La todavía escasa crítica literaria en torno a la poesía de Carmen Martín Gaite1 ha perfilado ya, pese a su parquedad, algunos grandes linderos desde los que abordar consensuadamente la creación de esta autora salmantina. En una Jornadas de homenaje, celebradas en Buenos Aires en octubre de 1990 y recogidas más adelante por la profesora Emma Martinell2, Cristina Piña acertaba en definir los vectores de sentido de sus poemas, que abarcan un lapso temporal de cerca de cincuenta años: el conflicto con los espacios interiores y el deseo de salir por la ventana, el descubrimiento en soledad del yo profundo, el paso del tiempo, la pugna con la escritura y la exploración del ser femenino, plasmado en una escritura y un estilo propios, en un peculiar enfoque desde el cual contemplar el mundo3 .
Cualquier lector mínimamente avezado, aunque sea un sucinto conocedor del resto de su caudaloso equipaje textual -novelas, ensayos, artículos-, reparará sin dificultad en la sólida trabazón interna que une esta producción en prosa a su creación poética. Martín Gaite, que arrancó a escribir desde muy joven (“desde siempre”), reconoce haber comenzado su andadura literaria bajo las alas de la poesía: “Como casi todos los narradores de mi generación, yo empecé escribiendo poemas”4. Bien es verdad que la poesía la visitaba “a rachas”, y de ahí este rótulo con que bautizó su primera entrega en la por aquel entonces naciente editorial Hiperión. La hispanista italiana Maria Vittoria Calvi, gran conocedora de su obra e impulso decisivo de las traducciones que vienen haciéndose de la misma a la lengua de Dante, resume como sigue el cometido que le espera hoy a la crítica con respecto a esta escritora: “enfrentarse con el conjunto de su producción sin perder nunca de vista los hilos sutiles que anudan las múltiples facetas de su escritura. En resumidas cuentas, y para decirlo con un lenguaje más apropiado, la obra de Carmen Martín Gaite es un largo cuento de nunca acabar, que abre innumerables ventanas, ventanales y ventanucos sobre el mundo”5. Así, su corpus poético en modo alguno debe considerarse aisladamente; antes bien, se concibe como otra vía más de expresión (otra “ventana”, en palabras de la profesora Calvi) de unas inquietudes y de unos sentimientos que dejan ver al trasluz la radiografía emocional e intelectual de la autora. Y precisamente de ventanas se trata. De su escritura femenina -y a ella me referiré enseguida, al igual que lo he hecho en otras ocasiones6 - y de su misma reflexión acerca de los cauces y los asuntos que caracterizan esa escritura de mujer, nació un precioso y amenísimo ensayo, Desde la ventana (Enfoque femenino de la literatura española)7, que es el que me ha dado pie a la hora de encontrar un hilo conductor a todos esos poemas antologados en Hiperión: la comparecencia y el alcance simbólico de la “mujer ventanera”, cuyo historial y rasgos esenciales traza Carmen Martín Gaite a lo largo del volumen que acabo de mencionar.
La ventana se dibuja en toda su obra como símbolo de lo fronterizo8, limítrofe entre el espacio cerrado y el abierto, entre lo familiar y lo inexplorado, entre el más acá y el más allá, entre la guarida y la aventura al raso; metáfora infantil de la curiosidad, fuente de inspiración para músicos, fotógrafos, pintores y novelistas, abre una brecha redentora, es el punto de partida para viajes al futuro o ensoñaciones en torno al pasado; atalaya doméstica. En palabras de la propia Gaite, la ventana es el punto de referencia de que dispone [la mujer] para soñar desde dentro el mundo que bulle fuera (dejándose mecer por los ensueños y las meditaciones que puede acarrearle la tregua en las tareas domésticas, que tantas veces siente como agobiantes o insatisfactorias), es el puente tendido entre las orillas de lo conocido y lo desconocido, la única brecha por donde puede echar a volar sus ojos, en busca de otra luz y otros perfiles que no sean los del interior, que contrasten con éstos (Las cursivas son mías).9
Ahora bien, como frontera entre lo de dentro y lo de fuera, participa de ambos mundos, los divide y pone en contacto. Así, según se privilegie uno de los ámbitos, brindará sugerencias distintas y puntos de vista encontrados, aunque a menudo complementarios. Y este enfoque sobre la realidad exterior o sobre el universo interior emana en la mujer, centinela de sendos espacios, desde lo recóndito. Trasladando esta situación al campo de la experiencia literaria, Martín Gaite deduce que, si alguna diferencia existe entre el discurso de los hombres y el de las mujeres, radica en su peculiar enfoque -no siempre perceptible a primera vista, matiza-, se asienta en una ubicación más concreta que no olvida sus puntos cardinales. La ventana condiciona un tipo de mirada: mirar sin ser visto; puede ostentar una posición estratégica de semiescondite. Las persianas, cortinas, contraventanas y visillos que suelen celar el interior, al ofrecer la ventaja de mirar lo de fuera desde el reducto privado -vivido las más de las veces como jaula-, permiten una óptica fragmentaria y velada de los acontecimientos que tienen lugar al aire libre (esta es, precisamente, la perspectiva estética cultivada por la autora en su novela Entre visillos, ganadora del premio Nadal en 1957). La mujer ha mirado -ha escrito- siempre desde los interiores.
Carmen Martín Gaite ha visto muy bien cómo ese reino de privacidad y reclusión que es, y ha sido secularmente, el dominio espacial y vital de la mujer ha incubado, desde repliegues internos, un punto de vista sobre la existencia. La casa, sentida en un primer momento como cárcel, pasividad, rutina y parálisis, se asemeja también a su propio cuerpo tabuizado, sometido permanentemente a la ocultación por el recato. En un impresionante desdoblamiento, la vivienda se percibe como prolongación de la cárcel del cuerpo y de la mente, cuyas efusiones sentimentales e intelectivas amarraban, condenándolas, los tratados y sermonarios donde se tenía por nocivo cualquier tipo de instrucción que a las mujeres no les llegara mediante los libros de devoción y la enseñanzas de índole doméstica por vía materna. A este propósito, nuestra escritora saca a relucir en su ensayo un adjetivo en trance de extinción, extraído de sus rastreos bibliográficos por autores y autoras de los Siglos de Oro, empleado únicamente en femenino: “ventanera”, portador de una marcada carga de censura en boca de los moralistas de la época. Ellas, tachadas de “livianas” y “ventaneras”, no podían evitar levantar la vista, trascender lo que tenían más cerca; y lo hacían casi siempre con un aire retador y a hurtadillas. Los anhelos de libertad y de expansión nacieron arrastrando consigo una voluntad cada vez más feroz de vivirse en la autenticidad, sin tener que recurrir a disfraces ni máscaras: asomar el alma por las ventanas de los ojos, mirar con descaro o cautela, dejarse penetrar por las miradas ajenas sin temor a la reprobación o en procura de aquiescencia. No es de extrañar, entonces, que la vocación de la escritura naciese en muchas autoras como deseo de liberación y desahogo, y que ambos afanes tuviesen como marco una ventana, que es realmente el punto de enfoque y el punto de partida.
Lo que en definitiva está proponiendo Carmen Martín Gaite es un verdadera exploración del yo íntimo y un aprendizaje de la metafísica femenina llevado a cabo por la propia mujer, sin apoyaturas masculinas externas sino a pie quieto con la soledad; un itinerario del ser-mujer que está siempre presente en sus novelas: pensemos sencillamente en la citada Entre visillos (1957), Nubosidad variable (1992), Lo raro es vivir (1996) o Irse de casa (1998). También en sus poemas, gracias a esa agrupación cronológica que ha elaborado con ayuda de Jesús Munárriz, se deja entrever una trayectoria de autoexploración solitaria y de metafísica femenina que atañe a la voz poética, y que surge jalonada por distintas inquietudes e hitos en el camino. Ese yo lírico a que me refiero pertenece a una “ventanera” empedernida.