Juan Emilio Bosch Gaviño nació en La Vega, República Dominicana, el 30 de junio del 1909. Falleció en la madrugada del jueves 1 de noviembre de 2001 en Santo Domingo.
Después de la asunción de Rafael Leónidas Trujillo, se marchó al exilio. Vivió en el exilio en Puerto Rico y Cuba.
Durante la década del 50 viajó por diferentes países de América y de Europa, solicitando apoyo para la instauración de la democracia en la República Dominicana. Se instaló en Chile, donde hizo amistad con intelectuales, artistas y políticos: Salvador Allende, Pablo Neruda, y otros.
Fue Presidente de la República Dominicana en 1962, iniciando un programa reformista, abortado en 1963 por un golpe militar.
Viajó y se radicó un tiempo en Europa y regresó al país en 1970.
Ha sido candidato electoral en varias elecciones posteriores.
Bosch es cuentista, novelista, educador, ensayista, historiador, biógrafo.
Su abundante obra , escrita dentro del país o en el exilio, refleja la realidad sociocultural de los campos dominicanos; sus tragedias, sus conflictos, sus sufrimientos y sus luchas.juan emilio bosh
Escribió su primer cuento en su adolescencia: "Camino Real" en 1933.
Entre sus obras más destacadas pueden nombrarse:
Hostos, el Sembrador
Judas Iscariote, el Calumniado
David, biografía de un Rey
Bolívar y la guerra social
De Cristóbal Colón a Fidel Castro
El Caribe, frontera imperial
Composición Social Dominicana
El Pentagonismo, Sustituto del Imperialismo
Póker de Espanto en el Caribe
Dictaduras Dominicanas
Clases Sociales en la República Dominicana
Breve historia de la oligarquía (1971)
Trujillo: causas de una tiranía sin ejemplo(1959)
La Guerra de la Restauración
La muchacha de la Guaira
Cuba, la isla fascinante
Cuentos escritos en el exilio (1962)
Más cuentos escritos en el exilio (1964)
Novelas:
La mañosa(1963)
El Oro y la Paz
CUENTOS DE NAVIDAD
Pocas historias poseen la virtud de ser contadas o leídas, produciendo un mismo encantamiento en los niños y en los adultos. El “Cuento de Navidad” del profesor Juan Bosch es uno de estos casos de excepción: la ternura, el frescor y la fantasía deleitan a los pequeños, el espíritu y el mensaje provocan la reflexión en los más grandes, el tono vivaz y la escritura tan poética como simple “llegan” a todas las sensibilidades.
El autor en su estudio teórico, “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos “expresa que el cuentista “padre y el dictador de sus criaturas, no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones” mientras los personajes de una novela, a partir de sus hechos y de sus caracteres, a veces modifican la acción originalmente prevista por el novelista. Si bien es cierto que los textos bíblicos y la tradición cristiana tejieron la trama del relato y encauzaron los hilos narrativos, Juan Bosch dio curso a su imaginación creadora. Como los grandes escritores clásicos que siempre enriquecían y exaltaban los modelos antiguos, la mitología pagana o las Santas Escrituras.
Es mas, tenemos la impresión que el Señor Dios del Cuento de Navidad se “rebela” contra su autor... durmiendo, que sus sueños de “varios siglos” no solamente dejan a los hombres actuar bien o mal (sobre todo) sin el debido control omnipotente y orientador, sino que ese cuento de Navidad, a partir de aquella emancipación del héroe principal, de las de Santa Claus y de los Reyes Magos, se convierte en estructura novelesca, en una novela, corta y gigantesca, que boceta los destinos de la humanidad desde sus orígenes. Por ejemplo, uno de los largos sueños divinos, según el narrador, permite que se martirice y se crucifique a Jesús Cristo y el despertar de Dios Padre determina la resurrección, pero en la técnica de la narración, el incidente significa un descanso y un impulso para la continuación del relato y su construcción dinámica, o sea, determina la curva de la acción.
Tampoco Juan Bosch puede olvidar que él es un historiador hasta en la obra de ficción. En el “Cuento de Navidad”, él hace historia a grandes rasgos y su pensamiento tiende a colocar la epopeya transcrita por los Testamentos en el sentido de la historia de todos los hombres hasta los cataclismos bélicos y los inventos mortíferos de la época moderna. La visión histórico-filosófica del escritor trasciendii
iende los límites habituales del género literario, se vuelve reflexión universal y materia de reflexiones para la generalidad de los lectores.
La originalidad de Juan Bosch consiste en esta utilización combinada de la elaboración imaginaria y de las fuentes textuales para comunicar sus ideas de paz, de fraternidad y de justicia. Y tampoco es una casualidad que el cuento se cierre sobre una imagen simbólica y real, que concierne al drama y las esperanzas latinoamericanas: el padre, la abuela, el niño, la choza de México transmutan en nuestro continente la Natividad de Jesús, la pobreza de sus padres y los obsequios de los Reyes.
El cuento cumplió circularmente su ciclo narrativo, devolviendo a la infancia desamparada de hoy, el mensaje de esperanza que significó y significa siempre la Natividad. La fábula se convierte recordamos las palabras de Voltaire en “el emblema de la verdad”, de una verdad que, en el hermoso “Cuento de Navidad” del profesor Juan Bosch, se confunde con el destino y los anhelos de la humanidad.
Marianne de Tolentino
Santo Domingo, Diciembre 1977.
A continuación un fragmento:
CAPITULO I
Más arriba del cielo que ven los hombres, había otro cielo, su piso era de nubes y después, por encima y por los lados, todo era luz, una luz resplandeciente que se perdía en lo infinito. Allí vivía el Señor Dios.
El Señor Dios debía estar disgustado porque se paseaba de un extremo al otro extremo del cielo. Cada zancada suya era como de cincuenta millas y a sus pisadas temblaba el gran piso de nubes y se oían ruidos como truenos. El Señor Dios llevaba las manos a la espalda, unas veces doblaba la cabeza y otras la erguía y su gran cabeza parecía un sol deslumbrante. Por lo visto, algo preocupaba al Señor Dios.
Era que las cosas no iban como Él había pensado. Bajo sus pies tenía la Tierra, uno de los más pequeños de todos los mundos que Él había creado y en la Tierra los hombres se comportaban de manera absurda, guerreaban, se mataban entre sí, se robaban, incendiaban ciudades, los que tenían poder y riquezas y odiaban a los vecinos ricos y poderosos, formaban ejércitos y salían a atacarlos. Unos se declaraban reyes, y mediante el engaño y la fuerza tomaban las tierras y los ganados ajenos, apresaban a sus enemigos y los vendían como bestias. Las guerras, las invasiones, los incendios y los crímenes comenzaban sin que nadie supiera cómo, ni debido a qué causa y todos los que iniciaban esas atrocidades decían que el Señor Dios les mandaba a hacerlas y sucedía que las víctimas de tantas desgracias le pedían ayuda a Él que nada tenía que ver con esas locuras. El Señor Dios se quedaba asombrado.
El Señor Dios había hecho los mundos para otra cosa y especialmente había hecho la Tierra y la había poblado de hombres para que éstos vivieran en paz como si fueran hermanos, disfrutando entre todos de las riquezas y las hermosuras que Él había puesto en las montañas y en los valles, en los ríos y en los bosques. El Señor Dios había dispuesto que todos trabajaran a fin de que ocuparan su tiempo en algo útil y a fin de que cada quien tuviera lo necesario para vivir y con la claridad del Sol hizo el día para que se vieran entre si y vieran sus animales y sus sembrados y sus casas y vieran a sus hijos y a sus padres y comprendieran que los otros tenían también sembrados y animales y casas, hijos y padres a quienes querer y cuidar. Pero los hombres no se atuvieron a los deseos del Señor Dios, nadie se conformaba con lo suyo y cada quien quería lo de su vecino, las tierras, las bestias, las casas, los vestidos y hasta los hijos y los padres para hacerlos esclavos. Ocurría que el Señor Dios había hecho la noche con las tinieblas y su idea era que los hombres usaran el tiempo de la oscuridad para dormir. Pero ellos usaron esas horas de oscuridad para acecharse unos a otros, para matarse y robarse, para llevarse los animales e incendiar las viviendas de sus enemigos y destruir sus siembras.
LA MUJER
La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se la ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco, y sigue ahí, sobre el -lomo de la carretera.
Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita detrás de las pupilas.
La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.
A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco.
También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las canas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua.
La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona.
La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.
A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: Un becerro, sin duda, estropeado por auto.
Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces.
Más cerca ya, Quico vio que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño.
El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío. caliente como horno, la persiguió, tirándola de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos.
-¡ Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonzada!
-Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó -- quería ella explicar.
-¿Qué no? ¡Ahora verás! Y volvía a golpearla.
El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. El veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mami moriría si seguía sangrando.
Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo.
Le dijo después que se marchara tanto tiempo.
-¡Te mataré si vuelves a esta casa!
La mujer estaba tirada en el piso de tierra ¡sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.
Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre.
Chepe entró por el patio.
-¡Te dije que no quería verte más aquí, condenada!
Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas.
Quico le llamó la atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarla ya. Entonces fue cuando se entabló la lucha entre los dos hombres.
El niño pequeñín, pequeñín, comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá.
La lucha era silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas.
La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Este comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro.
Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo.
La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella.
La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.
(La Vega, 1909)