La poesía de Miguel Labordeta en su primera época. Lectura surrealista - Etapas de la poesía de M.L.
3 - Etapas de la poesía de M.L.
Estos tres primeros libros de Labordeta se erigen en una auténtica trilogía -definidos por su densa temática del hombre en su relación cósmica, dimensión que es verdad que va decreciendo paulatinamente en un desplazamiento, no absoluto y desde luego no realista, a un yo solidario explícitamente con los demás, decreciendo también, quizá por ello, su optimismo inicial de corte mesiánico y romántico-; y constituyen, como aciertan en señalar Lasheras y Saldaña, "todo un ciclo en la poesía labordetiana, presididos por una evolución in progress que muestra a las claras la cercanía de las fechas de su publicación (entre 1948 y 1950)18". Seguidamente, el poeta "concibe que debe modificar su expresión. Y lo hará, como cierre de toda una etapa, con la preparación de Epilírica"19, libro que, por problemas de censura, retrasará su publicación hasta 1961, diez años después de su escritura20, perdiéndose así, por una fatídica coyuntura de fechas, la oportunidad de haber entrado, como importantísima contribución, en el vivo panorama de la poesía social, que al comienzo de la década de los 50, robustecida, empezaba a marcar, por unos años más, buena parte de la orientación poética del período de posguerra. En Epilírica, el foco se ha movido desde la exclusiva concentración del "yo" de la trilogía anterior, un yo turbulento y ensimismado aunque esperanzado:
Señor
heme aquí despoblado surgiendo entre los pájaros.
Ya ha sonado la hora en las quietas aguas de mi centro
mas yo permanezco abierto a la espesa influencia
de los antiguos soles que manaron los muertos21,
un yo bastante atenuado en Transeúnte central:
Largos versos escribo con mi pluma de ave.
Llueve en la lejanía. Dieron las once en punto en la vieja oficina.
En la esquina de enfrente llora un recién nacido.
(...)
Todo se ha vuelto claro. Nada tiene importancia.
Mi apellido no existe, pues todo fue quimera.22
Ese punto de vista, decíamos, se ha transformado, en Epilírica, en una apuesta de compromiso hacia los otros:
Pisotead mi sepulcro también
os lo permito si así lo deseáis inclusive y todo
aventad mis cenizas gratuitamente
si consideráis que mi voz de la calle no se acomoda a vuestros fines suculentos
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna
al campesino que nos suda la harina y el aceite
al joven estudiante con su llave de oro
al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo
y al hombre gris que coge los tranvías
con su gabán roído a las seis de la tarde23
Extraña comprobar, a la vista de este fragmento, muy representativo de todo el conjunto de Epilírica, que el ecuánime Leopoldo de Luis, quizá por prejuicios positivistas, no incluyera a nuestro poeta en su antología de la poesía social, por más que lo comente en la introducción a la misma diciendo que "es una poesía disconforme y rebelde, sin duda, aunque (...) no sea específicamente social"24. Epilírica bien resume la singladura poética de Miguel Labordeta hasta ese momento y "en nueve poemas, el poeta va caminando por los mitos de su propio universo, pero abriendo el círculo a los demás"25. En el texto "Noticia sobre Epirírica" el propio Labordeta declara: "Actualmente, el autor busca nuevos caminos. Ya veremos lo que encuentra (...) Prepara Metalírica, para dentro de muchos días. Ojalá Epilírica, no se muera de asco, pero en fin, allá ella, el autor no quiere saber nada más de tal trance"26. Palabras que dan precisa cuenta de que una fase en la poesía labordetiana (aunque no exactamente en su poética) ya se ha cerrado.
Hasta la publicación de Los soliloquios27, libro aparecido sólo días antes de la muerte de Labordeta, producción inscrita en una nueva etapa de su poesía, englobada en la "metalírica", ven la luz, desde Transeúnte central, dos antologías, intercaladas por la publicación tardía de Epilírica, preparadas por el propio autor: Memorándum. Poética Autología y Punto y aparte28; además, ha fundado la OPI (Oficina Poética Internacional) desde su ciudad natal, creando la revista subsidiaria Despacho literario (1960-1963), con tres números en su nómina, conectada con la también zaragozana Orejudín (1958-1960), dirigida por el hermano menor de Labordeta José Antonio (luego popular cantautor y hoy diputado), a la que Fanny Rubio le confiere el estatuto de "establecimiento metalírico de Zaragoza"29; según esta estudiosa, Despacho literario es "espejo de su director-gerente [Miguel Labordeta] y de su evolución operada por entonces (que le llevaría a Los soliloquios)"30. Recordemos que en estas fechas Labordeta ya había escrito Abisal cáncer, y había estrenado y se publicaría Oficina de horizonte31 en la revista Papageno, obras que ya hemos referenciado. Le sorprendió la muerte preparando, tras la publicación de Los soliloquios, una nueva obra "metalírica", que con el título de Autopía aparece publicado en 1972, como "libro facticio"32 que reconstruye los borradores del poeta33. Con sólo reparar en los títulos de ambos: Los soliloquios y Autopía, comprobamos que las señas del omnipresente yo poemático de Labordeta persisten en esta fase.
De lo dicho hasta ahora y de los ejemplos transcritos, se puede deducir sobradamente que la poesía de Miguel Labordeta puede quedar establecida en dos etapas globales, sucedidas cronológicamente e inscritas en la significación de los términos "epilírica" y "metalírica" respectivamente. La "epilírica" labordetiana constituiría una poesía del fenómeno (en clara alusión a Heidegger, fuerte influencia que luego explicaremos), en la que el poeta "parte de la concepción de angustia y desastre y ansía una salvación"34, escorándose, como ya se ha dicho, en la implicación con el "otro" desde el diálogo inicial del yo auténtico con los yos fantasmales. Después, y "dándose cuenta de que sólo es posible la salvación individual (...), su 'metalírica' podrá considerarse como una metafísica del yo poético, transida de las obsesiones anteriores, pero concentrada en su forma, adelgazada de la retórica 'verbalista' o 'tremendista' que dominaba su época anterior".35
También Fernando Romo engloba la poesía de Labordeta en dos etapas a las que califica como ciclos; el primer ciclo abarcaría, considerado como unánime para la crítica labordetiana, desde Sumido 25, incluyendo a Epilírica36, dándolo como un ciclo compacto y cerrado. Al acotar el segundo ciclo, precisa: "Que nos enfrentamos, al hablar de 'Los Soliloquios' y 'Autopía', con una segunda época, no cabe dudarlo; casi dieciocho años habían transcurrido sin que Labordeta publicase nuevos libros, o habiéndolo hecho -"Epilírica", 1961- con retraso evidente respecto al momento de su escritura. Que se trate de un segundo ciclo, unitario y cerrado, es mucho más discutible".37
Para Romo, no hay "contradicción, sino dos frentes, o mejor, dos ramas dentro de una misma línea poética. La 'epilírica' o lírica del fenómeno (epi-), más próxima a la épica, que corresponde a la dimensión colectiva y liberadora del mensaje poético. La 'metalírica', o más allá de la lírica, por lo tanto indagatoria, cimiento y base del sistema, porque de sistema o de intento de tal, poético, claro, podemos con justicia hablar".38
Ángel Crespo caracteriza la poesía de Labordeta en cuatro etapas, "dejando de lado la que podríamos llamar protohistórica o de los primeros balbuceos poéticos"39. Como primera etapa, considera un período, hasta ahora no mencionado, "de toma de conciencia de la inevitabilidad del propio destino de poeta, que comprende aproximadamente los años 1939 a 1945 y culmina en la preparación de dos libros sólo póstumamente publicados, Crecimiento y Sumergido crecimiento"40. La segunda etapa, en la clasificación crespiana, abarcaría la trilogía compuesta por Sumido 25, Violento idílico y Transeúnte central. La tercera culminaría en la redacción de Oficina de horizonte, tratando de "resumir las experiencias propias tanto de su trayectoria profesional, sentimental y cultural como de la inmerecidamente escasa repercusión de sus mencionados libros en el panorama literario de la época"41. La última etapa partiría de Los soliloquios, truncada por la muerte.42
Pero, pese a esta desgranada apreciación, Crespo opina, como Romo, que todo el corpus labordetiano "se trata de una obra unitaria, coherente y pausadamente evolutiva en la que los temas van adquiriendo cada vez más preponderancia frente a los motivos, mientras paralelamente la estructura tiende a predominar sobre las figuras de dicción".43
Una vez establecida la periodización de la obra poética (siempre poética) de Miguel Labordeta, a partir de aquí sólo vamos a tratar de sus tres primeros libros (ya expusimos las razones), esta segunda etapa de su poesía delimitada por Ángel Crespo.
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