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En Poemas de la oficina este sentimiento apenas está presente, exceptuando la composición que nos ocupa y la breve referencia de “Elegía extra”, donde el amor se limita al domingo, pues en los días laborables no hay tiempo para él:
Hoy
un domingo
como cualquier otro
uno de ésos
que Dios ha reservado
(...)
para el amor
repetido en los parques
(“Elegía extra”, p. 573)
Aunque la oficina no parece el lugar más indicado para que florezca este sentimiento40, la voz poética añora a su amada en el lento transcurrir del horario de trabajo, con su insoportable monotonía:
Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.
Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha cómo ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.
(p. 576)
Sólo el amor, la presencia de la mujer querida, puede salvarlo, al menos momentáneamente, de tan amarga rutina. Sin embargo es sólo un deseo que no consigue hacerse realidad, al igual que el beso que los uniera (dos últimos versos), convirtiendo por una vez a la oficina en un rincón de felicidad:
Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme «¿Qué tal?» y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico.
(p. 576)
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