Poco queda ya por decir acerca de la visión, tratamiento literario referente a la mujer en nuestros poetas, pero no debemos olvidar un suceso vital y protagonista en la pasión amorosa, me refiero a la actitud física y al erotismo literario del poeta hacia su amada. Tras la seducción, éste queda embriagado de mil sensaciones sugerentes, pierde la razón ante la visión sublime y magnífica, de una mujer que le incita al encuentro, y cae por fin en los brazos de su amada.
Ambos poetas describen el tacto de la piel ajena, el sabor de sus labios y la belleza sedosa de su pelo, pero a la vez, tanto Bécquer como Baudelaire, difieren formalmente, en el tratamiento estético, la retórica y en la pasión misma.
Bécquer mantiene una línea más suave, blanca, pura y dulcificada que Baudelaire, quizás debido a su mayor atracción por las mujeres inaccesibles y volátiles, que las de carne y hueso; aunque esto, no le impide renunciar a los placeres mundanos del goce del amor. Estas son algunas palabras del poeta: “Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen, los extravagantes hijos de mi fantasía...” y “El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje”.
Por otro lado, Baudelaire impregna el poema de amor arrebatado, besos encarnecidos, juegos sensuales, erotismo exótico y refinado a veces, y otras atropelladamente carnal y obvio. Unas veces sublima el cuerpo generoso de la amada y nos muestra un amor irrefrenable y esclavo de los encantos y caprichos de su musa, pero otras veces degrada en mórbidas descripciones, y ataca al cuerpo de la Venus negra, la humilla, y la atracción amorosa queda reducida a un simple acto carnal, incisivo, ardoroso y trágico.
Ya hemos apreciado las diferencias en cuanto a la descripción del cuerpo amado, lo cual nos revela y anticipa las actitudes de cada autor; pero concretemos con algún ejemplo a colación con el erotismo en ambos poetas.
Bécquer:
-“Tu aliento humea y abrasa como el
aliento de un volcán. Tu mano, que
busca la mía, tiembla como la
hoja del árbol. La sangre se agolpa
a mi corazón, rebosa en él y enciende
mis mejillas”.
-“Dos rojas lenguas de fuego
que, a un mismo tronco enlazadas
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama”.
-“Una sensación fría en sus
labios ardorosos, un beso de
nieve”.
-“Dos jirones de vapor
que del lago se levantan,
y al juntarse allá en el cielo
forman una nube blanca.
Dos ideas que al par brotan,
Dos besos que a un tiempo estallan
Dos ecos que se confunden
Esas son nuestras dos almas”.
-“Yo penetro los senos misteriosos
de tu alma de mujer”.
-“Entre el discorde estruendo de la orgía,
acarició mi oído”.
Baudelaire:
-“Con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
ardiente y sudando los venenos,
abría de un modo negligente y único
su vientre lleno de exhalaciones”.
-“El amante jadeando inclinado sobre su bella
parece un moribundo acariciando su tumba”.
-“Pues hubiera besado con furia tu noble cuerpo,
y desde tus pies frescos hasta tus negras trenzas
extendido un tesoro de profundas caricias”.
-“Entre las partes negras o rosadas
que componen su cuerpo encantador”
-“En el lecho, el tronco desnudo enseña sin escrúpulos
con total abandono
el secreto esplendor y la fatal belleza
que la naturaleza le otorgó”
Sin duda alguna, Baudelaire muestra una expresión más arrebatada y apasionada que Bécquer, sus descripciones son descaradamente atrevidas y concretas, desafiando la moral de la época, mientras que Bécquer desdibuja el cuerpo y los sentimientos libidinosos entre gasas y sutilezas. Esto no significa que el erotismo de Baudelaire esté más conseguido, simplemente que los tratamientos son distintos, Bécquer se muestra más recatado en sus imágenes sensuales, cromáticas y sugerentes, que escapan de las de Baudelaire, evidentes, detallistas y decoradas, con esto quiero decir, que mientras que Baudelaire evidencia tanto su amor carnal y llega a ser visto como adúltero, viciado y degradado, en Bécquer debemos indagar y rebuscar este erotismo, entre líneas y evocaciones tangenciales. Pero ambos autores coinciden, en mostrar una pureza y brillantez en el lenguaje, un delicioso torbellino de comparaciones, epítetos, metáforas... que aúnan a ambos poetas en una misma estética, como padres del Modernismo que son.
Pero no sólo despierta la musa, ardorosos sentimientos en el poeta, muchas otras veces, esta dama que otrora era la fuente del placer para nuestros poetas, se convierte en la mujer fría y despiadada que arranca el corazón vibrante y sufrido. Veamos el amor-dolor en Bécquer y en Baudelaire.
Bécquer:
-“¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¡Mira cómo podré yo dejar de buscarlos!”
-“Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
¿sabes tú a dónde va?”.
-“Te quiero tanto aún, dejó en mi pecho
tu amor huellas tan ondas,
que sólo con que tú borrases una,
¡las borraría yo todas!”.
-“Nuestra pasión fue un trágico sainete”.
-“Pero lo peor de aquella historia
que al fin de la jornada
a ella tocaron lágrimas y risas
y a mí, sólo las lágrimas”.
-“Yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...”
-“Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas”.
-“Pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido... desengáñate,
así... ¡no te querrán!
Baudelaire:
-“Deja que mi corazón se embriague con una mentira
que se sumerja en tus bellos ojos como en un bello sueño,
y que dormirte largo tiempo a la sombra de tus pestañas”.
-“Tu mano se desliza en vano por mi pecho que desvanece;
lo que ella busca, amiga, es, un lugar destrozado
por la garra y el diente feroz de la mujer.
No busques más mi corazón; se lo han comido las bestias”.
-“Me destrozas, morena mía,
con una risa burlona
y luego pones en mi corazón
tus ojos dulces como la luna”.
-“Lo irreparable roe con sus dientes malditos nuestra alma”.
Por un lado, Baudelaire se muestra más impetuoso y exaltado, un dolor que parece más violento y demente, nacido de un paroxismo perturbador, mientras que Bécquer, no es que su vehemencia sea más flemática, sino que muestra un dolor más profundo, más intimista, más poético, quizás sea incluso más desgarrador que el de Baudelaire, pero Bécquer revela una “serenidad” inusual, en ese tormento que se le avecina, mientras que Baudelaire, ensangrienta el texto con las gotas derramadas de un corazón apuñalado. Quizás se deba esto, a que Bécquer explica su rechazo, acogiéndose a la crueldad del Destino, del Amor que desde ese primer momento, fue culpable, se siente mas bien, víctima del fatum que del propio amor o de la propia musa, es por así decirlo, más existencial que Baudelaire, que sin embargo concreta su dolor en los besos envenenados y en la frialdad de una dama altanera, que decide abandonarlo en las sombras de la soledad.
Pero ambos poetas, a expensas del torbellino vital que separa a uno y otro, fueron víctimas y cómplices de un amor imposible, de un ideal, de un sueño y de una misma angustia, arrojados por los latidos escarlatas, crearon una poesía brillante, audaz y sensual, novedosa y muy particular que se distanciaba de los ropajes gastados de la época, y que los coronaban como precursores de una respuesta creadora a las exigencias artísticas del momento. Nuestros poetas se perdieron en un universo cromático de sedas y tules, de perfumes y aceites, de terciopelo y piel, pero también de vino y soledad, de sensualidad y erotismo, de metáforas y de descaradas descripciones, y de cromatismo y sinestesias. Bécquer y Baudelaire afinaron su pluma y extrajeron del corazón, encendido y sombrío, sus emociones más grandiosas y decadentes, para crear unos versos que regalaron por completo a sus damas negras.