



El lector de este cuento automáticamente toma el rol del oyente de los narradores. Lo que él oye es la historia en boca de los narradores, en la que las distintas voces del gobernador y de los observadores se juntan, se yuxtaponen y dialogan. Sólo en el nivel de conocimiento del lector/oyente se oye ese diálogo, porque el lector/oyente domina una posición desde donde puede ver más que el gobernador y los narradores.
De igual manera señala Silvia Lorente-Murphy, “todo está tratado con una fuerte ironía, de la que el narrador no parece estar consciente, tratándose así de un juego entre el autor y el lector”.(8)
El discurso surge de tres voces: dos de los narradores que dialogan entre sí recordando el suceso, y una tercera que es la voz del gobernador que se oye gracias a la memoria de Melitón:
“Lo grande estuvo cuando él comenzó a hablar. Se nos enchinó el pellejo a todos de pura emoción. [...] ¿Qué fue lo que dijo, Melitón?
-“Conciudadanos -dijo-. Rememorando mi trayectoria, vivificando el único proceder de mis promesas. Ante esta tierra […] aunando a la austeridad de que ha dado muestras la síntesis evidente de idealismo revolucionario nunca hasta ahaora pleno de realizaciones y de certidumbre.”
-Allí hubo aplauso, ¿o no, Melitón?
-Sí, muchos aplausos. Después siguió:
“’Mi trazo es el mismo, conciudadanos. Fui parco en promesas como candidato, optando por prometer […] (p. 121)
Cuando los dos tipos de conocimiento anteriores dialogan, finalmente la ironía se expone entre el choque de ellos. La inocencia y simplicidad de los narradores y la ingenuidad del gobernador(9) se combinan. La ironía surge entonces en el nivel del conocimiento del lector/oyente, conocimiento que se forma en la dialéctica de los otros dos conocimientos.
¿Cuál es la ironía carnavalesca de este cuento? ¿Por qué lleva consigo la comprometedora palabra ‘carnavalesca’? La razón es que la ironía en este tercer momento viene de las inversiones que ocurren en los acontecimientos, las que el gobernador y los narradores no saben, las que sólo el lector/oyente acepta como inversiones y ríe de ellas.
Una de las mayores inversiones que penetran el cuento en su totalidad es la que se muestra en el siguiente comentario, ya mencionado con anterioridad:
“La cosa es que aquello, en lugar de ser una visita a los dolientes y a los que habían perdido sus casas, se convirtió en una borrachera de las buenas. (p. 120)
La razón que justifica la visita del gobernador es ayudar a la reconstrucción del pueblo y consolar a las víctimas en el nombre de la autoridad del país, pero lo que hace de verdad es ‘desfalcar’ el dinero del pueblo, ignorando que está invirtiendo su obligación. El lector/oyente se da cuenta de que la autoridad ‘no sabe del alma’ en ‘las horas del luto’, deconstruyéndose así la canción que surge en ese contexto y que repiten sin cesar los acompañantes del gobernador (cf. p.119).
La comida ha sido un éxito y los anfitriones se ven obligados a preparar más, improvisadamente, ante la demanda:
Trajeron más damajuanas de ponche y se dieron prisa en tatemar más carne de venado, porque aunque ustedes no lo quieran creer y ellos no se dieran cuenta, estaban comiendo carne de venado del que por aquí abunda. Nosotros nos reíamos cuando decían que estaba muy buena la barbacoa, ¿o no, Melitón?, cuando por aquí no sabemos ni lo que es eso de barbacoa. (p. 120) (10)
Más ponche de granada y más libertad del lenguaje. El ambiente de fiesta en todo su apogeo será el marco del discurso del gobernador. En los géneros carnavalescos, Bajtín dice a propósito: “son características las escenas de escándalos, de conductas excéntricas, de discursos y apariciones inoportunas; es decir, de toda clase de violaciones del curso normal y común de acontecimientos, de reglas establecidas, de comportamientos e incluso de conducta discursiva”.(11)
La oratoria en boca del gobernador fortalece aún más la ironía que revierte su autoridad. En el plano de los contenidos, insiste en que tiene presente “el supremo vínculo de unión con el pueblo” (p.121), pero vemos que no lo tiene; aunado a “la austeridad” (p.121), aún menos. Más bien encontramos sus inversiones opuestas.
Otra inversión esencial, que atenta contra toda lógica, es que la autoridad no preve el siniestro. El gobernador dice:
[…] Hoy estamos aquí presentes, en este caso paradojal de la naturaleza, no previsto dentro de mi programa de gobierno... (p.122)
Pero este “caso paradojal” no es el único que no fue previsto por el gobierno y no es tampoco el único para el que es incapaz el gobierno. Cuando surge un tumulto a causa de un ebrio:
“Hubieran visto al gobernador allí de pie, muy serio, con la cara fruncida, mirando hacia donde estaba el tumulto como queriendo calmarlo con su mirada. (p. 123, las comillas son del texto).
el gobernador espera sin hacer nada y sin ninguna intención de calmar la situación que momento a momento se torna más grave:
Le vinieron a avisar al gobernador que por allá unos se estaban dando de machetazos; y fijándose bien, era cierto, porque hasta acá se oían voces de mujeres que decían: ‘¡Apártenlos que se van a matar!’ Y al rato otro grito que decía: ‘¡Ya mataron a mi marido! ¡Agárrenlo!’ Y el gobernador ni se movía, seguía de pie. Oye, Melitón, cómo es esa palabra que se dice…”
-Impávido.
-Eso es, impávido. (p. 123)
hasta cuando un botellazo la resuelve en lugar de él.
El toque del Himno Nacional festeja el botellazo representante del país. Los narradores recuerdan al gobernador “impávido”, quizás para significar su serenidad imperturbable, aunque el lector/oyente pueda entenderlo más bien como el resultado de un proceso de degradación hacia lo grotesco. El borracho grita: “¡Exacto!”, por primera vez, justamente cuando se oye el “no previsto dentro de mi programa de gobierno...” (p. 122), y esta coincidencia no es una casualidad: el gobierno nunca previene ni preve.
El gobernador aparece y habla mucho -dada la extensión total del cuento- en un lenguaje evidentemente parodiado. Melitón ha memorizado dos discursos, el del gobernador y el del “fulano” que habla de Benito Juárez, del cual dice:
-Me acuerdo muy bien; pero ya lo he repetido tantas veces que hasta resulta enfadoso.
-Bueno, no es necesario. Sólo que estos señores se pierden de algo bueno. Ya les dirás mejor lo que dijo el gobernador. (p. 120)
Y las palabras del gobernador se repiten en fragmentos según la frecuencia del discurso pronunciado, cuyas interrupciones coinciden con las circunstancias del momento -el tumulto que se produce-, y con un efecto de sensacionalismo en el que va aumentando gradualmente el efecto paródico.
En el primer momento se autodefine como “cooperador omnímodo de un hombre representativo” (p. 121), y los aplausos que estallan lo interrumpen. Continúa hablando de que sus promesas pretendieron ser “únicamente [las que] podía cumplir y que al cristalizar, tradujérase en beneficio colectivo y no en subjuntivo, ni participio de una familia genérica de ciudadanos.” (pp. 121-122), y ahora es el borracho quien interrumpe. El último fragmento tiene ya un elevado tono de exaltación por el dolor que siente ante la desgracia del pueblo:
”’Tuzcacuenses, vuelvo a insistir: me duele vuestra desgracia, pues a pesar de lo que decía Bernal, el gran Bernal Díaz del Castillo: ‘Los hombres que murieron habían sido contratados para la muerte’, yo, en los considerandos de mi concepto ontológico y humano digo: [.…]” (p. 122)
Se incrementa paso a paso el número de vocablos ininteligibles para el pueblo, hasta llegar al punto en que Melitón memoriza distorsionadamente:
Oye, Melitón, ¿por cuáles víctimas pidió él que todos nos asilenciáramos?”
-Por las del efipoco.
-Bueno, pues por ésas. (p. 124)
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