La ruptura con el continuum sexo-género-deseo - La ruptura con el continuum sexo-género-deseo: construyéndose

3 - La ruptura con el continuum sexo-género-deseo: construyéndose

Monografía creado por Anselmo Peres Alós y Andrea Cristiane Kahmann. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/sirena.html
21 de Octubre de 2006

Si en Europa y en Estados Unidos la lucha por los derechos civiles ya alcanzó el punto de que se ofrezcan asilos políticos para gays que sufran prejuicios en sus países de origen a causa de su orientación sexual, en América Latina la violencia en contra de los homosexuales puede ser observada tanto en el discurso - la violencia simbólica de los chistes - como en el medio físico (asesinatos, golpizas, etc.). En este sentido, el libro de Santos-Fèbres da voz a la margen de la margen, pues su novela se constituye a partir de la perspectiva de las dragas, de los gays reprimidos y de los profesionales del sexo, en lugar del típico maricón (figura que será privilegiada por escritores como Senel Paz) o del macho a quien le gusta los hombres (identidad homosexual que tiene como locus de enunciación privilegiado el movimiento gay estadounidense, cuyo efecto más visible en la cultura de los años 80 y 90 fue la hegemonización de una subcultura gay y de una posibilidad identitaria - las barbies o macho gays).

En su extensa obra, Butler [8] cuestiona la lógica heteronormativa, mostrando que la propia noción de sexo, al contrario de lo que afirma el discurso hegemónico, no es una categoría natural o prediscursiva. La diferencia sexual, aunque natural y biológica, asume significado solamente después de interpretada por el lenguaje: si no es así, ella es ininteligible, exterior a la realidad humana. Butler no pretende negar la diferencia sexual; al revés, lo que hace es desplazar la discusión, hasta ahora basada en una lógica determinista y polarizante, para un orden de funcionamiento discursivo, mostrando que tales colocaciones, las que se presentan como verdades naturales, son, en realidad, verdades discursivas, o más bien, son enunciados que emergen discursivamente con aspecto de verdad, un aspecto que puede ser derrumbado si los parámetros para tal discusión fueren desplazados para un otro lugar, un lugar teórico construido de forma a poder analizar los mecanismos discursivos apagados por los intereses hegemónicos y heterosexistas.

Sexo, en principio, es una categoría establecida a partir de un dado biológico, aquello que convencionalmente viene siendo llamado de diferencia sexual. Ese dado, sobre el cual se basa la categoría de sexo, es puesto como perteneciente al orden de lo natural. Y es sobre esa “naturalidad” de la diferencia sexual, del dado, que la lógica del deseo es construida, tal como se presenta en las sociedades occidentales. Una lógica que, ya dijo Foucault en Historia de la Sexualidad, es blanca, masculina, burguesa. Y heterosexual.

La lógica de funcionamiento de la formación discursiva dominante, que instaura la heterosexualidad como normal (tanto en el sentido de “esperable”, antónimo a anormal, cuanto en el sentido de algo que es normativo, impuesto) se fundamenta, pues, sobre esa diferencia instaurada en el dado biológico. Ello se da porque es a partir del dado biológico - que polariza la especie humana en machos y hembras - que la cultura construye los papeles de género. Tal como escribe Jane Flax: “el género, tanto como categoría analítica cuanto como proceso social, es relacional. O sea que las relaciones de género son procesos complejos e inestables (“totalidades” temporarias en el lenguaje de la dialéctica) constituidos por y a través de partes interrelacionadas. Esas partes son interdependientes, o sea, que cada parte no tiene significado o existencia sin las otras” [9].

Siguiéndose en la categoría género, otras autoras, en especial aquellas que están bajo el signo del “feminismo esencialista”, vienen describiendo género como la interpretación cultural de la diferencia biológica. Desarrollando el tema, significa plantear que, en el cimiento del género, está la edificación de papeles sociales construidos culturalmente sobre la diferencia sexual, sobre el dado biológico. De cualquier forma, lo importante es recalcar que el género está íntimamente involucrado al sexo por una conexión causal y determinista. En otras palabras: el género es determinado por el sexo. Así, siguiendo la lógica hegemónica, hay una relación determinista directa, en la que ser hembra acarrea pertenecer al género femenino, mientas ser macho acarrea pertenecer al género masculino. Tal razonamiento no se mantiene frente a sus propios fallos internos que intentan deconstruir (la imposibilidad de subvertir los papeles de género establecidos dentro del patriarcado), en la medida en que abandona la pseudoverdad “biología es destino” para operar de acuerdo con el dicho “cultura es destino”. La cárcel deja, pues, de ser la naturaleza, aunque las rejas de la cultura sigan haciendo imposible el plan de desarrollo de la identidad.

El deseo, a su vez, es una categoría que viene a dar la contribución fundamental para que se comprenda el funcionamiento del mecanismo de la heterosexualidad compulsoria dentro del discurso hegemónico occidental. Si el género (los papeles sociales a los que los sujetos tienen acceso para que construyan sus identidades), está puesto en nuestra cultura como algo determinado por el sexo, ello tiene vistas a controlar el deseo, a regular el deseo por medio de procedimientos totalizantes. Así que, si las categorías de sexo y de género están polarizadas como macho o hembra, masculino o femenino, hombre o mujer, ello responde a una demanda natural y biológica, que es la reproducción y la manutención de la especie humana. Bajo el prisma de la heteronormatividad, el deseo sexual es tan sólo una herramienta para que la humanidad no sea llevada a la extinción.

Tal vez la evidencia más cristalina que se pueda presentar para la demostración de que la categoría sexo es tan discursiva cuanto las categorías género y deseo, y no el “origen” natural de esas dos, esté en la deslegitimación social que la coincidencia de los dos sexos en un sólo individuo sufre. La figura del hermafrodita [10] no es solamente un mito leído y releído por la cultura occidental, sino una realidad biológica, aunque de rara ocurrencia. Entonces, si el sexo es el origen del continuum que sostiene la matriz heterosexual, porque no hay legitimidad a un “tercer género”, que sea la interpretación social de los papeles que ese “tercer sexo” tendría socialmente? Así lo es porque tal legitimidad derrocaría en sus propios paradigmas el proyecto heteronormativo, pues la heterosexualidad no podría dar encaje a un tercer tipo. Si un hermafrodita acumula dos dados naturales diferenciados, aunque se establezca un tercer género, la heterosexualidad compulsoria queda comprometida. ¿Cuál sería, entonces, la expresión legítima del deseo hermafrodita? ¿Desear hombres o mujeres (mencionando aquí los términos “hombres” y “mujeres” tal como han sido discursivamente construidos por el régimen de heterosexualidad compulsoria de la formación discursiva dominante)?

Mayra Santos-Fèbre también se pregunta sobre esos desplazamientos, pero no con base en la figura mítica del hermafrodita, sino a partir de la imagen de sujetos sociales marginados y deslegitimados dentro de la cultura heteronormativa. Se emplea aquí el término heteronormativo como el revés de patriarcal, visto que, por veces, los propios discursos feministas pueden mostrarse heteronormativos, racistas y/o clasistas.

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