3 - Ulrich Beck

Monografía creado por Rafael Vidal Jiménez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero11/nacional.html
28 de Agosto de 2006

Ulrich Beck, en su intento de desentrañar el problema planteado, opta por la clarificación semántica vía diferenciación entre el concepto de "globalismo", de una parte, y "globalidad" y "globalización", de otra (Beck, 1998). Este autor concibe el globalismo como factor ideológico encaminado hacia el desdibujamiento de la práctica política estatal, a través la apropiación negociada de los núcleos de toma de decisiones gubernamentales por parte de una empresa de dimensiones mundiales. En este sentido, la pluridimensionalidad del fenómeno mundializador queda reducido a su faceta económica, una vez se disuelve el viejo pacto liberal entre estado (espacio de la política) y la empresa (espacio de la actividad productiva). El globalismo es el intento por parte de las élites empresariales de la usurpación-anulación de lo político. En la misma medida en que el estado, en su lucha por la competitividad, se ve obligado a atraer dentro de sus fronteras a las empresas, éstas, en su calidad de entes transnacionales, van encontrando la oportunidad para arrancar de los gobiernos toda su capacidad para imponer directivas fiscales, asistenciales, ecológicas, sindicales, etc. El "globalismo", así, pretende el desdoblamiento de la sociedad entre el ámbito de lo global (la empresa-mundo) y el de lo local-territorial (la masa social nacional desestatalizada), ámbitos que se corresponden, por otro lado, con el universo privilegiado de los "contribuyentes virtuales" y el mundo social de los "contribuyentes reales", respectivamente.

En el "globalismo" se impone, en definitiva, la imagen triunfante de una empresa global, prototipo de una segunda modernidad desterritorializada. Ramonet la describe en los siguientes términos: "La ‘empresa global’ de hoy ya no tiene centro, es un organismo sin cuerpo y sin corazón, no es más que una red constituida con diferentes elementos complementarios diseminados a través del planeta y que se articulan unos con otros según una pura racionalidad económica, obedeciendo únicamente a dos palabras clave: rentabilidad y productividad" (Ramonet, 1997: 65). Este modelo de empresa dispone de su propio espacio de autorrepresentación simbólica: el que nos ofrece Manuel Castells a través de la noción de "empresa red" en vinculación con la de "economía informacional/global"(Castells, 1997). Considerando la empresa como una organización en la que la estructura de sus medios se ven constantemente modificados por sus fines, la "empresa red" se constituye por la consolidación de su sistema de recursos a través de la intersección de segmentos independientes de estructuras de fines. Esto permite que los elementos de una red (financiación, investigación, compra de bienes de equipo, publicidad, venta, etc.) puedan ser, según los objetivos, autónomos o independientes de la misma, así como integrantes de otras redes. El mecanismo de funcionamiento de las tecnologías informáticas de la velocidad absoluta impone, pues, su arquitectura y su principio básico de flexibilidad a una actividad económica que ya no se percibe en el espacio de los "lugares" -el que pertenece al tiempo diferido de la velocidad relativa-, sino en el de los "no lugares", o, como prefiere Castells, en el "espacio de los flujos" del tiempo real. En resumen: "la empresa red materializa la cultura de la economía informacional/global: transforma señales en bienes mediante el procesamiento del conocimiento"(Castells, 1997: 200).

Imágenes, pues, que pueden ayudar a comprender el desolador panorama de un capitalismo mundial sin estado y globalmente desorganizado(5). Desde el "globalismo", ese ángulo específicamente económico de la mundialización, que denuncia como "subpolítica", Beck da un salto conceptual hacia la "globalidad". Aquí se pasa de la ocultación ideológica a una nueva representación del mundo. Se trata de la sociedad mundial como conjunto total de las relaciones sociales no integradas, no determinadas por el marco del estado nacional: el cruce de modelos económicos, culturales y políticos diferentes a escala planetaria. Para Beck, un rasgo esencial de la "globalidad" es su autopercepción y reflexividad. Esto se traduce en la explosión de una diversidad no unificada; en la influencia sobre la conducta social de la toma de conciencia de las diferencias que realmente separan a los hombres. Esta situación dependerá, pues, de las distintas posibilidades de acceso a los flujos de información en el marco del intercambio desigual. La "globalidad" o, mejor, el reconocimiento simbólico de la misma, permite, en fin, construir sígnicamente esa una nueva cartografía de la desigualdad y la exclusión a la que se refiere Armand Mattelart en su obra ya citada. Para éste, "lo que ha removido la representación maniquea del mundo es el hecho de que el Norte ha descubierto los Sures de su propio territorio, y que del mismo corazón del Sur han surgido Nortes que, a su vez, tienen también sus Sures" (Mattelart, 1998: 100).

Desde ahí, Beck pasa a un tercer y último nivel conceptual: la "globalización". "La ‘globalización’ significa los ‘procesos’ en virtud de los cuales los estados nacionales soberanos se entremezclan e imbrican mediante actores transnacionales y sus respectivas probabilidades de poder, orientaciones, identidades y entramados varios" (Beck, 1988: 29). Este concepto surge en la obra de este autor como respuesta al carácter irreversible que adopta la "globalidad" en la segunda modernidad: la estrechísima interdependencia en la que se desarrollan las diversas facetas del fenómeno (culturales, económicas, ecológicas, políticas y sociales). Arjun Appadurai describe el proceso como una complicada red de flujos globales a través de los que se concretan cinco modos de manifestación de ese espacio inmaterial que configuran los "no lugares" de Marc Augé: "etno-espacios", "tecno-espacios", "finan-espacios", "media-espacios" e "ideo-espacios" (Appadurai, 1990)(6). La consecuencia fundamental de la expansión de estos flujos es, sin duda, el desplazamiento progresivo de un núcleo importante de la experiencia social ubicada en la esfera de lo local hacia el ámbito más complejo de lo global, con todas las consecuencias que esto trae consigo para la reedificación simbólica de las actitudes y comportamientos humanos. Lo verdaderamente específico de esta "hipermodernidad" es el reforzamiento creciente de una tensión dialéctica entre homogeneización universal y reforzamiento de los particularismos culturales. No podemos separar una y otra cara de un mismo fenómeno.

Es en esta tensión donde considero que se materializa el proceso de reconstitución del ideal nacionalista a finales de este siglo. Las condiciones de la modernidad en la que surgieron los nacionalismos han sufrido, por consiguiente, una modificación no sólo cuantitativa, sino, también cualitativa. Anthony Giddens recalca que "en la era moderna, el nivel de distanciamiento entre tiempo-espacio es muy superior al registrado en cualquier periodo precedente, y las relaciones entre formas sociales locales o distantes y acontecimientos, se ‘dilatan’ " (Giddens, 1993: 67). Para este autor, una de las consecuencias fundamentales de la modernidad es la intensificación creciente de la interacción social a distancia frente a la copresencia de la sociabilidad local. La mundialización sería el correlato de este proceso y, por tanto, la globalización actual no entrañaría otra cosa que la extensión a escala planetaria de las relaciones en el tiempo y en el espacio, con la consiguiente modificación de todo suceso local por interferencia de los que acontecen en otros lugares. Pero, en mi opinión, este cuadro de la mundialización moderna descrito por Giddens se sitúa en un sólo plano de comprensión de las categorías de espacio-tiempo: el espacio de "los lugares" y el tiempo irreversible y diferido de la historia. En este sentido, sólo estaríamos ante un proceso de transformación cuantitativa. Concepto de mundialización, por consiguiente, que no tiene en cuenta el impacto irrevocable de las nuevas tecnologías de la comunicación informática, auténtico catalizador de la superposición de un nuevo esquema de experiencia social del tiempo y del espacio. Vengo insistiendo en que esta nueva modernidad del siglo XXI, articulada a través de los impulsos electromagnéticos de las nuevas tecnologías, va disolviendo el espacio físico y real, desconectándolo, a la par que convierte el tiempo en una vivencia desprovista de la secuencia. Se trata de un tiempo flexible, reversible, eterno, atemporal. Y es ahí donde se inscribe la construcción de ese nuevo marco cualitativamente distante de la modernidad como tal.

Lo que hoy está en juego no es una simple dilatación a escala mundial de las interconexiones de las distintas unidades locales a través del tiempo biológico y secuenciado de las velocidades relativas; es la amenaza de que la experiencia humana pueda perder sus rasgos originarios en la vorágine de la velocidad absoluta y el espacio inmaterial de las redes. Lo que se presiente es el peligro de una pérdida total de la sensación de identidad y de pertenencia en sus facetas antropológicas más radicales: una crisis de sentido de dimensiones nunca conocidas. Por eso, Giddens, desde el marco teórico en el que se sitúa, aprecia que "el desarrollo de las relaciones sociales mundiales, probablemente sirve para disminuir algunos aspectos de los sentimientos nacionalistas vinculados a los estados nacionales (o a algunos estados), pero también puede estar causalmente implicado en la intensificación de sentimientos nacionalistas más localizados" (Giddens, 1993: 68). Contradicción aparente que no la es. Es la respuesta natural humana en la búsqueda incesante del significado de la experiencia vital.

Beck entiende que la sociedad mundial no puede ser percibida como una especie de "megasociedad nacional" que acoja a todas y cada una de las sociedades nacionales que llenan el planeta. Multiplicidad y ausencia de integrabilidad son sus rasgos esenciales, como hemos visto. Esta desintegración de la mundialización es explicada por Appadurai como fruto del proceso de absorción negociada, en términos relacionales y en todas direcciones, de los mensajes transmitidos por los instrumentos de la homologación globalizadora. Las respuestas a ellos han de ser muy distintas y siempre tributarias del marco socio-cognitivo cultural local donde se proyecten. Este antropólogo parece intuir, de esta manera, un aspecto que me parece primordial para abordar metodológicamente el problema. El fenómeno de recepción de los discursos emitidos por el emisor pasa por un proceso de cocreación-apropiación-asimilación por parte del receptor que acaba modelando a aquéllos desde el sustrato cultural previo de éste(7). Ello incidirá en la diversidad de respuestas que puedan efectuarse al nivel local según las condiciones concretas en que se resuelva este diálogo. Por tanto, la interpretación del fenómeno de la globalización no puede quedarse en la mitología de un "pensamiento único" definitivamente totalizador. No debemos confundir las tendencias con los resultados, el comienzo con el fin del viaje. Pues bien, uno de los principios que hoy día presentan una mayor fortaleza para dicha negociación simbólica es el nacionalismo.

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