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Partiendo, de entrada, del hecho de que el nacionalismo se define desde la voluntad por parte de una comunidad étnico-lingüística de constituirse políticamente en un estado soberano propio, no parece tener sentido, como señala Ignacio Sotelo, la distinción terminológica que suele hacerse, sobre todo, en los ámbitos político-periodísticos, entre nacionalismo moderado y nacionalismo radical. El nacionalismo es uno en cuanto a sus fines: el estado. Este autor, no obstante, acepta dicha diferenciación siempre que nos refiramos a los medios a través de los cuales se pretende alcanzar el objetivo. En el primer caso, se trataría de la compatibilidad entre las aspiraciones nacionalista y los valores democráticos. En el segundo, estaríamos frente a la consecución inmediata del fin sin importar los medios utilizados (Sotelo, 1996). De todos modos, la verdadera violencia del nacionalismo radica, en mi opinión, en su dimensión simbólica basada en la justificación de sus objetivos y, en consecuencia, de la exclusión del otro, desde la firme convicción de la existencia objetiva y real de la comunidad étnico-lingüística de referencia.
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En concreto, Gellner alude a la actitud absolutamente relativizadora que adopta Kedourie con respecto al nacimiento del nacionalismo en el siglo XIX. Para este autor el fenómeno se reduce a un proceso de construcción artificiosa por parte de una intelectualidad incapaz de dar cuenta de cualquier tipo de fundamento que permita dotar de legitimidad a la supuesta correspondencia unívoca entre identidad étnico-lingüística y estado propio (Kedourie, 1988).
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Aunque no es esta la ocasión para un tratamiento exhaustivo del tema, he de insistir en el carácter disperso, opaco y panóptico de los nuevos modos de control social fuera del estado. Estos, en tanto se resisten a su identificación simbólica, operan desde multitud de instancias no gubernamentales en conexión con una lógica que activa todo el sistema. Existen algunas propuestas de representación de este fenómeno. Alain Minc, habla de una dispersión atomizadora del poder a escala mundial de matiz neomedieval (Minc, 1994). Castells, a la par que cita a Minc, prefiere referirse a lo que denomina "Estado red": "Un Estado caracterizado por compartir la autoridad (es decir, en último término, la capacidad de imponer la violencia legitimada) a lo largo de una red. Una red, por definición, tiene nodos, no un centro. Los nodos pueden ser de tamaños diferentes y pueden ser enlazados por relaciones asimétricas en la red, de tal modo que el Estado red no impide la existencia de desigualdades políticas entre sus miembros"(Castells, 1998: 365).
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Quisiera destacar que el concepto de "sobremodernidad" al que alude Augé enlaza perfectamente con la perspectiva crítica en la que Paul Virilio se sitúa a la hora de valorar las consecuencias socio-cognitivas que se derivan del triunfo de las nuevas tecnología cibernéticas de la velocidad absoluta. Para Virilio, el reino de la virtualidad informática conduce a una consecuencia esencial: la pérdida del sentido social del espacio como territorio físico y real. Por consiguiente, la desaparición del sentido del cuerpo propio, de los demás y del mundo. El pensador francés entiende que la desurbanización del espacio corre paralela a la urbanización telemática del tiempo real. Dos modalidades de espacio, por tanto, que se identifican plena y respectivamente con los "lugares" y los "no lugares" de Marc Augé (Virilio, 1997).
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Para entender en qué sentido podemos hablar de desorganización del capitalismo neoliberal planetario, podría ayudar, una vez aceptado el carácter subsidiario del estado con respecto a la empresa, la forma en que Castells alude a la noción de organizaciones burocráticas: "aquellas para las cuales la reproducción de su sistema de recursos se convierte en su principal fin" (Castells, 1997: 199). La disolución globalista del estado, al nivel del nuevo espacio inmaterial de los flujos del poder, sería la desaparición progresiva de la gestión burocratizada de la convivencia social instalada originariamente en el plano del espacio político territorial, con independencia de su amplitud. El "globalismo" presume la consolidación, perpetuación e inmanencia de dicho proceso.
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En este caso me remito a la referencia bibliográfica que aparece en la obra ya citada de Montserrat Guibernau (Guibernau, 1996).
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Una adecuada definición y aplicación de este principio teórico la constituye la obra de Roger Chartier. Este historiador ha analizado los textos modernos como prácticas sociales concretas que estimulan en la recepción significados discordantes con respecto a las intenciones del emisor (Chartier, 1995).
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El marco teórico que aquí se establece constituye una actualización de los presupuestos asentados en su primera colaboración (Berger; Luckmann, 1968). En concreto, definen el proceso de dotación de sentido desde la integración sucesiva de diversas fases: separación de la experiencia individual de la corriente general de la conciencia y relación con otras experiencias (sentido de las experiencias individuales); esquemas de experiencia socialmente compartidas; patrones de acción; categorías generales de conducta de vida; configuración supraordinal de valores con implicaciones morales relevantes (significado global de la vida).
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Un acercamiento muy interesante, en mi opinión, a las conexiones entre mito y política lo constituye el estudio de Adrián Huici "Estrategias de la persuasión" (Huici, 1996).
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Me hago aquí eco de un concepto extraído de la citada obra de Peter L. Berger y Thomas Luckmann (Berger; Luckmann, 1997).
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Haciendo referencia al fracaso de las utopías universalistas del comunismo internacionalista y del universalismo capitalista, Ramonet expresa el sin sentido de la alternativa particularista del nacionalismo sacralizado del siguiente modo: "Contra tales utopías, ¿es un buen recurso el nacionalismo? ¿No constituye el propio nacionalismo en sí una utopía regresiva? Por el hecho de que una comunidad hable la misma lengua, ¿habrá suprimido mágicamente todas las tensiones y todos los conflictos en su seno?" (Ramonet, 1997: 139).