Si importante es volver a la infancia, con ojos de niños, reconstruir lecturas, encontrarse con la niebla de vuelta a las primeras madrugadas, preguntar a la neblina por la primera plana de la escuela, por el cafetal y por su aldea, su soledad, su musgo, su vereda; por el sueño y su colina azul, cabalgando risueños por el cielo; tornar al fuego interior de la morada humana, al hombre que con nosotros va, a nosotros mismos, más importante y difícil elegir el destino colectivo: leer el mundo, configurar el destino de la propia patria, su mejor proyecto o porvenir.
Leer el mundo, saber leer el mundo es impostergable, indispensable, una necesidad. A partir de la lectura de nuestra aldea, de nuestra localidad, alcanzaremos la del mundo. Desde el cimiento de nuestra propia lectura y la de nuestras circunstancias, lograremos leer el mundo, el que nos correspondió, contribuyendo así a entender y salvar a la humanidad misma.
Es Ernesto Sábato quien lo recuerda: “No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y el aquí.”25 En otra ocasión nos convencía de que sólo universaliza quien ahonda en su aldea.
Apenas ojeado el panorama de violencia permanente, de incertidumbre y pre-revolución, de turbulencia, atrocidad y angustia, pudiera sostenerse que, hoy, entre nosotros, en nuestra patria, nadie lee, nadie estudia y menos, investiga. Ni está en condiciones de hacerlo. Nadie puede leer, ni estudiar, ni investigar holgada, cómoda, sistemática, metódicamente, como convendría, debido al clima reinante de zozobra, desasosiego e intranquilidad, con las concomitantes secuelas negativas para nuestro desarrollo intelectual, técnico y científico.
Difícil, entonces, adelantar una lectura crítica, interpretativa, de la patria -científica- como otrora la hicieran, ejemplarmente, en Latinoamérica, un Mariátegui, un O’Higgins, un Allende, un Bolívar, un Vallejo, un Guevara, un Zea, un Rama, un Rodó, un Freyre, Asturias, Martí, Picón Salas, Betancourt o Carpentier.
En un como secuestro histórico cotidiano, nuestra identidad aparece descaradamente incautada, retenida, confiscada. Ante el vacío de la norma y los valores, las alternativas para definir una ubicación, un despegue, se oscurecen. Somos más capaces de identificarnos con una estación radial o televisiva, nacional o local, con un órgano periodístico o una ventana virtual, que con nosotros mismos y con nuestra propia patria, sus intereses, aspiraciones, utopías.
Menos, somos capaces de dar con la entonación, el humor, con la tendencia, con el perfil que pudiera determinar una salida definitiva para nuestro entorno personal-social-colectivo, glocalizante. Enrarecido, nublado, congestionado el palacio y, con él, el parlamento, la capilla, los altares, la banca, la callejuela, los bares, las cantinas, los burdeles y sus guarichas, no somos más que “barcos ebrios” en permanente tempestad que no atinamos a dar con mejores amaneceres.
Y menos con un Estado Social Naciente en cuanto auténtica transición social fincada en una solidaridad alternativa y en una exploración de lo posible y lo factible dentro de los rieles de la presente hora histórica; en cuanto nuevo paso evolutivo nacional, amparado en una lealtad social, fundada en el valor universal de la persona en su doble dimensión individual y social, dispuesto a resolver los problemas sociales, en la amplia perspectiva de un mundo glocalizado, dentro de los fraternos lindes geopolíticos, mediante nueva visión, nuevos instrumentos, nuevas leyes, nuevos métodos, nuevas creaciones. (F. Alberoni). Mediante otro modo de ver el mundo, de leerlo, de vivir o sobrevivir, en cuanto construcción histórica, donde la verdad y el saber social sean normas de ser en concomitancia con una real praxis liberadora, razón de ser de nuestra más legítima elección
Difícil, desde luego, convencerse de que la paz pasa a través de la revolución; de la realidad de un orden nuevo mediante la acción solidaria, colectiva. De la hora de la creación, la esperanza y el riesgo. La de asumir personal, comunitaria y nacionalmente el riesgo de la aventura humana y afrontar con fortaleza la eventualidad del fracaso. De que sólo una tierra -una democracia- distinta hará menos imposible el cielo. (G. Girardi).
Urge “rescatar, leer los signos que dejan las constelaciones y los solsticios para que trabajemos como esforzados segadores en dirección a la luz, esté donde esté, en los territorios de la democracia o la subversión, en aquellos que apunten hacia la consagración de la justicia, la belleza y el amor.” (Mery Sananes).