La poesía burocrática de Mario Benedetti - Notas
[1] Mario Benedetti, Inventario Uno. Poesía Completa (1950-1985), Madrid, Visor, 1997, 10ª ed. 4ª reimpr., pp. 559-579. Anotaré el título del poema y el número de su página en el texto principal, tomando siempre como referencia esta edición.
[2] Mario Paoletti explicará al respecto: “Pero serán los Poemas de la oficina los que darán a conocer el nombre de Mario Benedetti entre sus compatriotas. Mario venía trabajando en ellos desde tiempo atrás y decide ofrecerle una selección a Marcha, que los publica de forma destacada. Es un exitazo. El director de Marcha, Carlos Quijano, lo llama esa misma mañana a su puesto en Piria para felicitarlo. (...) Todavía hoy, (...) Mario siente el repelús de aquel primer reconocimiento profesional, porque era el primero, sin duda, pero también porque provenía del hombre que en ese momento ocupaba el centro del protagonismo cultural. Era una especie de consagración. Había que aprovechar la bolada y el diligente Mario la aprovechó: se agregaron algunos poemas a la selección de Marcha y fue lanzada a la calle una edición de mil libros. Se agotó en quince días. Era la primera vez que esto ocurría en Montevideo con un poeta «desconocido» y fue también la última vez que Mario tuvo que pagar una edición de su propio bolsillo (...)” (El Aguafiestas. Benedetti. La biografía, Madrid, Alfaguara, 1996, pp. 79-80).
[3] Ernesto González Bermejo, “Con Mario Benedetti”, Casa de las Américas, La Habana, marzo-junio 1971, pp. 148-149. Ésta misma entrevista ha sido incluida por Jorge Ruffinelli (Ed.) en el volumen Mario Benedetti: Variaciones Críticas, Montevideo, Libros del Astillero, 1973, p. 27, con el título Ernesto González Bermejo, “El caso Mario Benedetti”.
[4] “Cronología”, y Mercedes Rein, “La poesía de Benedetti: Balance provisorio”, Jorge Ruffinelli (Ed.), Mario Benedetti: Variaciones Críticas, op. cit., pp. 12 y 160.
[5] Hugo Alfaro, Mario Benedetti (detrás de un vidrio claro), Montevideo, Trilce, 1986, pp. 23-24.
[6] Hugo Alfaro reconoce este éxito y nos explica sus causas: “Por aquella época aparecen también los Poemas de la oficina y recuerdo una página entera de Marcha en que Rodríguez Monegal adelantó una sección. Fue un impacto para Montevideo, nada acostumbrado a esa poesía accesible y conversacional, y no obstante rigurosa. Un hecho inédito se dará: con Benedetti resultaba fácil leer poesía en los ómnibus. “Es una lástima que no estés conmigo/ cuando miro el reloj y son las seis/ Podrías acercarte de sorpresa/ y decirme “¿Qué tal?” y quedaríamos/ yo con la mancha roja de tus labios/ tú con el tizne azul de mi carbónico”. ¡Oh, no es sublime! (ni trata de serlo). Pero rompe con naturalidad y encanto discreto la capa de albayalde que almidona tanta prestigiosa poesía de amor. Consecuencia inmediata: la tendera de Caubarrère y el estudiante de Academias Pitman se sintieron incluidos en el texto, no como de costumbre excluidos. Esa poesía cotidiana los ponía en el lugar que antes poblaban corzas y gacelas. (...) Mario consigue que la poesía ingrese en el comercio de los hombres. (...) La voz horizontal de Mario nos expresaba a todos, sin avillanarse ni regalarnos nada. Diciéndonos lo que todos sentíamos pero... nadie había dicho” (Ibíd., pp. 28-29).
[7] Jorge Ruffinelli, “Mario Benedetti: perfil literario”, Studi di Letteratura Ispano Americana, Lettere dell’ Uruguay, 13-14, Cisalpino-Goliardica, Milano, 1983, p. 105; “Cronología”, Jorge Ruffinelli (Ed.), Mario Benedetti: Variaciones Críticas, op. cit., p. 12.
[8] Ernesto González Bermejo, “Con Mario Benedetti”, Casa de las Américas, op. cit., p. 149; Ernesto González Bermejo, “El caso Mario Benedetti”, Jorge Ruffinelli (Ed.), Mario Benedetti: Variaciones Críticas, op. cit., p. 27.
[9] Carmen Alemany Bay, Poética coloquial hispanoamericana, Alicante, Universidad de Alicante, Servicio de Publicaciones, 1997, p. 204.
[10] Jorge Ruffinelli, “Mario Benedetti: perfil literario”, Studi di Letteratura Ispano Americana, op. cit., p. 105.
[11] Jorge Ruffinelli, “Mario Benedetti y mi generación”, Carmen Alemany, Remedios Mataix y José Carlos Rovira (Eds.), Mario Benedetti: Inventario cómplice, Alicante, Universidad de Alicante, Servicio de Publicaciones, 1998, p. 29.
[12] Hortensia Campanella, “Mario Benedetti en la poesía actual”, Nueva Estafeta, 20, Madrid, julio 1986, p. 85.
[13] Benedetti nos explica su preferencia por el espacio urbano: “El ser «urbano» es algo bastante previsible en la literatura uruguaya. Cada vez hay menos escritores que tratan temas del campo y más escritores que tratan temas de la ciudad porque cada vez hay más gente que viene a la ciudad. En este momento la mitad de los dos millones y medio de habitantes del Uruguay viven en Montevideo” (Jorge Ruffinelli, “Mario Benedetti: perfil literario”, Studi di Letteratura Ispano Americana, op. cit., pp. 106-107).
[14] José Miguel Oviedo, “Un dominio colonizado por la poesía”, Jorge Ruffinelli (Ed.), Mario Benedetti: Variaciones críticas, op. cit., p. 149.
[15] Hortensia Campanella, “Mario Benedetti: A ras de sueño”, Anthropos, Mario Benedetti. Literatura y creación social de la realidad. La utopía, empresa y revolución de la historia, n.º 132, Barcelona, mayo 1992, p. 28.
[16] Ibíd., p. 28.
[17] Eileen M. Zeitz, “Entrevista a Mario Benedetti”, Hispania, 63, Worcester, Massachusetts, mayo 1980, pp. 417-418. Este tipo de hombre continuará estando presente en la literatura de Benedetti: “Aún en los libros posteriores sigue apareciendo un personaje que me atrae mucho como tema literario, es el hombre no mediocre sino mediano, ese hombre que lleva una vida un poco oscura, un poco gris, pero que lleva dentro un mundo que es muy rico y muy enriquecedor. Un hombre con ciertas timideces, con ciertas limitaciones pero también con un fondo de inteligencia, también un poco ético (...)” (Margarita Fiol y Antonio Puertas, “Entrevista a Mario Benedetti”, Caligrama, Vol. I, Palma de Mallorca, 1984, p. 73). Incluso en su relato “Más o menos hipócritas”, nuestro autor vuelve a emplear la distinción entre mediano y mediocre, en esta ocasión aplicada a un escritor (Buzón de tiempo, Madrid, Alfaguara, 1999, p. 91).
[18] Mario Benedetti, “Rebelión de los amanuenses”, El país de la cola de paja, Montevideo, Arca, 1973, 9ª ed., p. 51.
[19] Margarita Fiol y Antonio Puertas, op. cit., pp. 73-74.
[20] Jorge Ruffinelli, “La trinchera permanente”, Palabras en orden, Xalapa, México, Universidad Veracruzana, 1985, p. 152.
[21] Sobre su trabajo como taquígrafo nos explica Mario Paoletti: “(...) El Contador General de la Nación decide aprovecharse de sus servicios. Y como este señor era además presidente de la Comisión Nacional de Educación Física, y había ideado un fantasmagórico proyecto del deporte -irrealizable y jamás realizado- se lo lleva a Mario Benedetti por todo el país, para que le tome en taquigrafía sus nebulosos discursos (...)” (Op. cit., p. 59). Benedetti rememorará con cariño aquella época en la sección tercera su cuento “Testamento holográfico”, de contenidos claramente autobiográficos, aunque el relato se halle en boca de un personaje de ficción (Buzón de tiempo, op. cit., pp. 168-172). Al igual que Benedetti, Rogelio Velasco recorrerá el país taquigrafiando los discursos del Plan de Educación Física (Ibíd., p. 170); y como él añorará aquellos tangos bailados con las estudiantes (Ibíd., pp. 170-172). Estas vivencias las recoge también Mario Paoletti (Op. cit., pp. 59-60).
[22] Ibíd., p. 58. Francisca Noguerol especifica alguna de estas labores y añade otras: “(...) Trabajó de 1934 a 1969 en oficinas diversas. Primero ocho horas diarias en Will L. Smith, S. A., repuestos para automóviles; luego como funcionario público en la Contaduría General de la Nación, como tenedor de libros en una firma inmobiliaria y como taquígrafo en la Facultad de Química de la Universidad de Uruguay” (Mario Benedetti: Los espejos las sombras, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1999, p. 35). Pero Benedetti siempre supo que ése no iba a ser su futuro, que sólo se trataba de algo transitorio: “(...) Nunca consideré que la burocracia fuera mi destino; de algún modo intuía que, tarde o temprano, iba a extraerme a mí mismo de ese marco” (Hugo Alfaro, op. cit., p. 26). Finalmente, treinta y cinco años después de haber empezado a trabajar en el universo de la oficina, nuestro autor podrá vivir de su labor como periodista y escritor: “(Desde 1969) ya Benedetti no realizará más trabajos burocráticos, por lo cual también puede caracterizarse este año como el fin del prolongado período oficinesco (...)” (Eduardo Nogareda, “Introducción: Apuntes bio-literarios”, La tregua, Madrid, Cátedra, 1978, p. 22).
[23] Hortensia Campanella , “Mario Benedetti: A ras de sueño”, Anthropos, 132, op. cit., p. 27.
[24] Luis Paredes, Mario Benedetti: Literatura e Ideología, Montevideo, Arca, 1988, p. 95 y Corina S. Mathieu, Los cuentos de Mario Benedetti, Nueva York, Peter Lang Publishing Inc., 1983, p. 65.
[25] Como indica Luis Paredes: “Cada vez el yo poético reconoce con mayor profundidad su ineficacia y su tiempo malgastado al verse sumergido en un cuadro absorbente del trabajo que destruye su condición de hombre libre sintetizándolo en uno humillado, inerte, que muere lentamente víctima de la rutina laboral que le ha marcado el sistema” (Op. cit., pp. 72-73).
[26] El sueldo como motivo central aparece también recogido en el cuento de Montevideanos, “El presupuesto” (Cuentos Completos, Madrid, Alfaguara, 1998, pp. 77-81).
[27] El Diccionario de la Lengua Española define pucha como una “interjección usada para expresar disguto” (Madrid, Real Academia Española, Vigésima Segunda Edición, 2001).
[28] La voz poética es consciente de su pasividad y falta de iniciativa para cambiar las cosas. Benedetti describía y criticaba con enorme dureza esta actitud que caracterizó al Uruguay de la década de los 50 y dio título a su ensayo El país de la cola de paja: “Ahora bien, el especial estado de ánimo que la jerga popular ha dado en llamar cola de paja, es precisamente una antesala de la cobardía. No es la cobardía en sí, pero es la disposición de ánimo que va a caracterizar el decisivo minuto que la precede. Si tener cola de paja es sentirse culpable, esa culpabilidad tiene una determinada dirección: la de una actitud que es urgente asumir, y no se asume. No se precisa ahondar mucho en el actual estilo de vida del Uruguay para reconocer que la cola de paja es algo así como un símbolo de ese estilo” (Op. cit., “Del miedo a la cobardía”, p. 15).
[29] José Miguel Oviedo, “Un dominio colonizado por la poesía”, Jorge Ruffinelli (Ed.), Mario Benedetti: Variaciones críticas, op. cit., p. 149. Parecer muy similar mantiene Corina S. Mathieu: “Los personajes demuestran una y otra vez la incapacidad de sobreponerse a las circunstancias; (...) Existe una apatía, una cobardía individual que les impide tomar decisiones drásticas y romper los lazos con lo preestablecido. La rutina de la oficina los ahoga, pero no existen intentos de liberación. Las proclamas de independencia no pasan de amagos o intentos frustrados” (Op. cit., p. 27).
[30] Martín Santomé, el protagonista de su novela La tregua, es plenamente consciente de ello: “Me siento un poco extraño sin la oficina. Pero quizá me sienta así porque tengo conciencia de que esto no es el verdadero ocio, de que es tan sólo un ocio a término, amenazado otra vez por la oficina” (“Jueves 22 de agosto”, La tregua, op. cit., p. 217).
[31] Santomé enfrenta con la misma desesperación el final de las vacaciones y el inevitable retorno a la oficina: “Se acabó la farra. Mañana otra vez a la oficina. Pienso en las planillas de ventas, en la goma de pan, en los libros copiadores, en las libretas de cheques, en la voz del gerente, y el estómago se me revuelve” (Ibíd., “Domingo 1.º de setiembre”, p. 227).
[32] Así le sucede también a Martín Santomé: “Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo” (Ibíd., “Lunes 11 de febrero”, p. 81). Como es lógico, la impaciencia aumenta a medida que se aproxima la jubilación: “Es curioso: cuanto más me acerco al descanso, más insoportable me resulta la oficina. Sé que me restan sólo cuatro meses de asientos, de contrasientos, balancetes, cuentas de orden, declaraciones juradas. Pero daría un año de vida por que esos cuatro meses se redujeran a cero” (Ibíd., “Sábado 7 de setiembre”, p. 231). Por fin llega el momento tan esperado durante años: “Último día de trabajo. (...) Allí quedó mi mesa. Nunca pensé que me importara tan poco desprenderme de la rutina” (Ibíd., “Viernes 28 de febrero”, p. 254). Pero la felicidad tampoco residía en el ocio: “Se acabó la oficina. Desde mañana y hasta el día de mi muerte, el tiempo estará a mis órdenes. Después de tanta espera, esto es el ocio. ¿Qué haré con él?” (Ibíd., “Viernes 28 de febrero”, p. 255).
[33] Este es el único Montevideo que conoce Martín Santomé: “Yo conozco el Montevideo de los hombres a horario, los que entran a las ocho y media y salen a las doce, los que regresan a las dos y media y se van definitivamente a las siete” (Ibíd., “Martes 19 de febrero”, p. 86). Sin embargo existe otro Montevideo: “Pero está la otra ciudad, la de las frescas pitucas que salen a media tarde recién bañaditas (...); la de los hijos de mamá que se despiertan al mediodía (...); la de los viejos que toman el ómnibus hasta la Aduana (...); la de las madres jóvenes que nunca salen de noche (...); la de las niñeras que denigran a sus patronas (...); la de los jubilados y pelmas varios (...)” (Ibíd., “Martes 19 de febrero”, p. 86).
[34] La realidad de algunos no quedaba muy lejos de lo que el poema recoge. Así lo explica el propio autor a Hugo Alfaro: “Años después, me conmovió mucho una anécdota que me contaron. Un dactilógrafo del Banco Comercial, en un momento de poco trabajo, se puso a leer disimuladamente mis Poemas de la oficina, y llegó a “Dactilógrafo”. De pronto empezó a llorar desconsoladamente y no tuvo escrúpulos (delante de compañeros clientes) en cruzar los brazos sobre la Underwood y esconder allí su afligida cabeza” (Op. cit., pp. 28-29).
[35] Esta misma capacidad la posee Martín Santomé: “Lo que menos odio es la parte mecánica, rutinaria, de mi trabajo: el volver a pasar un asiento que ya redacté miles de veces, el efectuar un balance de saldos y encontrar que todo está en orden, que no hay diferencias a buscar. Ese tipo de labor no me cansa, porque me permite pensar en otras cosas y hasta (¿por qué no decírmelo a mí mismo?) también soñar. Es como si me dividiera en dos entes dispares, contradictorios, independientes, uno que sabe de memoria su trabajo, que domina al máximo sus variantes y recovecos, que está seguro siempre de dónde pisa, y otro soñador y febril, frustradamente apasionado, un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría, un distraído a quien no le importa por dónde corre la pluma ni qué cosas escribe la tinta azul que a los ocho meses quedará negra” (“Viernes 15 de febrero”, La tregua, op. cit., pp. 82-83). Tal habilidad aparece también en el cuento de Esta mañana, “No tenía lunares” (Cuentos Completos, op. cit., pp. 58-65). En el apartado 4 se emplea fielmente la misma técnica, pero en este caso se distinguen tipográficamente ambos planos. Rafael Arias realiza un informe a su director en el que le detalla la irregularidad acaecida con un cheque al portador, y simultáneamente reflexiona sobre las decisiones a tomar en la infidelidad de la que está siendo víctima por parte de su mujer y un compañero de trabajo. Como podemos comprobar las similitudes con respecto a nuestro poema son evidentes: “«Señor Director: De acuerdo con su comunicación de fecha 18 del corriente, por la que se me designa para investigar la irregularidad denunciada en el movimiento de Caja y Bancos correspondiente al día 27 del pasado mes de febrero míster Cuckold es cierto nunca lo supe pero paso a informar a usted, lo siguiente: Al efectuarse el arqueo en la última media hora de trabajo del día 27, el subjefe señor Mieres comprobó la falta de un cheque al portador la certeza final la certeza final en realidad desde el principio todo estuvo claro y yo no estoy desesperado solo decidiéndome girado contra la Caja Nacional de Ahorros y Descuentos por la firma Lanza, Salgado & Cía., por un importe hacia adónde ahora de $ 7.625,68 (siete mil seiscientos veinticinco pesos con sesenta y ocho centésimos moneda nacional)” (Ibíd., pp. 60-61). Los apartados 1, 2 y 3 mantienen esta diferenciación tipográfica entre su fracaso matrimonial y la rutina oficinesca por un lado, y por otro, en cursiva, la reconstrucción y análisis del adulterio (Ibíd., pp. 58-60).
[36] Luis Paredes comenta al respecto: “No sólo encontramos un juego de tiempos y hablante mediante el contenido, sino que este juego se afirma mediante la estructuración de dos poemas intercalados en los versos de la poesía total. Podemos leer perfectamente una carta (“Montevideo, quince de noviembre...”) puramente comercial que representa el presente con todos sus atributos; y un cuadro que nos lleva a la evocación y reestructuración de la niñez que complementa al hablante con su ciudad adoptiva. La poesía en sí es una profunda evidencia del mundo de la alienación que comparte el hablante” (Op. cit., p. 77).
[37] Madrid, Alfaguara, 1999, pp. 103-104.
[38] Curiosamente será Lucas, uno de los protagonistas de la novela y creador de este personaje, quien juzgue con dureza el poema, aunque admita su atracción por él: “La oración del auxiliar segundo es un poema ordinario y prosaico y que sin embargo me gusta. Ésta es además una buena ocasión para verlo publicado, atribuyéndolo canallescamente a un personaje tan inocente como miserable” (Quién de nosotros, op. cit., p. 103, n. 23). Las diferencias entre la composición de la novela (Ibíd., pp. 103-104) y la del poemario (Inventario Uno. Poesía Completa (1950-1985), op. cit., p. 572) son mínimas. En la novela, los versos segundo y séptimo finalizan en punto y aparte; en el poemario no poseen ningún signo de puntuación. En el verso octavo de la novela “sólo” funciona como adverbio; en el poemario, como adjetivo “solo”. El verso decimoprimero de la novela: “pero no me dejes”, constituye dos versos en el poemario: “pero / no me dejes”. Lo mismo sucede con el verso decimoquinto de la novela: “cuando esta niebla de ficción se esfume”, que en el poemario se recoge: “cuando esta niebla de ficción / se esfume”. De este modo, el texto de Quién de nosotros posee diecisiete versos, y el de Inventario Uno. Poesía Completa (1950-1985), diecinueve.
[39] Luis Paredes afirma sobre esta ambigua relación con Dios: “El recurso de interpretar la cosificación mediante el abandono de Dios y su salvación por medio del regreso a la fe, es una técnica para dar una importancia secreta o irónicamente restarle valor a la forma de aceptar el destino” (Op. cit., p. 69).
[40] Sí lo fue en La tregua, donde los amores entre Martín Santomé y Laura Avellaneda lograron superar las múltiples dificultades de dicho espacio, siendo únicamente la muerte quien frustrara tal relación.
[41] En términos no menos contundentes se expresa Martín Santomé. Su honda animadversión por los jefes llama aún más la atención, pues nos hallamos ante un personaje en el que la prudencia es una de sus características dominantes: “Esta mañana estuve hablando con dos miembros del Directorio. Cosas sin mayor importancia, pero que alcanzaron, sin embargo, para hacerme entender que sienten por mí un amable, compresivo desprecio. Imagino que ellos, cuando se repantigan en los mullidos sillones de la sala de Directorio, se deben sentir casi omnipotentes, por lo menos tan cerca del Olimpo como puede llegar a sentirse un alma sórdida y oscura. Han llegado al máximo. Para un futbolista, el máximo significa llegar un día a integrar el combinado nacional; para un místico, comunicarse alguna vez con su Dios; para un sentimental, hallar en alguna ocasión en otro ser el verdadero eco de sus sentimientos. Para esta pobre gente, en cambio, el máximo es llegar a sentarse en los butacones directoriales, experimentar la sensación (que para otros sería tan incómoda) de que algunos destinos están en sus manos, hacerse la ilusión de que resuelven, de que disponen, de que son alguien. Hoy, sin embargo, cuando yo los miraba, no podía hallarles cara de Alguien sino de Algo. Me parecen Cosas, no Personas. Pero, ¿qué les pareceré yo? Un imbécil, un incapaz, una piltrafa que se atrevió a rechazar una oferta del Olimpo. Una vez, hace muchos años, le oí decir al más viejo de ellos: «El gran error de algunos hombres de comercio es tratar a sus empleados como si fueran seres humanos». Nunca me olvidé ni me olvidaré de esa frasecita, sencillamente porque no la puedo perdonar. No sólo en mi nombre, sino en nombre de todo el género humano. Ahora siento la fuerte tentación de dar vuelta la frase y pensar: «El gran error de algunos empleados es tratar a sus patrones como si fueran personas». Pero me resisto a esa tentación. Son personas. No lo parecen, pero son. Y personas dignas de una odiosa piedad, de la más infamante de las piedades, porque la verdad es que se forman una cáscara de orgullo, un repugnante empaque, una sólida hipocresía, pero en el fondo son huecos. Asquerosos y huecos. Y padecen la más horrible variante de la soledad: la soledad del que ni siquiera se tiene a sí mismo” (“Sábado 17 de agosto”, La tregua, op. cit., pp. 213-214).
[42] Así lo confirma en El país de la cola de paja: “No deben ser muchas las familias montevideanas en las que no milite algún empleado público, o por lo menos algún aspirante a serlo. Mal que bien, la burocracia representa para unos la seguridad, para otros la esperanza, y contribuye poderosamente a que no abunden quienes, en el fondo de su alma y de su presupuesto, deseen realmente que se opere un cambio radical en ese statu quo” (Op. cit., “El recurso de la chacota”, p. 23).
[43] El oficinista conoce el prestigio de su profesión, por lo que frecuentemente cae en la prepotencia. Benedetti critica tal actitud: “En el Uruguay se piensa siempre en términos de clase media, y el obrero no pertenece a ella. (...) Muchas veces el obrero gana más que el empleado; sin embargo, es casi inevitable que éste se piense a sí mismo en un nivel superior. El oficinista es una especie de símbolo de la clase media y tiene una oscura conciencia de esa condición. (...) El oficinista (...) se cree más importante de lo que sus zarandeados méritos lo autorizan a pensar, y frecuentemente se siente poseedor del gran remedio que salvará al país” (Ibíd., “Rebelión de los amanuenses”, pp. 58-59).
[44] José Miguel Oviedo, “Un dominio colonizado por la poesía”, Jorge Ruffinelli (Ed.), Mario Benedetti: Variaciones críticas, op. cit., p. 153.
[45] Benedetti rescataría poco después el motivo de este poema en El país de la cola de paja: “Antes de conseguir el puesto en la oficina, la gloria es la oficina; después de conseguirlo, la gloria se convierte en el infierno, pero no todas las veces el oficinista tiene plena conciencia de esa transformación” (Op. cit., “Rebelión de los amanuenses”, p. 51).
[46] Los versos:
yo
usando lo que sé
brindando lo que tengo
ecuaciones
inglés
teneduría
alemán
buena letra
logaritmos
(p. 571)
nos confirman el autobiografismo de la composición. El conocimiento del alemán y las matemáticas tiene su origen en “el Deutsche Schule”: “(...) El Colegio Alemán de Montevideo, al que asistiría durante cinco años, de los nueve a los trece, y determinaría una buena parte de sus vocaciones. (...) (Allí nuestro autor) (...) aprendió el alemán, que, como todos los idiomas, es una manera distinta y especial de ver las cosas, y se relacionó con el mundo abstracto de los números (...)” (Mario Paoletti, op. cit., pp. 28-30). Esta experiencia educativa aparece también recogida por Hugo Alfaro (Op. cit., pp. 12-13).
[47] Se trata de Raúl Benedetti, único hermano del autor, ocho años menor que él (Ver Hugo Alfaro, op. cit., p. 14 y Mario Paoletti, op. cit., p. 216).
[48] En su ensayo El país de la cola de paja (1960) Benedetti profundizó en el análisis de esta forma de corrupción burocrática, coloquialmente conocida en Uruguay como “la coima”. A continuación recojo las opiniones más representativas al respecto: “La coima excede toda autorización y, aún hoy, sigue siendo una palabra inconveniente, sólo usada por los grandes partidos cuando militan en la oposición. En la intimidad (es decir, en los despachos o en los mostradores) se llama propina o regalito, pero más a menudo se la rodea de metafóricas alusiones. Sería estúpido no confesar algo que es de dominio público: para que un certificado sea expedido a tiempo, o un libro rubricado sin demora, o para que no haya problemas de último momento en ocasión de una boda, un divorcio o un entierro, o para que la muerte no le gane de mano a la jubilación, es necesario a veces auspiciar el celo funcional con la atención contante y sonante. Las dudas del obligado dadivoso rara vez tienen que ver con los principios morales: se limitan a preguntarse si el empleado en cuestión será de los que agarran o de los quisquillosos. Quisquilloso es aquí un mero sinónimo de decente, pero de todos modos es una categoría que más bien está ligada a la incómoda sensación de quedar en blanco, de hacer el ridículo, de quedar mal. El que está dispuesto a otorgar una coima, siempre prefiere que se la acepten. El rechazo podría provocarle un verdadero choque, que acaso le llevara a una revisión general de los valores que da por admitidos. En consecuencia, mejor es que todo siga como está. Hay veces en que la corrupción se vuelve tan escandalosa, que es necesario camuflarla con una parodia de escarmiento. Pero en esos casos, siempre cae el pez chico; el pez grande es, por lo general, de los que reclaman a voz en cuello un castigo que aplaste a los venales” (Op. cit., “Rebelión de los amanuenses”, pp. 61-62). Pero la generalización de la coima reconoce distintas etapas: “En la primera, el hombre con escrúpulos morales no daba ni recibía coimas, sólo el inmoral las aceptaba. En esta segunda etapa que vivimos, el hombre con escrúpulos morales sigue resistiéndose a recibir coima, pero en cambio se siente empujado a darla, aún con todas las repugnancias que el hecho implica y al solo efecto de no verse infinitamente postergado. La tercera etapa (ojalá nunca llegue) se iniciará cuando ese mismo individuo, considerándose a sí mismo un rezagado, abdique su anacrónica decencia, archive definitivamente sus últimos escrúpulos, y se incorpore, también él, a esa nueva y cretina concepción de la oferta y la demanda” (Ibíd., “La otra crisis”, pp. 13-14).
[49] Jorge Ruffinelli, “La trinchera permanente”, Palabras en orden, op. cit., p. 152.
[50] Gloria Da Cunha-Giabbai, “Benedetti y el porvenir de su pasado”, Carmen Alemany, Remedios Mataix y José Carlos Rovira (Eds.), op. cit., p. 54. También Hugo Alfaro resalta esta faceta en la literatura de Benedetti: “Nadie contó esa historia en este país como viene contándola, con penetrante sagacidad y desde hace cuarenta años, Mario Benedetti. Con rebeldía y espíritu crítico, también; porque todos en parte somos ese oficinista, capaces de otros destinos pero prendidos a la telaraña burocrática. No se trata, pues, de una historia de algunos. En el sector terciario, que nos come vivos, revistamos muchísimos de los relativamente pocos uruguayos que somos” (Op. cit., p. 23).
[51] Así lo ve también Dante Liano: “(...) Lo que da (...) su carácter de denuncia es la paciencia, la pasividad, la mansedumbre con la cual los personajes aceptan los condicionamientos sociales como si fueran un destino riguroso” (“«Álbum de familia»: La pequeña burguesía en la narrativa de Mario Benedetti”, Studi di Letteratura Ispano Americana, Lettere dell’ Uruguay, 13-14, Cisalpino-Goliardica, Milano, 1983, p. 210).
[52] Hortensia Campanella aprecia al respecto: “(...) Benedetti fuerza la entrada en la poesía de un sector social considerado «poco poético», la clase media montevideana, con lo cual logra, entre otras cosas, una mayor armonía y entendimiento entre el poeta, el lector y el contexto inmediato en ambos, (...) una relación de identificación en el público que, mayoritariamente, veía su mundo reflejado en esos versos” (“Mario Benedetti en la poesía actual”, Nueva Estafeta, op. cit., p. 85).
[53] Luis Paredes, op. cit., p. 94.
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