



“La literatura siempre se ha preocupado con cuestiones de identidad y las obras literarias plantean respuestas, implícita o explícitamente, para esas cuestiones”.[1] Las palabras de Jonathan Culler ilustran lo muy relacionados que están los temas que nos proponemos a analizar en este artículo, porque “la literatura no solamente ha hecho de la identidad un tema; ella ha tenido un papel significativo en la construcción de la identidad de los lectores”.[2] Es evidente que las obras literarias ejercen un importante papel político si proporcionan la identificación del lector con los personajes o con el punto de vista que el autor asume en la trama. El análisis de la construcción de la identidad como piedra de toque para la literatura a partir de una visión crítica post-estructuralista ha proporcionado visibilidad para políticas emancipatorias de grupos mantenidos a las orillas del poder de acción a causa de definiciones de nacionalidad, raza, clase social, religión, género y opción sexual. Movimientos contestatorios han pasado a reivindicar la promoción del respeto a las diferencias e inclusión en detrimento de una ideología que les negaba autonomía al definir las márgenes y propagar términos como “inferiores”, “incompletos” o “imperfectos” para referirse a todo lo que no se encajara en los patrones dominantes. Con fines a (re)construir identidades, fueron revistos los conceptos de Lacan, cuya elaboración del “estadio del espejo” explica el descubrimiento del “yo” y de las identificaciones secundarias en el periodo pre-edípico (comprendido entre el 6º. y el 18º. mes de vida) cuando el niño empieza a verse como sujeto basándose en los predicados del discurso del Otro - en su caso, la madre, a partir de la introyección de los valores maternos reflexionados en su discurso. La feminista Toril Moi explica que esa construcción de la identidad acarrea el sentimiento de pérdida ya que decir “yo soy” implica la necesaria diferenciación con decir “tú eres” y decir “él es” y con todas las otras predicaciones posibles. “El sujeto hablante que dice ‘yo soy’ en realidad quiere decir ‘yo soy el (o la) que ha perdido algo’ - y la pérdida que ha sufrido es la pérdida de la identidad imaginaria con la madre y con el mundo. La mejor forma de traducir la frase ‘yo soy’ es, pues, ‘yo soy lo que no soy’ según Lacan”. [3] Con el intento de construir un “yo soy” basado en conceptos propios (y no solamente bajo expectativas ajenas), las mujeres y los homosexuales, entre otras minorías, han buscado (re)inserirse como autores de su propia historia.
Hacia la identidad no-heterosexual
El movimiento que recibió el nombre de Queer Theory fue estructurado sobre el argumento de que el sujeto heterosexual es construido a través de la represión de la posibilidad del homosexualismo. En las palabras de Culler “el ‘ser hombre’, como lo decimos, es negar cualquier ‘afeminación’ o debilidad y proyectarlo como una diferencia entre hombres y mujeres. Una diferencia en el interior de es negada y proyectada como una diferencia entre”.[4] Ante ese paradigma del “ser hombre” como negación de la “afeminación”, el “ser hombre” implica no solamente no ser mujer, sino también no ser hombre homosexual. Esa lógica acerca los predicados de la lucha feminista a los de la lucha por los derechos de los homosexuales. Y, como observa Lucía Etxebarría, es también ese el argumento que siguen los críticos más ignorantes para plantear una reducción mezquina: la de que “ser feminista”, ante el prejuicio de la formulación, consiste en, necesariamente, “ser lesbiana”. El temor a este rótulo prejuicioso, entonces, llevaría muchas mujeres a negaren el título de “feministas” y, de esta forma, se apartaren de la lucha por sus derechos -lo que, al fin y al cabo, nada más es que una versión de la homofobia.[5] La cuestión es que tanto los gays como las mujeres comparten el status de “ciudadano de segunda categoría” en ese contexto por el cual todos los que no se encajan como hombres-blancos-heterosexuales-cristianos-pertenecientes a una clase social elevada están condenados a las orillas de los espacios de acción. Etxebarría observa, también, que, en la definición de la identidad “no-heterosexual”, no necesariamente hay que plantearse el ser “homosexual”, pues “esta definición engloba a cualquiera que no se sienta conforme con una visión monocroma de su propia identidad sexual, concebida como una opción unívoca, dirigida a un solo objeto, el sexo contrario, y en la que no se conciben ni fantasías ni formas de expresión del amor que no estén en consonancia con la visión de la identidad sexual propuesta por la cultura dominante”.[6]
De hecho, el evento del ser “no-heterosexual”, últimamente, ha interesado a muchos investigadores de todas las áreas del saber. Clasificada como enfermedad, anormalidad, o simplemente opción, la identidad “no-heterosexual”, suele ser presentada en niveles, como lo hace la jueza brasileña Maria Berenice Dias en su libro União homossexual:o preconceito & a justiça. Conforme ella, existen: (1) los “reprimidos”, que serían los gays que niegan sus preferencias sexuales, recusándose a ceder frente a sus impulsos y deseos y, de esta manera, inclinándose para “estados de ansiedad, de agresividad, revelando cuadros psicosomáticos crónicos”; (2) los “ambivalentes”, que estarían caracterizados por asumir una doble personalidad. “Aunque incorporando su naturaleza homosexual, se portan como perteneciendo al sexo biológico, lo que los conduce, muchas veces, a la bisexualidad”. Ellos pueden casarse y tener hijos, pero suelen ser muy infelices en sus relaciones amorosas, y, por último, dice la doctora, están (3) los “gays propiamente dichos”, que serían los que asumen su postura homosexual y que presentan la tendencia a buscar relaciones homoafectivas en los moldes de un matrimonio.[7]
Mas allá de la clasificación de la doctora Dias, entendemos que hace falta establecer los límites de la fundamental diferencia entre el (a) gay propiamente dicho que se mantiene dentro de patrones comportamentales y de apariencia semejantes a los de un heterosexual, aunque asuma su preferencia por el mismo sexo, entre (b) el travestí que se viste y asume comportamientos tradicionalmente atribuidos al sexo opuesto, pero que, sin embargo, acepta su cuerpo tal como lo es, y entre (c) el transexual, que se siente perteneciente al sexo opuesto y de esta forma quiere ser identificado, pudiendo, incluso, recorrer a la intervención quirúrgica para cambio de sexo.
Esta “clasificación” que presentamos arriba tiene carácter meramente ilustrativo y, sin la pretensión de rotular de forma definitiva, o postular un cartesianismo del deseo sexual, se busca, con ello, dar a conocer la diversidad de los personajes de la obra que vamos a analizar a seguir. Pero antes, para que se pueda comprender de que modo Sirena Selena vestida de pena rompe y subvierte con los discursos heteronormativos que la sociedad occidental deja trasparecer, se hace necesario observar de qué manera y con qué estatuto las categorías sexo, género y deseo se instauran en la cultura y producen posibilidades válidas de identidades de género y deseo, mientras imposibilitan y prohíben que la opción por el deseo homoerótico se plantee como una alternativa legítima de identidad social.
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