¡Ay del hombre que tenga que recordar: aprendí de niño a disparar con la pistola de mi padre! Bienaventurado, en cambio, quien confirme que aprendió a leer en el seno de su madre y, mejor aún, quien empezó a conocerla por su sonrisa.
Venturado quien aprendió “a leer en los ojos de su maestra bajo el cielo siempre azul de su mirada: la palabra aurora en su alegría trasnochada; mar, laguna, estero, cuando dejaba pasar su voz de agua serena”. Dichoso porque aprendió “a leer espiga de sólo ver el viento trillando en sus cabellos”.26
Feliz el que proclama con nostalgia alegre: “La maestra que me enseñó a leer tenía en sus ojos un mar que a veces viene a refrescar mi soledad.” Felices los que descifren las “preguntas sin respuesta esperando en los caminos.”27
Bienandante quien en el exilio sienta todavía a su patria en “la piel, esa memoria de los días” mientras “pasan cielos después de la lluvia buscando azules que ahora languidecen en los jazmines de su llanto.”28
Bienhadado quien aprendió el color tostado de la guerra en los ojos enloquecidamente tiernos de su Cristo o quien leyó los grandes peligros de su patria en el crujido terrible de sus goznes.
Afortunado aquél que hubiere habitado en “El Techo de la Ballena” porque ése si sabe de “Las hogueras más altas”. También quien hubiere estado en las entrañas del monstruo porque supo como nadie de sus horrendísimos secretos, maquinaciones y asechanzas.
Agraciado aquél que no esquiva la mirada ante la ruin miseria porque sabe del hormigón de las vocales, lejos del dominio de los perros vivos.
Conténtese quien haya conocido la Libertad en el regazo de una nodriza negra, soñando a la sombra de sus pechos amasar la paz para su gente.
Enorgullézcase el que atine a leer la historia de los pájaros y el viento en la música arbolada de la sombra mañanera.
Florézcale la vida a quien en todo acordeón palpe la lágrima del hambre escondida en la garganta de un hombre o en un fusil o ametralladora mercenaria, ajena.
Confórmese quien detecte tantas muertes anunciadas lejos de Macondo, entre su aldea, cerca de su casa o en su propia cena.
Bienafortunado el hombre que lea los grises secretos del camino en los augurios de las aves, laderando sueños detrás de alguna barricada.
Feliz quien, a primera leída, lo asombren los relámpagos del pobre, “los rostros de las palabras” vida, muerte, sobrevida o tiempo o pan o luna o rabia.
Venturoso el hombre que acostumbre leerle a las horas sus celadas; a los sueños, sus celadas y a los hombres, sus celadas.
Bienaventurado quien conozca el sigilo misterioso de las Cuevas donde yacen o se esconden las palabras, botines y maldades de los dioses, los demonios y los bosques.
Dichoso quien lea el aplauso de los pájaros.
Conténtese quien haya oído decir que “la palabra es la casa del ser”, que “saber es saber a qué atenerse” y que “pensar es, en última instancia, saborear.”29
Bienaventurado quien conozca “las razones del mundo, los problemas del tiempo, del espacio, de la inmortalidad.” De igual modo quien sienta llorar un libro, nostálgico y dolido, “sobre la ruina de los sueños y los amores, sobre la vanidad, inanidad y futileza de las cosas.”30
Confórmense quienes “ante una página escrita no se olvidan de ser hombres y que un hombre les habla”, pues reconocen que aunque “los libros no son los hombres, son medios para llegar a ellos.”31
Antes que anochezcan nuestros ojos ¿a qué engañarnos? La verdad es que nunca hemos sabido leer. Nos lo dice Hsiang, el custodio de los libros. Ahí están en los altos anaqueles, cercanos y lejanos a un tiempo, secretos y visibles como los astros. Ahí están los jardines y los templos32. Las trágicas comedias de los hombres y sus dioses.
Mientras “la noche gastada se quede en los ojos de los ciegos, piensa que de algún modo ya estás muerto.” Pregúntate, con Borges, “si no te espera el mármol que no leerás... si entre los libros de tu biblioteca no hay alguno que ya nunca abrirás y si ¿no es acaso tu irreversible tiempo el de aquel río en cuyo espejo Heráclito vio el símbolo de su fugacidad?”33
Pregúntate si ¿no es acaso hombre quien aprende a leer y a descifrar a tiempo el vientre de su “noche larga y oscura en la cual la luna canjeó su puesto con la muerte?34