Nació en la ciudad de Santiago, República Dominicana en el año 1924.
Por su alto prestigio como escritor ha sido jurado de varios concursos literarios nacionales e internacionales.
En 1959 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por el volumen de cuentos "Un día cualquiera " y en 1977 obtuvo el Premio de Novela Manuel de Jesús Galván por la novela "Los algarrobos también sueñan" .
En 1958 por su cuento "Edipo", resultó finalista en el concurso de autores hispanoamericanos patrocinado por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid.
Fue Miembro de la Academia Dominicana dependiente de la Real Academia Española.
Comenzó a escribir cuentos a la edad de treinta y dos años y ya lo definía Juan Bosch como un cuentista maduro : "Tenía la madurez de un cuentista avezado en el tratamiento del género " y luego describió el cuento "La enemiga" como el cuento perfecto, algo difícil de hallar en este exigente género, en el que ,según Bosch , Grullón muestra la asombrosa facultad de describir complejidades sicológicas con una cantidad sorprendentemente escasa de palabras .
Obras:**---Además de las ya citadas se encuentran:
La broma póstuma (Integra la Antología "Cuentos Breves latinoamericanos" con otros autores)
Crónicas de Altocerro
Más allá del espejo
Antinostalgia de una era
De niños hombres y fantasmas
Caín
El mensajero de la oficina colocó la tarjeta sobre el escritorio, Vicente la miró distraídamente y la rodó hacia un lado con el dorso de la mano, concentrándose de nuevo en la lectura del documento que tenía enfrente. Aunque había posado por un instante los ojos sobre las letras impresas en la pequeña cartulina, su significado apenas rozó la superficie de su conciencia y fue sólo un rato después cuando las letras parecieron ordenarse en su cerebro y formar el nombre que ahora surgía con pleno significado para él.
– Leonardo Mirabal –, dijo en voz alta complaciéndose, como antes, en la sonoridad de las palabras. Reclinándose en el respaldar de su lujoso sillón de cuero, Vicente se sumergió en recuerdos antiguos mientras se acariciaba la mejilla con el canto afilado de la tarjeta. ¡Qué lejanos le parecieron de pronto aquellos tiempos del colegio! El primer día de clases: los muchachos corriendo hacia las puertas enormes, gritando y riendo mientras el, esquivo y huraño, se pegaba a las paredes con los libros bajo el brazo; y las voces que pasaban rozándolo: “¡Leonardo, ahí viene Leonardo!”; y la conversación sorprendida al entrar al aula:“Leonardo, ¿me explicas este teorema?, no puedo entenderlo; y en el primer recreo, el muchacho debilucho que decía: Leonardo: ¿me dejas entrar al equipo?, he practicado mucho en las vacaciones... ”
Vicente apretó con el dedo el botón nacarado del timbre y ordenó al mensajero tan pronto abrió la puerta.
– Haga pasar al señor Mirabal.–
Maquinalmente se arregló un poco el cabello con las manos y se ajustó el nudo de la corbata.
– Con permiso –, decía el hombre en voz baja, de pie en el hueco de la puerta
Vicente se levantó de un salto de su asiento y caminó hacia él con las manos extendidas, observándole a los ojos ¡Dios mío, qué cambiado está!, y diciéndole apresuradamente :
– Por favor, Leonardo, pasa adelante. ¡Cuánto tiempo sin verte! –
Después de apretarle las manos entre las suyas, le palmeó la espalda ¡qué flaco está y qué amarillo! – Anda siéntate. ¡Qué sorpresa más inesperada y qué gusto me da verte! –
Leonardo se sentó en el borde de la silla que le ofrecían y. conservó el sombrero girando entre las manos mientras decía con suavidad:
– Yo también me alegro mucho de verte, Vicente. ¡Hace ya tanto tiempo!... Temí que ya no te acordaras de mí.–
– ¿No acordarme de ti?, pero, ¿estás loco?... ¡Cómo has podido imaginar semejante cosa! –
Vicente se sentó de nuevo y mientras lo hacia le pareció de pronto verse a sí mismo en medio de la multitud que colmaba el salón de actos del colegio, y casi oyó la voz del maestro de ceremonias:... “Y ahora, Leonardo Mirabal, ganador de la medalla de mérito, va a dirigirles la palabra en nombre de sus compañeros”...
La voz del otro lo sustrajo bruscamente de sus reminiscencias;
– No nos veíamos desde la graduación, ¿no es cierto?–
– No, Leonardo –, le contradijo –. Desde un año después de aquella fecha. Desde el 15 de septiembre de 1930, exactamente. Aquel día embarcaste para Europa a hacer el curso de post-graduado y yo estuve en el muelle para despedirte. – Vaya, tienes una memoria estupenda. La verdad era que no lo recordaba. – Leonardo pareció que se disculpaba. Vicente se recostó en el respaldo de la butaca y apretó los puños bajo el escritorio al recordar la voz suave del director del colegio mientras le decía: “Lo siento mucho, señor Izaguirre, pero usted no ganó la beca. El señor Mirabal le sobrepasó por cuatro puntos”. Y la respuesta humillante de él, que todavía lo hacía enrojecer: “¿Mirabal? ¡Oh! Creí que no competiría... ”
–Todo este tiempo he estado preguntándome lo que habla sido de ti –, dijo en voz alta.
El otro hizo un gesto vago con la mano y respondió mirando hacia el suelo:
– Me han pasado muchas cosas desde aquellos días. No he tenido suerte, ¿sabes? Malos negocios... Locuras de juventud... Pero sobre todo mala suerte, mucha mala suerte.
Vicente se inclinó hacia adelante :
– Pero, Leonardo, no puedo explicármelo. Fuiste siempre el primer alumno del colegio... Hiciste una carrera brillante.–
Leonardo habló sin quitar la vista del suelo:
– Si, una carrera brillante hasta que salí del colegio...
¿Sabes, Vicente? Creo que me hizo mucho daño el que allí las cosas me resultasen tan fáciles. Llegué a pensar que sería lo mismo afuera y, en cambio, ¡todo resultó tan distinto!... El día de la graduación parecía que tenía todo el mundo por delante...–
Vicente, mientras lo observaba con mirada inexpresiva, continuó para sí el curso de las palabras del otro:... Y lo tenías, ¡claro que lo tenías! Estabas justamente entre el mundo y yo. Lo fuiste tomando todo a tu paso. Para mí no quedó más que lo que dejabas, porque siempre llegaba a todas partes un poco demasiado tarde: exactamente dos pasos después que tú...
–Pero, ¿y aquel matrimonio tan brillante que hiciste? – preguntó en voz alta.
–¡Ah! ¿Te enteraste de eso?... Duró poco. Apenas un año. Todo cuanto emprendí fracasaba, y mi matrimonio no fue una excepción. No podría decirte, Vicente, cuándo la suerte me dio la espalda. Quizás siempre me persiguió la fatalidad, o tal vez fue sucediendo poco a poco y no me di cuenta sino cuando ya era demasiado tarde. Lo cierto es que cuando intenté reaccionar, no contaba ya con nadie. Los que antes me adulaban, me volvieron la espalda. Las puertas que antes se abrían solas a mi paso, permanecían cerradas ante mis llamados desesperados... ¡No tienes idea de lo cruel que puede tornarse la gente!... –
Leonardo hizo una pausa, y luego, tomando una súbita decisión, miró al otro a los ojos y exclamó:
– Tienes que ayudarme, Vicente. Eres la última persona a quien acudo. No quise hacerlo hasta ahora por que no quería mezclar mi vida de colegio con este vía crucis por el que estoy pasando actualmente. ;Aquellos tiempos fueron tan hermosos!... Pero todo ha sido inútil: ninguno de los otros ha querido ayudarme...–
Vicente se puso en pie y miró desde arriba la figura encorvada en el asiento.
– ¿Y qué puedo hacer por ti, Leonardo? –
Respondió con voz anhelante :
– Sé que el Doctor Jiménez, tu compañero de bufete, se retira Me han dicho que andan ustedes buscando un substituto... Dame esa oportunidad, por favor, Vicente.–
Él permaneció un rato mudo, mirándole siempre desde lo alto, mientras recordaba el día de la entrega de trofeos, cuando el funcionario del Gobierno ponía en manos de Leonardo la copa de plata que el equipo del colegio había ganado en las competencias deportivas del último año. ¿Era este hombre acabado, vencido, que estaba allí sentado, humillándose, el mismo muchacho alto, hermoso, fuerte que había recibido aquel trofeo?... Se inclinó sobre él y poniéndole una mano en el hombro le dijo:
– No te preocupes, Leonardo. Hablaré hoy mismo con Jiménez. Cuenta con mi ayuda –
– Gracias, Vicente –, le respondió mientras le estrechaba las manos con efusión. – Sabía que no me fallarías.–
Sonrió ampliamente y salió del despacho haciéndole desde la puerta un saludo con la mano.
Casi al mismo instante, la puerta lateral que daba junto al escritorio se abrió con suavidad y una cabeza canosa se asomó por el hueco preguntando:
– ¿Alguna novedad, Vicente?–
Vicente tuvo un pequeño sobresalto y poniéndose en pie respondió:
– Ninguna, Dr. Jiménez. Un solo visitante durante su ausencia. Justamente acaba de salir... Un tipo sin importancia a quien conocí hace años...–
Y cuando la cabeza desapareció, Vicente sacó su mechero de plata del bolsillo, lo encendió con un movimiento del pulgar y lo acercó a la tarjeta que tomó del escritorio, manteniéndolo allí hasta que ésta ardió totalmente con una llama rojiza y brillante.
La Enemiga
Recuerdo muy bien el día en que papá trajo la primera muñeca en una caja grande de cartón envuelta en papel de muchos colores y atada con una cinta roja, aunque yo estaba entonces muy lejos de imaginar cuánto iba a cambiar todo como consecuencia de esa llegada inesperada.
Aquel mismo día comenzaban nuestras vacaciones y mi hermana Esther y yo teníamos planeadas un montón de cosas para hacer en el verano, como, por ejemplo, la construcción de un refugio en la rama más gruesa de la mata de jobo, la cacería de mariposas, la organización de nuestra colección de sellos y las prácticas de béisbol en el patio de la casa, sin contar las idas al cine en las tardes de domingo. Nuestro vecinito de enfrente se había ido ya con su familia a pasar las vacaciones en la playa y esto me dejaba a Esther para mí solo durante todo el verano.
Esther cumplía seis años el día en que papá llegó a casa con el regalo. Mi hermana estaba excitadísima mientras desataba nerviosamente la cinta y rompía el envoltorio. Yo me asomé por encima de su hombro y observé cómo iba surgiendo de los papeles arrugados aquel adefesio ridículo vestido con un trajecito azul que le dejaba al aire una buena parte de las piernas y los brazos de goma. La cabeza era de un material duro y blanco y en el centro de la cara tenía una estúpida sonrisa petrificada que odié desde el primer momento.
Cuando Esther sacó la muñeca de la caja vi que sus ojos, provistos de negras y gruesas pestañas que parecían humanas, se abrían o cerraban según se la inclinara hacia atrás o hacia adelante y que aquella idiotez se producía al mismo tiempo que un tenue vagido que parecía salir de su vientre invisible.
Mi hermana recibió su regalo con un entusiasmo exagerado. Brincó de alegría al comprobar el contenido del paquete y cuando terminó de desempacarlo tomó la muñeca en brazos y salió corriendo hacia el patio. Yo no la seguí y pasé el resto del día deambulando por la casa sin hacer nada en especial.
Esther comió y cenó aquel día con la muñeca en el regazo y se fue con ella a la cama sin acordarse de que habíamos convenido en clasificar esa noche los sellos africanos que habíamos canjeado la víspera por los que teníamos repetidos de América del Sur.
Nada cambió durante los días siguientes. Esther se concentró en su nuevo juguete en forma tan absorbente que apenas nos veíamos en las horas de comida. Yo estaba realmente preocupado, y con razón, en vista de las ilusiones que me había forjado de tenerla a mi disposición durante las vacaciones. No podía construir el refugio sin su ayuda y me era imposible ocuparme yo solo de la caza de mariposas y de la clasificación de los sellos, aparte de que me aburría mortalmente tirar hacia arriba la pelota de béisbol y apararla yo mismo.
Al cuarto día de la llegada de la muñeca ya estaba convencido de que tenía que hacer algo para retornar las cosas a la normalidad que su presencia había interrumpido. dos días después sabía exactamente qué. Esa misma noche, cuando todos dormían en la casa, entre de puntillas en la habitación de Esther y tomé la muñeca de su lado sin despertar a mi hermana a pesar del triste vagido que produjo al moverla. Pasé sin hacer ruido al cuarto donde papá guarda su caja de herramientas y cogí el cuchillo de monte y el más pesado de los martillos y, todavía de puntillas, tomé una toalla del cuarto de baño y me fui al fondo del patio, junto al pozo muerto que ya nadie usa. Puse la toalla abierta sobre la yerba, coloqué en ella la muñeca —que cerró los ojos como si presintiera el peligro— y de tres violentos martillazos le pulvericé la cabeza.
Luego desarticulé con el cuchillo las cuatro extremidades y, después de sobreponerme al susto que me dio oír el vagido por última vez, descuarticé el torso, los brazos y las piernas convirtiéndolos en un montón de piececitas menudas. Entonces enrollé la toalla envolviendo los despojos y tiré el bulto completo por el negro agujero del pozo. Tan pronto regresé a mi cama me dormí profundamente por primera vez en mucho tiempo.
Los tres días siguientes fueron de duelo para Esther.
Lloraba sin consuelo y me rehuía continuamente. Pero a pesar de sus lágrimas y de sus reclamos insistentes no pudo convencer a mis padres de que le habían robado la muñeca mientras dormía y ellos persistieron en su creencia de que la había dejado por descuido en el patio la noche anterior a su desaparición. En esos días mi hermana me miraba con un atisbo de desconfianza en los ojos pero nunca me acusó abiertamente de nada.
Después las aguas volvieron a su nivel y Esther no mencionó más la muñeca. El resto de las vacaciones fue transcurriendo plácidamente y ya a mediados del verano habíamos terminado el refugio y allí pasábamos muchas horas del día pegando nuestros sellos en el álbum y organizando la colección de mariposas.
Fue hacia fines del verano cuando llegó la segunda muñeca. Esta vez fue mamá quien la trajo y no vino dentro de una caja de cartón, como la otra, sino envuelta en una frazada color de rosa. Esther y yo presenciamos cómo mamá la colocaba con mucho cuidado en su propia cama hablándole con voz suave, como si ella pudiese oírla. En ese momento, mirando de reojo a Esther, descubrí en su actitud un sospechoso interés por el nuevo juguete que me ha convencido de que debo librarme también de este otro estorbo antes de que me arruine el final de las vacaciones. A pesar de que adivino esta vez una secreta complicidad entre mamá y Esther para proteger la segunda muñeca, no me siento pesimista: ambas se duermen profundamente por las noches, la caja de herramientas de papi está en el mismo lugar y, después de todo, yo ya tengo experiencia en la solución del problema.