Es difícil abordar una lectura de La Voluntad, sin referirse antes a un libro clave anterior: Diario de un enfermo (1901). Se trata de un texto que adopta la forma de un diario, y abarca desde el 15 de noviembre de 1898 hasta el 15 de abril de 1900, y del cual extraemos unas líneas clave de la cosmovisión azoriniana:
“¿Qué es la vida? ¿Qué fin tiene la vida? ¿Qué hacemos aquí abajo? ¿Para qué vivimos? No lo sé; esto es imbécil; abrumadoramente imbécil” [O.C., I, pág. 693]
Se trata de un texto emblemático que articula una actitud de total desaliento vital y literario, donde la literaturización de la realidad es contemplada como el resultado del fracaso del proceso asimilarse a la acción por parte del personaje. Así lo ha interpretado José María Valverde:
“El episodio de la viudez -y, en la versión original, el suicidio-, con que se cierra el libro, valen como símbolo de la desesperanza del autor, cuyas ilusiones morales y sociales se han derrumbado ya (...)” [Valverde 1971: 168]
A partir de 1900, la actividad social y literaria de José Martínez Ruiz se multiplica. En diciembre realiza con Baroja un viaje muy significativo a Toledo, cuyas impresiones publican en marzo de 1901 en el único número de El Mercurio (recordemos que también el personaje Fernando Osorio de la novela Camino de Perfección de Baroja, va a Toledo para buscar en la Historia la razón de ser de un país que agoniza sin saberlo en los desmontes madrileños).
Ese año de 1900 Baroja está escribiendo su primera novela ‘importante’, Camino de perfección; y Martínez Ruiz toma apuntes durante meses en la Biblioteca del Instituto de San Isidro, el antiguo Colegio Imperial de los jesuitas, para su novela La Voluntad. En febrero de 1901 ambos organizan la visita de homenaje a la tumba de Larra y durante algunos meses colaboran en El Globo.
En 1902, los “Tres” (Baroja, Azorín, Maeztu) intervienen públicamente en un caso de ‘moralidad administrativa’ en Málaga, y despliegan una campaña de opinión a través de las páginas de Juventud (todo ello materia narrativa de la novela azoriniana).
La Voluntad constituye un signo de la modernidad literaria en las letras españolas de principios del siglo XX. Es un texto elaborado a partir de la recepción apasionada de lecturas francesas, alemanas y españolas. Junto a otros textos emblemáticos, contribuye decisivamente al cambio de rumbo de la novela española que se abre a nuevas posibilidades de expresión para renovar la ficción estancada del siglo XIX.
En ese momento, encontramos un grupo de novelas que representan una clara ruptura con los cánones novelísticos existentes y entroncan con la novela europea contemporánea. Se trata de autores conscientes de que los modelos narrativos decimonónicos son insuficientes para dar cuenta de la definitiva crisis de principios del siglo XX. La Voluntad revela el texto de esa crisis que va más allá de lo individual, el pensador y novelista que se desdobla en su protagonista, Antonio Azorín, y se convierte en síntoma social de un ‘estar ante el mundo’. El joven Azorín conecta con la prosa impresionista europea, los Goncourt, Alphonse Daudet, Anatole France...y concibe la novela como una forma proteica y cambiante, liberada de la esclavitud del necesario relato de la fábula.
Su escritura es síntoma de la disolución genérica en la modernidad literaria, donde la imprimación subjetiva y autobiográfica subvierte la concepción tradicional de los géneros literarios. En este sentido, puede ser también considerado como un texto auroral que funda una tradición. La voluntad ejemplifica la renovación de la novela tradicional, que posteriormente testificará Ortega en sus Ideas sobre la novela; y anticipa los modelos de la novela lírica y la novela vanguardista, con Gabriel Miró y con Ramón Gómez de la Serna.
En sus líneas encontramos un testimonio contemporáneo del nihilismo nietzscheano entendido como una falta de respuesta a los porqués vitales. Azorín parece un indolente acomodado, cuyos conflictos existenciales son fruto de una sublimación cultural en donde la vida y la acción han sido suplantadas por la meditación libresca.
En la novela, los personajes parecen sucumbir a un ambiente asfixiante dominado por el conservadurismo cultural que aparece ligado al principio de la perduración de la especie.
El protagonista presenta un ethos sorprendente y un nuevo pathos (que requerirían, sin duda, un análisis más detallado), y una nueva sensibilidad extrema que contrasta con el medio vital y cultural en el que aparece inserto. José María Martínez Cachero [1960] ha interpretado a Antonio Azorín, el protagonista de estas primeras novelas, como un símbolo de toda la generación del noventa y ocho; frente a Yuste, el personaje que representaría el período de la Restauración y la Regencia.
Antonio Azorín es un personaje que recorre un itinerario psicológico de progresivo desengaño, desde una cierta estructura inicial de novela pedagógica, y con el desarrollo de una serie de reflexiones en torno al sentido y a la esencia de España, en el ámbito problemático de la crisis de fin de siglo.
En esos sucesivos espacios de desengaño (la religión, la filosofía, la ciencia, la política, la literatura...), simbolizados globalmente por el abandono de Madrid, Azorín asume la rutina y los primores de lo vulgar como elemento sustancial que da sentido a su existencia.
La primera parte de la novela (constituida por veintinueve breves capítulos) corresponde a la educación del protagonista, marcado claramente por el predominio de los valores del idealismo. Son el filósofo Yuste, el párroco Puche o el escolapio Lasalde quienes configuran el andamiaje ideológico y sentimental del joven Azorín. La segunda parte nos relata las peripecias del protagonista en Madrid. En el ambiente flota la promesa de un mundo trascendente que se configura incapaz de abordar los problemas y sufrimientos de éste. La tristeza, la muerte y el dolor aparecen y reaparecen, como en ese episodio común con Baroja del ataúd de la niña toledana, y una vez y otra no existe consolación para ese mal de vivir tan humano, donde apenas la fe es entendida como breve consuelo en una espera ciega.
Los breves capítulos de esta parte abundan en los tópicos literarios del momento: la multitud metropolitana, la ciudad muerta, la malvada sociedad literaria mostrada a partir del banquete de publicación del libro Retiro espiritual de Olaiz9, etc. Y siempre el mismo resultado:
“Al fin, Azorín se decide a marcharse de Madrid. ¿Dónde va? Geográficamente, Azorín sabe dónde encamina sus pasos; pero en cuanto a la orientación intelectual y ética su desconcierto es mayor cada día. Azorín es casi un símbolo; sus perplejidades, sus ansias, sus desconsuelos bien pueden representar toda una generación sin voluntad, sin energía, indecisa, irresoluta, una generación que no tiene ni la audacia de la generación romántica, ni la fe de afirmar de la generación naturalista.” (XI, p. 255)
La disgregación de los ideales fue una realidad histórica, constatable en buena parte de los miembros de aquella generación, que no supo articular la modernización de un país y el sostenimiento de sus tradiciones ideológicas a través de un proyecto político racional. Azorín llegará en la ‘Tercera parte’ de la novela a una especia de ataraxia sentimental e ideológica. Su matrimonio con Iluminada simboliza la mezquindad del medio rural y la imposibilidad de sustraerse a la ideología católica y conservadora imperante en el medio. Como nos habían enseñado las novelas realistas, nuestro protagonista sucumbe y se abandona (el pacto es aquí la forma de sumisión), ante la imposibilidad de articular una existencia en permanente conflicto contra el medio social. La exacerbada pasión del yo es la clave de nuestro protagonista, que se afana continuamente por buscar un asidero sobre el que construir la paradoja de su existencia.
Evidentemente, la España en crisis perduró mucho más allá de la guerra civil hasta el restablecimiento democrático en los años setenta, del mismo modo que la Europa en crisis se trasladaría a los años cincuenta, como una Alemania en ruinas. Los avisos de inadaptación e inhabitabilidad en los espacios, geográficos o ideológicos, que la literatura nos servía a principios del siglo XX, lamentablemente se cumplieron.
La voluntad ilustra de ese modo también el retrato de una España negra y triste, la España que retrataron Darío de Regoyos y Zuloaga, la de Verhaeren y Santiago Rusiñol, y que acabaría convirtiéndose en la imagen dominante de una posguerra atroz.
Desde este modo, la novela que empieza planteándose como una gran pregunta, termina de un modo desolador sugiriéndonos que no hay respuestas, sino esa sumisión y ese silencio del Azorín abandonado al sinsentido de una existencia vacua.
Creo que el taller del realismo y el de la modernidad literaria pueden ser explicados como fundamentalmente el mismo, que va adquiriendo y modelando múltiples matices a medida que el realismo decimonónico se advierte como un modelo novelístico caduco: con voluntad estructuradora en Azorín, con un fragmentarismo dialógico en Baroja, con un naturalismo cientifista en Blasco. Pero todos ellos participan de un mismo contexto de crisis, aunque quizás Blasco Ibáñez no sea tan consciente, dada la celeridad de vida y de su trabajo novelístico, del cambio formal y sustancial en la concepción de la escritura. Desde luego, en todos los casos encontramos una misma cosmovisión de época en donde la novela es entendida como la realidad vista a través de un temperamento, y adonde el novelista ejerce su oficio autorial con unas mismas estrategias editoriales.
El camino final de Antonio Azorín es un camino hacia la aniquilación tras la progresiva acumulación de decepciones y fracasos. Su opción humana e ideológica nos muestra un camino sin salida, como en el caso de Larra, para una España sumida en una profunda crisis moral y necesitada de una regeneración moral y política.
Jacobi nos inició en la idea de que el idealismo era una forma de nihilismo sustentada sobre tres adjetivos: egoísmo, ateísmo y fatalismo. En Schopenhauer, el joven Azorín leyó el mundo como voluntad y como representación: para él, el mundo es su representación y su nada, hasta el punto de llegar a adquirir fuerza desde ese extremo de negatividad. Algún filósofo ha señalado que con Schopenhauer se disocian lo bueno y lo verdadero en filosofía: lo verdadero, la voluntad, no es bueno; y el discurso sobre lo bueno y la felicidad se revela, por tanto, como una ficción, necesaria para la vida, pero ficción de todos modos. La voluntad es esa ciega afirmación de vivir que se perpetúa a través del autoengaño y en la procreación misma.
Como ha señalado J. A. González Sainz10, la novela no es sólo el testimonio de una crisis personal, sino el reflejo convulso de toda una crisis finisecular del pensamiento europeo, y que hoy es entendida como uno de los síntomas de la modernidad. Es una crisis general de la cultura europea que camina hacia su construcción sociocultural y política desde el espacio de las nacionalidades decimonónicas y de los grandes sistemas filosóficos heredados de Kant. Azorín se contituye como un síntoma, el síntoma del hombre aniquilado, en ese contexto de obras que asumen la lectura de la crisis de la racionalidad positivista en el cambio de siglo.
Evidentemente, ese discurso nihilista del filósofo se inscribe en un pesimismo lúcido que tendrá su momento culminante tras el desmoronamiento del idealismo a finales del XIX y comienzos del XX, especialmente en la Europa de entreguerras. Coincide con fenómenos como la deshumanización y la quiebra del pensamiento y de los ideales ilustrados11. En España el pensamiento schopenhauriano tendrá un influjo principal junto con Nietzsche, en las novelas filosóficas de Baroja y en el Azorín de La voluntad. Uno y otro añaden un componente social, existencial y artístico a este nihilismo.
Azorín tiene veintinueve años cuando publica esta novela, y parece estar en su momento creativo más álgido. Su lectura del nihilismo va más allá de la estricta exégesis filosófica, y nos ofrece líneas de fuga hacia la reflexión ideológica en torno a la cultura y la política de la España del momento. Su aproximación a Schopenhauer y al idealismo no es neutra, desde luego. La voluntad ofrecía una posibilidad positiva, donde la lectura del dolor, clave de la existencia humana, iluminaba un camino susceptible de ser recorrido, mediante una parcial afirmación de la vida, algo así como un pesimismo heroico que no acaba de modularse al final de la novela: ese insinuar al santo sin serlo. La novela nos adentra en ese sentimiento tan moderno de la solidaridad de la culpa y del sufrimiento de los hombres, y que merecería propugnar un cambio posibilista en las relaciones humanas con el fin de conseguir una humanidad más feliz y más justa. El contexto nacionalsocialista alemán llevaría en los años cuarenta su interpretación nietzscheana a los campos de Auschwitz. En una Europa en crisis, pero antes de una Europa en ruinas, la voluntad azoriniana sigue manteniéndose como un texto cuya lectura debería ser comentada entre los jóvenes humanistas.