



El pasado centenario de la publicación de la novela La voluntad de José Martínez Ruiz, nos invitaba a una serena lectura de la escritura azoriniana desde la perspectiva de los inicios del nuevo siglo. En cuanto a las relaciones entre la vida y literatura, tan imbricadas en su generación, recordemos que el autor se identificó y se proyectó hasta tal punto en el personaje protagonista de la novela, Azorín, que llegó a adoptar su apellido como seudónimo desde 1904 en colaboraciones periodísticas y desde 1905 en el resto de su producción hasta el momento de su muerte en 1967.
Sabemos que 1902 fue un momento fundamental para la renovación de la novela española del siglo XX. Destacan cuatro novelas entre un nutrido grupo de obras de calidad (Sonata de Otoño de Valle-Inclán; Camino de Perfección de Baroja; Amor y pedagogía de Unamuno y La voluntad de Azorín) que contribuyeron a sustituir el modelo narrativo del realismo y del naturalismo decimonónicos: de todas ellas, La Voluntad significó tal vez la mayor aportación en renovación técnica y estructural. Posiblemente, las novedades que aportaba la novela contribuyeran a desorientar a los lectores de aquella fecha, todavía acostumbrados al ritmo y a la estructura de la novela tradicional, aferrada a sólidos argumentos lineales que progresan ordenadamente en el tiempo, en medio de un espacio referencial bien delimitado y frecuentemente conocido por los lectores.
José Martínez Ruiz nace en 1873 en Monóvar (Alicante) y se educa en los Escolapios de Yecla. En 1888 se traslada a Valencia para estudiar Derecho. Él mismo nos confiesa que fue un mal estudiante de Derecho, lo que le obligó a peregrinar por las Universidades de Salamanca, Granada y Valladolid. Pero sus primeros intentos como periodista y escritor tienen lugar en la Valencia de finales del XIX. Azorín evocará esos intensos años de ‘estudiante’ en un libro posterior titulado precisamente Valencia (1941), aunque encontramos vivencias recogidas en artículos anteriores:
“ (...) Vivía con un grupo de amigos: Martí de Veses, los hermanos Sancho, Llorca, Llopis, Picornell, Arnal. Vestían con la estudiada elegancia tradicional en el valenciano. Eran muchachos de Oliva, Denia, Jávea, Pedreguer. La vida era fácil. Moraron a lo largo de seis u ocho años en diversos pupilajes. Se establecieron también por su cuenta en amigable “república”...”( “Un estudiante en Valencia”, Ahora, 6 de febrero de 1936)
Su preciso conocimiento de la ciudad queda patente en ocasión del homenaje de la ciudad al escritor el 9 de octubre de 1932, con un discurso recogido en Luz al día siguiente, y en el que reconocemos al Azorín paseante y bibliófilo recorriendo el centro histórico de la ciudad.
Azorín había escrito sus primeros artículos periodísticos en el semanario de su pueblo, El Pueblo. Tras intentar, en vano, colaborar en Las Provincias, de Valencia, dirigido entonces por Teodoro Llorente, se estrena como periodista haciendo crítica de teatro en El Mercantil Valenciano, con el pseudónimo “Ahrimán” o la inicial “A.”. Después, continuaría como crítico literario, narrador y autor de artículos de opinión en El Pueblo (dirigido por Vicente Blasco Ibáñez, y sin conexión con la publicación modestísima del mismo nombre en la que había colaborado en Monóvar).
El contexto de la cultura literaria valenciana del momento [Meseguer 1998] es un hervidero de proyectos e ideas, una efervescencia ideológica y política que parece arrastrar al joven escritor. En efecto, la Valencia de la época no es ni una simple provincia española más a la que podamos aplicar los parámetros del 98, ni la periférica copia del sur de las provincias catalanas.1
De hecho, Martínez Ruiz se inserta en una de las claves de la problemática ideológica de la cultura del momento: cómo integrar en una sociedad tradicional las ideas de la modernidad, construyendo, además, el proyecto autorial de una nueva narrativa que rompa con los viejos moldes del realismo decimonónico. En otra órbita de su problemática se inserta la cuestión de las relaciones entre periodismo y literatura, y los modelos de escritura a finales del siglo XIX y principios del XX [Palenque 1996]. Esa indiferenciación genérica en la elaboración y presentación de los materiales dentro del texto será una de las claves de lectura de La voluntad, que evidentemente corresponde a las inquietudes artísticas e ideológicas del José Martínez Ruiz de aquellos años. El problema de la permeabilidad genérica se verá agravado por la crisis y diversificación del modelo periodístico decimonónico que estalla al mismo tiempo que el sistema político y cultural de la Restauración2. Esta contaminación entre lo real y lo ficticio, e incluso la forma de publicación mediante fascículos que, sin duda, ayudaría a la forma fragmentaria de la organización de los capítulos, constituyen claves y estrategias de la construcción textual de la novela que tienen su explicación en el contexto de las relaciones entre literatura y periodismo.
Su vocación periodística es tan clara y decidida en aquellos momentos que hacia 1904 queda testimoniada a través de una entrevista en El Gráfico. Esos primeros años del Azorín periodista de ideología de filiación anarquista serán progresivamente “olvidados” por el autor literario que sobrevive a las guerras y a sus posguerras. Su conversión del anarquismo juvenil al conservadurismo tradicional ya ha sido explicada.3
Una y otra vez vemos evolucionar y madurar, desde el anarquismo hasta el conservadurismo, la ideología política de un brillante escritor que se ve arrastrado por el convulso sistema político e ideológico de la España de la Edad de Plata. Una y otra vez vemos a un Azorín confuso y resignado a contemplar el violento proceso de desintegración política y de hipertrofia militarista que acabaría conduciendo a una guerra fratricida. Azorín fue testigo, junto a sus compañeros de generación, de cómo el aparentemente sólido edificio del régimen de la Restauración se derrumbaba en todos los órdenes, y exigía respuestas a los “intelectuales” ante la progresiva crisis del sistema constitucional. La mentalidad crítica y escéptica de Azorín parece ir orientándole hacia actitudes revisionistas, que tienden a situar los males de España en la propia estructura de la sociedad y en el desigual reparto de cultura y riqueza.
En medio de este período crítico de la historia de España, surge un esplendor cultural en torno a los años 1902-1936 que configura la plenitud de una cultura española cada vez más luminosa frente a la descomposición del sistema de la Restauración. A partir de 1898 empiezan a abundar los textos que analizan los males y dolencias de la patria -sumida en un evidente proceso sociopolítico de decadencia-, así como otros que se aventuran en proponer remedios para su regeneración.
Entre los regeneracionistas, Azorín se cuenta entre un pequeño grupo (inicialmente inadvertido) de jóvenes pequeño-burgueses, rebeldes, iconoclastas, procedentes de la periferia, que se dieron cita en el Madrid finisecular con el objetivo de convertirse en hombres de letras.
Con una clara voluntad de denuncia de los casos de caciquismo y abuso en la política nacional, conforman el grupo de ‘Los Tres’ (Maeztu, Baroja y Azorín; excepcionalmente, Unamuno) dispuestos a difundir su ideario reformista y recabando activamente el apoyo de los sectores progresistas de la cultura española del momento. En efecto, La voluntad es también testimonio de esta actitud de regeneracionismo y activismo ideológico, que aporta una estrategia de salida para la crisis vivida por los intelectuales del fin de siglo.
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