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¿Cuál es el posicionamiento del autor, del narrador y del lector? En el caso de Mañas podríamos hablar de un narrador no fiable. Ya que el protagonista parece muy normal, sobre todo al comienzo, y ya que el narrador no muestra reticencia alguna sobre él, el lector está dispuesto a confiar en Carlos. Seguramente, sucede esto con más facilidad si el lector es de la misma edad que Carlos y se mueve en ámbitos similares. El lector hasta podría pensar que los episodios en los que Carlos se comporta mal podrían aumentar la verosimilitud del relato. Sin embargo, cuando Carlos al final del relato se convierta en un asesino, el lector tendrá que aceptar la incómoda posición de haberse identificado con un personaje negativo.
En Etxebarria, el lector sigue a un yo inmaduro y bastante vulgar que, para merecer nuestra atención, no puede reclamar otra cosa que la de ser lo suficientemente joven y bonita. Ya que el formato es el del diario privado, apenas hay distancia entre el mundo del personaje y la posición del narrador. Como la autora además -y según la prensa- pertenece a los mismos ambientes que está describiendo, podría resultar escasa la ficcionalización, tal como lo había notado Calvo.
A causa de la ambigüedad del punto de vista del narrador, el lector de las novelas se encuentra atrapado en una posición de ”voyeurismo” y de complicidad. Seguir leyendo es similar a admitir estar gozando de algún modo de lo que está sucediendo en los mundos narrados. Todo esto es bien diferente de lo que ocurría en las novelas antiutópicas en las que, ante situaciones similares, el narrador se mostraba de acuerdo con el protagonista al señalar el horror del mundo narrado, y el lector era invitado a adoptar la misma actitud.
Como ya se ha dicho, es frecuente que los lectores jóvenes españoles digan que Mañas y Etxebarria han escrito novelas ”realistas” y que, como lectores, se reconocen en sus mundos narrados. El trasfondo social y económico de las dos novelas es la España próspera y democrática de hoy en la que los jóvenes se dedican a lo suyo, que parece ser disfrutar lo máximo posible. Ningún personaje, en ningún momento, hace alusión a preocupación alguna por la sociedad o por la supervivencia de su familia o incluso de ellos mismos. Si algún problema llegan a tener es el de que la vida entregada sólo a los placeres se vuelve aburrida y solitaria, y les hace sentirse insatisfechos. El exceso de placer y la total ausencia de obligaciones conlleva una vaciedad que cabe llamar espiritual. Esta vaciedad está articulada verbalmente en Etxebarria, mientras que en Mañas está indicada por las acciones cada vez más bruscas y erráticas del protagonista.
Algunos jóvenes lectores dicen que las novelas de Mañas y de Etxebarria son ”denuncias” de la sociedad. Es difícil sostener una afirmación de este tipo. En el caso de Mañas, el efecto literario se obtiene en gran medida por la neutralidad del narrador, que no comenta los actos de su protagonista Carlos. Ni siquiera cuando éste se convierte en asesino hay una condena clara. Se podría hablar de una calculada ambigüedad por parte de Mañas puesto que es posible leer este texto como un relato complaciente que acepta y celebra como ”joven” el mundo que narra.
El texto de Etxebarria da la impresión de ser un producto comercial en el que se introducen conscientemente los elementos propios de las series televisivas que tanto éxito suelen alcanzar. La fragmentación queda subrayada por el uso de palabras sueltas en orden alfabético para encabezar los capítulos, palabras que no tienen mucho que ver con el contenido del capítulo en cuestión. Cristina vive como si estuviera protagonizando una serie televisiva. Nos encontramos frente a una conducta frívola, libremente escogida, que termina por amenazar la supervivencia física de la protagonista. Al final, la protagonista ve que tendrá que cambiar, no tanto porque esté mal lo que está haciendo sino porque su cuerpo no puede más.
¿Cómo entender que textos como éstos sean percibidos como normales o como realistas? Las respuestas interesantes se encuentran entre los psiquitras y no entre los críticos literarios. Para sólo mencionar un ejemplo, el psiquiatra norteamericano, Krauthammer (1994), menciona que ha observado que hay una ideología antisocial entre muchos artistas y universitarios de nuestros días. Ve entre sus pacientes un aumento notable de conductas anormales y se ha dado cuenta de que las élites culturales más bien dificultan el trabajo de la psiquiatría presentando como normales los trastornos de los pacientes y, al contrario, mostrando como anormales instituciones como la familia. En vez de ayudar a disminuir la criminalidad y la enfermedad mental, las élites quieren ”deconstruir” la normalidad social empezando por la familia. Krauthammer no cree que sea fortuito el énfasis que se da últimamente a la pedofilia y a la violación, temas que presentan a los varones como monstruos, ya que así se da a entender que el matrimonio y la familia constituyen una amenaza para las mujeres y los niños. Se presenta como sospechoso lo que antes se nos solía ofrecer como seguro, como la familia, la aceptación de leyes y el equilibrio psíquico. Lo que relaciona la presentación de Krauthammer con nuestro tema es que éste cree que los que defienden estas sociopatías son las mismas personas que antes solían defender las ideologías totalitarias. Los ideólogos huyen del vacío, cree. Es decir que el objeto de odio de estas personas y su propósito de destrucción serían los mismos pero el punto de ataque diferente.
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