



Si no es el método ni mucho menos la temática, el criterio de demarcación entre la actividad filosófica y la que no lo es, ¿ qué la identifica ? A la filosofía la hizo posible el diálogo -favorecido por una sociedad que consideraba al trabajo físico como una actividad indigna del hombre libre, así como por las tradiciones protodemocráticas de una cultura de estirpe politeísta-, diálogo que por su propia inercia problematiza las respuestas avaladas por la tradición, o si se quiere, repiensa lo pensado y piensa lo impensado. Es cuando surge la filosofía como una conversación en torno al saber disponible en la respectiva época y cultura, la que a diferencia de otras conversaciones comprometidas de antemano con determinados fines, en principio no tiene limitación diferente que las eventuales incompetencias de sus participantes.
Si la filosofía más que un saber sería una forma de relacionarnos con el saber, nos preguntamos si Borges profundiza en el acervo de conocimientos disponible como lo hacen los filósofos reconocidos, es decir, quienes dictan cursos de filosofía, participan en congresos de filosofía, publican en revistas de filosofía y son referenciados por sus pares. Pregunta que conduce a otra pregunta. ¿ En qué profundizan los filósofos ? Porque el interrogante en cuestión es demasiado amplio, lo limitamos a los filósofos posmetafísicos, en quienes la relación filosofía-literatura figura entre sus intereses.
Nietzsche, el último Heidegger, el último Wittgenstein, Derrida y Rorty, como también Martha Nussbaum, han socavado el universalismo, debatido las filosofías de la historia, reivindicado el multiculturalismo, cuando no el contextualismo. No sólo eso. Habiendo deconstruido la epistemología, y en particular, las expectativas surgidas de una serie de términos como "ideas innatas", "razón pura", "subjetividad trascendental", los filósofos posmetafísicos invierten la relación pensamiento-lenguaje, cuando el último dejaría de ser el medio para socializar el primero, y se le reconoce, en cambio, su protagonismo en la parcelación del mundo para nosotros, cuando no en su constitución propiamente dicha. De allí que no haya solución de continuidad entre el pensar posmetafísico y el giro lingüístico. No en vano los filósofos en cuestión han repensado el léxico de la metafísica. Términos como "verdad" y "voluntad" son discutidos por Nietzsche; "mundo" y "tiempo", por Heidegger; los de "autor" y de "obra", por Derrida, para citar algunos. No menos profundas serían sus mutaciones de hábitos lingüísticos. El aforismo en Nietzsche; el logos mostrativo, que antes que decir, señala, en Heidegger; la deconstrucción, en Derrida, sin olvidarnos de la rehabilitación de los recursos literarios desde las figuras retóricas hasta la ejemplificación, recursos literarios que durante siglos fueron considerados indignos del quehacer filosófico. De allí las afinidades electivas (Goethe) de los filósofos en cuestión con la literatura, cuando lejos de zanjar un abismo, tienden un puente entre el poetizar y el pensar a través del lenguaje.
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