Capitulos de este wiki
  1. 1 Poesía de Carmen Martín Gaite
  2. 2 "Poemas de primera juventud"10: los incentivos de la ventana
  3. 3 El advenimiento de una nueva "mujer ventanera"
  4. 4 Notas
  5. 5 Bibliografía

La Mujer ventanera en la poesía de Carmen Martín Gaite - "Poemas de primera juventud"10: los incentivos de la ventana

2 - "Poemas de primera juventud"10: los incentivos de la ventana

Monografía creado por Iñaki Torre Fica. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/ventana.html
20 de Agosto de 2006

He tomado prestado el título de una de sus conferencias recogidas al final del ensayo que alimenta ahora el mío ya que, a mi entender, destaca el motor principal de los balbuceos poéticos de Carmen Martín Gaite, todavía de fuerte temple romántico. Esta “ventana” a que alude en calidad de espoleta de la fantasía y de la libertad parece corresponderse, como un eco -o un juego de cristales luminosos, idéntico al que practicó una vez en sueños con su madre, ya fallecida11 -, con aquella otra por la que se asomaba una de las mayores mujeres “ventaneras” y “luneras” que en el mundo ha sido: Rosalía de Castro. No en vano le dedica en su ensayo un capítulo entero (“El hombre musa”). En efecto, tal y como le ocurría a la poetisa gallega, la soledad y la luna, los grandes espacios abiertos son fuente de inspiración y necesidad casi fisiológica para la voz poética que se expresa en los versos de la Gaite. Podemos encontrar en todos ellos, de manera reiterativa o a modo de alusión fugaz, referentes lingüísticos como “ventana” (a veces mediante la metonimia “cristal”), “balcón”, “aire”, y todos aquellos que, directa o indirectamente, apuntan a ese agujero abierto en la pared para que penetren a su través el aire y la luz: “hueco”, “brecha”, “ranura”. Para un alma impregnada de romanticismo, como lo es aún la del yo poético que anima estas composiciones de mocedad, el “sueño” (con frecuencia hallamos el sintagma “la ranura del sueño”) figura como un elemento más de liberación y escape. Espiguemos entre los poemas puesto que los ejemplos son harto abundantes: “Por el mundo adelante” (p. 25) y “Luna llena” (pp. 29-30) reflejan con nitidez esta actitud. Nos dice la estrofa final del primero:

Abrid ya las ventanas.
Adentro las ventiscas
y el aire se renueve.
Quiero huir de los ámbitos
calientes y tapiados,
salir sin compañía
por el mundo adelante.

Este deseo de libertad, en contraste con la sensación de asfixia ante lo cotidiano, ante ese mundo interior que oprime y aprisiona, crea la atmósfera envolvente de la composición “Convalecencia” (pp. 48-50), exponente más claro de esas ansias que apremian a la voz poética. Como se desprende del análisis de estos poemas, el exterior arroja sin cesar reclamos que invitan a abandonar la casa y salir a la calle, donde se desarrolla una vida más verdadera y estimulante: el “ruido” y el “bullicio” atraen con sus cantos de sirena a la voz lírica, y lejos de ser molestos o perturbadores resultan provocadores y de indudable atractivo. En contrapartida, el interior atenaza con su ritual de costumbres alienantes: durante un período de reposo tras unas fiebres, el sujeto poético sólo aspira a desembarazarse de los cuidados que le prodiga la madre (a quien designa con el término antitético de “dulce carcelera”) y a recorrer los grandes espacios sin vallas del mundo que se agita y la llama desde el otro lado de los cristales, bajo el fraternal auspicio de un personaje infantil, símbolo también de libertad y ausencia de ataduras: Peter Pan

No quiero más paredes,
más mantas ni jarabes,
yo sé lo que me cura y lo que no,
respirar de otro modo necesito.
Ahora mismo podría,
si tú me dieras fuerzas,
oh hermano Peter Pan,
saltar desde la cama hasta el balcón,
del balcón a la torre de la iglesia,
donde los monaguillos ya se aprestan
a iniciar un tañido
que nunca es aventura.
¡Oh, el riesgo de salir,
arrebujada en camisón liviano
a conjurar la fiebre,
desafiando el frío de la tarde,
sobrevolando plazas y callejas,
ventanas que se encienden
y bultos de mujeres que acuden al rosario,
esquivar en zigzag el campaneo
de toda la ciudad,
abrirse al campo ignoto, sin paredes!

La repetición de “paredes”, al comienzo al final de la estrofa, nos da la medida del enclaustramiento sufrido por el personaje poético, enjaulado en un universo de convenciones y de monotonía, impresión reforzada por esa insistente alusión al tañido de campanas de la iglesia en una ciudad de provincias. Importa señalar a este respecto que, en el caso concreto de este poema, entiendo por interior no sólo la habitación de la protagonista donde se desenvuelve esta escena de convalecencia, sino también la ciudad de provincias que aparece descrita fragmentariamente en los versos finales, tan castrante como las paredes que coartan la libertad de acción de la voz poética. Recuerden, por ejemplo, la relevancia que una ciudad de provincias adquiere como personaje literario, su influjo ejercido en el desarrollo de la acción y el comportamiento de los personajes, en novelas como la anteriormente citada Entre visillos, o la paradigmática Vetusta de La Regenta, uno de los casos más impactantes de ciudad-personaje literario, analizada en todos sus entresijos físicos y psicológicos lo mismo que Ana Ozores o el Magistral, Fermín de Pas.

Gaston Bachelard, en su ensayo La poética del espacio12, lleva a cabo un estudio fenomenológico de los valores del espacio interior, que cumple, según él, dos funciones: la de albergar al hombre de la intemperie y la de ayudarle a echar raíces, a tejer su memoria y a proteger su intimidad. La vivienda supone uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos y los sueños, nos suministra material de recuerdo. De cómo seamos capaces de habitar, día a día, nuestro rincón del mundo dependen las energías que nos lleven a salir de él y la fuerza poética con que lo añoremos más tarde, como una síntesis de lo inmemorial. Sin la casa y sus consejos de continuidad, el hombre se convertiría en un ser fundamentalmente disperso. El filósofo francés llega a hablar, al comienzo de su libro, de la “maternidad de la casa”: la casa acoge y protege como lo haría una madre. Para Martín Gaite, esa maternidad se le plantea en sus primeros poemas como abrumadora, coercitiva y castrante (recuérdese la solicitud excesiva con que la madre atiende a la hija enferma en el poema anterior). El espacio interior -reducido, la mayoría de las veces, al mundo del hogar- se le hace “madrastra” en lugar de madre, le corta las alas a su fantasía y enciende en ella un poderoso deseo de fuga. La composición “Certeza” (p. 36) articula una dialéctica entre la muralla de la rutina doméstica y el despuntar del atardecer con su invitación al viaje, único sendero que conduce hacia una existencia verdadera.

Habéis empujado hacia mí estas piedras.
Me habéis amurallado
para que me acostumbre
Pero aunque ahora no pueda
ni intente dar un paso,
ni siquiera proyecte fuga alguna,
ya sé que es por allí
por donde quiero ir,
sé por dónde se va.
Mirad, os lo señalo:
por aquella ranura de poniente.

La ventana sigue siendo el pasadizo hacia la libertad, lo desconocido, lo anhelado. Detrás de los cristales, se anuncian grandes aventuras, que a menudo tienen que ver con una sed de lo inexplorado, y otras es el amor el que se aguarda “acechando en la ventana”, como en el siguiente poema, “Otro otoño”:

Otoño agita sus quebrados brazos
y llama a mi cristal.
(…)
Acecho en la ventana
y todos los rumores
me parecen aquel
de los pasos que espero.
(…)
¡Ay, amor!
¿Por qué tardas en venir?

El fuerte sabor arromanticado de estos versos, propio de composiciones juveniles, impregna igualmente el poema “Luna llena” (pp. 29-30), que es, junto con la estación del poema que precede, otro de los grandes símbolos románticos. La composición es un panegírico del astro a donde vienen a parar los anhelos inconfesos e insatisfechos del yo poético, interlocutor adecuado en noches de insomnio y espejo de soledad. La luna concentra en su poderoso simbolismo esa capacidad de fusión con las neblinosas regiones del más allá, ese lugar ignoto elevado a categoría de paraíso de libertad:

Y tú, intacta y desnuda,
te escapas, luna llena,
subiendo apenas imperceptiblemente,
navegando la noche con oblicuo reflejo,
como si nos oyeras, como si nos miraras.
Nadie te alcanzará,
ni por tu hueco abierto a incógnitos paisajes
ha atravesado nadie.
Tú rozas con tu luz la otra ladera.

Una vez más, nos topamos con la noción de huida, de fuga (“te escapas”), y de ventana ya que, como dejé anotado más arriba, la luna es otro “hueco” por el que penetrar para llegar a esas regiones desconocidas e inexploradas. El poema se remata con un apunte cuasi místico (“la otra ladera”), típico de los escritos de juventud. En esta composición surge aquel otro estereotipo al que me he referido al inicio de mi intervención, la “mujer lunera”, perfil femenino que suele venir aparejado con el de “ventanera”. A mitad del poema, se hace mención explícita a Safo y Rosalía (de ésta se omite el apellido en señal de confraternidad) en calidad de integrantes de una ginotradición de mujeres poetas y mujeres luneras (a imagen asimismo de sus personajes novelescos, como las dos protagonistas de Nubosidad variable, Sofía Montalvo y Mariana León), a la que también pertenece Carmen Martín Gaite, prácticamente como último eslabón de la cadena:

Te invocaron sin tregua
a lo largo de un río subterráneo
de palabras marchitas
que viene desde Safo y Rosalía
a morir en mi boca.

Este reconocimiento de la voz poética en otras mujeres nos permite entroncar con la segunda parte de la ponencia: la concepción de libertad que, lejos de ser un vago anhelo romántico, se transforma en una conquista que la mujer debe llevar a cabo. El espejo asume ahora un nuevo protagonismo, y desplaza ligeramente al símil de la ventana, que permanece latente. Las ansias de huida y de escape pasan a partir de este momento por una autoexploración en soledad del yo profundo femenino, y no se dirigen ya hacia un espacio exterior vacío de ataduras y cortapisas, sino hacia una mayor amplitud del universo interior13. Al final de esa vereda, volveremos a encontrar la tensión entre lo abierto y lo cerrado; sin embargo, la mujer habrá aprendido a habitar los interiores, y la cárcel se transformará en acogedora habitación desde la cual enfrentarse al mundo y a uno mismo a través de la ventana/espejo de la escritura.

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