



No podemos aludir a la Postmodernidad sin hacer referencia a la Modernidad. Esta última es hija legítima del capitalismo. Surgió amparada en una serie de utopías cuya realización se darían gracias a la ciencia y a la razón. Bajo el lema del Progreso se construyó un proyecto que generó las más patéticas expectativas. E igual de patética son las frustraciones generadas por más de doscientos años de Modernidad. Según Campagnon, la consigna postmoderna es "desmentir la ideología de la modernidad o la modernidad como ideología" (1993: 99). ¿Quiere decir que el postmoderno es antimoderno? Depende de la posición donde se sitúe el crítico. Hay, en ese sentido, dos visiones: una exaltativa de la modernidad y otra de su negación. Y dentro de los exaltadores podrían diferenciarse las posiciones de Jürgen Habermas con las de Daniel Bell. Para el primero lo que hay es una "modernidad inconclusa". Para el segudo, debe hablarse de un éxtasis del capitalismo, por lo que en vez de postmodernidad, debería denominarse el fenómeno como Posindustrialismo. Fukuyama construye el epitafio de la Historia; claro, la historia marxista, cuya protagonización correspondía al proletariado. Según este autor, alto empleado del Pentágono, desaparecieron las contradicciones. No existe la lucha de clases como motor histórico. Bell concibe el factor cultural como el más importante conformante de la sociedad de hoy. Y ese factor tiene un instrumento igualador: los mass media. Estos hacen la nueva universalidad. La economía global necesita de una infraestructura ideológica que la sostenga. Bell dice "el mercado es, en última instancia, el árbitro del gusto" (1992:23). Yo diría que no estamos en los tiempos postindustriales. Sino en la era en que el signo ha sustituido a la realidad. La producción industrial ya no es tan importante como la apropiación de las plusvalías espirituales.
El hombre de ahora ha perdido el sentido por la mercancía. Hoy lo que consume son signos. La racionalidad ha perdido la razón. El valor de uso del trabajo se ha extinguido definitivamente. Ya no es importante hacer el producto, sino venderlo. De allí que los costos de publicidad rebasen enormemente a los de producción. Un producto vale más porque se publicita y se envuelve en un envase llamativo, que por los costos reales. Ese es el origen de la massmediatización del mundo. Los grandes capitales ya no están en las fábricas, sino en los trusts comunicacionales y en la banca.
Esa neouniversalización del capitalismo ha abrazado a las artes. Tanto al creador como al consumidor. El creador ha tenido que hacer concesiones a los medios. La Modernidad desalojó al artista del centro social. Recordemos al poeta del "Rey Burgués", de Rubén Darío. Como no hubo ninguna ocupación que darle, se le asignó la tarea de mover un organillo para deleitar a los pájaros. Terminó muerto, congelado por una lluvia de nieve. Por ello los poetas tuvieron que huir a otras profesiones; fueron abogados, periodistas, profesores, etc. Su creatividad ocupa un espacio al margen. En esta posmodernidad o postindustrialidad (según Bell), el creador tiene una profesión. Ser un "creativo" que con su aval y experiencia intelectual va "deleitar" al público con una obra que se mimetice en sus estereotipos. Ya no hay fronteras entre culturas altas y bajas. Los artistas no pretenden aislarse, sino más bien hacerse populares. Acuden a la cultura popular, sin asumirla raigalmente. Ella es atrapada vía kisch o pastiche. Es una manera bastante inteligente de distanciarse del gusto del populacho. No es que haya habido un "populicidio", como lo afirma Lytold (1994). Se trata, más bien, del uso de un recurso retórico moderno: la ironía, para evadir cualquier compromiso con esa clase social a la que en otros tiempos se despreciaba. En la doble valencia del referido recurso, se termina siendo neutro.
Digamos que el elemento moderno que encarna al Postmodernismo es el plástico. El emblematiza la cultura de lo perecedero, de lo desechable. Así que en el arte, por ejemplo, queda liquidada aquella prédica de la "conquista de la esencia de la eternidad". Jameson (1991) habla de un de populismo estético, que da al traste con la dicotomía del arte moderno: la cultura baja/la cultura alta. No hay fronteras entre estas culturas. Pero no es lo popular, ni lo folklórico lo que permea a las viejas bellas artes; la cultura baja es la massmediática. Se sustituyan los viejos heroísmos, por la heroicidad massmediática. Desaparecen los militares, políticos y guerreros; su lugar lo toman los artistas y los deportistas. Una muestra de ellos es el cine de Almdóvar, donde abundan actrices, actores y toreros, etc. Sus éxitos son muy relativos. Basta con recordar la cantante diva de "Tacones lejanos" y al torero de "Matador". Ellos viven la superficialidad posmo, lo que les impide asumir sus roles de seres humanos concretos. La truculencia, el coqueteo con lo cursi tiñen a estas obras de una descarada ironía, que habla de esa neutralidad señalada anteriomente. En los últimos años en América Latina casi es una moda escribir sobre cantantes y boleros. Daniel Santos, Felipe Pirela, Benny Moré, entre otros. La intelectualidad de ahora se solaza hablando de Jazz, de guarachas, de boleros y otros géneros musicales, que han venido desplazando a Bach, Vivaldi, Debussy y a tantos compositores que degustaban anteriormente en medio de la exquistez de un buen vino o un escocés de alto quilate. Del deleite, han pasado a ensayar sobre la cultura massmediática y a mimetizarse en sus discursos. Así, pues, no se habla del bolero o del jazz, sino que se habla en bolero o en jazz. ¿Significa esto que se acabó la cultura clásica? No, en el fondo lo que se puede avizorar es la ruptura con el elitismo moderno. Creo que la Postmodernidad no es una crítica a la Modernidad, sino el resultado de los excesos de esta última. El mercado se impuso con toda su avasallante presencia. Ya no se trata de llegar a las esencias, a la verdad absoluta hegeliana; es el público el que importa, por cuanto su existencia es un vastísimo mercado. Por ello existe la "Paraliteratura", para contrabandear la mala literatura en un ropaje estético. Envidiando a los Bestseller, los escritores postmodernos se han lanzado por el vértigo del auditorio.
Pero el público del arte postmoderno sigue siendo elitesco. En él también existe una mala conciencia. Generalmente son gente con una juventud contestaria. Una vez se inclinó por la llamada cultura popular. Hoy sus gustos han cambiado, porque su vida ha cambiado. Entonces, estamos asistiendo a una gran paradoja: el arte postmoderno es elitesco, aunque tematiza al hombre popular.
En virtud de su canto a la supercialidad, su culto a lo perecedero, la Postmodernidad desecha el pasado como raíz genésica del hombre. Y eso tiene que ver con la muerte del sujeto y su sustitución por la objetividad. La realidad existe, se muestra; importa muy poco la voz mediadora que la concreta. Jameson (1991) define al arte moderno como el de la parodia; al postmoderno, el del pastiche. En la parodia, la ironía está cargada de intencionalidad. En cambio, el pastiche es una parodia vacía. Comparemos las ironías de Voltaire y de Swift con la de Manuel Puig. Aquellas apuntaban a la crítica; el kistch del argentino no pasa más de una mirada ridículizante de lo popular.
Y, entonces, ¿para que mira el pasado la Postmodernidad? Para envolverlo en la trivialidad, poniéndolo en el entorno de lo retro o de la atmósfera nostálgica. Como el mundo se ha tornado un bazar de signos, se apropia tan sólo del brillo, de la imagen que sirva para ornamento. Luis Britto García dice al respecto: "La televisión es la abarrotada vitrina de este supermercado cultural. El mismo recupera sistemàticamente las banalidades de ese período y esos ámbitos, y no sus fuerzas centrales: imita los muebles sobredecorados del baratillo, y no las rigurosas obras de la Bauhaus; retorna al maquillaje del Art Deco, y no a la sabiduría de Frank Lloy Wriht; vuelve al blanco y negro o al sepia de las películas, pero no al impactante montaje de Eisenstein o al austero encuadre de Dreyer. Es como si un gusto perverso rescatara sistemáticamente tan sólo lo trivial y lo mediocre de una civilización, para eternizarlo apenas en la pasajera conmemoración de una moda" (1994:196).
Sin sujeto histórico, no hay pasado. Todo es presente. Y la realidad es una reificación. La concepción utopista del Modernismo obligaba a la "desrealización" del mundo. El afán utópico plenó de imaginación al artista. El Postmodernismo reinstala la realidad como factor estético. Pero ella sólo es un espectáculo. A esta crisis de la fantasía le devino un neorrealismo, cuya idea de la verosimilitud está muy lejos de alentar ilusiones, sino más bien afincar la creación en referentes muy concretos. Pero ese verismo no será grandilocuente, como sí lo fue en los realistas y naturalistas. Interesa lo real trivial o, en versiones de los norteamericanos, el "Minimal Realism" o el "Dirty Realism". Los nuevos héroes surgen del avatar cotidiano urbano. La hybris griega renueva su tragedia en la nueva ciudad, pero mostrándonos un nuevo sentido de lo trágico: el hombre sucumbe ante el absurdo. Esa cotidianidad será importante si es massmediatizada. Para muestra, recuérdese el caso Simpson en Estados Unidos, que mantuvo un elevado raiting a la CNN. O el reciente caso en nuestro país del Secuestro de Terrazas del Avila, donde hubo una brutal competencia entre los canales televisivos. La comunicación se esclaviza al mercado. En la novela podemos aludir a las obras de Norman Mailer y de Truman Capote, alimentadas de la violencia crudísima de Norteamérica.
Tenemos, entonces, que la literatura pierde su aura utópica. Ya no es fantasía, ni propuesta imaginaria. Tematiza al presente, hace de él su piedra de toque estética. Joseph Picó dice: "El futuro ha muerto y todo es ya presente" (Citado por Britto García, ,1994: 184).
Negado el pasado, la historia se resquebraja. El mundo deja de ser una diacronía para centrarse en lo sincrónico. Es decir, en la sucesión de instantes, de fragmentos, que no consiguen urdir su totalidad.
Gianni Vattimo (1990) habla del fin de la historia. La teleología modernista trazó un momento de arranque de la historia y un punto de llegada, situado en el espacio de sus utopías. El filósofo italiano destaca que se acabó la unidad histórica, que lo que ha venido definiendo el Occidente como Historia, no es más la historia particular de Europa (y de su extensión más genuina, Estados Unidos). "Las Subculturas toman la palabra" ahora. Y lo hacen gracias a los recursos massmediáticos. De manera que se ha creado una sociedad transparente. Creo que Vattimo sobreestima lo cultural, en la misma dimensión que lo hace Bell. La palabra no la pueden tomar las subculturas ya que su voz está mediatizada por sus condiciones económicas, por ser dependientes de ese centro que ha venido liderizando la Historia Universal.
Estamos, pues, frente a una visión inédita del tiempo poético. Ya se ha abandonado el pasado nostálgico romántico y el futuro de las vanguardias. El pasado cuenta como escenario aditivo para el presente. Es un elemento más del pastiche, de la sumatoria de mutiplicidades. El futuro es un pasaje negativo. Son los paisajes de películas como "Doce Monos" o de "Cuando el destino nos alcance". En estos filmes se dramatiza un futuro en donde el universo no es para la vida, sino para la muerte.
Parece una obsesión las reflexiones ontológicas cada vez que termina un siglo. Peor aún en los fines de milenios. La entrada al año siglo XXI dista mucho de las etapas finiseculares de la Modernidad. Cada uno de los fines de siglo anteriores, estaba pleno de optimismo. Cuando concluía el siglo XIX, Nietzsche anunciaba la muerte de Dios. Pero ese siglo no fue capaz de predecir la peor de las muertes modernas: la del hombre. Y la Modernidad es la única culpable de esa tragedia. No ofreció ningún salvavidas que sustituyera a la divinidad. Confió demasiado en la ciencia; en la razón. Anatematizó el futuro con la sentencia: todo lo real es razonable. Señalamos que nadie puede negar lo real de Hiroshima o la realidad tangible del Vietnan. Pero, ¿fue racional lo que hizo Estados Unidos en esos pueblos, bajo la complicidad de países que han abanderado la razón como piedra de toque del progreso?
En la Modernidad se asiste también al ocaso de los afectos. La objetividad, la quiebra del sujeto, contribuyen a ese ocaso. Su arte se vale de lo que Jameson llama "las intensidades", registros de sensaciones frías que se entremezclan en los juegos textuales. En él se ha perdido la profundidad. Lo superficial es lo que aflora. Las secuelas de eso, según Jameson son: "... por ejemplo, fin del estilo considerado como único y personal, el fin de la pincelada individual (simbolizada por la progresiva primacía de la reproducción mecánica)" (1991: 39).
Podemos mirar a la Postmodernidad de diveras maneras. Una de ellas es celebrándola como el éxtasis del Capitalismo. Otra, como la de Habermas, negando su existencia y proponiendo un rescate de los elementos positivos de la razón moderna. Otra vía es ser postmoderno por reacción a la modernidad. Atacar sus cimientos esenciales: la unidad histórica universal, la razón instrumental y la subjetividad. Esta última vía pudiera ser peligrosa, por cuanto habría que cuidarse de no ser el nuevo Fransktein.
|