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El primer gran reto que presenta el futuro digital se plantea desde una circunstancia que ya había sido observada de forma general: la aceleración del tiempo. Históricamente estamos fabricando —porque el tiempo lo fabricamos nosotros con nuestra percepción del cambio— un tiempo difícilmente habitable o, por lo menos, incómodamente habitable. Esta aceleración del tiempo, conjugada con la mayor duración de la vida humana, hace que nos sintamos incómodos de forma permanente. Los síntomas generales son las diferencias generacionales, en el ámbito familiar, y los reciclados permanentes, en el ámbito laboral. Estamos cambiando el mundo muy deprisa, quizá demasiado para comprender muy bien lo que hacemos.
En el campo de la información, este cambio acelerado se traduce en dos factores: en la renovación tecnológica, con la aparición de nuevos formatos partiendo de los antiguos modelos, y en la búsqueda de la adecuación entre las estructuras informativas emergentes y las audiencias, es decir, el ajuste de la información con los que han de recibirla, con la sociedad, que, a su vez, también cambia modificando sus exigencias y circunstancias. Muchas veces se cae en el error de creer que la renovación tecnológica solo es problema de los medios, cuando es una faceta más de un cambio social y cultural mucho más amplio.
Hace quince años existía un mundo informativo bastante ordenado. Había habido sucesivas reestructuraciones partiendo del sistema monológico de la Prensa con las entradas de la Radio, primero, y de la Televisión después. A diferencia de la Prensa, que hace llegar las noticias a través de un soporte individualizado, la Radio y la Televisión impusieron un modelo de audiencias. Los consumidores de información ya no adquirían nada, sino que bastaba con que tuvieran un receptor de radio o de televisión, en cada caso. Esto es historia, pero supuso el primer gran cambio en las estrategias de desarrollo de las estructuras informativas. Ese era el mundo eléctrico, que McLuhan estudió y definió dentro de su particular y genial visión de los Medios, antesala del digital.
Desde los años sesenta, la Televisión se convirtió en el medio predominante en el sistema informativo. Logró imponer un modelo propio consistente en una combinación de información y entretenimiento. Se convirtió en una maquinaria capaz de satisfacer y crear necesidades, en un elemento integrado en la vida cotidiana las veinticuatro horas del día, en un elemento permanentemente disponible para sus potenciales receptores. A diferencia de la Prensa, que buscaba un sector determinado de público, la Televisión buscaba la captación de todos los sectores sociales. La Televisión obligó a todos los demás Medios —competidores dentro del sistema—, desde la prensa al cine, a buscar los huecos que ésta dejaba. Cuando parecía que el sistema había quedado estable llegó la revolución digital.
De forma más o menos silenciosa, con la sola emergencia de algunos síntomas, se ha producido —se sigue produciendo— una de las grandes guerras tecnológicas de los últimos siglos. De esta guerra subterránea se siguen librando batallas casi cada día. Este conflicto ha tenido dos fases muy definidas. La primera de ellas es la socialización de la informática, que pasa de las grandes instituciones y empresas a introducirse poco a poco en el tejido social. La segunda es la aparición y expansión acelerada de las redes de comunicación que, combinadas con el mundo informático, comienza a restar protagonismo al coloso televisivo.
Debemos señalar que, históricamente, ha ganado con un amplio margen la tecnología digital. Todos los medios existentes se han visto sometidos a procesos de reconversión hacia el campo digital. Ya hay radio digital, televisión digital, cine digital, discos digitales y prensa digital. Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que nos encontramos en la primera ola de la era digital.
El gran problema que se plantea, como vemos, no es la sustitución de lo analógico por lo digital que se va produciendo a ritmo acelerado, sino el nuevo reparto de poderes y el mapa resultante. Se trata de pasar de un campo organizado a otro nuevo; de un campo estable a uno que todavía no se ha terminado de formar. La primera tentación fue intentar un calco del sistema antiguo al nuevo. Sin embargo, pronto se comprendió que ese modelo podía ser peligroso. Los primeros intentos demostraron que el mundo digital difería mucho del analógico, que su comportamiento era muy distinto. En el sistema informativo tradicional los roles estaban claramente definidos y la comunicación fluía en un solo sentido: de arriba abajo. El sistema tradicional era pasivo, mientras que el digital es terriblemente activo, horizontal y dinámico. En el sistema tradicional el capital, al necesitar de grandes inversiones económicas, lo es todo y marca las distancias entre unos y otros. En el sistema digital, por el contrario, son las ideas las que priman sobre el capital. Los gigantes de la comunicación comprendieron con horror que ya no tenían que vérselas con los otros grandes del sector —sus enemigos tradicionales—, sino con pequeñas compañías creadas casi de la nada que se movían muy bien, con gran agilidad, en las finas capas del mundo digital.
Las noticias económicas del último año en el sector de las comunicaciones se repiten hasta el aburrimiento: "gigante de las comunicaciones compra por x millones de dólares una pequeña empresa". Incapaces de moverse a la misma velocidad, hacen lo único que pueden hacer: compran para controlar. Pero las pequeñas compañías con buenas ideas, ideas que se desarrollan rápidamente, crecen por todas partes.
La etapa de los medios electrónicos produjo grandes monstruos en el campo de la comunicación, gigantescas empresas nacionales y transnacionales, Titanics de la comunicación que seguían unas políticas de concentraciones de medios y de absorciones, políticas de crecimiento continuo, políticas, en última instancia, de la Edad del Hierro a la que nos referíamos anteriormente. Es una ley natural que los seres que se encuentran muy adaptados a un medio, cuando, por circunstancias críticas, cambia radicalmente ese medio, lo pasan peor que aquellos con un grado menor de adaptación.
La palabra clave en estos últimos años ha sido "convergencia". Parecía ser una palabra mágica capaz de resolver el profundo conflicto en el que nos vemos inmersos. La convergencia es el intento de los grandes gigantes de la industria de la comunicación y el entretenimiento de evitar que el entorno cambie en su contra. Su poder es tan grande que pueden conformar el futuro a su medida o, al menos, lo intentan. Esto es lo propio de los grandes gigantes económicos; su poderío se manifiesta, precisamente, en esa capacidad para diseñar el campo e imponer las reglas del juego.
Sin embargo, esta vez las cosas son muy distintas. El mundo digital no es un mundo diseñado artificialmente y, en gran medida, escapa al control de los grandes grupos. Es cierto que existe un gran acuerdo mundial sobre el desarrollo de las telecomunicaciones y unos planes estratégico-comerciales que abarcan el diseño de infraestructuras y tecnologías para un futuro inmediato. Pero también es cierto que la gran movilidad y productividad que permite el ámbito digital obliga a remodelar constantemente las estrategias. Lo digital no es lo informativo. Lo informativo es una parte de lo digital. El alcance de la revolución digital se manifiesta precisamente en este carácter de incontrolable, en su crecimiento vertiginoso. Su profundidad es social y cultural y, por tanto, hay muchas decisiones en manos de los individuos.
Creo que será revelador analizar, aunque sea brevemente, el caso que a mi entender mejor simboliza esta tensión entre los deseos de los grandes grupos y el desarrollo social. Podríamos titularlo como La lucha entre el televisor y el ordenador.
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