La poesía burocrática de Mario Benedetti - "Poemas de la oficina"
1 - "Poemas de la oficina"
Poemas de la oficina1 (1953-1956) constituyó el primer gran éxito como escritor de Mario Benedetti, y el libro que le abrió camino en la literatura uruguaya2. Con él se iniciaría la siempre creciente popularidad de la obra de nuestro autor. Así lo reconocía el propio poeta en una entrevista concedida a Ernesto González Bermejo:
(...) El primer libro mío que llega a un sector considerable de público no es por cierto ni mi primero, ni mi segundo, ni mi tercer libro; es el octavo: Poemas de la oficina.
(...) Hasta ese momento publicaba ediciones de quinientos, de mil ejemplares, de las cuales me quedaba la mitad y de la otra mitad, parte regalaba a los amigos. Que era más o menos la situación no sólo de casi todos los escritores de mi generación sino también de los mayores. Hoy en día Poemas de la oficina sigue siendo uno de los libros más vendidos de mi producción.3
Estos poemas encuentran su inspiración en los Cuentos de la oficina (1925) del escritor argentino Roberto Mariani4, integrante de la Escuela de Boedo, grupo que destacó por su marcada preocupación social.
Los Poemas de la oficina rompieron con el canon de la poesía uruguaya, al cultivar unos motivos considerados hasta entonces como no poéticos, apostando por las “menudas anécdotas, hechos triviales, desgracias de poca monta (...) desechos de la literatura «prestigiosa»”5. El propio autor explicaba:
A partir de la vida burocrática, de esa cosa gris que tiene la vida oficinista, yo traté de encontrar una esencia poética. (...) (En Uruguay) había surgido una poesía de corzas y gacelas y madréporas y cosas así, que empleaba como base de metáforas una flora y una fauna ni siquiera existentes. En cierto modo, yo atribuyo el éxito6 repentino y sorpresivo de Poemas de la oficina, en gran parte, a que fue una cosa diferente a eso que se venía haciendo (...)7.
Benedetti fue el primero en romper con aquel lirismo vacío, que la tradición aún imponía. Esa poesía que se había venido cultivando durante décadas traía como consecuencia según nuestro autor que “(...) el lector uruguayo le huía en general al libro nacional. Y le huía (...) porque no encontraba temas comunes, casi ni palabras comunes con aquellas que formaban su lenguaje, que expresaban su vida, sus preocupaciones, sus esperanzas y sus frustraciones. Creo que el mérito que puedan tener los Poemas de la oficina, (…) es haber intentado llevar ese lenguaje, esas preocupaciones, esa problemática cotidiana, a la poesía”8. En el aspecto editorial y comercial las expectativas no eran más alentadoras:
En esos momentos la poesía que se escribía tanto en Uruguay como en Argentina era muy hermética, misteriosa, poesía de evasión (...), toda una retórica que parecía que espantaba a los lectores y consecuentemente no se vendía nada, lo cual era bastante dramático para los poetas. Ninguna editorial quería publicar libros de poesía, así que el poeta tenía que ir llevando los libros a las librerías y pasaban a los tres o cuatro meses y retiraban la misma cantidad que habían dejado; era bastante decepcionante. Yo no escribí esos poemas para hacer una poesía en contra de ésta, sino que no me sentía inclinado a escribir este tipo de poemas.9
“¿A quién se le ocurriría, pensaron muchos lectores, dedicar el discurso poético a cosas comunes, sin “estro” lírico, como la vida triste y burocrática del oficinista (...)”10. Pero, como reconoce Ruffinelli, fueron “estos poemas de temática tan poco prestigiosa desde el punto de vista literario, (los que) nos abrieron los ojos al país gris y triste que éramos. (...) La visión que nos daban del país (cambiaba) nuestra óptica, y hasta nuestro modo de leer la literatura”.11
Al igual que Juan Carlos Onetti había inaugurado pocos años antes para la narrativa uruguaya los ambientes urbanos12, Benedetti, continuando con este espacio13, introduce por primera vez en la poesía de su país el universo de la oficina, el de la clase media montevideana. Prontos los lectores se identificaron con dichos contenidos, pues reconocían su triste vida reflejada en los poemas de nuestro autor. Pero no se trata, como señala Miguel Ángel Oviedo, de un simple “(...) canje de motivos poéticos (en vez de los bosques, escritorios; en vez de encuentros en el jardín, citas en el café) sino de una rotación total de la actitud creadora exigida por la presencia de nuevas realidades concretas. La oficina no sólo es un paisaje (o un no-paisaje): es un modo de sentir el mundo, porque configura todo un destino humano dentro de las características inconfundiblemente mezquinas”.14
Mario Benedetti explicó, en una entrevista concedida a Hortensia Campanella, qué era lo que de verdad le inquietaba de todo ese mundo oficinesco: “(...) En esa época yo estaba muy preocupado por la influencia que la vida burocrática del país tenía sobre el desarrollo de cada individuo en particular. Había como una obsesión burocrática en el país. Eso traía una rutina que llevaba a la frustración. En esos momentos, yo conocía a una cantidad de ejemplares humanos que eran formidables por lo lúcidos, por lo inteligentes, por lo sensibles, y que, a poco, se iban agrisando, como opacando”15. Su intención en nuestro poemario y los distintos libros de este periodo era clara: “Todos esos libros, los Poemas de la oficina, Montevideanos, El país de la cola de paja, La tregua, y también las crónicas humorísticas, eran como distintas formas que yo encontraba de «picanear» a la gente, de tratar de despertar a los montevideanos de esa rutina y de esa frustración”.16
Nuestro autor ve en ellos a hombres medianos pero no mediocres, seres que pueden escapar de esa situación, si se lo proponen: “El mediocre es un tipo sin posibilidades de elevarse, es un tipo chato; digamos que su grisura, su vida gris, no dependen de las condiciones o del contexto sino que están en él mismo. En cambio, el mediano para mí es un individuo que lleva una vida gris y rutinaria y sin mayor horizonte, porque está cercado, bloqueado por las condiciones económicas, por un sórdido clima familiar, o por una falta de desarrollo cultural. O sea que el mediano es un ser recuperable para la vida en su acepción más plena. En cambio, el mediocre puede ser un tipo que ha tenido todas las oportunidades en la vida, incluidas las económicas, y sin embargo no ha salido de su chatadura”.17
De toda América Latina, únicamente en Uruguay podía convertirse la oficina en el gran símbolo de su sociedad. Pocos años después, en su conflictivo ensayo El país de la cola de paja (1960) Benedetti mantendría:
Si mi intención fuera dar a este capítulo un color satírico, tendría que empezar diciendo que el Uruguay es la única oficina del mundo que ha alcanzado la categoría de república. Pero no sé hasta qué punto sería lícito tomar a la chacota uno de los aspectos más oscuramente dramáticos de nuestra vida nacional. Digámoslo pues en serio: El Uruguay es un país de oficinistas. No importa que haya también algunos mozos de café, algunos peones de estancia, algunos changadores del puerto, algunos tímidos contrabandistas. Lo que verdaderamente importa es el estilo mental del uruguayo, y ese estilo es de oficinistas.
Todo el país piensa en términos de oficina. 18
Esa gris realidad de la burocracia se había extendido hasta dominar casi por entero la vida cotidiana de la gente:
(Estamos ante) un país que era famoso, y ha sido recogido en varios libros incluso hechos por extranjeros, por su burocracia. El municipio de Montevideo creo que tiene el triple de funcionarios que el de Londres, a pesar de la enorme diferencia en cuanto a la cantidad de habitantes de ambas ciudades. Los empleados llegaban media hora antes para poder conseguir una silla porque había muchos más empleados que sillas, y esto es un dato que puede ser jocoso pero que es absolutamente verdadero, al menos en aquella época. Eran escasas las familias uruguayas que no tenían por lo menos un empleado público, un funcionario, un burócrata; pero a su vez aquéllos que no eran burócratas, que trabajaban en el comercio o en la industria, tenían una mentalidad burocrática, todo el país era como una gran oficina. Eso generaba una suerte de religión, que era la seguridad; todo el mundo quería estar seguro de su trabajo, de su sueldo, lo cual era una aspiración muy razonable pero no hasta el punto de que esa seguridad condicionara otros aspectos más vitales de cada ciudadano.19
Sin duda fue su propia experiencia lo que le permitió interpretar con tal profundidad la frustración y mediocridad de la oficina. Desde muy joven habitó en ese mundo:
Mi primer trabajo, a los catorce años, fue en una oficina comercial; después pasé a una oficina pública donde estuve cinco años. Es decir que casi siempre trabajé en oficinas, por lo menos en esos años formativos de todo individuo.20
Pero era sólo el principio, “(...) porque además de la contaduría (de lunes a viernes y de siete y media a una), lleva la contabilidad y la correspondencia en inglés del escritorio de importaciones y exportaciones de Otto Kubler y tres noches por semana es el taquígrafo21 de la Federación de Básquetbol del Interior. No será hasta 1945, al fin, que pueda cambiar esos tres empleos por uno al ingresar en La Industrial Francisco Piria, S. A. Se quedará allí quince años completos, hasta 1960”.22
Por otro lado, destaca también en la obra el enfoque propio de la narrativa que se aplica a la voz poética, con la que Benedetti no se identifica, como nos aclara: “(...) He utilizado procedimientos narrativos en la poesía. Por ejemplo, libros como Poemas de la oficina o Poemas de otros son libros que están concebidos con una técnica narrativa, porque el yo de Poemas de la oficina o el yo de Poemas de otros no soy exactamente yo, son como personajes inventados a partir de los cuales yo invento su yo, como lo puede hacer un narrador con un personaje de una novela o de un cuento”23. No obstante, sabemos que las vivencias laborales del autor han sido aprovechadas en estas composiciones, por lo que el elemento autobiográfico no ha sido excluido por completo.
Por lo que respecta a los protagonistas de los poemas, éstos padecen continuamente la cosificación de un trabajo en el que únicamente importa la función que en él se desempeña, por ello carecen de nombre, identificándoselos por el cargo que ocupan o alguna característica relacionada con su labor: el jefe, el nuevo, el dactilógrafo, el pensionista.24
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