Localización-deslocalización simbólica del espacio social - La idea de Nación
Como ya he adelantado, la interpretación del origen y desarrollo del nacionalismo ha de inscribirse dentro del marco general de los condicionamientos impuestos por la modernidad en lo que respecta a las posibilidades de elaboración social del sentido. Berger y Luckmann aportan, a mi entender, uno de los más lúcidos esquemas teóricos para el análisis de este fenómeno antropológico general (Berger; Luckmann, 1997)(8). Para estos sociólogos del conocimiento, la especificidad de la modernidad es la pérdida de lo dado por supuesto, o, dicho de otro modo, el pluralismo. Éste significa, dentro de las estructuras sociales organizadas por el estado liberal, la imposibilidad de la conservación de sistemas de valores absolutos y esquemas de conducta universalmente válidos. La modernidad permite la coexistencia de comunidades de vida y de sentido diversas, basadas cada una de ellas en un grado determinado de consenso en la interpretación de la realidad y en una cierta coherencia en la reciprocidad social. Este pluralismo se convierte, así, en la base de la predisposición de la época moderna al estallido continuo de crisis subjetivas e intersubjetivas de sentido ante los choques culturales desencadenados.
En definitiva, la organización del estado liberal supone la necesidad funcional de diferenciación de las acciones objetivadas dentro de las distintas esferas institucionales, emancipándose, pues, de los valores supraordinales que daban sentido común a los comportamientos en las sociedades premodernas. El divorcio creado entre los esquemas racionales con respecto a fines, de un lado, y los sistemas de valores de orden superior, por otro, dificultan, por consiguiente, las respuestas subjetivas e intersubjetivas en la búsqueda del significado de la existencia. Aquí es donde estimo que, en conexión con el nacimiento del estado liberal, ha de situarse el recurso socio-cultural a la idea de nación, entendida como comunidad de vida y de sentido perfectamente integrada desde bases étnicas y lingüísticas y, en muchos casos, religiosas. Aquél sólo pudo consolidarse cuando, más allá de su legitimación universalista, fue capaz de concebirse desde un sentido de pertenencia específico vinculado, ante todo, a la tierra, la sangre, la lengua.
La idea de nación fue la que tendió el necesario puente simbólico entre la insoportabilidad psico-social de la pérdida del sentido absoluto premoderno y la modernización pluralista del estado. Por eso, la nación "descubre" al estado y éste se hace, a la vez, nacional. El concepto de ciudadanía únicamente pudo edificarse por medio de ese mediador simbólico (la nación-tierra-madre) entre un orden social culturalmente fragmentado y una maquinaria estatal que, en su especialización funcional, remitía a la secuencia simbólica autoridad-padre. La nación fue el único instrumento a través del cual las masas pudieron representarse y hacer psíquicamente sostenible la irrupción del estado en sus vidas. Protección y seguridad necesarias ante la inaprensible frialdad de la autoridad estatal como producto artificial humano. Compenetración simbólica, en definitiva, entre naturaleza y técnica, entre las dimensiones irracionales y racionales humanas. El concepto-sentimiento de nación se convirtió, así, en el signifcante-designador de lo que, en principio, resultaba imposible de designar -el estado como significado-, y, así, éste, mediante un giro lingüístico, terminó por convertirse en el fin, en el destino absoluto.
Por consiguiente, la idea de nación, en tanto se construye a través de un doble juego de proyección-identificación hacia dentro y exclusión hacia fuera, coloca la territorialidad, las fronteras físicas y reales en la línea separadora de lo único y lo diferente, de un nosotros y un ellos. El universalismo liberal democrático sólo ha podido realizarse "débilmente" apelando al derecho universal de aspiración de todos los pueblos a ser lo que son o, más bien, a ser lo que siempre han sido. La identificación entre nación, estado y territorio constituye la garantía de conservación del propio yo, una vez retrotraído hacia una tradición socialmente compartida. Pero, ello sólo es posible mediante el recurso al mito: inmanencia, sacralidad, ejemplaridad y repetición de la comunidad étnico-lingüística(9). Las naciones se configuran simbólicamente desde sus propios relatos de origen en colisión con los relatos emancipadores del proyecto liberal-democrático. Ésta es la premodernidad de un fenómeno en sí moderno.
Lyotard ha estudiado la diferencia entre uno y otro tipo de relatos legitimadores. Para éste, la legitimidad de los relatos de emancipación se basan en la proyección hacia delante de una idea universal que debe ser realizada en nombre de la humanidad. El proyecto moderno se basa, pues, en la presencia en las mentes de la idea-progreso en tensión entre lo que se debe ser y lo que se es. En ese sentido, la comunidad encuentra su legitimidad, más que en su presente-pasado, en lo que quiere y debe llegar a ser: el futuro. Esto implica una grave contradicción legitimadora: "Lo único cierto es que el derecho no puede ser de hecho, y que la sociedad real no toma su legitimidad de sí misma sino de una comunidad que no es propiamente nombrable sino sólo requerida. Por consiguiente, no se puede rechazar lo que el pueblo hoy en día es, invocando lo que debería ser, no se puede rechazar el nombre francés o de norteamericano enarbolando el concepto de ciudadano universal, sino que al revés"(Lyotard, 1995: 61). Esta es la base, en opinión del pensador francés, de la descomposición de la comunidad real instalada en los principios del progreso histórico, ya que "la república invoca la libertad contra la seguridad"(Lyotard, 1995: 62).
La idea romántica de nación, con sus símbolos territoriales, ctónicos y humanos, sólo puede ser elaborada, en consecuencia, a través de los relatos mitológicos de origen, fundadores, primordialistas y providencialistas. Relatos que remiten a una tradición arquetípica creada y transmitida socialmente como eterna repetición de lo que la comunidad es y siempre ha sido. Para Lyotard, estos relatos actúan de este modo: "Al colocar los nombres en las historias, la narración protege los designadores rígidos de la identidad común contra los acontecimientos del ‘ahora’ y contra el peligro de su encadenamiento. Ser nombrado, es ser narrado: Bajo dos aspectos: cada relato, aunque sea en apariencia anecdótico, reactualiza unos nombres y unas relaciones nominales. Al repetirlo, la comunidad se asegura la permanencia y la legitimidad de su mundo de nombres a través de la recurrencia de este mundo en sus historias. Y, por otra parte, ciertos relatos narran explícitamente historias de nominación"(Lyotard, 1995: 43). En conclusión, la conformación moderna del estado-nación supuso un intento de adecuación de dos perspectivas contradictorias de tiempo: el tiempo irreversible del proyecto liberal y el tiempo reversible mítico de la repetición de lo idéntico-nacional. Esta óptica temporal se articuló, a su vez, con un concepto físico de espacio específicamente territorial y fronterizo, base de la conservación del yo. Era imposible, pues, la construcción de un concepto de ciudadanía radicalmente universal-histórico por imperativos antropológicos psico-sociales.
Pero, situándonos en la óptica actual de la globalización, ¿cuál es la idoneidad del principio nacional? No parece, de entrada, que la disolución transfronteriza e institucional de la entidad política estado sea congruente con la aspiración de la comunidad nacional a constituirse a través de la misma. Sin embargo, existen razones culturales que permiten comprender su alarmante excitación. La "hipermodernidad" ha roto las barreras que delimitaban los contornos de contención de las crisis de sentido de la primera modernidad. Esta segunda modernidad se basa, no en crisis, sino en la implosión absoluta del sentido. El no-sentido total instalado en el espacio de los "no lugares". El nacionalismo de hoy, en toda su dimensión agresiva y excluyente, es la reacción ante una caología del pluralismo infinito, cambiante, irrepresentable simbólicamente: la expresión del límite máximo de la capacidad de adaptación de la especie ante la inmaterialidad e insustancialidad que cobra la nueva sociabilidad tecnotrónica y sin estado. El nacionalismo de hoy y de mañana es la última "barrera de precepto"(10), esto es, de sentido, desde la que se está dispuesto a lo preciso para conservar una identidad, en realidad, perdida, no encontrada(11). ¿Cómo? Echando mano de reservas históricas de sentido de fuerte contenido tribal en su última "reactualización" histórica.
Presumo que el ritmo de acentuación de las reivindicaciones, intolerancia y exclusión nacionalistas será directamente proporcional al proceso de intensificación del poder de los flujos tecnocráticos de la nueva era. Aquéllas, instaladas en el espacio-tiempo de los "lugares", éstos, insertados en la estructura espacio-temporal de la deslocalización y la reversibilidad. De ahí que considere que el nacionalismo, tal y como se representa hoy, nos es una simple alternativa o reacción a la globalización. Es un elemento constitutivo y constituyente de la misma. Forma parte de su ser. La Razón se ha devorado así misma. Su culto ha devenido, finalmente, en su propia reversión. Su proyección más allá de lo antropológicamente soportable ha impulsado, en fin, el repliegue simbólico estratégico extremo del reclamo irracional, pero humano, del espacio territorial de los "lugares" por los que parece que vale la pena matar y morir. La irrenunciabilidad, en suma, de un espacio material propio en tensión dialógica heterogénea con los nuevos estilos de vida, con los nuevos discursos del consumo y la virtualidad informativa, los cuales aportan, complementariamente, materiales nuevos con los que elaborar ritos nuevos para los viejos mitos. Ángel López afirma que, "ya no nos enfrentamos a ‘nuevos mitos’, ‘viejos ritos’ sino al contrario, a ‘viejos mitos’, ‘nuevos ritos’. Lo permanente ha pasado a serlo los contenidos, lo mudable, las formas. Y este predominio del contenido sobre la forma es, a la par, revolucionario y conservador. Revolucionario en cuanto que supone la cancelación del orden moderno, de la modernidad. Conservador porque restaura, aunque de otra manera, el viejo orden mítico del mundo, antirracionalista y extraoccidental" (López García, 1998: 76).
Así, mientras muchos se refugian en las propiedades consoladoras de lo premoderno, otros esperan la consecución de un proyecto alternativo de auténtica remodernización sobre la base de nuevas identidades: estado de bienestar, derechos humanos, democracia basada en la fortaleza de la sociedad civil, revitalización cultural en función del respeto a la diferencia, etc. Pero, ¿no expiró ya su plazo histórico? ¿No son ellos, precisamente, los que creían en el carácter irreversible de la historia? ¿No estamos ante las nefastas consecuencias del colapso definitivo de la idea moderna de progreso? La posmodernidad se basa en "la variación de las diferencias en torno al descentrado punto de fuga de la identidad" (Campillo, 1995: 89). Precisamente, por eso, empezamos a percibir la historia como algo pluridimensional en el que todo cabe: la irracionalidad premoderna del nacionalismo excluyente, la racionalidad universalista de la modernidad fracasada y la posmodernidad misma: el elogio de la nada.
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