La poesía de Miguel Labordeta en su primera época. Lectura surrealista - Miguel Labordeta en la poesía social
Labordeta no entra en la nómina de los poetas sociales, aunque se especulase en su momento con su posible adscripción o no153, fundamentalmente por dos razones: una primera circunstancial, anecdótica, pues su libro Epilírica, listo para las prensas en 1951 y especialmente orientado a una poesía comprometida, no puede ver la luz, por problemas de censura, hasta diez años más tarde de preparado, muy tarde ya para una ventajosa coyuntura, en el sentido de que si hubiera aparecido publicado en su momento, la crítica de entonces, en la pujanza de lo social, lo hubiera tenido que acoger como, dentro de la romántica zozobra que seguían destilando los versos de Labordeta, una de las más seguras contribuciones a la construcción del hecho de una poesía social:
Vengo a silbar por las aceras como un tigre acosado
como un corazón desierto con púas de ternura
vengo a horadar la tortilla gris de los talleres
a beber un vaso derramado cuando amanece sangre
y a mezclar en el sudor fornido de los destripaterrones
la libertad solar de mi justa intemperie.
Vengo a caminar abandonado con mi gloria y mis dientes
y a esa masa de pena que lentamente asciende
como un río de incendios sin zapatos
hacia el oscuro morador de las ciudades
en el atardecer tan lindo.154
Ya en Transeúnte central Labordeta había ensayado una línea de poema testimonial que lo equipara totalmente (si bien, a veces, sólo en determinadas estrofas) a ese ámbito de atestado dispuesto, a través de un yo lánguido, en muchas composiciones de la tendencia social, como una pátina de la denuncia de fondo por el ambiente opresivo y desangelado que se vivía colectivamente y que proyectaba ese flojo estado personal:
Largos versos escribo con mi pluma de ave.
Llueve en la lejanía. Dieron las once en punto en la vieja oficina.
En la esquina de enfrente llora un recién nacido.
No estoy triste ni alegre. Más bien un poco turbio,
un poco espada, un mucho vagabundo magnífico
profano de caricias.
(...)
A veces oigo música anónima y lloro como un tonto.
Ciertas tardes de fiesta me encierro con mi pena allá dentro.
Pero también acudo los domingos
a los campos de Fútbol o a las plazas de Toros,
(...)
Llueve en la lejanía. Dieron las once en punto en la vieja oficina.
En la esquina de enfrente llora un recién nacido.
Con mi pluma de ave escribo largos versos.155
Un tono climático muy similar, y también rítmico (aunque diferenciado de la actitud labordetiana de resistirse a la alienación rítmica) se aprecia en piezas de Carriedo orientadas claramente a lo testimonial comprometido en un mensaje monologado pero de implicación colectiva:
A veces llueve en el rincón del patio
y entonces pienso que el gentío se moja.
Se siente frío, es la verdad, no todos
comprenden que estar solo no es alegre.
A veces llueve, es cierto, en la alameda
donde los chicos juegan en verano
con sus fusiles que recuerdan cosas
que nunca quiero recordar ni debo.156
Hasta su final, con diez estrofas más de la misma medida más una cauda de un solo verso, Carriedo ejercita en este poema un descriptivismo evocador que entra en los límites del realismo ("Pero a veces, también, contemplo el mundo, / cuando llueve, con ojos comedidos, (...) / contemplo que no hay cómodas ni mesas (...) / ni leche que tomar por la mañana / cuando despiertas, como en un susurro (...)"157), mientras que Labordeta completa la última cita que hemos transcrito con sus imágenes habituales, pletóricas y herméticas, que dan cuanta de un hombre más esencial que concreto, más cósmico que cotidiano, al que el poeta apunta en toda su poesía:
Todo se ha vuelto claro. Nada tiene importancia.
Mi apellido no existe, pues todo fue quimera,
y mi nombre marchitó los espejos dentro de cinco siglos.
Cada espectro de Luna
me voy muriendo un beso.
Cada gota de Sol
surjo al instante de oro
de mi pus y mi sueño.158
Esta oscuridad, aunque mantenga su crítica a la realidad en torno por debajo de la potencia de grandes símbolos autónomos y de la subversión sintáctico-semántica, de rección ("me voy muriendo un beso") y la antítesis, con potencial carga de rebeldía ("mi pus y mi sueño"); esta configuración de los elementos verbales, en definitiva alejan a Labordeta del realismo imperante que llegó a ser considerado como la única base sustentadora de la poesía social, dictaminada sobre todo por ciertas empresas, muy oportunas como lanzamientos, de José María Castellet.159
Ya hemos entrado en la segunda de las razones que establecíamos al principio de este apartado sobre el escollo de la entrada de Labordeta en la poesía social debido a su resistencia a actuar con los presupuestos igualadores de esta tendencia.
Si Labordeta admira el surrealismo pero se niega a incorporar en él toda su poética -como hemos comprobado-, su compromiso con la poesía social es aún más distante, ya que se esfuerza en no confundir el fondo existencial, que su poética sostiene como constante, con la entrega incondicional a los postulados en boga. En el número 47 de la revista Espadaña, uno de los cinco que aparecieron en 1950, año final de esta publicación leonesa, Labordeta publica un breve manifiesto ("Poesía revolucionaria") de su posición a este respecto; y es tajante. En primer lugar, lanza sus dardos contra la poesía oficialista: "Esta poesía 'subvencionada', excelentemente mediocre, de un blando tono nostálgico y artificiosamente perfecta (insoportablemente perfecta), está absolutamente estancada y ya nos comienza a corroer su putrefacción"160; pero también deja muy claro su ideario exponiendo la necesidad de "una poesía revolucionaria (incluso con las limitaciones que esta palabra, tan manida, tiene) y que ardientemente se encare con la terrible faceta contemporánea; con desparpajo, con desvergüenza santa, con rabia y amor y asco, y además con esperanza"161; esta benigna declaración, que parece ser coincidente con los imperativos ideológicos de una literatura social, además de existencial, es matizada de inmediato: "Atrás los artificios aconsonantados y vacíos, o las inconsistencias surrealistas por otro lado; esto ya no nos basta. No una poesía minoritaria y cadavérica, mas tampoco una poesía popular y sentimental"162. Labordeta no aboga por una poesía realista y solucionadora de lo concreto, por más que lo concreto tenga las dimensiones del entorno terrible de posguerra; fiel a su línea mesiánica, profética, revulsiva, y a su intención de seguir tomando como objeto primordial de su poesía al hombre universal en esencia, concluye: "Necesitamos una poesía catártica, depurativa (...) Hartos de la reacción de post-guerra civil, esperamos, pues, los grandes cantos representativos"163. Estas propuestas que él quiere que antecedan, como premisas, a la hora de la creación, quedan cristalizadas en los versos de "Mi antigua juvenil despedida":
Oye, joven camarada terrestre,
joven humano desconocido
de cualquier país, de cualquier raza o idioma
(...)
La vida es hermosa, somos hermanos.
Nos han parido los mismos soles misteriosos.
(...)
Es posible que tú seas ya mi enemigo
pero antes de matarnos
quiero chocar mi mano con la tuya
como hombres que somos, ¿no te parece?164
A propósito del artículo-manifiesto "Poesía revolucionaria", Víctor García de la Concha afirma que "no precisa apostilla la base romántica del manifiesto: el poeta como profeta y su acción como holocausto. El mismo cuño tiene la propuesta de presentar como verdades eternas las del hoy, tarea que Miguel venía cumpliendo al proyectar la preocupación existencialista de los problemas eternos del hombre sobre la circunstancia concreta".165
La revista Espadaña reseñó los tres primeros libros de Miguel Labordeta en pequeñas críticas donde no faltan consistentes elogios y tampoco reproches reiterados; así, de Sumido 25 se dice que su autor es "un poeta cabal y verdadero", y que "densamente surrealista, este libro inquieta, desasosiega, conmueve"166, máximas alabanzas a la emoción poética; mas se señalan, asimismo, "dos defectos de grandes proporciones: (...) la ausencia de un latido humano (...) y (...) el verbalismo que anula la fuerza expresiva y convierte a veces el poema en un abigarrado conjunto de palabras sin objeto"167. ¿Qué entiende el comentarista de Espadaña por un latido humano que no percibe en la poesía de Labordeta? ¿Y no será precisamente esa combinación alógica o irracional en el léxico origen claro de una fuerza expresiva potente y exaltada a causa de esa exacerbada transgresión, arbitraria como el signo? De Violento idílico se hacen notar de nuevo los dos defectos labordetianos anotados anteriormente: "el acartonamiento y el verbalismo", si bien puntualizando que asoman "en quien con tan magníficas cualidades se presentaba"168, pero cachondeándose, en cierto modo, del verso "acechando al brujo de los manómetros", del poema "Carlinga" de Violento idílico, "como si en el mundo no existieran temas de más alto empeño que servir"169. Como ya hemos dicho, de estos tres libros es Transeúnte central el que más se impregna en la aureola estética diferenciadora de la poesía social; y así se lo agradece la sección crítica de Espadaña: "En este su tercer libro se manifiestan cualidades para afrontar una poesía más directa, más sustancial; con raíces no en mundos subrreales [sic] sino en la viva entraña del mundo que se nos da"170. Pero aún parece mala cosa el existencialismo o el nihilismo innatos en la poesía labordetiana; y cosa peor parece lo que llama el crítico "poesía de diversión"; salvado el obstáculo, "su poesía se nos daría, entonces, plena y valiosa"171, concluye el redactor anónimo.
Yo deduzco de este haz de reconocimientos y reconvenciones un reflejo del pensamiento del padre Lama (Antonio González de Lama), uno de los tres fundadores de Espadaña, junto a Eugenio de Nora y Victoriano Crémer, en el cual se establece que el ideal es "integrar romanticismo y clasicismo en una unidad superior, preñada de vida y recortada de forma"172. Lo primero ("romanticismo", "[unidad] preñada de vida") nos ofrece Labordeta sin remilgos; es imposible, sin embargo, pedirle y que nos dé lo segundo ("clasicismo", "[unidad] recortada de forma"), porque es incompatible con su proyecto de estructuración poética. Gabriel Celaya, en su carta poética "A Miguel Labordeta", también le recrimina cariñosamente que no cesa de jugar "al escondite poético" y que no acaba de torcer "el cuello a lo excesivo"173, recomendándole: "No charles más. No grites. No hagas versos extraños. / No imites al Ausente. Recuerda: eres un hombre"174. Antirrealismo labordetiano es lo que provoca estos desacuerdos.
En suma, Labordeta -desinteresado de la filosofía que informaba la poesía social, pero manteniendo puntos comunes en elementos decisivos, el principal la liberación del hombre-, podría haber mostrado la credencial de su libro Epilírica si se hubiera publicado en su momento, para ser admitido en las listas de los poetas sociales aun como miembro singular. Su mesianismo, aunque presupone una efectiva liberación social, o una forma de ésta, "eso sí, sin definición o concreción alguna"175, pertenece, en todo caso, a lo mítico o arquetípico, no a una realidad concreta, si bien, como vehículo acotable y comprometido, se valga de ella. Ese no sentirse cómodo en el regazo de Espadaña, sumado a las cruciales dificultades de edición de su obra del momento por mandato de la censura, le hace acogerse a esas revistas que asimilaron las enseñanzas vanguardistas, partiendo del postismo, las cuales admirían sin reservas lo surrealizante, admitiendo todas a Labordeta (El pájaro de paja, Deucalión, Doña Endrina, etc.) como un colaborador totalmente afín y distinguido.176
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