Las Artes poéticas de Pablo Neruda - 1933
El más analizado de estos poemas es sin duda el que precisamente se llama “Arte poética”, y que aparece en la primera parte de Residencia en la tierra, en la edición de 1933, y luego en la edición completa de 1935 y en todas las posteriores. De Amado Alonso en adelante, casi no hay estudioso del poeta que no se haya ocupado de este texto de sus 30 años. Repetidamente se ha anotado cómo el poeta se ve a sí mismo en medio de realidades contrapuestas, entre lo hostil y lo grato, “entre guarniciones y doncellas”. Por otra parte, el “luto de viudo furioso” puede ponerse en relación con el poema “Tango del viudo” que aparece en el mismo libro; y se han mencionado las imágenes de un mundo signado por la fealdad y la irrelevancia para el hombre, como lo demuestran -entre otras- las menciones de “un camarero humillado”, “una campana un poco ronca”, “un espejo viejo”, la “casa sola” donde hay “ropa tirada al suelo, y una ausencia de flores”... También habría que reparar en la doble mención del concepto de melancolía, imbuido aquí de una connotación positiva: primero, los rasgos negativos de la circunstancia humana aparecen “posiblemente de otro modo aun menos melancólico”; luego, el llamamiento a la capacidad poética cuando ciertos factores externos, a los que me referiré enseguida, “me piden lo profético que hay en mí, con melancolía”. Volveremos sobre este punto; por ahora, en primer lugar, leamos el poema:
Arte poética
Entre sombra y espacio, entre guarniciones y doncellas,
dotado de corazón singular y sueños funestos,
precipitadamente pálido, marchito en la frente
y con luto de viudo furioso por cada día de vida,
ay, para cada agua invisible que bebo soñolientamente
y de todo sonido que acojo temblando,
tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría
un oído que nace, una angustia indirecta,
como si llegaran ladrones o fantasmas,
y en una cáscara de extensión fija y profunda,
como un camarero humillado, como una campana un poco ronca,
como un espejo viejo, como un olor de casa sola
en la que los huéspedes entran de noche perdidamente ebrios,
y hay un olor de ropa tirada al suelo, y una ausencia de flores
-posiblemente de otro modo aún menos melancólico-,
pero, la verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho,
las noches de substancia infinita caídas en mi dormitorio,
el ruido de un día que arde con sacrificio
me piden lo profético que hay en mí, con melancolía
y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos
hay, y un movimiento sin tregua, y un nombre confuso.
En mi opinión, el poema corre irremisiblemente hacia los versos finales, que le dan sentido al intentar establecer un orden en el caos precedente. El viento, la noche y los ruidos del día, dice el poeta, “me piden lo profético que hay en mí”. La incitación, apenas formulada y aún no resuelta, no proviene del interior, de la conciencia poética que pugna por expresarse, como en las concepciones románticas de la poesía; tampoco se origina en la figura clásica de la llamada “inspiración”. No: son las cosas las que enfrentan al poeta con sus exigencias. En este poema hay palabras que tienen diversas deudas con el lenguaje de las vanguardias: desde el cultivo de imágenes de una realidad hostil al hombre o por lo menos alejada de él, hasta cierta fluctuación sintáctica que nos hace recordar la libertad antigramatical de algunos surrealistas. Pero hay también otra cosa que no es ni vanguardia ni neorromanticismo: está el comienzo de una realización poemática de la experiencia del hacer poético. Y ese esbozo fenomenológico sugiere que, más allá de sus lecturas y de la alusión temblorosa a su circunstancia, el Pablo Neruda de este poema “Arte poética” de 1933 comienza a sospechar que su poesía está en camino de desarrollar otra voz.
En este sentido, es significativo que, en los mismos años de su central poesía residenciaria, haya escrito Neruda un texto en prosa titulado “Para una poesía sin pureza”, que data de 1935 (es el prólogo al núm. 1 de Caballo verde para la poesía). Ese texto queda inédito en libro durante muchos años; ahora lo podemos leer en Para nacer he nacido, el libro de memorias que aparece póstumamente, en 1978.
Esa “poesía sin pureza”, que comienza a desarrollar Neruda está, claro, en directa oposición a la idea de la “poesía pura”, tan prestigiosa en las letras de Occidente desde Poe hasta Valery, con picos de atención crítica en las décadas de 1920 y 19301. Frente a esa poesía que aspira a constituirse en un valor absoluto, en donde la estructuración de los sonidos adquiere importancia fundamental, Neruda propone una poesía que podríamos llamar “impura”, y que abarcaría tanto la poesía residenciaria como otras formas que aparecerán más tarde. Postula, en efecto, un tipo específico de experiencias poéticas, cercanas al contacto con las sustancias elementales de la tierra -la madera, el hierro, el trigo, la flor- y, luego, una recuperación del sentimiento que elimina toda posible contaminación con una poesía “intelectual”. Dice en parte Neruda:
[...] La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, olfato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual, el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, sin aceptar deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro. La flor, el trigo, el agua tienen también esa consistencia especial, ese recurso de un magnífico tacto.
Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la luna, el cisne en el anochecer, “corazón mío” son sin duda lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal gusto cae en el hielo.
Este texto, desde luego, no es un poema “arte poética”; pero me ha parecido útil recordarlo aquí como parte de ese recorrido esencial que hace Neruda a lo largo de su carrera como poeta. Hay palabras, y sobre todo conceptos, que volverán a resonar en sus tentativas de autoexplicación.
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