Localización-deslocalización simbólica del espacio social - Nacionalismo y globalización
1 - Nacionalismo y globalización
La experiencia colectiva del espacio -como la del tiempo- responde a las posibilidades de construcción simbólica intersubjetiva de ese ámbito de conexiones reales donde se proyecta la coexistencia social dotada de sentido. El espacio no es una realidad absoluta, autodeterminada ontológicamente fuera del sujeto que la percibe. Remite, ante todo, al modo específico en que una sociedad histórica concreta hace viable la apropiación y aprehensión imaginarias de las relaciones del individuo consigo mismo, con el otro y con el mundo. El espacio alude, por tanto, a la dimensión trayectiva de la vida humana.
El principio nacionalista se basa en una representación social del espacio como entidad física, material, corpórea, cuyo principal referente es el territorio-frontera: el lugar. Frente a ello, la extensión creciente de los flujos globalizadores supone un proceso de deslocalización transfronteriza de las relaciones sociales en todo sus ámbitos. Las nuevas formas de sociabilidad de fin de siglo han encontrado en la arquitectura invisible e inmaterial de las redes informáticas un nuevo modelo de representación espacial que parece cuestionar los sentimientos de pertenencia y comunidad ligados al lugar. En suma, la dialéctica local-global que define el mundo actual es el correlato de una tensión retroalimentadora entre dos modos de representación social del espacio: los particularismos nacionalistas y el universalismo globalizador. Este trabajo pretende mostrar de qué modo se resuelve dicha tensión hacia el siglo XXI. Ello conducirá, finalmente, a la consideración de las claves simbólicas que ayuden a interpretar el fenómeno de la reformulación del sentido en un horizonte histórico esencialmente ambiguo, discontinuo y pluridimensional.
El nacionalismo, fenómeno de naturaleza específicamente política, pero de incuestionables implicaciones socio-culturales(1), parece adoptar un decidido protagonismo en este complejo y desconcertante fin de siglo. Para muchos, el resurgir exaltado de los particularismos étnico-lingüísticos, constituye un incomprensible anacronismo histórico en directa contradicción con las tendencias homogeneizadoras y mundializadoras del momento presente. Sin embargo, en el otro extremo, existe la tentación de interpretar esta especie de renacimiento de las identidades nacionalistas como una firme alternativa ideológica al vacío dejado por la crisis de la modernidad; Desde esa posición, el nacionalismo representa en sí la verdadera articulación de una reacción local, bien definida en términos culturales, a los flujos del desarraigo globalizador de los intercambios sociales transfronterizos que recorren el planeta. Estos, en su multiplicación acelerada, se conciben, pues, como una seria amenaza para la integridad y la identidad del sujeto.
En esta última línea de interpretación se sitúan autores como Montserrat Guibernau. Ésta, entendiendo que el despertar de la etnicidad responde a la necesaria búsqueda de la identidad desde una perspectiva local, plantea los problemas que acarrea el intento de construcción de un concepto de comunidad global. Aduce para ello el incumplimiento de las dos condiciones esenciales para la creación de auténticos vínculos identitarios: la continuidad en el tiempo y la diferenciación con respecto a los otros. Así, convencida de la inviabilidad, desde los parámetros de la globalización, de la elaboración de un sentido de continuidad histórica y de la creación de una clara conciencia de alteridad en las distancias insalvables de una sociabilidad inconsistente, desecha la posible edificación de un concepto de identidad común planetaria. De esta forma, destaca que "el gran éxito del nacionalismo proviene de su capacidad para atraer a una población social y políticamente diversa y movilizarla. El concepto de una "identidad global" parece estar muy lejos de adquirir esta capacidad y se presenta como una alternativa blanda a las encendidas pasiones nacionales"(Guibernau, 1996: 149).
De la misma manera, Salvador Giner, una vez que advierte del carácter connatural humano del sentimiento comunitario, indica que "la nación y el nacionalismo son esenciales para comprendernos, hoy por hoy, a nosotros mismos"(Giner, 1996: 6). Pero, ¿de qué modo es esto cierto? ¿Es posible establecer un modelo teórico que permita explicar, de entrada, la razón histórica del surgimiento del principio nacional en la Europa de los siglos XVIII y XIX? Por otra parte, ¿desde qué perspectiva podremos llegar a entender esa revitalización de los exclusivismos político-culturales que afectan hoy día al mundo en tensión con las tendencias universalizadoras de lo que Ignacio Ramonet denomina "sistema PPII", esto es, "el que estimula todas las actividades (financieras, comerciales, culturales, mediáticas) poseyendo cuatro cualidades principales: planetario, permanente, inmediato e inmaterial" (Ramonet, 1997: 89)?
Ernest Gellner, en su obra póstuma "Nacionalismo", pone hincapié en el contraste entre "el nacionalismo tal y como se considera a sí mismo y el nacionalismo tal como -en nuestra opinión- es realmente"(Gellner, 1998: 24). Este autor estima que el nacionalismo se autodefine desde el principio universal y necesario de la identificación excluyente entre organización social, cultura y estado. También, incide en la imposibilidad de definición del principio nacional como una verdadera construcción teórico-crítica, ya que es incapaz de comprenderse en su singularidad histórica. El nacionalismo no se autocuestiona, no se relativiza, no se explica. Sólo se afirma. El nacionalismo se siente universal y necesario. Percibe en sí mismo que siempre existieron y existirán las naciones en la medida en que expresan la propia naturaleza humana, lo que realmente es. Y, quizá, en ello resida su verdadera solidez no ya como teoría, sino como patrón de conducta social; como solución específica al problema humano de la búsqueda del sentido. Pero, para Gellner, frente a Kedourie(2), tampoco se trata de la pura accidentalidad, de la contingencia. El nacionalismo tiene su razón de ser histórica. Es explicable siempre que nos situemos fuera de su propia autocontemplación primordialista. "Es más bien la consecuencia necesaria, o el correlato, de determinadas condiciones sociales, que además son las ‘nuestras’ y están muy extendidas, son profundas y generalizadas"(Gellner, 1998: 31).
Así, este autor se ubica en una posición intermedia entre, de un lado, el esencialismo de los teóricos clásicos del nacionalismo y, de otro, los relativistas que, como el citado Kedourie, no otorgan un sentido histórico concreto a este fenómeno. No siendo en sí mismos universales, parecen existir, para Gellner, factores concretos que determinan el surgimiento del nacionalismo en conexión con los condicionamientos socio-económicos que trae consigo el estallido de la modernidad a partir del siglo XVIII. Según el mismo autor, el orden social premoderno se basaba en una rigidez jerárquica, coherente con un modelo de desarrollo económico cuya estabilidad tecnológica se correspondía con el rango como criterio de distribución de una riqueza limitada por techos productivos insalvables. Era el poder social el que se dirigía hacia la riqueza y no al revés. En estas condiciones, la diferenciación cultural-estamental en el seno de las sociedades preindustriales constituía un elemento funcional de primer orden. Como tal, tendía a perpetuar el régimen de distribución de los privilegios de arriba abajo en un marco de parcelación de identidades bien definidas, compatibles con la relativa integración política del estado absolutista. Esta situación experimentó un vuelco decisivo con la llegada de la modernidad ilustrada. Su movilidad, anonimato y atomización sociales serán rasgos que crearán un nuevo plano de relaciones sociales abiertas y cambiantes. La industrialización conllevará una transformación fundamental en el proceso productivo en tanto se caracterizará por niveles de rendimientos crecientes sustentados en flujos continuos de renovación tecnológica. Es aquí donde Gellner encuentra las condiciones que hicieron socialmente necesaria la elaboración de identidades culturales homogéneas identificadas con la unidad política: el estallido de los sentimientos nacionales.
En definitiva, para este autor, lo verdaderamente determinante en este proceso es la nueva dimensión semántica que adopta el trabajo. Los mecanismos de funcionamiento de la actividad industrial implican, ante la "invisibilidad" de los individuos involucrados en el mismo, la supresión del contexto como orientador del significado. Esto conduce a la necesidad de elaborar una cultura superior homogeneizadora inscrita en un programa de alfabetización estatal que haga factible la adquisición de unas habilidades y un código común imprescindibles para el correcto funcionamiento del sistema. "Eso es todo. Esto es lo que permite explicar el nacionalismo: el principio -tan extraño y excéntrico en la época de la diversidad cultural agraria y de la división étnica del trabajo- de que la homogeneidad de la cultura es el vínculo político, que el dominio -y cabría añadir, la aceptabilidad de una determinada cultura superior (la que utilizan las burocracias vecinas)- es el requisito de la ciudadanía política, económica y social. Si uno satisface esta condición, puede disfrutar de su ‘droit de cité’ "(Gellner, 1998: 61).
He tomado como punto de partida la obra de Gellner por cuanto, siendo una referencia obligada en cualquier estudio sobre el tema, constituye una de las más representativas defensas de la especificidad y singularidad histórica moderna del nacionalismo. En efecto, éste no es más que un modo de respuesta a determinadas condiciones de la modernidad. Pero, iré más lejos. El surgimiento de los nacionalismos, como el de cualquier otro fenómeno, no está inscrito en ningún proceso histórico teleológico-finalístico-normativista. Concibo la historia desde un enfoque en el que se imponen las discontinuidades sobre la sucesión, el azar sobre la necesidad, la equifinalidad sobre el "Plan", el relativismo sobre la norma. Las naciones no son consustanciales a la historia, sólo han sido y siguen siendo posibles en la misma. Por consiguiente, sólo se podrá entender un fenómeno como éste en tanto sea posible definir cómo se representa a sí mismo; en la medida en que podamos determinar de qué modo sus propias representaciones responden socialmente a las incitaciones de un presente histórico vivido de manera intransferible. Desestimo, pues, los esencialismos de corte herderiano, el relativismo del tipo de Kedourie, y el presunto realismo teórico de Gellner, absorto en la ilusión de observar objetos naturales preexistentes a los procesos práctico-discursivos que los crean. Dicho de otro modo, no comparto ese excesivo empirismo funcionalista que hace derivar objetivamente al nacionalismo de los mecanismos de articulación del capitalismo como pura entidad física-productiva. Pienso que el nacionalismo, en su calidad de vehículo de significación social, pone en juego motivos que apuntan más hacia la supervivencia psíquica que hacia la mera conservación material. Además, intuyo que, siendo una realidad histórica que pertenece a la modernidad, los principios esenciales del nacionalismo remiten a una clara remitificación de matiz premoderno.
Mi posición teórica es la siguiente. Como pensaba Foucault, el objeto no sirve de referencia para los enunciados que se le vinculan, sino que se constituye a partir de prácticas preconceptuales singulares conectadas a los discursos que las conforman (Foucault, 1984). En esta misma línea, Paul Veyne argumenta que "el mérito de un historiador no consiste en pasar por profundo, sino en saber a qué humilde nivel funciona la historia; no estriba en tener opiniones trascendentales, ni siquiera realistas, sino en enjuiciar acertadamente lo mediocre"(Veyne, 1984: 79). Esto me lleva a considerar que la mediocridad del nacionalismo, como la de cualquier proceso de representación social de la realidad, estribará en la forma en que presuma ser competente para aportar soluciones concretas al problema específicamente humano de la búsqueda nunca definitiva del sentido, dentro del espacio histórico peculiar en el que ha sido capaz de emerger de la nada. En estas apreciaciones metodológicas subyace, pues, la intención, por mi parte, de reducir la dimensión política del nacionalismo a sus directas implicaciones socio-culturales. Para tal fin, manejaré en adelante un concepto de lo cultural en consonancia con la perspectiva en la que se asienta Clifford Geertz en "La interpretación de las culturas". Como complejo entramado de significaciones, la cultura es el vehículo simbólico a través del cual las sociedades consiguen dotarse de elementos de significación de las actitudes de los individuos en su proyección intersubjetiva. Así, el análisis de lo social ha de basarse en las posibilidades de descripción del proceso por medio del cual los individuos dan cuenta y se responsabilizan de sus propios comportamientos y enunciados (Geertz, 1988).
La interpretación sustituye a la explicación en la nueva sociología fenomenológica. Ésta concibe la investigación del "objeto" en su unidad con el propio proceso de reconocimiento intersubjetivo-cultural de la realidad. Vázquez Medel aprecia que "la dimensión hermenéutica se ha convertido en un integrante radical de nuestra comprensión de lo humano, en un ‘existenciario’: nuestro modo de experimentar la existencia. Lo humano es interpretar. Desvelar y velar en la superficie de lo inmanente, al haber terminado el tiempo de la revelación transcendente" (Vázquez Medel, 1996: 9-10). No se trata, por tanto, de explicar el objeto. Más bien, de preparar el espacio discursivo donde ha de constituirse como tal; de situarse en un ángulo interpretativo concreto desde el que sea posible dialogar con él. Se trata, en suma, de ser conscientes de que el análisis nunca podrá escapar del espacio socio-cognitivo en el que se dé circunstancialmente. Al fin y al cabo, como señala Morin, "en la búsqueda de la verdad, las actividades auto-observadoras deben ser inseparables de las actividades observadoras, las autocríticas inseparables de las actividades críticas, los procesos reflexivos inseparables de los procesos de objetivación" (Morin, 1992:251).
Intentaré aportar, más adelante, una línea de análisis reflexivo en torno al origen moderno europeo del principio nacionalista y su triunfo como referente del discurso social. Pero, ante todo, mi objetivo es acercarme al carácter ambiguo y multiperspectivo que está adoptando desde su incrustación en el universo de la globalización. No cabe duda de que las aspiraciones de independencia política que definen toda actitud nacionalista chocan hoy día con el proceso divergente de desplazamiento de lo político desde el estado hacia otras instancias del poder. Los nacionalismos del siglo XIX encajaron perfectamente con el triunfo de un estado liberal donde tenían cabida las economías nacionales. Sin embargo, aquél y éstas apenas subsisten ya ante la nueva topografía transfronteriza, reticular e inmaterial del proceso de dispersión de la toma de decisiones fundamentales a todos los niveles(3). Debe haber algo más, por consiguiente, que les permita realizarse como proyecto de acción sobre lo vivido, y ello tendrá mucho que ver con las particulares condiciones en las que opera la misma fascinación nacionalista finisecular.
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Autor y licencia de 'Localización-deslocalización simbólica del espacio social'
Monografía de Rafael Vidal Jiménez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero11/nacional.html
