La Mujer y el Amor en Bécquer y en Baudelaire - El universo femenino
3 - El universo femenino
La mujer que pintan Bécquer y Baudelaire en sus versos, nunca queda varada en estrictas catalogaciones ni están sometidas a rígidos convencionalismos o prejuicios mediocres, que hagan reprimir la naturaleza instintiva y el carácter, firme y atronador, de estas damas de humo. De esta manera, transcienden los límites morales y sociales de la época, y manifiestan siempre su naturaleza arrolladora. Ninguno de nuestros autores acuden a estereotipos de la Literatura, ya que vierten sobre ellas, una densa y cromática caracterización, ofreciéndonos pues, un universo femenino, infranqueable y apasionado. Muchas similitudes y diferencias, comparten las mujeres vitales de nuestros poetas, mi intento será señalarlas y establecer una posible relación entre ellas. Lo primero que creo conveniente plantearse, será qué concepto de amor y de relación sentimental, poseen ambos autores, averiguar cuáles son sus actitudes y oscuros deseos y temores enterrados.
Para Gustavo Adolfo, el amor no es una ficción, es siempre “ el más hermoso de mis sueños de adolescente”11. Toda su vida es una dramática búsqueda de la mujer soñada: “ Me cuesta saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica revueltos nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente”12. Porque el amor que crecerá en Bécquer, nace de él mismo, de su poesía. Será un amor en que hallará su fin y destino en una mujer inexistente, imposible, etérea, nacida de sus sueños poéticos y convertida en una genial rima. Prueba de esto sería la rima XI. Aquí el poeta no dedica sus versos a una mujer de carne y hueso, incluso llega a contraponer los dos tipos de belleza femenina tradicionales: la morena ardiente y la rubia fría, para superarlas así la dama inalcanzable, intangible , misteriosa... aquella que es sueño mismo en esencia:
“Yo soy un sueño, un imposible,
vacío fantasma de niebla y luz,
soy incorpórea, intangible;
no puedo amarte” “oh, ven; ven tú”.
Y llegará el momento espléndido para el poeta, en el que se sentirá invadido hasta en las cavernas de su alma, para acoger el amor, con esperanza renovadora, como luz nueva que ilumine su senda miserable, ya tiene un fin reconocido en su camino de pesares y tristezas, aunque aún no tenga, a su compañera ansiada a su lado. Estos son los pasos primeros de un joven Bécquer deslumbrado por los primeros albores del amor, un Bécquer deseoso y paciente, idealista y triunfador, y siempre romántico:
“Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman;
el cielo se deshace en rayos de oro;
la tierra se estremece alborotada.
Oigo flotando en olas de armonía
Rumor de besos y batir de alas;
Mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?
¡Es el amor que pasa!”
Esta concepción idílica, e incluso ingenua, del suceso amoroso, corresponde a la etapa sevillana, de un Bécquer enamorado de “ la joven de la calle Santa Clara”, de aquella silueta femenina, fugaz y misteriosa, que asomaba al balcón. Sería ésta, la musa del poeta, la mujer inalcanzable, volátil, espíritu y no cuerpo, incorpórea pero deliciosamente sugerente. Tras su marcha a Madrid, llegamos a un punto en el cual, Bécquer evoluciona, madura, su amor no es únicamente presentido entre sueños imposibles y sexuales deseos adolescentes, esta vez se enamora, aunque obsesivamente, de una bellísima y altiva mujer, posiblemente de Julia Espín. A partir de este momento, su amada tendría un nombre concreto y un cuerpo, tangible y sedoso... real; así sus composiciones, quedarán teñidas de un erotismo sutil e inédito hasta ahora.
Frente a este amor puramente, y como denomina la crítica, “becqueriano”, frente a la figura de un joven tímido y retraído, convencido de la belleza y grandiosidad del amor, contrasta la crudeza y decadentismo de un Baudelaire prematuro de diecinueve años, que frecuenta prostíbulos y las noches de alcohol y opio, víctima de una infancia dura y solitaria. Recordemos que vivió traumáticamente el segundo matrimonio de su madre y la estancia en los internados, lo que debió suponer, una honda represión afectiva hasta el punto de anclarle en un estado infantil en plena madurez. De su desgarradora experiencia, reacciona de dos maneras radicales: sublimando la soledad como estado indispensable del genio, del elegido, y proyectar en toda mujer la visión de aquella madre cariñosa que ansiaba abrazar. Este sentimiento, heredado de “Edipo”, generó un profundo dolor, rechazo y distanciamiento en sus relaciones amorosas, y queda claramente expresado en sus poemas. Es un amor que no se puede disfrutar ni poseer.
Esta metamorfosis que sufre su amor se traduce en su horror y gusto hacia la prostitución. De esta manera, frente a la mujer idealizada de Bécquer, contrasta la primera musa baudeleriana, una ramera judía bizca, de “triste belleza”. Si la becqueriana era etérea, misteriosa, perfecta, la de Baudelaire era un “cuerpo vendido”, “un cadáver”, “una horrible judía”, “reina de las crueles”13. El poeta francés hace alusión a la relación carnal desgarradora, “hubiera besado con furia tu noble cuerpo”, no hay pues, atisbo de candor, ni idealismo, ni la intangibilidad de Bécquer.
A este distinto tratamiento del tema de la mujer amada (y en Baudelaire, a su vez, repudiada), debo señalar un hecho puntual y trascendental, que se manifiesta en ambos poetas, lo cual me supone un comentario anecdótico,, interesante y muy curioso. Se trata pues de la dualidad ángel y demonio, la mujer natural frente a la mujer “humana”. Esta contraposición se dará por supuesto en distintas variantes y con el tratamiento completamente singular en cada autor; pero ambos recogen la idea madre, de abarcar esta bipolaridad, en su rico universo femenino.
Por un lado encontramos en la mujer ideal becqueriana, esta doble naturaleza, expresada de la siguiente manera:
1. La mujer como encarnación del espíritu del mal, la que causa con su belleza la perdición del hombre, es la mujer demonio, de naturaleza fantasmagórica, identificada muchas veces con el tema de la ondina que enamora al caballero y le induce a vivir con ella, ocasionándole la muerte. Es el caso de algunas leyendas como “Los ojos verde”, “El beso” y “El rayo de Luna”.
2. La mujer como figura angelical, de belleza pura y casta y a la vez sugerente, será capaz de sacrificarse para salvar a su amado. Aparece por ej. en “La rosa de pasión” y “La cueva de la mora”.
En Baudelaire encontramos esta misma dualidad que emplea Bécquer, pero evoluciona magistralmente y traspasa esta mera bipolaridad, para enriquecer su universo femenino particular. Teniendo en cuenta los aspectos biográficos del autor, la mujer despierta en Baudelaire, un sentimiento de odio y a la vez de deseo. La primera distinción que hace Baudelaire es como la mujer”natural”, abominable, nido de la pasión carnal, que arrastra al hombre, es la encarnación de Satán, pues lo animaliza y degrada. Es “diabólicamente provocadora”, capaz de cometer las acciones más terribles. Aglomera todas las imágenes de la feminidad terrible, las harpías y los monstruos y la crueldad de las furias. Aparece el segundo tipo de mujer que venera, admira, espejo de sensualidad, odalisca de perfumes y vapores que embriaga sutilmente al hombre. Aquí el autor se debate entre el físico de madonna y el de una sensualidad exarcebada, produciendo un enfrentamiento entre su pudor y su sensualidad, tal y como experimentó el propio Baudelaire en su tormentosa existencia.
En relación con esta fatídica dualidad, a Baudelaire le debemos el símbolo de la esfinge atribuido a la mujer y que evoca todo el misterio que rodea la figura del león y la cabeza humana. Representa esta noble naturaleza de la mujer, animal y ser humano. Baudelaire es el poeta que ha asimilado la esfinge como mujer, la ha utilizado como metáfora de ella. La palabra esfinge, hace surgir la idea de enigma, evoca la esfinge de Edipo: un enigma cargado de coerciones. Jung14 señala que el símbolo animal es la figura de la libido sexual, y así dice que los antiguos símbolos fálicos eran tanto la serpiente, el pez, el pájaro... La esfinge, constituye pues, el resumen de todos ellos. Para él, es el “animal terrible, derivado de la madre” y ligado al destino incestuoso de Edipo.
Personalmente no creo que Baudelaire creara este símbolo de manera arbitraria. Recordemos que nunca perdonó a su madre por la traición de sus segundas nupcias,
viendo como su padrastro le robaba el cariño de su madre. El complejo de Edipo va más allá de su obra. Veamos aquí unos ejemplos:
“Adoptan al soñar las nobles actitudes
de las grandes esfinges estiradas en el fondo de las soledades,
que parecen dormirse en un sueño sin fin”.
“Yo reino en el cielo como una esfinge incomprendida”.
Otra variante del fenómeno dual y de la función mítica de la mujer es la dicotomía cósmica y metafísica de la Venus: 1. La Venus Libitina, “Venus Morpho”, es la venus infernal de los romanos y abarca la parte más morbosa del libro, la que evoca todo un universo de formas horribles y aterradoras como son las harpías, la judía repulsiva, una carroña, la fría mujer infecunda etc.2. La Venus Urania, la venus celestial, símbolo puro y sereno del amor, aparecen las aspiraciones ideales y el amor humano exento de pecado.
Hemos comprobado que esta doble naturaleza de la mujer la comparten tanto la mujer de Bécquer como la de Baudelaire, pero es evidente que la de Baudelaire trasciende la mera línea biunívoca para profundizar y añadir nuevas formas y funciones míticas a la mujer. Esta función mítica se pone de manifiesto, tanto en la descripción del personaje femenino, como en las metáforas que emplea para referirse a ella, Antíope, Diana, Cibeles o Citera, que aluden a figuras mitológicas. Sin menospreciar el efecto de esta dicotomía en la obra de Bécquer, Baudelaire, según mi punto de vista, ha sabido explotar y desmembrar esta doble naturaleza femenina con más audacia, amplitud y diversidad. Ha hecho nacer de esta mujer dual los vástagos del deseo, del enigma, del Bien y del Mal. El poeta francés ha partido, pues, de una mera bipolaridad, y ha sabido verter brillantemente, y me aventuro al decirlo, connotaciones teológicas, filosóficas y morales, incluso ha recreado imágenes y símbolos mitológicos factibles para una interpretación freudiana... sorprendente.
Por consiguiente, la dualidad que presenta Baudelaire resulta ser más cromática, más radicalizada y accidentada, mucho más histriónica y expresionista que nuestro Bécquer romántico. Esto se debe a que la mezcla de pureza y de pecado, virginidad y depravación, crea una mayor catarsis, no sólo al lector, sino al propio Baudelaire.
En el próximo capítulo, profundizaré más sobre esta doble característica de la mujer, e intentaré agotar todos los posibles argumentos y cuestiones que surgen de este particular maniqueísmo, para ello será imprescindible acudir a los textos extraídos de la obra.
Reanudo nuestro viaje por el maravilloso universo de Bécquer y Baudelaire; consumido, desde mi punto de vista, el del poeta sevillano, me centraré en el de Baudelaire. He de rescatar dos temas esenciales del panteón de las musas de Baudelaire. Charles Baudelaire consagra magistralmente el amor heterosexual, pero no decae su pluma, ni pierde atisbo de seguridad y belleza, al recrear el amor lésbico. En ningún momento refrena sus ardorosas palabras, ni sus insinuantes y carnales imágenes, y no por ello se desvanece la belleza, la plasticidad mágica y la sensualidad envolvente:
“Mis besos son ligeros al igual que esas libélulas
que de noche acarician los lagos transparentes,
pero los de tu amante te marcarán sus surcos
como los de los carros o las rejas cortantes”.
“Hipólita, ¡oh mi hermana!, vuélveme, pues, tu rostro,
mi corazón, mi alma, mi todo, y mi mitad
¡vuelve hacia mí tus ojos de azul y estrella llenos!”.
“¡Oh bálsamo divino, por sólo una mirada
levantaré los velos de los gozos más turbios
y en un sueño sin fin yo habré de adormecerte!”.
“Delfina la comía con sus ojos ardientes
como un fuerte animal que una presa vigila”.
Para advertir la importancia del amor lésbico en la obra baudeleriana, debo hacer recordar al lector, que en un principio, Baudelaire pensó titular su libro Las Lesbianas, lo cual viene a justificar la especial relevancia que le otorgó el poeta francés al tema, infértil en la Literatura, del amor lésbico, es una prueba más de provocación, modernidad y de actitud transgresora, y quizás también de tolerancia.
“ Vete a buscar, si quieres, un estúpido novio;
corre a ofrecer un alma virgen a su cruel beso;
y luego, de horror llena, de contrición y lívida,
volverás a traerme tus senos con estigmas...”
Debo mencionar que Baudelaire no descubrió a las lesbianas para el arte, aunque como ya comenté no era un tema nada recurrente; antes estuvieron Balzac en Fille aux yeux d’or, Gautier en Mademoiselle de Maupin,y Delatouche en Fragoletta.
Volviendo a Baudelaire, en “Mujeres condenadas, Delfina e Hipólita”, Baudelaire lleva a las figuras femeninas a uno de los más grandes y célebres poemas de Las Flores del Mal. Baudelaire vuelve a la antigüedad griega y rescata la imagen de la heroína griega, digna y capaz de ser transpuesta a lo moderno. La lesbiana es la heroína de lo moderno. En ella reside una imagen erótica central en Baudelaire, la mujer que habla de dureza y masculinidad, que está relacionada con una imagen histórica, la de la grandeza del Mundo Antiguo. El puesto de la mujer lesbiana es inconfundible en Las Flores del Mal, como ya he mencionado anteriormente. En la poesía de Baudelaire, ya citada, se observa una orientación contrapuesta de los poemas lésbicos. Mientras que “Lesbos” es un himno al amor lesbiano, “Delfina e Hipólita” es una condenación, si bien vibrante de lástima de esa pasión. Así se dice en el primer poema y en el segundo:
“Descended, descended, lamentables víctimas
descended por la senda del infierno eterno”.
La escisión inverosímil, se explica de esta manera: Mientras que Baudelaire veía a la mujer lesbiana, no como un problema social, problema de disposición natural, podría decirse que como escritor no tomaba posición alguna al respecto, Sólo le reservaba un lugar para ella en la imagen de lo moderno, no la reconocía en la realidad, por eso dice: “Hemos conocido a la mujer-autor filántropo... a la poetisa republicana, poetisa del porvenir, fourierista, o saintsimoniana, y nuestros ojos... no han podido acostumbrarse a todas esas fealdades acompasadas, a todos esos sacrilegios que no son sino malas imitaciones del espíritu masculino.”15
Personalmente no logro comprender la actitud disonante del poeta: condena el amor lésbico a la vez que lo inmortaliza en su obra, creando, además, brillantes composiciones y ofreciendo al amor lésbico, una porción de eternidad vinculada a su nombre. No, no creo que lleguemos nunca a entender esta paradoja. Quizás esta sorprendente reacción se deba a que fue una de las pruebas propuestas que hace su abogado para su defensa en el proceso de Las Flores del Mal, recordemos que el libro fue condenado “por ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres.” De todas maneras, el “descended, descended, lamentables víctimas” es la última afirmación que Baudelaire grita a la mujer lesbiana, es decir, que la abandona en su hundimiento, es insalvable.
Otro filón de oro de su obra, con un claro perfil social y sincrónico, es la consideración de la mujer como infradandy. Con esta nueva catalogación de la mujer, Baudelaire sitúa a ésta por debajo de aquellos geniales y excéntricos dandys de la época, debido a que permanecen ajenos a su propia actividad artística.
Baudelaire llamaba “mujeres” a los seres humanos (atendamos al valor genérico) que en su época pertenecían en mayor parte al sexo femenino, con lo cual, aquellos hombres que se ocupasen en prácticas tradicionalmente femeninas, es decir, los que se ocupen del aspecto y no del intelecto, pertenecen al género de las mujeres. En este sentido, las mujeres aparecen como infradandys extramorales que se construyen a sí mismas en riguroso respeto y obediencia de lo que rige el momento, el presente más inmediato. Baudelaire sitúa a las mujeres como meros “escaparates ambulantes” que nunca podrán llegar a ser “obras de arte vivientes”, asumiendo pasivamente su mediocridad. Para mayor disgusto propio, Baudelaire nos habla de la “mujer escaparate”, que ocupa un lugar aún más denigrante que la primera, ya que ésta permanece en la absoluta apatía y animalidad porque carece de cualquier atisbo de grado de construcción artística.
Por tanto, Baudelaire sitúa en el último peldaño, a la mujer como infradandy. Muy diferente es lo que Bécquer consideraba al respecto. Para Bécquer, la mujer era un producto, una recreación de las circunstancias del poeta, y por lo tanto, aspira a ser una proyección de su espíritu, como el paisaje, como la sociedad. Son sus sueños hechos carne, lo que busca y ama. Bécquer nunca condenaría a la mujer a morar en las cloacas de la sociedad sexista y agonizante.
Por último, para finalizar este “surtido de mujeres”, quisiera destacar una protagonista casi indiscutible en su poesía, y que parece contradictorio, que sea el propio Baudelaire, quien le otorgue esa especial relevancia en su cosmología literaria, sobre todo, después de ciertas ofensivas agresivas a la mujer. Quisiera destacar por tanto, el papel casi teocéntrico, de la prostituta. ¿Cómo se explica su afición por el amor comprado?, ¿cómo se entiende su gusto y horror hacia la prostitución?, ¿cómo puede odiar a la prostituta que inmortaliza en su obra?... Arnold Hauser afirma al respecto: “La simpatía por la prostituta, que los decadentes comparten con los románticos, y en la que Baudelaire es intermediario, expresa la relación vedada y culpable con el amor. Desde luego, es sobre todo la expresión de la rebelión contra la sociedad burguesa. La prostituta es la desarraigada y la proscrita, la rebelde que se rebela no sólo contra la forma institucional burguesa del amor, sino también contra la “natural” forma espiritual. Destruye no sólo la organización moral y social del sentimiento, sino también, las bases mismas del sentimiento. Es fría en medio de las tormentas de la pasión, es y se mantiene espectadora por encima de la lujuria que despierta, se siente solitaria y apática cuando otros están arrebatados y embriagados; es, en suma, el doble femenino del artista. De esta comunidad de sentimientos y destino surge la comprensión que los artistas decadentes tienen por ella. Ellos saben bien cómo ellas se prostituyen, cómo vencen sus más sagrados sentimientos y qué baratos venden sus secretos”16. Hauser sólo explica un aspecto de esta inclinación de Baudelaire hacia la prostituta, como acto de rebeldía -condenando la moral burguesa, abrazando lo que ésta rechaza- y la identificación del artista con la ramera, en tanto que él consideraba la publicación de su obra como un acto de prostitución. Sin embargo, Hauser no atiende a un conflicto interno de Baudelaire: aquel motivo que le impele a mendigar el amor de una mujer comprada, y a sublimar el hecho mismo de la prostitución. Tengamos en cuenta que para él “copular es aspirar a entrar en otro, y el artista no sale jamás de sí mismo”17, lo cual negaría nuestra propia individualidad y quedaría unificada en la generalidad, de la que tanto huye el poeta. ”El amor es gusto por la prostitución. No existe placer noble que no pueda ser referido a la prostitución”.18
Si a este planteamiento le añadimos que a Baudelaire el acto sexual le inspiraba horror porque era “natural” y brutal, posiblemente acudiría a aquellos placeres a distancia; era “voyeur” y fetichista, precisamente, porque estos vicios alivian la voluptuosidad del amor, por lo cual no se haría el mal, ya que el mal reside en esta voluptuosidad. Quizás por todas estas razones, comprendía y se relacionaba con las prostitutas. Lo que sí es relevante destacar es el protagonismo, en gran parte de su obra poética, de “la mujer de la calle” y también como integrante de la dualidad maniquea ya comentada.
Sin duda alguna, el autor rechazaba y repudiaba a estas mujeres, pero también fue el compañero de ellas en la soledad de las frías noches parisienses, dejando esparcir juntos sus miedos inconfesables, en el sabor de la piel amarga y del dulce vino. Porque en más de una luna, se tuvieron el uno al otro, cuando ninguno, nada poseía y cuando todo escapaba irrefrenable de ellos. Y en medio de la oscura condena, de la tragedia de sus días, de la estación del tedio, y de la tormenta alienadora que estremecía al poeta... nacían estas damas de la noche, envueltas en sus tristes tinieblas de perdición, pero dispuestas a entregar su envenenado corazón y su alma rota, para beber con ellas del mismo cáliz maldito que les regalaba, sólo por un momento, los labios del amor... Y Baudelaire lo sabía, y quizás por eso, las hizo, reinas negras de su grandioso universo femenino.
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Autor y licencia de 'La Mujer y el Amor en Bécquer y en Baudelaire'
Monografía de Mª Del Rosario Delgado Suárez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/baudbecq.html
