La estética de los mundos narrados por Mañas y Etxebarria está centrada en los valores ”jóvenes”. Ser joven y guapo es el ideal. Se buscan la belleza exterior, la velocidad, el placer corporal y la música para aturdirse. Es una estética narcisista o egoísta ya que estos jóvenes se colocan a sí mismos como centro de su propio sistema de valores. En este vacío ético, la estética ocupa todo el espacio de los valores. También se podría hablar de una ética basada en una estética que deja fuera a todos los que no pertenecen al grupo de compañeros como los ancianos, los niños, los feos, los gordos, los extranjeros y muchas veces a las mujeres.
En la novela joven, sin que estrictamente medie obligación alguna, los personajes se imponen a sí mismos una vida de aquí y ahora, sin sentido, similar a la de las personas que viven en situación de marginalidad, ciertos enfermos, los niños y los animales. Gutiérrez Resa (2003) habla de “presentismo” y de una vida sensorial. En vez de vivir como adultos, se dejan distraer y aturdir por la música y la televisión. Navajas (1996) añade cierta apatía para enfrentarse con la vida.
Newman (1993) destaca que la estética contemporánea da énfasis a lo inmediato y a la intensidad de la emoción con el cine como modelo ético y estético. El cine da una impresión de mostrar la realidad, algo que existe y que además tiene ”glamour”. No fomenta la reflexión sino la emoción, una conexión con los filósofos que desde hace más de cien años abogan por la ”vida inmediata” como valor en contraste con la cultura que requiere un esfuerzo. Esta valorización de la “vida” y lo físico se combina con una minusvaloración de la cultura y del pensamiento. Además, no se habla de responsabilidad y de esfuerzo. Precisamente, los personajes Carlos y Cristina viven en el momento y se guían por criterios estéticos.
Los ideales oficiales imaginados en las novelas antiutópicas son similares. En Huxley, el personaje Linda es fea, gorda y vieja y nadie quiere tener trato con ella excepto su hijo. En Burgess, la banda juvenil a la que pertenece Alex cuida mucho la apariencia y se viste a la última moda. Cuando Alex ve alguna acción particularmente sangrienta o cruel utiliza la palabra ”hermoso” para referirse a ella. En Orwell y Bradbury se habla de hacer desaparecer de manera discreta y eficaz no sólo a los disidentes sino también a los viejos. Esta comparación podría estar indicando que la novela joven quizá mantenga sus vínculos con una ética y estética totalitaria. Tanto la propaganda nazi como la soviética solían idealizar a la juventud, y en sus carteles predominaban los jóvenes de buen parecer.
La filosofía personal de los protagonistas en la novela joven es el nihilismo. El nihilista no carece de información sobre la bondad sino que niega la maldad de la maldad. Carlos y Cristina viven sin preguntarse si lo que hacen está bien o mal. Son amorales más que inmorales. Podríamos recordar la fórmula de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Carlos es claramente malo, pero sus compañeros no se dan cuenta cabalmente.
Burgess, Bradbury y Huxley señalan que cuando no podemos elegir nuestra conducta, no somos plenamente humanos. Mencionan el concepto de libre albedrío y el cristianismo. Orwell dice lo mismo pero sin referencia al cristianismo. En Huxley, un personaje afirma que quiere tener el derecho de ser infeliz si le apetece. En Burgess, se dice que Alex es más humano siendo gratuitamente cruel que condicionado para ser ”bueno”. Los cuatro autores repiten sin cesar que cuando no se acepta la responsabilidad de los propios actos es como si no se estuviera viviendo.
Las novelas de antiutopía denuncian la instrumentalización del sexo por parte de las autoridades. La disponibilidad de todos en todo momento resulta similar a las escenas del marqués de Sade, un tipo de esclavitud, porque convierte a las personas en meros cuerpos. Volviendo a Mañas y Etxebarria, es obvio que el protagonista de Mañas ve a los otros personajes como cuerpos, no como personas. Algunos de los personajes de Etxebarria también tienen esta actitud, por ejemplo Ian. Los personajes femeninos buscan otro tipo de relación pero no son consecuentes y no logran acercarse a este ideal.
No nos produce sorpresa que los protagonistas de Mañas y Etxebarria desistan de la posibilidad de adquirir cultura, porque es actitud frecuente en nuestros días. Los autores de la antiutopía, por su parte, convierten el tema en uno de los núcleos de sus relatos. En las ”conversaciones” entre los personajes Montag y Mildred, Bradbury nos muestra la falta de calidad de vida de quienes dedican su vida al entretenimiento vacío. Mildred tiene un vocabulario tan limitado que apenas puede decirse que posea un lenguaje. Pronuncia palabras sueltas pero no habla, al menos en el sentido que solemos dar a la noción de lenguaje. No tiene recuerdos ni conocimientos de ningún tipo. Considera que los personajes de los culebrones son su familia. Para explicar cómo se ha llegado a esta situación, Bradbury denuncia los cambios sucesivos en la educación: se empezó haciendo resúmenes de resúmenes y todo debía ser rápido. La escolarización se abrevió, la disciplina se abandonó y se quitaron asignaturas consideradas inútiles como la filosofía, la historia y las lenguas extranjeras. El estudio de la lengua materna se simplificó abandonando la insistencia en la ortografía. ¡La vida es inmediata, sólo cuentan el trabajo y el placer que te espera después de la jornada de trabajo! ¿Por qué aprender cosas inútiles? El entretenimiento es sensorial y no tiene que ver con la inteligencia. El contraste con todo esto se ve en lo que dice otro personaje, el viejo profesor de inglés, Faber, quien cree que es preciso tener acceso a una información de buena calidad e invertir tiempo si se quiere pensar. Cita el famoso dicho del presidente Jefferson: Si una nación espera ser ignorante y libre, espera algo que no ha existido nunca y que nunca existirá.
Los autores de las antiutopías se preocupan profundamente por el desarrollo del lenguaje. Dicen una y otra vez que hay una conexión entre lenguaje y verdad. El ambiente moral de los textos está descrito a través del ”ambiente verbal”. El discurso tanto oficial como privado de una sociedad nos indica cómo es esa sociedad. Sin embargo, la relación de Mañas y de Etxebarria con el lenguaje parece de sólo mimetismo ya que si bien han sabido captar una manera de hablar no parecen entender toda la significación de esta manera de expresarse.
Los valores actuales de los jóvenes podrían ser valores sociológicos más que éticos, según unas encuestras recientes. Los valores más citados son la familia, el trabajo, los compañeros y el ocio (Gutiérrez Resa, 2003). Lo que vemos en las vidas de Carlos y Cristina es que el ocio, que incluye a los compañeros, es prácticamente su único valor que, sin embargo, queda degradado al no asociársele el valor del trabajo. Otro gran ausente es la familia.
Con esta constatación, vemos que los protagonistas se han alejado de toda clase de valores humanos. La antropología suele explicar nuestra inclusión en el mundo físico y simbólico como un hecho que acompaña nuestro nacimiento. El niño despierta al mundo a través del cuidado, las caricias, la sonrisa y el lenguaje de la madre y del resto de la familia. Nace dentro de una comunidad humana con su lengua propia y su cultura específica. Para permitir la continuada conviciencia son necesarias ciertas reglas de conducta que no forman una imposición sino que recogen la constatación de cómo funcionan los grupos humanos y que el niño necesita aprender desde el principio. Los personajes Carlos y Cristina son “libredisfrutadores” o -con una palabra más tradicional- parásitos sociales ya que no apoyan al Estado bajo cuya protección viven, para no mencionar que sobre todo Carlos comete una serie de actos directamente criminales. El mensaje que quieren difundir los autores de las novelas antiutópicas es, por el contrario, que si no aceptas la responsabilidad de tus actos y tu responsabilidad por las personas alrededor de ti, no tienes una vida digna, casi ni siquiera vida.