrarlo en la imagen de un cuadro. En él se nos pinta a otra mujer en un espacio interior ajeno (la pensión anónima) que trata de no escapar por el hueco de la ventana, hacia la que dirige el vuelo creador de su mirada. Ese es el destino de la nueva mujer ventanera: aprender a habitar la soledad y a ponerla de su parte, exprimir su jugo en beneficio de una imagen de sí misma cada vez más despojada de tópicos, mitos y falsos espejos. Nos sorprende este movimiento inverso: si en un primer momento el interior castrante nos empujaba hacia un exterior atrayente y acogedor, éste se ha vuleto caótico y anónimo y el interior nos reclama para ser habitado y poseído. El tiempo de la espera, de esa espiga sin granar que pugna por madurar y florecer, ha terminado para la mujer: ya no espera nada porque se sabe habitada por la cálida acogida del interior fructífero, de esa habitación propia donde desarrollarse en plenitud.

Autor y licencia de 'La Mujer ventanera en la poesía de Carmen Martín Gaite - El advenimiento de una nueva "mujer ventanera"'
Iñaki Torre Fica Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/ventana.html CopyLeft
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