De la Lírica podemos decir que es el género más fiel a sus orígenes. De los tres géneros históricos fijados por Aristóteles en su Poética, ésta mantiene sus cualidades esenciales: la subjetividad, su existencia en el presente, su discurrir espacial y el desprecio por la lógica racional .
Ha sido norma constante que la sociedad conciba al Estado a partir del concepto de Ciudadanía como norte ético. La aversión a la Lírica proviene de su negación a perderse en el tremedal ciudadano. Ella no es la voz colectiva; contrariamente, es la exaltación del individuo. Y de ello derivan los problemas. El Estado debe regular la vida del ciudadano; y esa regulación sólo es posible con un arte que sea la representación del ideal de la comunidad. De allí surge una estética enmarcada dentro de lo comunal. En ese terreno la épica y el teatro sirven, en principio, de eco a esa moralidad. Esos géneros deben nutrirse de lo mítico; esta literatura no es para acercar al hombre a su historia, sino a sus orígenes. Por eso ningún griego que oyó a sus rapsodas pudo haber conocido a Ulises, ni quien asistió a los teatros pudo haber conocido a Edipo. Se trataba de mostrar la idealidad del hombre, no al hombre en sí. Apenas en el teatro Aristófanes asomó al hombre contemporáneo, en un espacio grotesco, la protesta estatal no se hizo esperar. ¿Cómo era eso de que un hombre por todos conocido fuese a la escena? Y peor aún, ¿por qué se le sometía a tantos escarnios? La comedia de Menandro era más afecta a la moral del Estado. Su comicidad apuntaba a criticar la idealidad de los defectos, no a los defectos en los hombres . No es gratuito que ese teatro haya reaparecido en Roma, con Terencio y Plauto. Ni lo es tampoco que Corneille y Moliere lo hayan restituido en la Francia Clasicista, y que la tragedia haya reaparecido en Racine. Esos géneros (la épica y el drama) ignoraban al sujeto que profería su discurso.
Lo contrario hizo la lírica. Se centró en el sujeto hablante. Sus temas desdeñan lo mítico y se hunden en la contemporaneidad. Frente a la temporalidad pretérita de aquellos géneros, exalta el presente. De manera que un poema no es lo que ocurrió en otros tiempos, sino lo que está ocurriendo ahora, en el momento en que el lector se pone frente a las imágenes que le ofrece el poeta. La lírica es el primer género histórico de la literatura. Lo es por cuanto es el hombre auténtico su protagonista discursivo y temático. En la Grecia antigua la lírica se dividió en dos escuelas famosas: la Monódica y la Coral. La primera puramente lírica, la segunda con grandes resacas de la épica. Pudiéramos hablar de dos poetas que son paradigmas de esas escuelas. Píndaro, de la segunda. Y Anacreonte, de la primera. Aquél toma como pivote a los deportes y a los atletas para rememorar las viejas batallas que ponen en escena la heroicidad griega. Anacreonte, es antiépico. O mejor dicho enemigo de lo épico. De allí que sus poemas rechacen las espadas ensangrentadas de Héctor o de Aquiles y celebren las ánforas llenas de vino. Con él, Occidente conoció el famoso motivo del Carpe Diem, aquel que invita a vivir el presente y que más que pensar en la eternidad, expone lo que hoy es una verdad aterradora: la vida del hombre es breve y, por eso, es una necedad ser estoico: esconder el cuerpo, evitar las pasiones, eludir el amor. Y para muestra fehaciente está la poesía de Safo. La epopeya y el drama mostraban el corazón destrozado literalmente. La espada lo hería. Safo hace del corazón el epicentro humano; a él se le hiere con otras armas: con el desamor, con el desdén, etc. Dice: "corazón/completamente/puedo". Por sus afectos con la cultura de la ciudadanía, cuando Platón piensa en su República no recomienda a la lírica en sus propuestas educativas. Y Aristóteles ni se preocupa de definirla en su Poética.
De esos orígenes trae la lírica sus principales características. Por ser subjetiva, riega todo su discurso del Yo. Por ser antiépica, exalta el instante, torna humanísimo al hombre que tematiza. Y discurre en el espacio, no en el tiempo. Y sobre todo, instaura una nueva manera de relacionarse con el lector. Como dirían hoy los teóricos de la comunicación, la poesía lírica es profundamente entrópica. Vive en una dialéctica: tiene que vivir con autonomía, pero debe transmitir significados. Esa autonomía le permite ser un género poco dado a mostrar la realidad directamente. Huye de la anécdota, porque es confesamente antirracional. De allí que la lectura de un poema no se resuelva con un resumen, ni mucho menos con un inventario de sucesos. En la poesía "no sucede nada" digno de la epicidad y de la dramaticidad. Ella es una urdimbre de imágenes. Para Carlos Bousoño en la poesía "Lo que se comunica no es (...) un contenido anímico real, sino su contemplación" (1976: 20). Interesa pues del poeta no lo que mira, sino su mirada. Por una razón muy grande: no es la realidad, ni su "verosimilitud" lo que importa; lo capital es el ser que siente lo mirado. Yo recordaría aquí a Guillermo Meneses y compartiría con él su afirmación de que la literatura es un "camino de perfección". Este camino en abre el abanico visional del hombre. Antes de asumir una lectura poética tenemos nuestro propio perfil visional; leído el poema, otra visión se unirá a nuestro abanico. La visión no de una realidad tematizada, sino la mirada de un mirador sensible, atento. Volviendo a Safo, cómo ignorar que existe una manera de amar como la de ella, distinta a la de nosotros, que a lo mejor no la sumemos a nuestra experiencia, pero que siempre tendremos pendiente cuando intentemos conocer al amor.
Pero el Yo que habla en la lírica no es un egótico. Rimbaud calificó al poeta de vidente. Este ve más allá, donde más nadie mira. Adorno dice que "Sólo entiende lo que dice el poema aquel que percibe en la soledad del mismo la voz de la humanidad" (1978: 54). Y no es una contradicción definirla como la "voz de la humanidad", porque esa encarnación se realiza en otras condiciones que las ofrecidas por la épica y el drama. El poeta se hace voz de la humanidad no porque se subordine a fuerzas que lo anulan , sino, por lo contrario, por cuanto llega a ser eco de esa voz en virtud de la defensa de su individualidad. El, su cuerpo, su "corazón" son el pivote para defender el derecho del hombre a ser hombre. Adorno insiste en señalar que las formaciones líricas "deben su dignidad a la fuerza con que en ellas el yo, retrayéndole de la alienación, despierta la apariencia de la naturaleza" (1978: 57).
La lírica es espacio, no tiempo. Hilde Domin dice: "El lírico nos ofrece una pausa en la que el tiempo está quieto" (1986: 16). Lo que va a traer muchas consecuencias: primero, su construcción imaginística; segunda, enemiga de la racionalidad, va a propender a la simultaneidad. Le saca partida a sus carencias. Como no cuenta con la anécdota, como lo hace el drama y la narrativa, debe optimizar los ecos de las palabras que usa. En ellas se refractará el mundo, cuya potencialidad estará apuntando hacia referentes muy sui generis, que el lector concretará de acuerdo al diálogo que establezca con los textos poéticos. Yo no diría que el tiempo se "está quieto" en la lírica. Más bien está inquieto; atravesado por las miradas que se tienden sobre él. El tiempo existe en la poesía; sólo que hay fracturas en su secuencialidad.. La lírica no es descriptiva, a pesar de su afecto por el espacio. Hay devenir en ella, pero no el devenir del logos. La vida deviene como consecuencia de que el espacio es una huella de lo humano. La lírica prepara el camino hacia las esencias. De allí que su búsqueda la haga poca concesión a la razón.
Hörlderlin dice "Lleno está de méritos el Hombre; mas no por ellos sino por la poesía hace de esta tierra su morada" (Citado por Heidegger, 1968 : 15). La lírica es la síntesis del paso del hombre por la vida. Un poeta es un ser de pocas palabras. Su mayor virtud es la timidez. Calla porque tiene muy pocas cosas que decir. Pero esas "pocas cosas" se profieren con alguna rasgadura vital. El decir poético es un parto dolorosísimo. Porque se habla por obligación, no por vanidad pública. En principio la poesía era rezo. Palabra dirigida a Dios. Pero, sin Dios ¿a quién rezar? Al ser mismo, ése que perdió su totalidad en tantas plusvalías espirituales saqueadas por la colonización del mercado. Dice Octavio Paz que los hombres se reconocen en las obras poéticas "porque éstas les ofrecen imágenes de su escondida totalidad" (1990: 73).