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Los discursos fundacionales instaurados por el Estado-Nación emergente en el siglo XIX reconocen en la narración histórica que hayan hecho de "la Nación" uno de los monumentos sobre los que se erige el imaginario de las diversas identidades que se integran a la "nacionalidad" como constructo. Si de lo que se trataba era de configurar "la Nación" definiendo sus límites, los discursos literarios buscaron, mediante esas operaciones de inclusiones y exclusiones, la integración sujetos bio-políticos -en el decir de Arias (2004)- de identidad "civilizada" y "seres de derecho", pues "la identidad estaba supeditada a la ciudadanía". Citando a Achugar, también Figueroa (2002) dirá: "`Lo que hacen [los parnasos nacionales] es construir desde el poder el referente de un país donde sólo los hombres libres tienen derecho a la producción simbólica, donde las mujeres, los negros, y los indios no son ciudadanos, no lo son de modo pleno´ (1997:18). Así, las escrituras que se producen en este tiempo no están destinadas 'para todo el mundo', como hoy se pudiera entender; por el contrario, están referidas a una élite de hombres que manejarán la nación, por lo que el yo narrativo está destinado a los otros 'yos' que se le parezcan".
De este modo, el juego de la memoria construye un dispositivo escritural que conjura una "nación de iguales": desde un yo-productor que se dirige a otros "yo" receptores que se definen como iguales, se configura una subjetividad "dirigida siempre desde un centro, la que se alzará como cúspide, punta de la pirámide que va a sustentar el todo mayor llamado 'Nación'" (Figueroa, 2002). Este juego monopolizador de una "identidad preclara y hegemónica" se asienta precisamente en el establecimiento de su diferencia: aquella que define a la "Nación" como "república, destino y poder de los iguales", previa segmentación y exclusión de las diferencias y los diferentes.
En este sentido, el montaje de "la Nación literaria" del discurso modernizador decimonónico configuró una "memoria discursiva" a la que instauró como monumento identitario a partir de dos procesos de exclusión:
Por un lado, la referencia en sus discursos a una "otredad" que debe dejar de ser "otredad-gaucha" para incorporarse a "la Nación" en su estatura de "símbolo", representada en el uso, simulación y usurpación que de su voz-otra hacen los dispositivos de fundación de la "identidad nacional", perfilando una "inclusión" que -pese a resultar como paradoja "metáfora de una exclusión real"- se postula como estrategia constitutiva de la cultura nacional, homogeneizando diferencias y estetizándolas "en un espacio simbólico meta-ideológico que cree símbolos nacionales para uso cotidiano y disfrece hasta cierto punto la naturaleza ilusoria de la nación" (Arias, 2004), toda vez que las élites nombran al gaucho, hablan por él y en defensa de él, pero nunca "con él"; lo representan como sujeto subalterno pero sin su enunciación.
Por otro lado, la referencia en sus discursos a una "otredad-india" simbolizada por el silencio y por lo no dicho, por la ausencia del relato mismo de la segmentación y la diferencia fundada en una exclusión discursiva de las identidades-otras, que tanto más fuerte lo es en sí misma cuanto esa exclusión discursiva se funda en una exclusión material, no sólo de las voces, sino de los cuerpos de esas identidades-otras, configurando una "literatura sin indios" en un "territorio sin indios", una "exclusión" que resulta "genocidio simbólico y material" de la diferencia.
En este contexto, la crítica actual -inspirada en las refundaciones epistemológicas promovidas por los “estudios culturales”, los “estudios poscoloniales o posoccidentales”, o las “teorías de la subalternidad”- se ha internado en el desmontaje y el reconocimiento de los procesos discursivos de “nacionalización literaria” por parte del incipiente Estado en formación, observando cómo parte de ese corpus textual canónico del siglo XIX se inscribe en esos procesos: los textos de los “viajeros”, los textos de Sarmiento, los del propio Echeverría o Alberdi, por citar algunos de los abordados en los estudios de Fernández Bravo, Prieto, Montaldo, Sorensen, Svampa, Andermann, entre otros. En ellos podemos ver cómo se presenta a la literatura como discurso del Estado que define “el cuerpo de la patria” inscripto en una “literatura nacional” en el proceso de constitución del Estado-Nación.
Sin embargo, y pese a la importancia de una producción crítica que aborda estos procesos renovando desde otra perspectiva la lectura de la literatura argentina del siglo XIX, debe reconocerse que los procesos de “territorialización” inscriptos en los discursos sociales hegemónicos de configuración de la Nación debieran profundizarse, restituyéndolos en el campo de las luchas discursivas y los contextos dialógicos contrahegemónicos que se dieron en ese largo proceso de consolidación del Estado y configuración de la Nación. Y ello, porque, precisamente, para que se constituyera definitivamente el “cuerpo de la patria” y la idea de una Nación, el discurso del Estado debió “fagocitar” -una vez concluido el proceso de su consolidación en 1880- las luchas discursivas y los contextos dialógicos en que el discurso del Estado originariamente fue inscribiéndose. Con ello, el Estado triunfante se convirtió en un “Estado glosófago”, descontextualizando a los textos entronizados como “fundadores de la nacionalidad” del marco de las luchas discursivas en que los mismos se produjeron.
A la sombra de sus propios monumentos, detrás de sus bases instituyentes, quedaron los rastros y los rostros, las huellas y las sombras de las luchas discursivas en que se habían gestado esos textos que territorializaron y definieron la Nación construida y el “nosotros” de su pertenencia. ¿Cuáles fueron esos rostros y esas sombras, cuáles las identidades discursivas de esos sujetos y sus voces en los procesos de luchas políticas y conflictos culturales, dónde encontrar sus rastros y sus huellas, en qué espacios se desarrolló la palabra contrahegemónica del debate, la realización de sus voces y su decir que quedaron imbricados en los procesos de territorialización discursiva y en la lucha por definir “el cuerpo de la patria” y sus fronteras, los que debían formar parte de la Nación y los que no?
He aquí interrogantes que siguen vivos, configurando una matriz inquisidora que la memoria histórica también debe recuperar.
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