Viajeros como Jerónimo Münzer, Gaspar Barreiros o Damião de Góis resaltan, en sus relatos, el crecimiento económico y urbanístico de Lisboa, sin descuidar las actividades febriles que se realizan en la ciudad y la enorme cantidad de materias primas que los habitantes tienen a su disposición. En la época de los descubrimientos, Lisboa es la puerta de lo “exótico”, un lugar donde la abundancia de productos agrícolas o minerales extraños y poco habituales y el notable mestizaje de su población provocan una sensación de sorpresa en la mayoría de los viajeros, sobre todo en los que llegan procedentes de tierras del norte de Europa. Las riquezas que fluyen del Ultramar permiten la edificación de muchas casas, lo que le confiere el aspecto de una urbe muy desarrollada y más adelantada respecto a otras capitales europeas.
Bajo el reinado de D. Manuel se construyen algunos de los monumentos más emblemáticos de la ciudad, aún hoy día, como el Mosteiro dos Jerónimos, la Torre de Belém, el Convento de Madre de Deus y la Casa dos Bicos, dándole un aire manuelino peculiar y muy diferente de las otras ciudades. La Casa da Índia asume un papel relevante en la actividad económica de la capital, y en la orilla del río se lleva a cabo la construcción de la residencia real, un palacio que pervive sólo en los azulejos de época anterior al gran terremoto del siglo XVIII.
Entre 1580 y 1640, los años de la dominación de la casa de Austria, dos autores españoles como Cervantes y Tirso de Molina se encargan de fijar en sus obras literarias la imagen de una ciudad absolutamente magnífica, opulenta y con una situación envidiable; en el “Burlador de Sevilla” Lisboa es admirable por su fisionomía, por la gran cantidad de sus conventos, por el Rossio (Ruzío), y por el grandioso puerto que acoge un número notable de embarcaciones; en “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, Cervantes elige la capital portuguesa nada menos que como punto de partida de una peregrinación hacia la ciudad más importante de la cristiandad, Roma, por lo que otorga a Lisboa la condición de urbe “pía”, donde las haya. Si se toma en consideración el periodo histórico en el que ambos poetas viven, la profunda religiosidad que los soberanos impusieron como nota dominante de sus reinados, es fácil percibir que la imagen poética de Lisboa que sobresale de estos textos es la de un espacio dominado positivamente por la riqueza comercial, por un lado, y la caridad cristiana de su población, por otro.
La efímera riqueza derivada del oro procedente de Brasil, durante el reinado de D. João V, llena las arcas de la ciudad, por lo que en este periodo se levanta una de las principales obras de ingeniería civil aún existentes en Lisboa, el Aqueduto das Águas Livres, y se procede a edificar el grandioso convento de Mafra, a pocos kilómetros de la ciudad. Sin embargo, a la muerte del rey, la situación ya no es tan favorable para el pueblo de la capital; todos los beneficios del oro se han esfumado o dilapidado, y cinco años más tarde, en 1755, un terrible seísmo sacude la tierra, seguido de un maremoto de gran magnitud. Las consecuencias son desastrosas; el panorama resulta desolador, a causa de los escombros que llenan todos los rincones del casco antiguo, y de la tragedia humana y social que el terremoto ha supuesto para los lisboetas. Los viajeros que se atreven a visitar el lugar apenas unos años después de la catástrofe cuentan unas historias realmente duras: la ciudad está derruida, la reconstrucción está siendo más penosa de lo previsto, y la tiranía del marqués de Pombal pesa como una losa sobre los pobres habitantes, obligados a respetar unas reglas muy rígidas para poder acceder a lo que antiguamente habían sido sus casas. Autores como Richard Twiss o Giuseppe Baretti son testigo de las condiciones de extrema pobreza y desesperación de sus habitantes, y de la inseguridad que reina en las calles por la presencia de bandidos y ladrones. Así la imagen de Lisboa sufre un cambio bastante brusco en relación con los autores precedentes al terremoto. Ya no se trata de un centro neurálgico del comercio con las tierras de Ultramar, ni de la puerta de entrada en Europa de las riquezas de Brasil, sino que el espectáculo de sus calles y sus edificios derribados es tan deprimente que provoca un rotundo rechazo por parte de los visitantes que desembarcan en su puerto.
La reconstrucción se lleva a cabo según los criterios del ilustrado Pombal, por lo que el antiguo entramado de calles estrechas y de perfil tortuoso es suplantado por un sistema de calles perpendiculares y rectas que forman una parrilla bien organizada, partiendo del río hasta llegar al Rossio: es la actual Baixa, nuevo corazón político y económico de la ciudad, según los planteamientos de su inspirador.
En el siglo XIX se levantan monumentos de la importancia del Teatro D. Maria, la Câmara Municipal, el Coliseu dos Recreios, la Plaza de Toros de Campo Pequeno, etc., y los intelectuales románticos ingleses y, sobre todo, franceses se instalan en residencias cercanas al río, creando un nuevo mito, el de ciudad luminosa y tranquila donde la tibieza del clima permite dedicarse por completo a las dulzuras de la poesía y la pintura. Pasada la época más dura de la reconstrucción pombalina, los extranjeros empiezan a sentirse otra vez atraídos por la dulce silueta de la ciudad, y la escritora Pauline de Flaugergues alaba la “tierra de los naranjos” en unos versos inspirados en la situación geográfica privilegiada de Lisboa, capaz de aliviar las penas de un corazón afligido (el de la autora).
Los excesos de los románticos se ven contrarrestados por la rigidez de algunos autores españoles, como es el caso de Gonzalo Calvo Asensio, quien en un intento por acercar las aspiraciones liberales de los dos países cae en la tentación de criticar todo, o casi todo, lo que ve a su paso por la capital lusitana. Las escenas costumbristas de las fiestas religiosas, las procesiones y las tradiciones populares a las que asiste Calvo Asensio merecen el desprecio del autor, y su obra acaba sin que él haya encontrado los puntos en común que estaba buscando con la realidad española.
Entre finales del siglo XIX y principios del XX irrumpen en la escena literaria dos personajes destinados a tener un peso específico muy relevante en la formación de una poética del espacio urbano. Charles Baudelaire, en sus “Cuadros parisienses”, plasma, por primera vez, la imagen de una ciudad totalmente alejada de los tópicos convencionales del romanticismo; el París que vive en sus versos es una ciudad que sufre las consecuencias de la llegada de las nuevas tecnologías y de las industrias, es decir, la marginalización de una capa importante de población. Las calles y los bulevares que de día son frecuentados por los burgueses, de noche se transforman en lugares de criminalidad y perdición, habitados por prostitutas, indigentes, ladrones y borrachos; la famosa luz de París se convierte en crepúsculo, en unos juegos de luces y sombras provocados por la nueva iluminación nocturna a gas; los parques y jardines dejan paso a hospitales y tabernas, lugares donde la humanidad pierde su condición racional o sensible y cede a los instintos primordiales. Así, todo lo que anteriormente no tenía rango de literariedad, se vuelve elemento susceptible de ser incluido en un poema (o en un poema en prosa), sin que éste pierda ni un ápice de su carga emotiva y lírica.
Lo mismo sucede con los versos de Cesário Verde, claro continuador de los experimentos literarios baudelairianos en tierras portuguesas. Cesário, intelectual liberal impregnado de las teorías progresistas de la época, intuye un profundo cambio en la estructura social y laboral de su ciudad, y la retrata con sus juegos de luces, colores y olores según el modelo del París de Baudelaire. Sin embargo, hay que resaltar las diferencias que existen entre ambos autores, puesto que el portugués es menos tremendista en sus imágenes, sin llegar a los excesos de su colega francés. En “Num bairro moderno” y “Sentimento dum ocidental”, Cesário pasea por una Lisboa poblada de gente pobre y marginal, pero no omite las descripciones de todo el resto de habitantes, especialmente en el momento de la salida del trabajo, al crepúsculo, cuando se van encendiendo las farolas y se vuelve muy fuerte el ruido de los coches por las calles. La Lisboa cesariana es uno de los primeros ejemplos en las letras lusas de la configuración de un espacio (en este caso el urbano) como reflejo de la interioridad atormentada de su autor. Los conflictos que Cesário experimenta en su alma, entre, por una parte, la conciencia de la positividad de la industrialización y, por otra, el precio que ésta supone en cuanto al alejamiento de la Naturaleza y de su sencillez, son los mismos conflictos que vive la ciudad; Cesário empieza lo que, unos años después, lleva a sus últimas consecuencias Pessoa; se pone delante de la ciudad para intentar desentrañar los mecanismos secretos de su existencia, con la esperanza de poder comprender, de esta forma, los mecanismos que rigen su misma existencia.
Un auténtico y definitivo cambio de actitud es el de algunos autores del siglo XX, viajeros y literatos, todos ellos orientados hacia una búsqueda más interior que exterior, y dejando a un lado los intereses sociales o políticos de los siglos anteriores.
En cuanto a la literatura de viajes, tenemos el ejemplo más importante relativo a Lisboa, el de Saramago con su “Viagem a Portugal”; él interioriza el viaje, despojándolo de los elementos puramente descriptivos de sus antecesores. La Lisboa de los monumentos y las grandes obras se convierte en pretexto para ahondar en las sensaciones que estos mismos monumentos provocan en la interioridad de su autor. Ningún espacio tiene sentido fuera de la dimensión personal de quien lo mira. Esta tendencia es generalizada en la práctica totalidad de los libros de viaje del siglo XX, puesto que ya no se concibe el espacio de una ciudad aislado de quienes en él habitan o por él deambulan. El hecho de descubrir un lugar presenta un paralelismo evidente, en los autores que se han estudiado en este trabajo, con un viaje más íntimo y personal por los espacios del alma humana; los diarios de viajeros como Reinhold Schneider o Marco Grassano son un preludio (aunque sean posteriores desde el punto de vista cronológico) de lo que en Pessoa es la completa transfiguración y metaforización del espacio urbano.
La distinción clara entre lenguaje literario y lenguaje mixto, presente en los libros de viaje, empieza a difuminarse a finales del siglo XX, cuando la postmodernidad impone unos criterios profundamente intimistas a cualquier tipo de texto no científico; sin embargo, la ausencia de ficcionalidad sigue siendo el principal elemento que determina la pertenencia de un texto a un género antes que a otro.