Literatura Dominicana - Joaquín Balaguer

7 - Joaquín Balaguer

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Monografía creado por Educar.org. Extraido de: http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/LiteraturaDominicana/index.asp
29 de Septiembre de 2005
El escritor dominicano Joaquín Balaguer nació el 1.de septiembre de 1906, en Villa Navarrete, provincia de Santiago, República Dominicana.

Se recibió de Bachiller en ciencias sociales en 1916, en Santiago de los Caballeros.

Posteriormente realizó estudios superiores en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

En París continuó su perfeccionamiento en la Facultad de Derecho (1934).

De regreso en su país, ocupó varios cargos públicos en el área de Educación, también fue Embajador. Realizó tareas de periodista. Fue un reconocido orador, cuyas piezas recopiló. Y escribió  numerosas obras en prosa y verso.

Ocupó en varios períodos la Presidencia de la República, Fue electo presidente de la república para el período 1966-1970; resultó reelecto para los períodos 1970-1974 y 1974-1978. Y en posteriores elecciones fue electo nuevamente presidente de la república para los períodos 1986-1990,1990-1994 y 1994-1996.

Entre sus escritos se pueden citar:

Salmos Paganos 1920
 
 Ensayo del escritor Federico García Godoy 1927
 
 Nociones de Métrica Castellana, 1930
 
 Heredia, Verbo de la Libertad 1939
 
 Letras Dominicanas, 1941
 
 Guía Emocional de la Ciudad Romántica, 1944
 
 Historia de la Literatura Dominicana, 1944
 
 La Política Internacional de Trujillo, 1947
 
 Los Próceres Escritores, 1947
 
 Semblanzas Literarias, 1948
 
 El Cristo de la Libertad, 1950
 
 Colón Precursor Literario, 1958
 
 El Centinela de la Frontera, 1962
 
 La Marcha hacia el Capitolio,1973
 
 Temas Históricos y Literarios, 1974
 
 Cruces Iluminadas, 1974
 
 La Palabra Encadenada, 1975
 
 La Crúz de Cristal, 1976
 
 Mensajes Presidenciales, 1978
 
 Galería Heroica, 1979
 
 Huerto Sellado,1980
 
 Los Carpinteros, 1983
 
 Mensajes al Pueblo Dominicano,1983
 
 Voz Silente, 1983
 
 La Isla al Revés,1983
 
 La Voz del Capitolio, 1984
 
 a Verdad Transparente, 1987
 
 Memorias de un Cortesano en la Era de Trujillo, 1988
 
 Yo y Mis Condiscípulo, 1996.
 
 El Cristo de la Libertad, Vida de Juan Pablo Duarte, 2000

A continuación, algunos fragmentos de El Cristo de la Libertad:

LA PARTIDA

Una mañana del año de 1830,* del terrible año a que alude la profecía de Gabriel
Rosseti, zarpa del viejo puerto de Santo Domingo de Guzmán una pequeña
embarcación sobre cuyo mástil flota, acariciada por las brisas que sacuden los árboles a ambas riberas del Ozama, la bandera de España. Sobre la cubierta de la frágil embarcación, casi tan débil como las mismas en que algunos siglos antes entraron por aquel río legendario los descubridores, se halla de pie un adolescente de ojos azules y de finos cabellos ensortijados. Su vista permanece suspensa, mientras se aleja la nave, de un grupo de personas que desde el muelle agitan sus pañuelos en señal de despedida. En el centro del grupo se destaca el padre del viajero, un hidalgo de noble continente que ha abandonado ese día sus quehaceres para dar el último abrazo al hijo a quien envía a España en busca de la cultura que no podía ya ofrecerle el país con su creciente pobreza y su universidad clausurada. Junto a él, apoyándose en su brazo y con el año más probable del viaje de Duarte a los Estados Unidos y Europa, según algunos historiadores, es el de 1827.

Los ojos llenos de lágrimas, se divisa la silueta de una matrona alta y delgada, en quien es fácil reconocer a la madre por el tesoro de ternura que pone en el ademán con que agita la mano para despedir al que se ausenta. Y entre ambos, llenas de. inquietud pero al propio tiempo felices por las esperanzas que despierta en su corazón aquel viaje, las cuatro hermanas del adolescente de pupilas azules siguen con ansiedad la estela que va dejando la nave sobre el río de mansas ondas rizadas.

El joven que se ausenta en aquella mañana de primavera, a bordo de una endeble
embarcación española, es Juan Pablo Duarte, segundo hijo del matrimonio de Juan José Duarte y de doña Manuela Diez Ximenes. Cuenta a la sazón con poco menos de diecisiete años pero ya denuncia en los profundos surcos de la frente y en la mirada soñadora su inclinación al estudio y cierta vaga curiosidad por la ciencia y la filosofía.

Su porte, tal como se descubre bajo la oscura casaca que desciende 'irreprochablemente de los hombros, es de una distinción que sorprende en aquel joven cuyo semblante varonil contiene algunos rasgos femeninos que comunican al conjunto de su figura un aire de persona enfermiza y delicada. Hasta la frente alta y tersa descienden, en efecto, algunas hebras doradas, y las mejillas tienen una palidez de nácar que se torna más intensa merced a la dulzura que despide su mirada candorosa. Todavía quienes le conocieron en la plenitud de la vida, cuando ya las líneas de su rostro se habían endurecido por los años y cuando ya el dolor había abierto en su frente los surcos que desgarran prematuramente a los grandes desengañados, hablan con admiración de sus mejillas suaves como las rosas y de sus ojos acariciadoramente bondadosos. Algunos detalles, sin embargo, atenúan el narcisismo que asoma en ciertos rasgos de la figura y del semblante de este adolescente afiebrado. El bozo, en primer término, apunta ya nerviosamente sobre su labio, y tiende a adquirir un color oscuro que contrasta con el oro pálido de la cabellera ensortijada; el mentón anguloso acentúa por su parte el aire varonil, y bajo la mansedumbre de la mirada, no obstante despedirse de ella una suavidad extraordinaria, se adivina la energía del carácter, tal como por el brillo de la
hoja se infiere el temple del acero.

Cuando la nave abandona el río y se adentra en el mar, sereno en aquel momento bajo la plenitud de la mañana, los ojos de Duarte se clavan en la Torre del Homenaje, el viejo bastión erguido frente al Océano, y de súbito su semblante de adolescente se entristece: la última visión de la patria que contempla allá en la lejanía es la de la bandera de Haití, enseña intrusa que flota sobre la fortaleza colonial como un símbolo de esclavitud y de ignominia. Tal vez desde ese instante nació en su pensamiento el propósito de volver un día a redimir a su pueblo de tamaña afrenta y a bajar de aquella torre la enseña usurpadora.

LA NIÑEZ

Era aquélla la primera vez que Duarte se desprendía del calor de su hogar, en donde había hasta entonces vivido como un niño mimado. Desde que nació, el 26 de enero de 1813, apuntaron en él, junto con una simpatía cautivante, presente siempre en el candor de la sonrisa y en la profundidad azulosa de las pupilas que tenían algo de k inocencia del agua, del agua que debe el color azul a su pureza, las fallas propias de una constitución delicada.

Su naturaleza enfermiza dio naturalmente lugar a que sus padres lo regalaran desde la cuna con los cuidados y atenciones de una vigilancia amorosa. La sorprendente inteligencia del niño, unida a su índole dulce y a su carácter blando, tendieron a aumentar con los años la ‘solicitud paterna. La madre, doña Manuela Diez, se encargó personalmente de dirigir sus primeros pasos y de rasgar ante sus ojos los velos del alfabeto. Con tal interés desempeñó su misión, secundada por el propio discípulo que supo responder desde el primer día a esa ternura, que ya a la edad de seis años dominaba Duarte el abecedario y repetía de memoria el catecismo, enseñanza que sembró en su alma los primeros gérmenes de una viva sensibilidad religiosa.

Pero no es sólo del corazón de los padres de donde fluye la ola de ternura que rodea a Duarte en los días felices de la infancia. Su dulzura y su docilidad naturales le conquistan también el amor de los extraños. La sirvienta que ayuda en los quehaceres domésticos a doña Manuela, una mestiza de ojos pardos y de genio locuaz, no puede esconder sus preferencias por el niño de guedejas doradas. Los vecinos acuden a su vez a prodigar sus caricias al predilecto de la casa. Una dama principal, la señora doña Vicenta de la Cueva, esposa del señor Luiz Méndez, regidor del Ilustre Ayuntamiento de Santo Domingo, lleva a Duarte a la pila del bautismo, el 24 de febrero de 1813, y desde entonces lo hace objeto de una predilección apasionada.

Una amiga íntima de doña Manuela, la señora de Montilla, cautivada por la precocidad de Duarte, se ofrece espontáneamente a guiar la educación del infante. Bajo su dirección realiza el tierno discípulo progresos extraordinarios. Ya a los siete años posee todos los conocimientos que necesita para poder ingresar en una de las escuelas públicas que aún sostiene el Ayuntamiento en la antigua capital de la colonia. El primer día que asiste a este plantel, donde la enseñanza se reduce al catecismo y a nociones científicas rudimentarias, escribe en su cuaderno toda una plana que el maestro enseña  a los demás alumnos como un modelo de limpieza y de primor caligráfico. Pocos meses después es admitido en la mejor escuela para varones que existe en la ciudad: la que dirige don Manuel Aybar, persona que tiene reputación de instruida y a quien confían la educación de sus hijos las familias principales. Aquí aprende, además de Gramática y Aritmética avanzadas, teneduría de libros. Desde el primer momento se destacó en las clases por su fina inteligencia y por su receptividad asombrosa. Sus condiscípulos, seducidos por su carácter dulce y por sus maneras suaves, le perdonaban de buen grado la superioridad que demostraba en todas las asignaturas y le vieron sin envidia ascender a «primer decurión», título que en las escuelas de la época se confería al alumno que por su buena conducta y por sus progresos en los estudios se hacía digno de ocupar en la clase un sitio de preferencia y de recibir en las fiestas del plantel las distinciones más señaladas.

Cuando ya estuvo en aptitud de emprender estudios superiores, vio sus esperanzas frustradas por la orden del gobierno de Boyer que cerró la Universidad y empezó a perseguir en todas sus formas la cultura. Los dominicanos más instruidos de la época, como el doctor Juan Vicente Moscoso y el presbítero don José Antonio Bonilla, trataron de acudir en ayuda del estudiante, famoso ya entre los jóvenes de entonces por sus inquietudes intelectuales y por sus aficiones literarias, y se empeñaron en suplir con sus consejos y sus libros la falta de un centro de enseñanza superior donde Duarte pudiera completar su formación científica. El presbítero Gutiérrez, para quien la aplicación y la inteligencia del discípulo de don Manuel Aybar no habían pasado inadvertidas, solía lamentarse, cuando hablaba con su colega, el presbítero Bonilla, acerca de los horrores que había desencadenado sobre el país la ocupación haitiana, de la pérdida de tantas inteligencias forzadas a languidecer en medio de una servidumbre vergonzosa. El caso de Duarte salía siempre a relucir en aquellas conversaciones teñidas de pesimismo. «Si este joven —subrayaba a menudo el presbítero Gutiérrez— hubiera nacido en Europa, ya a esta hora sería un sabio.»

Duarte se aproxima a la adolescencia rodeado por todas partes de regalos y de afectos. El terror haitiano es la única sombra que se interpone en su camino, pero su razón es todavía demasiado tierna para que aquella iniquidad logre distraerlo de las preocupaciones inocentes de su juventud estudiosa. La esclavitud sólo alcanza a hacérsele presente por la falta de estímulos con que tropieza su ansia de sabiduría.

Afortunadamente sus ‘padres disponen de recursos holgados y podrán sin ningún sacrificio, ‘cuando la ocasión se ofrezca, proporcionarle los medios necesarios para salir de esta atmósfera asfixiante. Mientras llega esa oportunidad, insistentemente reclamada por el presbítero Gutiérrez y esperada con ilusión por Juan Vicente Moscoso, Duarte se solaza en la dulce intimidad de los amores hogareños. Sus horas transcurren muellemente y una divinidad amable preside sus pensamientos y guía sus pasos como en los días aún cercanos de la niñez dichosa.

¡ Se diría, en presencia de toda la felicidad que a la sazón le sonríe, que Dios se propuso hacer al niño esos presentes de ventura como en compensación de la dureza con que el hombre sería bien pronto perseguido por el infortunio y golpeado por la vida!

EL VIAJE

Duarte viajaba en compañía de don Pablo Pujol, un comerciante catalán residente desde hacía largos años en Santo Domingo, en donde había aumentado considerablemente sus bienes de fortuna.

Pujol, quien visitaba con frecuencia el hogar de Juan José Duarte y de doña Manuela Diez, vio crecer a Juan Pablo y le fue cobrando poco a poco una extraordinaria afición: sin saber por qué, se sentía atraído por la viva inteligencia del adolescente y por su natural bondadoso. Cuando el comerciante catalán realizaba una de aquellas visitas, las cuales se habían hecho más frecuentes después de la ocupación haitiana, sin duda por la necesidad que el elemento español sentía entonces de reunirse para comunicarse sus esperanzas o sus aprensiones en medio de la atmósfera de recelo que por todas partes lo envolvía, se aproximaba a Juan Pablo para interrogarlo sobre el curso de sus estudios y sobre los progresos logrados en el inglés y en otras lenguas extranjeras. La conversación se deslizaba muchas veces por un terreno casi vedado, pero lleno de seducciones para el adolescente y para el visitante. Pujol hablaba de los días de la colonia como de una edad dorada. Pintaba con cierta voluptuosa complacencia el contraste entre el gobierno de Boyer y el del brigadier Kindelán, a quien atribuía, como a todos sus antecesores, aptitudes de mando excepcionales. No ocultaba su antipatía por el doctor José Núñez de Cáceres, el autor de la independencia efímera de 1821, porque en su concepto las tribulaciones presentes tenían su origen en aquel acto de infidelidad a España, ejecutado sin tacto y en el momento menos recomendable.

Duarte gustaba sobremanera de las descripciones que le solía hacer su viejo amigo. Pero ignoraba por qué razón le parecían injustas las críticas dirigidas a Núñez de Cáceres y las preferencias con que el comerciante catalán aludía al elemento llegado de la Península cuantas veces debía oponerle como término de comparación el elemento nativo. Pero salvo el disgusto con que oía las referencias poco agradables de Pujol a los criollos, aquellas conversaciones cobraban para el adolescente interés cada vez más vivo. Con frecuencia era él quien interrogaba a su amigo sobre la política española o sobre las causas que habían dado lugar a la separación de la metrópoli de sus grandes posesiones ultramarinas.

En el barco que ahora conduce a ambos viajeros a los Estados Unidos, esos diálogos se reanudan y cobran mayor libertad y mayor animación en pleno Océano, bajo las noches estrelladas de los mares del trópico. El capitán de la nave, un marino español de palabra ruda y torrentosa, se mezcla con frecuencia en las conversaciones de don Pablo Pujol y de su joven acompañante. Cuando el comerciante catalán alude, en tono siempre peyorativo, ‘al mestizo dominicano, por el apoyo que muchos de ellos prestaron a la obra de Núñez de Cáceres y por la resignación con que después se plegaron a las tropelías de la soldadesca haitiana, el marino secunda con vigor sus puntos de vista y carga la frase de palabras gruesas para referirse a los nativos de la parte española de la isla, gente en la cual el patriotismo, según aquel viejo lobo de mar, se había perdido en la servidumbre, y en la cual había evidentemente degenerado el sentimiento de la raza  colonizadora.

Duarte, ruborizado por aquellas censuras, en gran parte justificadas por la tremenda realidad que estaba a la sazón viviendo su país nativo, no osaba replicar a sus interpelantes, pero en su conciencia avergonzada se iba formando un sentimiento de protesta contra la esclavitud, no sólo contra la que Haití había impuesto a su patria, sino también contra la menos oprobiosa, pero no menos dura, que trajeron a América los conquistadores. Cuando llega al puerto de Nueva York y divisa las primeras luces que parpadean en las profundidades de la noche, las ideas que se han ido acumulando en su cerebro, al calor de las conversaciones que ha sostenido desde que puso el pie en la nave, toman forma definitiva y empiezan a estallar en su alma como voces acusadoras.

Nueva York despierta de improviso la imaginación de este visitante de diecisiete años.

La babel monstruosa, con la fiebre de construcción que hierve en su seno durante aquellos días de 1830, empieza por aturdirlo y por penetrar como una explosión gigantesca en sus sentidos maravillados. Pero después, cuando ya ha salido de su estupor y comienza a moverse con tranquilidad en la urbe cosmopolita, se siente feliz en aquel ambiente donde los hombres parecen circular impelidos por ambiciones desmesuradas y donde cada persona se siente dueña de un imperio como si en su fuero Íntimo oyera fermentar las energías de una individualidad poderosa.

Cuestiones de negocios obligan a don Pablo Pujol a prolongar su permanencia en los Estados Unidos. Duarte, conquistado ya por el ruido de Nueva York y por el carácter norteamericano, se regocija de tal determinación y se dedica con ahínco a aprender la lengua inglesa. Un yanqui de cultura no común, míster W. Davis, le da lecciones de Geografía Universal y a la vez que siembra en su mente el amor por los viajes, excita su curiosidad por los fenómenos del mundo físico y por las costumbres y las características de las razas humanas.

De estas enseñanzas, que el discípulo recibió con avidez durante muchas semanas, conservó Duarte una rara afición a las ciencias geográficas y a los descubrimientos etnológicos. Más tarde, cuando se inicie para él la hora de las renunciaciones, se refugiará en el desierto acompañado de una Geografía Universal y de varios Atlas, y se dedicará con entusiasmo al estudio de las costumbres y de los orígenes de las tribus semisalvajes radicadas en las selvas del Orinoco. Del último libro que se desprenderá, cuando lo urja el hambre y lo estreche la miseria, será de la Geografía adquirida durante su destierro en Hamburgo, consuelo de su proscripción y refugio espiritual en los ocios obligados de la vejez prematura.

Siempre en compañía de don Pablo Pujol, a quien su padre había dado el encargo de dirigir los pasos del adolescente hasta poner a éste en manos de sus parientes en España, Duarte emprende viaje algún tiempo después con destino a Inglaterra. Su estancia en Londres fue más corta que en Estados Unidos. Pujol, a quien su compañero de viaje, ya iniciado en los secretos del inglés, auxiliaba eficazmente en sus actividades comerciales, decidió apresurar su marcha a Francia y tomó un barco que condujo a los dos viajeros al Havre. Pocos días después se establecieron en Paris, en el París de 1830, con sus calles y sus plazas cubiertas todavía por los restos de las barricadas sobre las cuales alzó la revolución de julio el trono de Luis Felipe.

Un ciudadano francés residente en Santo Domingo, monsieur Brouat, había iniciado a Duarte en la lengua de Moliére antes de que el discípulo entrara en la adolescencia. Las nociones adquiridas en la niñez le facilitaron el aprendizaje de este nuevo idioma, que llegó a dominar al cabo de pocos meses de estancia en la capital francesa. Don Pablo Pujol, asombrado de la aplicación de Duarte y de la avidez con que se dedicaba al estudio, no se mostraba menos sorprendido de la poca atracción que ejercían los bulevares de París sobre su acompañante.

Su espíritu, indiferente a cuanto se le ofreciera bajo la forma de seducciones frívolas, tendía, por el contrario, a tornarse más reflexivo con las enseñanzas recogidas a lo largo de aquel viaje. El comerciante catalán no acertaba a comprender la causa de toda aquella madurez de carácter que parecía impropia de la edad en que visitaba a Paris el estudiante dominicano.

Don Pablo Pujol, a quien la melancólica seriedad de su pupilo le permitía descargarse de sus incómodos deberes de tutor y de entregarse desembarazadamente a sus propias atenciones, dejó, pues, que Duarte visitara con toda libertad la capital francesa. Rara vez coincidían, además, los gustos de los dos viajeros: mientras el uno buscaba los centros comerciales y los sitios de diversión, el otro se sentía particularmente atraído por el París monumental, lleno de recuerdos napoleónicos y con sus foros y sus paseos invadidos por lápidas y columnas conmemorativas de las glorias pasadas. El contacto con aquel mundo eterno, con el mundo arqueológico de los frisos y de las estatuas que comunicaron al imperio de Napoleón un aire cesáreo y un fondo de galería romana, despertó en Duarte el sentimiento de la grandeza militar y el de la gloria guerrera.

Siempre persistirá en él, tocado por una especie de fascinación inconsciente, el amor a la milicia, y nada le halagará tanto como el oírse llamar por Pedro Alejandrino Pina, en los días más negros de su ostracismo, «Decano de los generales de Santo Domingo» y «General en Jefe de sus Ejércitos Libertadores».

Pero París es en aquellos años, en 1829 y en 1830, centro de una nueva revolución que debía sacudir los espíritus con el mismo ímpetu con que la tormenta bonapartista sacudió los pueblos y los tronos: el romanticismo, con todas las ideas de orden político que en el fondo arrastraba esa corriente literaria, removía a Europa y anunciaba el nacimiento de una nueva época y de una nueva esperanza en el espíritu humano. Con todas esas impresiones, recogidas al pasar en el ambiente de París, esto es, con los recuerdos aún vivos de la tempestad desencadenada por Bonaparte sobre Europa, y con los clamores levantados por la representación de «Hernani» en los grandes escenarios de Francia, se nutre el corazón del viajero, ávido de libertad y obediente, en su divina inconsciencia, a las fuerzas secretas que dirigen desde la niñez la vida de los predestinados.

Para dirigirse a España, meta de su travesía, don Pablo Pujol resuelve viajar por tierra y recorrer el sur de Francia atravesando los Pirineos y recogiendo durante algunos días los aires de la ciudad de Bayona. Cuando Duarte y el comerciante catalán pisan poco después tierra española, Pujol trata de reanudar otra vez aquellos diálogos familiares con que desde un principio se propuso infundir a su acompañante el amor a la estirpe de sus mayores. Pero el pensamiento de Duarte se hallaba absorbido por una realidad más dolorosa a la que parecía empujarlo el sentimiento ya despierto de su predestinación histórica: la isla natal, más digna de su solicitud y de su amor que la tierra sagrada donde había nacido su padre y donde habían sido abiertas las tumbas de sus antepasados.
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35 opiniones

a merico lugo

me gusta esa poesia me gustaria ser comc ver crasias
LA RUBIA

ESTE CUENTO ES MUY BONITO POR K EH APRENDIDO MUCHAS COSAS
el añemao

eta malditasa itoria coño e ma burria k el mimito demonio coñon y el diablo se lo ba a yeva a to lo maldito profesore coñaso
la locotrona

eta itorea e muy aburria te ase pasa anvre y sueño jajaja
broma postuma

este cuento es de lo mejor yo lo amo ya yomira tambien att sergio
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