León Felipe, un poeta mayor - Protagonista de su obra (II)
3 - Protagonista de su obra (II)
EL POETA DE UNA PIEDRA AVENTURERA
Advino al mundo en el mediodía castellano. En Tabarra, Zamora, un 11 de abril de 1884. Y allí comenzó un peregrinaje que aun no ha concluido. Como el tercer hijo de la parábola, el que ha de venir por el naciente cabalgando en el corcel de viento. Abriendo boquetes en las rocas para fecundar la tierra con el fuego recobrado.
Pueblos y ciudades de la meseta castellana le vieron ir y venir en sus días de infancia y juventud. A los dos años salió de su pueblo natal y hasta los nueve estuvo en el pueblo de Sequeros, Salamanca. En 1893 se traslada junto a su familia a Santander. Allí concluye sus estudios de bachiller. Ya había realizado sus primeras incursiones en el teatro que le iban abriendo cauce hacia horizontes distintos. Horizontes que se le hacía cada vez más necesario multiplicar.
Y así un buen día León Felipe Camino Galicia se fue a Madrid a hacerse farmaceuta. Allí concluyó sus estudios combinando el análisis de las pócimas con el descubrimiento de Goya y Murillo, con el encuentro del teatro, con Velásquez, con Shakespeare. La muerte del padre, sin embargo, lo obliga a regresar a Castilla a encargarse de su familia y a ejercer su profesión. Pero todo esto no es más que una especie de preparación para lo que habría de venir.
León Felipe comparte su trabajo de regente de farmacias en Santander, Balmaceda, Avila y Guadalajara con sus actividades artísticas. En los inviernos se instala en Madrid. Tal León Felipe intuía ya su designio de alquimista y entre menjurjes y tarros se anduvo entre los mismos pueblos sembrando romeros y bienaventuranzas. Recogiendo cantos y risas. Trabaja con la Compañía de Teatro de Tallaví y luego en una Compañía de cómicos dirigida por Juan Espantaleón. Y en ese carro itinerario, el más humilde de la farándula española, recorrió su tierra. Anduvo descalzo muchas veces también, bajo la lluvia y sin albergue, solitario. Y vivió tres años en la cárcel, no como prisionero político, sino como delincuente vulgar, comiendo el rancho de castigo con ladrones y grandes asesinos.2
VERSOS Y ORACIONES DE CAMINANTE
En ese período juglaresco y andariego se gesta su primer libro: Versos y oraciones de caminante (1920). Y en ellos se asienta la primera piedra de su estética. Que no es piedra de audiencia, ni de iglesia, ni de palacio, sino piedra pequeña, piedra ligera, piedra aventurera. Sin rima ni cairel, ni metro ni cadencia. Un diminuto guijarro que sin embargo hará saltar la chispa que encenderá el fuego que dará luz a todos los hombres. La misma piedra que León Felipe dirá más tarde le alcanzó la frente, lanzada por miembros de ambos bandos del ejército de los poetas; los domésticos, apegados a los viejos preceptos, y los nuevos, los ultraístas que en busca de una palabra distinta terminaron rindiéndole culto al simple rompimiento formal. Aquellos versos y oraciones de caminante. que Enrique Diez-Canedo dio a conocer por primera vez a través de la revista “España”, no eran más que diminutos guijarros lanzados como dardos certeros al corazón del pueblo, de todos los pueblos, al corazón del universo3. Un voto de humildad en una época de disipación, una poesía en voz baja, en tono menor, articulada en versos quebrados4, como para parecerse más a la roca que se desgrana en laja y arena. Este era su equipaje, tan semejante a una visera de papel y una lanza rota.
EL POETA SABE QUE TRABAJA EN LA SOMBRA COMO TODOS
No se detuvo el paso andariego ni el espíritu aventurero. Se fue rumbo a Africa, viajando en la bodega de los barcos, oyendo contar sus aventuras a los marineros y su historia de hambre a los miserables emigrantes. Reside dos años en Fernando Poo como administrador de hospitales del Golfo de Guinea. Y duerme muchas noches en la desembocadura del Muni, acordando el latido de su sangre al golpe seco, monótono y tenso del tambor africano de tribus indomables. Regresa a Madrid para unas vacaciones pero la intención de conocer a América lo desvía de su ruta inicial. En Cádiz se embarca en el ‘Cristóbal Colón’ hasta Veracruz. En su bolsillo lleva sólo una carta de presentación de Alfonso Reyes. En México echa anclas durante dos años. Y un día conoce a Berta Gamboa a quien hace su compañera. Ambos parten hacia Estados Unidos donde ella es profesora universitaria. Desde 1925 al 29 León Felipe desempeña el cargo de Profesor de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Cornell. Hace traducciones. Conoce a Walt Whitman. Un encuentro que habría de ser definitivo. Como si la dimensión de la luz dibujara el contorno exacto de las sombras. Y la sonoridad del corazón, cuando se esparce alborozado, anunciara el oleaje del llanto a orillas de la vida. Las señales quedaban trazadas.
León Felipe escribe su segundo libro de Versos y oraciones de caminante, editado en 1929 por el Instituto de las Españas en Nueva York. La piedra pequeña y el guijarro de los ríos cristalinos va conociendo el polvo y el barro. La arcilla se ha aglutinado en ladrillos que han servido para construir fortalezas que no permiten al hombre contar las estrellas. Y el poeta intuye su empresa: “Viniste a glorificar las lágrimas… / no a enjugarlas. / Viniste a abrir las heridas… / no a cerrarlas. / Viniste a encender las hogueras… / no a apagarlas. / Viniste a decir: ¡Que corran el llanto, la sangre y el fuego… / como el agua!”5. La suerte está echada. El poeta ha advertido que trabaja hoy en la sombra como todos.
ESTA HORA DEL MUNDO ESTA AHUMADA Y ROTA COMO UN FILM QUEMADO
Al sol del mediodía castellano se junta la noche del hombre que no tiene estrellas. Y en su traje de farmaceuta no hay pócima ni brebaje que disipe las tinieblas y avive claridades. Hay gigantes agitando molinos. Y el poeta de nuevo toma la pluma para anunciar la presencia del perro negro de la injusticia humana. Escribe Drop a star (1930). El mundo es como una máquina a la que se le ha acabado la cuerda. Para ponerla a funcionar el hombre deberá depositar en ella una estrella. Una estrella nueva de paladio, fósforo e imán. Y la voz del poeta se hace ronca de tanto advertir. No soy nadie: un hombre con un grito de estopa en la garganta y una gota de asfalto en la retina. El ojo del hombre no está hecho aún para ver sino para llorar. Su voz no está hecha aún para el canto, sino para el grito. Y el poeta sabe que hay una sola empresa por delante: vencer ese perro negro de la injusticia. Porque mientras él esté allí, tumbado en la luz, todos los poemas del mundo tendrán una verruga violácea en la frente6. Esa es la función de la poesía hoy, y esa es la función del poeta. Esa es su estética y su programa. El mismo del caballero manchego.
Y MI OFICIO ES ESTE: ESCUCHAR LATIDOS DE HOMBRES, DE PUEBLOS Y DE ESTRELLAS
Proclamada la república, León Felipe regresa a España por unos meses. En 1933 se reintegra a sus cursos universitarios en Estados Unidos. Vuelve a su tierra en 1934. Y de allí parte a Panamá como Agregado Cultural de su país a dictar clases de literatura y civilización españolas. Sólo estuvo allí cinco meses. La guerra civil desatada lo reclama. Va empuñar la poesía junto a sus compañeros de armas para defender la causa de la justicia del hombre. Desde Panamá, el 1 de septiembre de 1936, escribe sus palabras de despedida “Goodbye Panamá”. Unas palabras que no le fue permitido leer ni publicar. Y que son, como cada uno de sus escritos, una síntesis y una prolongación de su estética y su pensamiento: “Mi oficio es éste: escuchar latidos y temblores de hombres, de pueblos y de estrellas”. “O el mundo se organiza sobre unas bases de justicia y de dignidad humana o el mundo no se organiza de ninguna manera. Este es un dilema que está en la conciencia del hombre y un problema que la voluntad y la libertad del hombre tienen que decidir”7. Su regreso a España era su decisión.
LA SANGRE DEL HOMBRE ESTA HECHA PARA MOVER EL CORAZON DEL MUNDO
Lo que habría de ocurrir no podía ser más duro para el poeta, como lo fue para la naciente república, como lo fue para la esperanza del hombre. Ya el poeta había lanzado las preguntas: ¿La justicia es una quimera y la dignidad del hombre un sueño? ¿Dios puso en nosotros estos anhelos de orden y superación para reírse de nuestra agonía y de nuestra impotencia? La sociedad, el mundo ¿no pueden ser más que un laberinto de errores, un cuento sin sentido dicho por un loco furioso? ¿No hay una manera, una prueba, un sacrificio doloroso, angustioso, purificador que organice luminosamente nuestra vida, que levante al hombre a un plano superior de justicia y dignidad? ¿No hay ningún remedio, no hay ninguna solución? ¿Lo hemos ensayado todo?”. Y él mismo da a la respuesta: “No lo hemos ensayado todo. Hay unos hombres que dicen que no lo hemos ensayado todo, que aun hay esperanzas y que aún se puede luchar por un mundo mejor. Pues bien señores, estos hombres, aunque sean ilusos, valen más que los otros. Y yo me voy con ellos a dar mi vida.”8
La derrota fue aplastante. El poeta ha presenciado el horror en toda su magnitud. Y su respuesta está recogida en su alocución poemática “La insignia” de 1937. Pocos testimonios tienen la fuerza desgarradora de este poema. De este Poema Mayor. León Felipe sabe que en ese escenario en el que todos han hablado, el poeta no ha hablado todavía. Y entonces hace suya la voz de España, la más antigua de la tierra, que se articula en su garganta como pudo articularse en otra cualquiera, para llamar al hombre, para decirle: basta de insignias ¡hay que encender una estrella! Una sola sí. Una bandera, una sola, sí. (¿No es acaso la misma estrella de fósforo que debía echar andar la máquina del mundo?). Una sola estrella roja, sí, pero de sangre y en la frente. Id a que os pongan en la frente el sello de la justicia.9
La estrella tiene ahora un precio. No basta que sea de paladio, fósforo e imán. Deberá forjarse con la sangre del hombre, con el sacrificio del hombre. Deberá elevarse de lo doméstico a lo épico para llenar las venas de la tierra con su sangre y mover el corazón del mundo. La derrota le ha señalado la vía, no le ha quitado la esperanza. Pero sabe ahora, con certeza, que la justicia se defiende con una lanza rota y una visera de papel. Y sabe que mientras los hombres no lo aprendan el mundo no se salva.10
EL POETA PROMETEICO PIDE LA PALABRA
Y para estampar la justicia como una señal en la frente del hombre, para enseñar a los hombres a ahuyentar el perro negro de la injusticia, para dibujar con sangre la estrella roja, de nuevo, sin rocín ni escudero, León Felipe sale en marzo de 1938 de su casa, de su tierra, de su patria, rumbo a México, sin que haya podido volver aun. Como Quijote se fue a deambular entre las ciudades y los pueblos del mundo llevando una sola insignia, una sola causa, derramando un solo llanto. ¿Cuántos molinos no aguardarían su paso de brisa? ¿Cuántos venteros no soltarían su risa? ¿Cuántos gigantes no se habrían de abalanzar sobre su gesto trágico y combatiente, su voz ronca y rota, su bacía con sueños de yelmo, de halo, de estrella?
En ese mismo año publica El payaso de las bofetadas y el pescador de caña. El tema de la justicia vuelve una y otra vez. Es la tragedia española, la tragedia del hombre simbolizada en la figura central del Quijote (él mismo) convertido en el ‘gran payaso ibérico de las bofetadas’, que vino a hacer reír a todos. Pero ni aun la carcajada estrepitosa que ha venido rodando de siglo en siglo es capaz de vencer la esperanza. ¿Vencieron acaso al Quijote? “Yo no sé si es esta la hora de que hablen los dioses… pero el momento actual de la Historia es tan dramático, el sarcasmo tan grande, la broma tan sangrienta… y el hombre tan vil… que el poeta prometeico… el payaso de las bofetadas… se yergue… rompe sus andrajos grotescos de farándula, se escapa de la pista, se mete por la puerta falsa de la gran asamblea donde los raposos y los mercaderes del mundo dirigen los destinos del hombre… y pide la palabra.”11
Y desde entonces no otra cosa ha sostenido León Felipe, con su voz ronca y rota, sino la palabra pedida. La palabra justicia en medio de sus desgarrados andrajos. Aquella piedra pequeña, aquel guijarro sencillo vuelto palabra, vuelta grito para pedir un lugar para el hombre, una casa, una estrella roja. Es el payaso, el loco de la pista, el poeta trágico que sólo sabe hacer reír, levantando su signo prometeico para pedir la palabra, la palabra y el fuego, la palabra, el fuego y la estrella. ¿No han sido estos siempre los signos de la Poesía Mayor?
ESTOY AQUÍ PARA SUBRAYAR CON MI SANGRE LA TRAGEDIA DEL MUNDO
Un año después León Felipe publica Español del éxodo y el llanto. El grito se hace alarido. La poesía toma la forma del torbellino y el aluvión. Se hace estallido e insurgencia, pena honda como pozo profundo, rota vasija de barro que ha dejado salir el agua cristalina que habría de quebrarse en espectro de luz y color. La poesía se vuelve sobre sí misma para preguntar por su oficio, su sentido en medio de las tinieblas. El gesto se hace palabra encendida que hace cauce al llanto que está en los versículos de los profetas y en el corazón engañado y afligido del hombre: todo el llanto para alcanzar un día la luz. Y toda la sangre. Pero yo no he venido / a pedir un asiento en la gloria / ni a poner de rodillas el miedo. / Estoy aquí otra vez / para subrayar con mi sangre / la tragedia del mundo / el dolor de la tierra.”12
Y el poeta se pregunta una y otra vez por su destino: “¿Dónde coloco yo mis sueños y mi llanto para que aparezcan con sentido, sean los signos de un lenguaje y formen un poema inteligible y armonioso? La respuesta es el llanto. El poeta sabe que nuestras lágrimas son monedas cotizables. Y armado con ellas prosigue su viejo combate.13
HOY LA LAGRIMA ES MI ESPADA
La primera respuesta a esa pregunta formulada al viento fue Ganarás la luz, escrito en 1940 y publicado en 1943. Libro síntesis, viene a decir con mayor claridad aún qué es y qué ha sido el poeta, ese hacedor de fogatas que ha recorrido la historia del mundo intentando disipar las tinieblas. El poeta se levanta entonces como el hombre que ha aprendido a llorar, para hacer de su llanto un arma, su talismán y su pasaporte hacia la luz: “La vida es una lucha entre las sombras y mi llanto. / Vendrán hombres sin lágrimas... / pero hoy la lágrima es mi espada.”14 Lo había dicho ya en 1929. Lo repite ahora: “La poesía está escondida en la sombra”. Pero “la poesía es el derecho del hombre / a empujar una puerta / a encender una antorcha / a derribar un muro, / a despertar al capataz / con un trueno o con una blasfemia.”15
Quedan de nuevo establecidos los términos y la trayectoria también. Del grito al canto, del llanto a la luz. Es el itinerario heroico del hombre, del Quijote, del poeta vencido mil veces, mas siempre erguido y apoyado en el puño de su espada de llanto, su lanza rota. Se trata, en medio de las sombras, de ejercer el oficio de dinamitero, aún con la esperanza hecha jirones. Es de esa desazón, de esa carencia de donde se levanta el gesto más puro, el acto más espléndido, más poético: la ofrenda que se hace el porvenir sin reclamar otra alegría que la de haberlos anunciado e inventado desde las sombras. Desde las canciones que están aún por resonar y la brisa que habrá de soplar mañana en la flauta dulce del pastor. La síntesis de León Felipe es clara: “Esto no es literatura. Tengo documentos. Y mis poemas y mi prosa son anotaciones de experiencias inmediatas. He escrito en las sombras. Con una simple musiquilla de retreta alguna vez, pero abriendo bien las puertas y las ventanas para que entre el milagro a caballo por el sol.”16
Esta es también la síntesis de su estética. Una estética que se cuela por entre los resquicios de las ventanas que están por abrirse para juntarse con el polvo y el viento y el llanto. No es la palabra, no es la rima, ni el ritmo acompasado de la pandereta. No es el cuento para venir a dormir a nadie. Es el grito y la blasfemia y el llanto mayor venciendo las sombras. Y es el poeta prometeico desencadenado.
VOLVERE MAÑANA EN EL CORCEL DEL VIENTO
Un día había tomado la poesía de la mano para mostrarla a todos, piedra pequeña, piedra de río, piedra de honda que se daba sin reservas, ya fuese bajo el mediodía de Castilla o bajo una noche de luna. Sin adornos, sencilla como canción anónima para que se aposentara en la garganta de los hombres de todas las latitudes, todos los paisajes. Una canción en la que el poeta era sólo parte del coro innumerable. Una voz más, pero una voz insustituible para el gran concierto de la vida. Pero un día el perro negro de la injusticia se fue a morder los frutos más tiernos. No es que no existiera antes. Ya el Quijote había salido en su búsqueda, presta su lanza y su halo. Y un coro de risas grotescas lo habían perseguido por sus andanzas. Era otro coro distinto y organizado. El coro de los mercaderes y los curas, los sepultureros, los fabricantes de sombras. Y la piedra se volvió arena en la garganta. Y el poeta fue aventado a la noche, al pozo profundo de la injusticia, al polvo del carbón apagado. No sabían sus carceleros que lo habían aventado camino hacia la luz. Y armado con su espada de llanto siguió en su empresa heroica: “Mi poesía no es más que una larga fila de ofrendas dolorosas y de lágrimas recogidas por todos los caminos y para aquí ahora en la puerta oscura de la prisión y en el ámbito mismo del infierno para el rescate orgulloso de la Esclava”17. Síntesis de nuevo de su oficio mayor: “Esta es mi estética, vieja y perdurable aún. Vieja porque fue escrita antes de la tragedia actual del mundo, y perdurable porque dentro de las tinieblas de esta tragedia me sigue pareciendo la única: la estética de un barco perdido entre la niebla. Hoy más que nunca es para mí la poesía fuego organizado, señal, llamada y llamarada de naufragio. Y ‘todo buen combustible es material poético excelente’. Todo hasta la prosa.”18
Y para buscar material combustible que arda y que prenda, el poeta se marcha. Me voy -dice- porque la tierra ya no es mía, porque la espiga y la aurora ya no son mías, porque la luz tampoco es mía, porque la tierra y el pan y la luz ya no son míos. Se marcha a un nuevo peregrinaje, para volver por el naciente como el tercer hijo: Yo me voy a crecer con los muertos. Volveré mañana en el corcel del viento. Volveré ¡y volveré crecido!19
El poeta se va a crecer con los muertos. Como las semillas de centeno para ir abriendo la tierra hasta alcanzar la luz. Pero todavía al hombre le restaba un largo trayecto. Desde aquel marzo de 1938 en que fue lanzado al exilio León Felipe hizo posada en México durante siete años. En 1945 emprende otra aventura itinerante y andariega. Juglar y Quijote se va de país en país, como antes de pueblo en pueblo, llevando sus señales. Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Panamá, Venezuela, Colombia, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay son puertos para él. Orillas de donde partir de nuevo. Vivió en manicomios y hospitales, estuvo en un leprosario, junto al lago petrolífero y sofocante de Maracaibo, durmió sobre el estiércol de las cuadras, en los bancos municipales y una prostituta callejera llegó a darle una limosna. Iba el poeta sin rocín ni escudero, con solo su voz para despertar al hombre, para ahuyentar al lobo, para alertar a las ovejas. Oficio de diáspora. Ciudadano del mundo que como las semillas y las raíces no saben de linderos ni de parcelas, sino de horizontes e infinitos. Juglar con una canción rota. Su misión era dejar una gota de llanto para que el espectro de la luz la rompiera en siete colores. Los siete colores por los que habría de cabalgar el corcel del viento de regreso a la tierra. A México regresó definitivamente y desde allí prosiguió su oficio de juglar, de bufón, de violinista, de Poeta Mayor.
YO SOY EL LOCO DE LA PISTA
De 1950 es Llamadme publicano. El poeta ha ido y venido de regreso. Se había ido a crecer con los muertos y había estado entre los vivos anunciando que los muertos no se habían ido para siempre sino que estaban bajo tierra germinando. El poeta se encontraba con su antiguo barro y debía escarbar duro entre las rocas y las grietas por donde aprende a trepar la raíz. Trayecto doloroso y terrible en el que hasta el traje de hombre se le fue rasgando. El poeta intuía que el tiempo de crecer y volver tenía una medida distinta a la que le dan los sepultureros. Tal vez por eso su despedida era una aproximación a ese encuentro con un destino mayor, en el que habría de juntarse con Prometeo, con Job, con Jonás, con el Quijote y con Cristo, en su empeño de volver mañana en el corcel del viento.
La conciencia de la injusticia, la certeza de que quienes ayer sacaron a los mercaderes del templo, hoy se sientan en los mismos templos a negociar las mismas cosas, lo lleva a los límites del grito y la blasfemia. “¿Y qué otra cosa puede hacer el hombre más que enloquecer?” exclama. “!Quitadme los galones de un habitante de la tierra, rasgadme el uniforme de los seres humanos...! ¡Yo soy el loco de la pista!” Son los sepultureros sembrando de sombras los mediodías del hombre. Y es sobre esa realidad, sobre esa práctica histórica que el poeta habla. Desde esa noche del mundo emerge su estética. Una estética que no es nueva ni suya, que viene desde antes y que él aviva para los que vengan después. Tan difícil y terrible como mantener una lumbre encendida en una galería subterránea. Como sostener una chispa de luz entre las velas blancas de una barca solitaria. Esa es su única estética: “La poesía de esta hora para ganar u lugar en las avanzadas del conocimiento, no ha de ser música ni medida, sino fuego.” 20
NO HAY OFICIO DE POETA
¿Llamaremos eso estética? ¿O lo llamaremos la Estética Mayor que deberá guiar todas las estéticas? “No hay oficio de poeta. Existe una labor oscura y persistente de minero. Y esto es ya una poética: no hay más que mineros y navegantes”. Una poética y un programa de Profeta, de Poeta Mayor. Es la función trastocadora y constructora del poeta que devuelve al mundo su luz. Y que lo hace viniendo desde el infierno, desde el centro mismo de las sombras, horadando con su llanto, fundiendo con su fuego, ascendiendo con el viento. “Cuando el hombre doméstico, egoísta y tramposo, degrada el mundo y todo lo rebaja; cuando las cosas no son lo que deben ser, el mecanismo metafórico del poeta es el primer signo revolucionario. Y antes denuncia nuestras miserias el poeta que el moralista.”21
EL HOMBRE NO ES MAS QUE UN POEMA MAL HECHO
En 1957 aparece El ciervo y otros poemas. El poeta está solo. Lo había estado desde su nacimiento, desde más allá de su tiempo. Lo había estado en el campo de batalla que vio dividir al hombre en mil fragmentos. Y lo estuvo cuando debió tomar el camino del destierro para prolongar el peregrinaje. Estuvo solo cuando se vistió de juglar para ir de pueblo en pueblo. Lo estaba ahora que hasta su compañera Berta se le había ido. Solo, en ese tránsito de irse a crecer con los muertos, y todavía sobre la tierra, entre sombras mucho más oscuras, viendo aún a los mercaderes negociarlo todo, y a precios más costosos, más terribles aún. “Soy un viejo pobre y un pobre viejo” exclama León Felipe al dedicar su libro a Lucero Carral: “no tengo otra cosa mejor que poner en tus manos que este libro herético y desesperado.”22
Herético y desesperado como el mundo que no parece verse a sí mismo y se ha inventado luces de neón para espantar las sombras. El poeta cansado y solitario, con su voz quebrada de juglar a quien le han cerrado los caminos, exclama su desazón: El hombre es un poema mal hecho, una rata atrapada en el cepo, la semilla podrida de un sueño que nunca germinó. Y la casa un oscuro calabozo de un insomnio perpetuo a la que han cerrado todas las puertas y ventanas. Pero el poeta, aún desesperado y herético sabe que siempre hay una esperanza. Y lanza su pregunta al Arcipreste: “¿No sería entonces conveniente que el huésped hiciese un horado en el muro y se escapase de la casa antes de que sonase la campana?” Sabemos que el Quijote se le escapó a los curas antes de que sonara la campana con que dieron sepultura a Alonso Quijano. Y sabemos que León Felipe se escapó porque horadó el muro con sus lágrimas y se fue a crecer con los muertos. “Soy hijo del agua y de la tierra / pero mi sepultura está en el viento”.23
¿Y SI YO FUESE TAN SOLO UNA FLAUTA?
En 1967 la Revista de la Universidad de México publicó 33 poemas bajo el título de Versos del merólico o del sacamuelas. Si pudieran juntarse más sombras, más penas a las penas, más llanto al llanto, serían la expresión de este luminoso testigo y testimoniante de la historia del hombre. Sobre su oficio de poeta, sobre su visión profética y aún sobre su esperanza. “No fui el poeta de la luz. / Fui un poeta triste / que vivió oscuro bajo el maleficio del eclipse /” exclama. Sin embargo, allí está de nuevo la pregunta, la interrogante que se levanta desde el territorio de los sueños, que se escucha desde el agujero que horada el minero sobre el muro, que se distingue desde lo alto de la colina donde crecen las espigas, desde la roca de Prometeo. Lo que sostiene al poeta en su destino trágico y heroico. Antes había dicho: ¿y si me escapase de la casa? Ahora lanza al viento otra esperanza: “¿Y si yo fuese solo una flauta? / ¿Una flauta tan sólo, León Felipe? / Una flauta tocada por Dios -Dios el gran encantador- / para hacer bailar a la serpiente. / ¡Oh, todo el veneno verde y oscuro que se arrastra sobre la tierra / levantándose de pronto / retorciéndose / bailando en el aire / buscando la luz / ante la música encantada de mi flauta!”24
¿Y quién dirá, León Felipe, que no fue la tuya una flauta tocada, no por Dios, sino por el primer muerto que se fue a crecer con la tierra y viene de regreso enlazado en una raíz de centeno? ¿Quién dirá que no son fragmentos de flauta los gritos que se te apretaron en la garganta? ¿Quién dirá que esa flauta no vino desde la roca donde Prometeo fundió el metal hasta hacerlo caña delgada por donde silbara el viento? ¿Quién dirá que Sancho, en su alforja, no llevaba una flauta como esa? Yo sé, León Felipe, que así como hay hombres que trabajan en lo alto de la colina, hay un sonido de flauta en el mundo que tú aglutinaste con tu llanto, con tu polvo y con tu luz, como una canción que hará retorcerse en el aire hasta desaparecer para siempre a toda la injusticia del mundo. Trabajo éste de Músico Mayor.
A LOS 80 AÑOS ME DOY CUENTA DE QUE SE TOCAR MUY BIEN EL VIOLIN
León Felipe tiene ochenta años. Y ha cambiado momentáneamente la flauta por un violín. Dice él que su violín está viejo y roto y que no vale la pena comprarse otro. Que con ese mismo va a tocar su canción de despedida. Pero menos mal que el viento no se va de un soplo. Junto a su canción de despedida, aún León Felipe habrá de escribir unas cuantas canciones que se olvidaron en sus Obras Completas. Y el poeta las aglutina en un nuevo libro: ¡Oh, este viejo y roto violín!. Con él se va al encuentro de Rocinante, de Sancho, del Quijote, sus viejos compañeros de viaje. ¿Acaso no vienen por la historia, como él, cansados de toparse con molinos, con la risa del gran público, con venteros y galeotes? Viene Sancho más enjuto y delgado, crecido en estos siglos, hijo del sol, súbdito y tributario de la luz. Con ellos el poeta va a “La Gran Aventura” de cómo la visera se transformó en bacía, la bacía en yelmo y el yelmo en halo. ¿No lo había intuido ya el poeta mucho antes? Lo había dicho al pie del niño de Vallecas de Velázquez. Pero ahora el milagro crecía. No es el Quijote quien rescata el yelmo reluciente de Mambrino. Es la fuerza de la luz quien despoja al Quijote de armas y vestiduras para dejarle tan solo sobre su cabeza aquel brillo luminoso, que se hizo halo para siempre.
¿Está roto y viejo el violín? ¿O en sus cuerdas magníficas se ha hecho el milagro? Es el mecanismo metafórico y revolucionario del poeta dejando de nuevo sus señales mayores. A pesar de las sombras, a pesar del Arcipreste quien viene embistiendo al Gran Prestidigitador para convertir el halo en yelmo, el yelmo en gorro de payaso. A pesar del empresario quien quiere dar comienzo a su función. El loco de la pista en medio de los espectadores que ríen a carcajadas mientras el bufón ensaya sus piruetas. “Todo está hecho para que nadie llore. Hasta llorar de risa. Luego se da cuenta el espectador que está llorando de verdad... pero de esto ya no tiene culpa el empresario”.25 No. De esto tiene culpa el Poeta. El milagro se ha dado de nuevo: la trayectoria de lo doméstico a lo épico. “Un día esa lágrima acabará taladrando el muro / duro, negro y macizo del misterio / por donde entre una luz extraña que no hemos visto nunca.”26
A los 80 años esa lágrima particular de León Felipe ya viene taladrando. Sabemos que tuvo la fortaleza de horadar el muro de aquella casa de donde escapó antes de que sonara la campana. Sabemos que por esa lágrima vio Sancho convertir el yelmo de Mambrino en halo. Y que ese llanto dio acento de alas al poema de León Felipe. Por eso su síntesis es ésta: con su roto y viejo violín, con su flauta encantada, con su estopa atravesada en la garganta. León Felipe sabe que al fin, al término de sus días, a la vuelta de la gran aventura, cuando va a apuntar hacia la tierra, sabe que se hizo un virtuoso, que puede tocar muy bien el violín y que puede echar a correr su melodía en los grandes conciertos del mundo.27
EN EL ULTIMO DESASTRE SOLO SE SALVARA EL POETA
Aún verá nacer otro libro que parte del núcleo inicial de “La Gran Aventura” y que fue creciendo hasta hacerse Rocinante. Un poema escrito para mostrarles a los hombres la divina y humana cédula bautismal del loco centauro del delirio, el primero y más intrépido de los cuatro caballeros de la aurora, el único caballo del mundo que conoce la palabra justicia. Y dice el poeta: mi biografía es como la tuya, y aquí en este libro van las dos juntas. “El mundo es el que se quebrará y romperá / no mi voz: / porque en el último desastre que ya se anuncia / lo único que se salvará será la voz de poeta / el verso eterno con el que se originó el mundo / y con el que volverá a nacer / el mundo venidero.”28
En 1968 volvió a marcharse. Tal vez en Rocinante. Debe andar organizando sus combatientes siderales. Debe andar enraizado en una semilla de centeno. Debe andar juntando los pedazos de canción. Debe andar recomponiendo todos los violines rotos del mundo. Multiplicando arcoiris con su llanto. Cosechando estrellas para lanzarlas al interior de todas las máquinas detenidas. Limpiando las gotas de asfalto de los ojos del hombre. Hilando nuevas telas con las viejas estopas. Bordando en su corazón la estrella roja. Fecundando en la matriz de la tierra hombres fuertes y vigorosos. Borrando la verruga violácea que los mercaderes del mundo ciñeron a la poesía. Debe estar en todo lo alto de la meseta castellana, en pleno sol de mediodía, fulgurando sobre el halo de Mambrino. Encendiendo fogatas. Fundiendo con Prometeo todas las cadenas de la historia. Inventando dulcineas, escribiendo con el filo de su espada hecha de llanto la palabra justicia para que nadie la borre jamás.
El cuida desde allí, desde la cima de la colina, desde el fondo del pozo, desde el cauce de los ríos, desde el lecho del mar, desde el interior de las minas más profundas, desde el resplandor de las estrellas. El vigila, hecho fósforo y barro, pólvora y barreno, que no se equivoque el rumbo, que no se retrase la fiesta del hombre, que no se duerma nadie, que es tiempo de salir a recorrer la tierra con el halo luminoso de la justicia y el cascabel de la alegría. Una romanza va resonando en su violín. Madera de Castilla y cuerdas diamantinas registran una melodía dulce como ninguna. En ella va cabalgando la canción de León Felipe. Somos los ejecutores. Somos los miembros de la orquesta del mundo. Somos los intérpretes. Levantémonos a tocar, para que empiece a resonar por doquier la música del hombre.
¿QUIÉN QUIERE APAGAR MI CANTO DE MUSICA Y DE PIEDRA?
El presente trabajo es una apretada síntesis de una tesis central: León Felipe es un Poeta Mayor. Calificativo que poco le hubiese gustado a la humildad de su corazón y que él afirmaba de otra manera: Poeta Prometeico. Es decir, el poeta que contiene en sus mecanismos metafóricos y revolucionarios las claves para aprehender la poesía del mundo, la historia del mundo. Sus postulados, su programa, su estética no abordan las instancias formales del poema, su engranaje, su estructura, su ritmo. Emerge para instalarse en el centro del destino del hombre y se hace instrumento para labrarlo. Profeta y visionario. De allí que no se pueda crear ‘escuela literaria’. Para ser su seguidor hay que constituirse primero en combatiente de las sombras, en encendedor de fogatas, en defensor de la justicia. Y entonces la vida toda adviene un Poema Mayor. Esa es la gran dificultad.
Darle audiencia significa izar la bandera de la causa del hombre. Implica ir a denunciar a los antiguos y modernos mercaderes. Armarse de una lanza rota o de una espada de llanto, de pólvora y barreno, hasta hacer estallar la roca donde está encadenado Prometeo. Significa enfrentar el perro negro de la injusticia e inventar la luz. Su palabra no ha hecho más que recoger esa vieja aspiración del hombre contenida en muchos Poetas Mayores que avivaron el fuego prometeico para que alcanzara las generaciones venideras. Le sumó el espíritu de su tiempo y de su tierra. Y multiplicó el grito buscando la canción. Quien se acerque a su fuego quedará tocado por él y para seguir adelante deberá decidir su propio dilema. Tendrá que elegir entre la sombra y la luz.
¿Será por ello que el poeta exclamó: “Quién, / quién quiere apagar mi canto, / mi canto de música y de piedra -alarido y guijarro”.29 Sabía también que como la voz de los antiguos profetas su canto de música y de piedra sería apagado. Porque ¿qué ocurriría si comenzara a resonar en el corazón de los hombres, de los pueblos? ¿Qué ocurriría si en la asamblea de los mercaderes le dieran la palabra al poeta prometeico? Lo que habrá de ocurrir. Lo que está anunciado con temblor y con latido en el roto y viejo violín de León Felipe. Lo que está anunciado desde hace mucho y que el hombre aguarda horadando en el muro, juntando su grito a los gritos anónimos e innumerables de quienes trabajan en la sombra paciente y persistentemente aguardando su tiempo de habitar en la luz.
LAS CANCIONES MAS VIGOROSAS ESTAN AÚN POR CANTARSE
Mañana, las futuras generaciones observarán con asombro que los hombres de hoy no hayamos reconocido la estirpe de profeta, el Poeta Mayor que hay en León Felipe. Mañana, cuando su polvo haya regresado a la matriz castellana que lo vio emerger, cuando venga de vuelta en el corcel del viento, sus libros serán traducidos a todas las lenguas y en todos los sitios se acudirá a ellos como hoy a los cantos homéricos o bíblicos. Hoy, cuando apenas se vislumbran anuncio de lo que habrá de venir, permítaseme concluir, junto con Whitman “con dos advertencias al genio imaginativo de Occidente cuando se levante dignamente. Primera, lo que Herder enseñó al joven Goethe, a saber, que la poesía realmente grande es siempre (como los cantos homéricos o bíblicos) el resultado del espíritu nacional, y no el privilegio de una minoría refinada y selecta; segunda, que las canciones más vigorosas están aún por cantarse.”30 He aquí el reto mayor, el infinito compromiso.
Publicado en Leon Felipe: poeta de pólvora y barreno. Caracas, CPT/CEHA/UCV, 1988, pp. 123-147.
