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La afirmación de Hermógenes expresa el convencionalismo de los sofistas: la relación entre el significante y el significado es puramente convencional y, por consiguiente, ninguna descripción lingüística es más adecuada que otra a la realidad descrita, ya que la función del lenguaje no es desvelar ninguna verdad sino persuadir al interlocutor provocándole sensaciones2. La discusión, como no podía ser de otra manera, se plantea en el plano del uso cotidiano del lenguaje, ya que los sofistas le niegan toda función epistemológica. El lenguaje cotidiano está plagado de inexactitudes y ambigüedades y en ello reside su fuerza como instrumento de persuasión. Frente a ello se eleva la exigencia socrática de una definición rigurosa.
La posición más extrema es pronto desechada. Si los términos que se asocian a las cosas son independientes de éstas no hay ninguna razón para usar un término en lugar de otro y alguien podría, si así lo deseara, aplicar el término 'hombre' a los caballos y el término 'caballo' a los hombres. El problema es que en este caso el lenguaje no cumpliría su función ya que la comunicación sería imposible. Una comunidad de hablantes tiene necesariamente que utilizar unos términos comunes.
Ahora bien, como el lenguaje sirve tanto para decir lo que es como lo que no es, los discursos pueden ser verdaderos o falsos. Esta propiedad del discurso la extiende Sócrates a los nombres, que entiende como la parte más pequeña del discurso: los nombres pueden ser también verdaderos o falsos3. A ésto último opone Hermógenes que dado que distintos pueblos aplican diferentes nombres a las mismas cosas, todos los nombres han de ser verdaderos y no puede decirse de ningún nombre que sea falso. La verdad del nombre es relativa al que lo utiliza y no es más verdadero un término que otro.
Este punto dará pie para criticar dos proposiciones antitéticas. La primera es la célebre proposición de Protágoras de que el hombre es la medida de todas las cosas: no puede conocerse la esencia de las cosas sino sólo la apariencia y esta es diversa en distintos sujetos. Lo que se me aparece a mí es verdad para mí y lo que se te aparece a ti es verdad para ti y no es más verdad la una que la otra, sino que ambas son igualmente verdaderas porque la verdad depende del sujeto. La otra proposición es atribuida al sofista Eutidemo y es justo lo contrario de lo afirmado por Protágoras: todas las cosas son las mismas para todos los hombres y estos no pueden conocer sino la verdad4. El argumento que emplea Sócrates para refutar ambas proposiciones es el mismo: tanto si las cosas aparecen de modo distinto en cada hombre como si todas ellas aparecen a todos del mismo modo, todos los hombres serían igualmente sabios y, consiguientemente, buenos y virtuosos. Pero la experiencia cotidiana nos muestra que no todos los hombres son igualmente virtuosos, lo que indica que no son igualmente sabios sino que unos son más sabios que otros5. Del rechazo de estas dos proposiciones se deduce que la verdad no reside en los sujetos que conocen sino en una esencia que existe independientemente de los sujetos:
Sócrates: Por consiguiente, si ni todo es para todos igual al mismo tiempo y en todo momento, ni tampoco cada uno de los seres es distinto para cada individuo, es evidente que las cosas poseen un ser propio consistente. No tienen relación ni dependencia con nosotros ni se dejan arrastrar arriba y abajo por obra de nuestra imaginación, sino que son en sí y con relación a su propio ser conforme a su naturaleza [386e]6.
Sócrates nos empieza a dirigir al lugar donde nos quiere llevar: un nombre para ser verdadero debe referirse no a lo que aparece sino a la esencia fija e inmutable de la cosa nombrada. El término para referirse a los caballos puede ser distinto en distintas comunidades de hablantes, pero todos ellos han de estar referidos a la esencia 'caballo'7.
El término es un instrumento que sirve para enseñar y distinguir los seres. Como todo instrumento debe ser adecuado a la función que debe realizar, es decir debe ser adecuado a la naturaleza de su objeto. Se recurre aquí a una comparación con la lanzadera del tejedor8: así como la lanzadera es el instrumento propio para distinguir los hilos del tejido, el nombre debe ser un instrumento que nos permita distinguir los seres unos de otros. En la construcción de la lanzadera el carpintero tiene en mente la idea del instrumento (la lanzadera en sí) y a partir de esta idea escoge los materiales adecuados para construir la apropiada en cada caso particular:
Sócrates: Por consiguiente, cuando se precise fabricar una lanzadera para un manto fino o grueso, de lino o de lana, o de cualquier otra calidad, ¿han de tener todas la forma de lanzadera y hay que aplicar a cada instrumento la forma natural que es mejor para cada objeto? [389b].
El fabricante de nombres (el legislador) debe actuar del mismo modo:
Sócrates: ¿Entonces, excelente amigo, también nuestro legislador tiene que saber aplicar a los sonidos y a las sílabas el nombre naturalmente adecuado para cada objeto? ¿Tiene que fijarse en lo que es el nombre en sí para formar e imponer todos los nombres, si es que quiere ser un legítimo impositor de nombres? [389d].
A la anterior afirmación de Hermógenes de que en distintos estados se dan distintos nombres a las mismas cosas, por lo que no parece que se atienda a la naturaleza de las cosas cuando se las nombra, Sócrates opone ahora que así como los artesanos pueden elegir distintos materiales para construir los instrumentos y esto es indiferente en tanto que sean adecuados para cumplir su función, los legisladores pueden formar los nombres con distintas sílabas, siempre que atiendan a la esencia de la cosa nombrada:
Sócrates: ¿Pensarás, entonces, que tanto el legislador de aquí como el de los bárbaros, mientras apliquen la forma del nombre que conviene a cada uno en cualquier tipo de sílabas..., pensarás que el legislador de aquí no es peor que el de cualquier otro sitio? [390a].
Pero, además, es preciso tener en cuenta que no todos los hombres pueden actuar como legisladores de nombres. Así como el carpintero y el herrero poseen el conocimiento y la habilidad necesarios para construir instrumentos de madera o hierro (puesto que conocen la idea de las cosas que fabrican) y los otros hombres deben recurrir a ellos, tampoco todos los hombres están capacitados para dar nombre a las cosas: el legislador es un técnico en el arte de nombrar. Por otra parte, no es el propio fabricante el que puede determinar en última instancia la adecuación o no del instrumento a su función, sino que este juicio corresponde al que lo utiliza: es el músico el que determina si la lira está bien o mal fabricada y el artesano deberá atender a las indicaciones del músico si quiere realizar bien su trabajo. Aquellos que fabrican nombres deben someterse al juicio de quienes utilizan la palabra de modo eminente: los dialécticos o filósofos, ya que son ellos los que poseen la idea adecuada de las cosas y pueden juzgar si los nombres se corresponden o no con esta idea.
Sócrates: Por consiguiente, la obra del carpintero es construir un timón bajo la dirección del piloto, si es que ha de ser bueno el timón.
Hermógenes: ¡Claro!
Sócrates: Y la del legislador, según parece, construir el nombre bajo la dirección del dialéctico, si es que los nombres han de estar bien puestos [390d]
La crítica de la afirmación inicial de Hermógenes termina aquí con dos conclusiones:
a) el nombre debe tener relación con la naturaleza de la cosa nombrada;
b) no todos los hombres son aptos para dar a las cosas los nombres convenientes.
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