



Escuchado lo anterior, alguien pudiera decir que la Lírica comparte afinidades con lo Postmoderno. Por su concepción del tiempo y sus apegos a las imágenes. No. El tiempo postmoderno es un tiempo sin historia, es un devenir de superficie, encuadrado en el deseo objetivista. Diría con Octavio Paz que la Postmodernidad "no es ideológica: no tiene ideas. Sabe de precios, no de valores" (1990: 120). Las pausas que construyen al poema están hechas de espacios, no para detener el tiempo, sino para trascender el instante. El poeta quiere dar razón de la existencia y en vez de acudir a su anecdotario, prefiere atrapar su huella, su paso por el mundo. Por eso su facultad simbolizadora. "La poesía es lenguaje en flor", según Heidegger. A pesar de que tiene una vida fugaz, la flor deja su fragancia. Es instante que trasciende a la brevedad de su vida. Por ello la lírica no es un cúmulo de objetos referenciados, sino el aura derramada por el contacto del hombre con ellos. Así, pues, su simultaneidad no es un ludismo que coquetea con el caos, es la esencia trasuntada en un presente intensificado gracias a la imagen. Creo que lo más parecido a la lírica es la llama. Esta es fuego parpadeante, representativa de la epifanía, del encuentro casuístico con la pureza. Bachelard dice que "... la llama tiene una buena muerte: muere durmiéndose" (1975: 31). Morir para dar paso al sueño: así es esa flor hedeggeriana, "muere porque no muere", parafraseando a Santa Teresa. También llama la atención la verticalidad de la flor, del hombre y de la llama. "... en todo ser vertical reina una llama" (Bachelard, 1975: 71).
El presentismo lírico persigue sólo abolir la razón del poema. Quiere que su tiempo se active permanentemente en cada lectura. Que lo que se lea en el poema ocurra en ese mismo momento. No participa del sepelio del hombre, sino que apuesta por su vida, al inventariar sus epifanías.
En relación a la imagen, podríamos decir que la concepción lírica dista mucho de ser signo vacío. El Postmodernismo degusta la imagen en su vaciedad; se interesa en ella sólo por lo relumbrante de su superficie. Utilizando el metalenguaje de la semiótica pierciana, la imagen no pasa de ser un síntoma. Jamás llega a Símbolo. Diría que entre estas dos concepciones, hay diferencias de miradas. El lector que exige el postmo es aquel que mira el contenido de lo mirado; el de la lírica, mira la mirada, a través de ella capta las esencias. Porque la imagen postmoderna es aséptica, neutral, por sus afectos con la neopositividad. En cambio, la imagen lírica es "existencialidad espacial", por lo que la voz que profiere el discurso no desea ninguna distancia con su palabra; en ella se va su vida.
Entonces, ¿qué va a ser de la poesía en el desierto de la Postmodernidad? Tendrá que convertirse en impulsora de la fe. Ser la resguardadora del hombre. No caer en la tentación postmoderna; seguir siendo la "piedra de escándalo de la modernidad" (Paz, 1990: 131). Persistir sin traicionar su papel ontológico.
Para no abrigar desiertos, está la poesía. Podrá crecer ese desierto, pero el verso lírico es el árbol que esplende sobre ese panorama. Mientras exista el hombre habrá poesía, pero ¿no es acaso la poesía la que hace al hombre? Esperemos que se salven tanto hombre como poesía. Ese binomio tiene que ser indosoluble.
|