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La noción de un lenguaje ideal en Platón.Anotaciones a una lectura del diálogo Crátilo - Pasaje intermedio: delirio etimológico

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CopyLeft Monografía de Miguel Angel de la Cruz Vives - 07 de Septiembre de 2006
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4. Pasaje intermedio: delirio etimológico

En este punto entramos en la parte central del diálogo, previa a la discusión de la afirmación de Crátilo, en la que se procede a indagar la relación entre las palabras y las cosas nombradas, tomando como base las obras de Homero y de otros poetas. Este largo pasaje, en el que Sócrates, poseído de un intenso delirio etimológico, explica el significado de los nombres de los dioses y de los héroes es, a mi juicio, una ejemplificación caricaturesca de hasta dónde se puede llegar si se lleva al extremo la posición defendida por Crátilo de que los nombres designan la naturaleza de las cosas nombradas, combinada con un hábil e irónico manejo de la erística. Si hasta aquí hemos asistido a la crítica de la concepción inicial de Hermógenes y parece que Sócrates está dando la razón a Crátilo, a partir de este momento se empieza a poner en cuestión la afirmación de éste y sirve como preámbulo al final del diálogo, cuando Crátilo tome la palabra.

Este pasaje en el que Sócrates analiza la etimología de las palabras e incluso las letras que las componen para tratar de establecer si los nombres se corresponden o no con la naturaleza de las cosas nombradas parece tener una doble intencionalidad:

1) Poner en cuestión la autoridad de los poetas, en cuya obra estaría supuestamente contenida una verdad irracional, directamente inspirada por los dioses.

2) Caricaturizar los procedimientos erísticos de la sofistica encaminados a hacer fuerte cualquier argumento por débil que sea. En efecto, a lo largo de su discurso Sócrates recurre en todo tipo de ardides y juegos del lenguaje para forzar la interpretación de los nombres de modo que encaje en aquello que se quiere demostrar. En todo momento Sócrates mantiene un cierto distanciamiento con respecto al ejercicio etimológico que está realizando, se siente "poseído", como si fuera otro y no él el que habla por su boca, hasta el punto que considera necesario someterse posteriormente a una purificación que lo libere de tal posesión:

Hermógenes: ¡Desde luego, Sócrates! Sencillamente parece que te has puesto, de repente, a recitar oráculos como los posesos

Sócrates: ¡Claro, que es a Eutifrón Prospaltio a quien culpo, Hermógenes, de que me haya sobrevenido ésta! Pues desde el alba no he dejado de acompañarle y prestarle oídos. Es posible, por tanto, no sólo que haya colmado mis oídos por estar él poseído, sino que incluso haya cautivado mi alma. Creo, pues, que deberíamos obrar así: hoy podemos servirnos de ella y analizar los nombres que nos quedan, pero mañana, si estás de acuerdo conmigo, la conjuraremos y nos purificaremos buscando a quien sea capaz de realizar una tal purificación, ya sea sacerdote o sofista. [396d].

El delirio etimológico de Sócrates no es un mero intermezzo satírico sino que muestra claramente el sentido final de todo el diálogo. El lenguaje no es sólo un instrumento de comunicación sino también y fundamentalmente de educación. La educación griega se realiza casi exclusivamente a través de la palabra. Tradicionalmente han sido los poetas los educadores de Grecia, como señala el propio Platón en La República. La educación tiene como finalidad principal que los ciudadanos adquieran los valores y virtudes necesarios para el bienestar de la ciudad que es la condición del suyo propio. Los poetas transmiten estos valores porque su palabra tiene un estatus privilegiado, diferente al de la palabra que utilizan los ciudadanos en sus relaciones cotidianas. El poeta es un intermediario entre el mundo de lo divino y el mundo humano: poseído por lo divino, al igual que los oráculos y los adivinos, es la propia divinidad la que se manifiesta a través de él.

En la Atenas de Pericles, los sofistas tratan de arrebatar a los poetas, a la sazón los autores trágicos, su papel de educadores. Frente a la educación de los poetas, cuyos modelos de conducta, apoyándose en una verdad mítica una y otra vez renovada, recomiendan a los ciudadanos prudencia (sophrosyne) frente a la desmesura (hybris) del héroe trágico, surge con los sofistas un nuevo tipo de educación en la que la dimensión trágica de la existencia humana queda relegada: el modelo no es el héroe trágico sino el ciudadano que aspira a triunfar en la vida de la ciudad; el mito queda relegado a mero ejemplo, así en Protágoras. Al eliminar la referencia a una verdad inmutable y eterna que se impone sobre la propia voluntad de los hombres, los sofistas ponen la palabra de los poetas al mismo nivel que la de cualquier ciudadano. La palabra de cualquier ciudadano tiene, en principio, el mismo valor, en tanto que está basada en una capacidad de razonamiento común a todos. Interpretemos como interpretemos el aforismo de Protágoras de que el hombre es la medida de todas las cosas da igual. Si se refiere al hombre individual, cada individuo, usando su razón alcanza su propia verdad, que puede ser inconmensurable con la de cualquier otro. Si se refiere al ser humano en general, a la humanidad, no hay una verdad más allá de la que puede ser alcanzada con el uso de las capacidades humanas. El poeta, presunto portador de una verdad sobrehumana, transmite modelos arcaicos que no tienen ninguna utilidad para la vida ciudadana. El público de la tragedia puede ser conmovido pero no es eficazmente educado para participar plenamente en la vida de la polis democrática.

Los sofistas introducen un nuevo criterio para diferenciar una palabra privilegiada de la que no lo es. El criterio no se refiere ya al origen divino y sagrado de la palabra del poeta y el oráculo, sino al uso de la misma: aquellos que poseen el dominio de la técnica del discurso son capaces de persuadir y convencer a sus conciudadanos y de confundir a sus opositores en la Asamblea, en los tribunales y en el Consejo. La palabra del retórico tiene, pues, un estatus superior, en términos de eficacia, a la del hombre corriente, pobremente equipado para triunfar en la vida política.

Para triunfar sobre los poetas, los sofistas han eliminado toda referencia a un orden estable de valores morales. La palabra, puramente racional y desprovista de toda sacralidad, se convierte en un puro instrumento de dominación política. La nueva educación de los sofistas otorga a aquellos que puedan pagarla los instrumentos retóricos y dialécticos necesarios para hacer prevalecer su opinión en la permanente pugna lingüística de la polis. Es lo verosímil, aquello que tiene la apariencia de la verdad sin serlo, y no ninguna verdad inmutable y eterna, lo que surge a través de la lucha de los argumentos contrarios: la justicia de una decisión, de una acción o de una sentencia no depende de ninguna referencia objetiva sino de la capacidad de persuasión y convencimiento del orador.

La filosofía socrático-platónica se opone por igual a los poetas y a los sofistas. Estará de acuerdo con los sofistas en que la razón es el único instrumento del que dispone el ser humano para alcanzar cualquier tipo de conocimiento y manifestará su desconfianza hacia cualquier tipo de acceso irracional a la verdad como el de los poetas. Pero denunciará el puro uso instrumental de la palabra que hacen los sofistas: a través de la razón tiene que ser posible fundamentar un orden objetivo de valores. La educación sofística es racional pero incapaz de establecer un modelo de moralidad pública. Desprovista de toda vocación de búsqueda de la verdad, la palabra permanece prisionera de la opinión (dóxa), en una pura técnica sin objetivo alguno.

En este largo pasaje, en el que Sócrates está, por un lado, poseído y sirve de vehículo para la enunciación de una verdad dogmática, y, por otro, utiliza todo tipo de falacias y trampas lingüísticas, se pone en cuestión a todos aquellos que han sido considerados hasta entonces como maestros de verdad: a los poetas y a los sofistas, con el fin de promocionar al nuevo maestro de verdad que será propugnado a continuación: el dialéctico o filósofo, que alcanza el conocimiento de la verdad por medio de la razón y utiliza el lenguaje y la argumentación como medio de alcanzar este conocimiento.

Pese a las diferencias señaladas, la palabra del sofista tiene un rasgo común con la del poeta: ejerce su influjo sobre las emociones del oyente, el cual, arrastrado por la perfección formal del discurso y la belleza de la composición, queda atrapado en las redes del lenguaje, siendo colonizada su mente y anulada su capacidad de razonamiento crítico. Queda, pues, como "poseído", estado en el que dice Sócrates hallarse tras escuchar a Eutifrón, del que se dice que está también poseído por sus maestros sofistas. De tal estado sólo es posible salir mediante una "purificación" del alma que la libere de las falsas imágenes que la invaden.

Aún cuando se indique aquí que tal purificación debe ser realizada por un sacerdote o sofista, sabemos por otros lugares que no es de ellos de los que podemos esperar que se produzca el efecto deseado. Es necesario purificar el alma de las falsas imágenes para poder iniciar el camino de la búsqueda de la verdad. Es Sócrates el que ejerce esta función por las calles de Atenas, purificando a sus interlocutores de las opiniones que han adquirido escuchando a los poetas y a los sofistas, haciéndoles reconocer su ignorancia y poniéndoles así en condición de buscar la verdad. Esta es la función del filósofo en contraposición al poeta y al sofista: no enseñar ninguna verdad sino poner al hombre en disposición de buscar la verdad. Como se nos dice en el Menón, no buscará la verdad el que cree que ya la posee ni el que niega que exista tal verdad, sino aquel que, sabedor de su ignorancia, confía empero en la existencia de la verdad. El camino que conduce de la oscuridad a la luz, de la opinión a la ciencia, tal como queda ejemplificado en el mito de la caverna de La República, pone de manifiesto que el camino del conocimiento sólo puede emprenderse después de que el alma se haya purificado de las falsas creencias.

Autor y licencia de 'La noción de un lenguaje ideal en Platón.Anotaciones a una lectura del diálogo Crátilo - Pasaje intermedio: delirio etimológico'
Miguel Angel de la Cruz Vives Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/cratilo.html CopyLeft
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