Lorenzo Silva y su contextualización en la novela policiaca española - Lucha de clases
4 - Lucha de clases
Se ha dicho anteriormente que las novelas de García Pavón no repiten los errores de la novela social, que consistían en olvidar la parte estética y en presentar una España tercermundista que ya no se correspondía con la realidad de una España en vías de desarrollo y que estaba entre las primeras diez potencias industriales del mundo. Silva también aprende la lección, sus novelas son válidas desde un punto de vista formal, el registro de hablas según clases sociales y origen, las descripciones exactas, los comentarios mordaces, la perfección de la intriga y el representar una España realista con diferentes clases sociales y grupos con diferentes orígenes, poder adquisitivo y educación. Pero sobre todo sus novelas siguen la tradición de la novela detectivesca de hacer literatura social, al menos según la tradición del hard boiled norteamericano y que llega a autores contemporáneos norteamericanos como Elmore Leonard o James Elroy vía Raymond Chandler o Dashell Hammett.
De nuevo hay que comenzar con García Pavón como antecedente necesario. Entresaquemos varios ejemplos de éste para poder así comentarlos. Por ejemplo, en Una semana de lluvia de 1971, cuatro años antes de la muerte del dictador, habla Maleza, uno de los guardias municipales, que está dailogando con Plinio y don Lotario:
—Ya le digo que la pobreza afina el ingenio. El mundo está hecho tan malamente que la única forma que tenemos los miserables de defendernos de la injusticia, es con levas.
—Cualquiera diría que nosotros somos unos capitalistas-protestó Plinio.
—A mi lado, desde luego. Yo sólo tengo el jornal de guardia…Y le advierto a usted que a mí no me molesta que haya ricos. Lo que a mí me jode es que los hay porque otros no comen. Que no crecen los ricos por arte de milagro, sino por el de llevarse los del prójimo.
—Me vas a resultar un socialista-murmuró don Lotario.
—Ni socialista ni leches, cabal y nada más que cabal. Que ustedes, los de la burguesía, a todo lo que no les conviene le ponen nombres malos, y le llaman delito… Usted no sabe lo que es ver correr el mes, y que te llega el día 20 sin una chapa y a comer de fiao. (71)
La cita no necesita mayor explicación, pero hay dos verdades absolutas, una es la de la mala distribución de la riqueza y la otra es la de las etiquetas, cómo la ideología dominante las usa para imponer su criterio. El otro punto es que un policía municipal franquista en realidad es un proletario explotado que vive en la pobreza cuando la clase media española está llegando a unos números de bienestar desconocidos en la historia del país, lo que en las novelas se describe mediante atascos de coches y tractores e infinitas cervezas con gambas en todos los bares del pueblo.
Tras resolver el caso de El rapto de las Sabinas (1968) se le concede a Plinio la cruz del mérito provincial y es nombrado comisario honorario. En el discurso que lee ante las fuerzas vivas del pueblo más el gobernador civil de la provincia, don José María del Moral, Plinio lee lo siguiente:
Al fin y al cabo, señores, las mayores injusticias del mundo no las cometen los malhechores que solemos apresar los policías de cualquier cuerpo. Estos malhechores sulen ser pobres enfermos, seres maltratados por la naturaleza; o miserables con hambre de generaciones, que abandonó esta sociedad tan primitiva que todavía padecemos. Las mayores injusticias del mundo, las que causan el mal de legiones de criaturas desde la prehistoria, son obra de hombres y grupos que lejos de ponerse al alcance de los profesionales de la justicia, suelen poseer y enseñorear lo mejor del mundo. (252)
El narrador, un personaje que coincide con los apellidos del autor, García Pavón, comenta que a muchos de los comensales no les gustó este discurso, pero se lo perdonaron por ser Plinio quien era y muchos pensaron que el autor del discurso había sido el mismo García Pavón.
Lo que no deja lugar a duda es el punto de vista liberal en el que se mueve Plinio y en su análisis correcto de la sociedad, es decir, en primer lugar que vivimos en un mundo no muy desarrollado. La historia de España tiene apenas tres mil años, miles de esos años se ha vivido en sociedades sacralizadas con reyes absolutos. La experiencia liberal y democrática apenas tiene doscientos años y aún así la mayoría de esos años han pasado bajo gobiernos conservadores cuando ha habido suerte y reaccionarios en el peor de los casos, desde Fernando VII a Francisco Franco hemos padecido una interminable lista de impresentables espadones. Se reconoce en las novelas de Plinio que se vive en un mundo injusto donde la distribución de la riqueza es imperfecta y que en la mayoría de los casos el denominador común que comparten los criminales es el de la pobreza. De todos modos esto no implica que Plinio no acate la legalidad vigente, franquista, que no la haga cumplir, pero de la forma menos represiva posible, ateniéndose al espíritu de la ley y no a su letra. También este tipo de discurso está perfectamente enmarcado en la trama amena de la novela. Las novelas no son moralistas como las de la novela social. No se olvide que García Pavón era catedrático de teatro y que en 1962 publicó Teatro social en España, es decir, conoce perfectamente el material literario con el que trabaja en tanto que historiador y crítico profesional de la literatura, y es lo suficientemente perceptivo como para haber aprendido qué es lo que funciona en la literatura social y qué es lo que no funciona, y cómo el discurso directo, plano, demagógico, exagerado, maniqueo no llegan al público y que sólo convencen al ya convencido. El proceso de hacer literatura social dentro de la literatura de entretenimiento ha de ser sutil y sobre todo ha de ser buena literatura con un cuidado por la estructura de la obra y la esquisitez del lenguaje, que son características de las novelas de la serie de Plinio.
Treinta años después el sargento Vila comparte el mismo análisis de la situación que antes había hecho Plinio. Salvando las distancias, Vila es un nuevo Plinio, por ejemplo, en un momento dice de sí mismo: “un hombre poco moderno y algo burdo como yo” (Lejano 130). La novela que se plantea como lucha de clases es la segunda, El alquimista impaciente, que está inmersa en la cultura del pelotazo, aunque esta palabra clave no aparece en la novela.
Cuando Vila y Chamorro visitan la central nuclear en la que trabajaba la víctima, Trinidad Soler, se enteran del nivel de vida del occiso. Los dos guardias civiles sienten “estupor” (46) cuando descubren que el finado se estaba construyendo un chalet de 400 metros cuadrados y conducía un BMW. La policía tiene que luchar con exiguas fuerzas y presupuesto contra grandes empresas y corporaciones que cuentan con muchísimos recursos. Al lector español mínimamente versado en la situación política no le es nada difícil situarse. En un restaurante conversan Zaldívar, un hombre de negocios español y la guardia Chamorro:
Dos o tres de los intelectuales que pontifican en la radio sobre lo divino y lo humano, de esos que denuncian el hambre del Tercer Mundo y siempre están del lado de los justicieros, se pliegan como servilletas ante un empleado mío, el director del periódico en el que escriben una columna idiota que les vale doscientas mil pesetas extras al mes. ¿Y para qué las quieren? Ninguno las necesita para no pasar hambre, o para que sus hijos tengan techo y ropa. Son para vicios. Los vicios que halagan su vanidad, pero no les salvarán nunca (…).
Chamorro no le dejó ir:
—¿Tienes un periódico?
—Tengo cinco-confesó Zaldívar, un poco avergonzado.
—Qué mas da. Mañana puedo venderlos… (196)
El ataque es brutal por lo directo y, desgraciadamente, por lo justo. Bastantes intelectuales españoles, falsamente progresistas, se venden a los medios de comunicación conservadores, sean éstos periódicos, radios o televisión. La única misión de estos nombres prestigiosos es legitimar la supuesta democracia interna de la publicación; teniendo un par de supuestas firmas progresistas, asociadas a la izquierda, el periódico adquiere una patina de liberalidad que no se corresponde con la línea dura de la editorial.
Zaldívar es un hombre de negocios más genérico, pero su rival en los negocios, Críspulo Ochaita está más claro. Recuerda muchísimo a Jesús Gil. Por ejemplo:
—[Bevilacqua] queremos hacerle unas preguntas si no le incomoda demasiado.
—Joder, claro que me incomoda-respondió--¿Tú qué te has creído, que se puede llamar a la casa de la gente y amenazarla con que la vas a detener como si nada? ¿En qué tómbola te ha tocado el tricornio, pringao? (…) Uno de los principales problemas de este país es que está lleno de incompetentes que no tienen ni puta idea de nada, pero como ahora todos somos simpáticos y láit no queremos dar mala imagen, no hay quien tenga huevos de llamar inútil a quien lo es. Así vamos, cada vez peor, con todo lleno de sinvergüenzas y de chupones y de niños de papá. Todos viviendo como obispos, tocándose los cojones y lo que es peor, tocándoselos a los demás. Así que ya lo habéis oído: a asustar os vais a la guardería, y ahora largo de aquí, soplagaitas (208-09).
Por supuesto, nada de lo que se relaciona con Gil se menciona en las novelas, excepto el lenguaje, no se nombra al fútbol, aunque sí Marbella y la Costa del Sol. Ochaita responde al tipo folklórico de empresario corrupto que ha popularizado Jesús Gil y que le ha valido el apoyo de cierta parte de la población, por ejemplo, el hecho de haber ganado dos veces la alcaldía de Marbella.
Produce tranquilidad en la sociedad y en el público lector el saber que tanto en la realidad como en la ficción existen funcionarios que luchan con tesón contra la corrupción, y que a pesar de la desigualdad de medios consiguen triunfos, algunos de ellos significativos. En la legalidad democrática vigente, funcionarios de la clase media, tienen que luchar contra empresarios de la clase alta. La lucha pequeño-burguesa del folletín decimonónico contra el aristócrata, se ha convertido en la sociedad de entresiglos en la lucha contra el capitalista sin escrúpulos. No se trata de un ataque al capitalismo como algunos conservadores extremos se temen, sino contra aquellos que abusan el capitalismo y lo desvirtuan al llevarlo al monopolio.
Uno de los éxitos de las novelas es lo bien que se trenzan la trama principal y episodios domésticos de los guardias que sirven de explicación y comentario de la trama principal. Narra Vila:
El martes llegué a la oficina tarde, mareado por el calor y furioso por la inmoderada reducción estival del servicio del metro, sin duda decidida por gente que no lo cogía nunca. (96)
En un trabajo mío sobre Antonio Muñoz Molina y en que comentaba la influencia de las novelas de John LeCarré en el escritor jiennese comentaba sobre este asunto. Lo que LeCarré nos enseñó a muchísimos lectores fue la existencia de unos servicios de espionaje eficientes, peligrosísimos, y con unos problemas presupuestarios gravísimos, y muchos lectores, tanto trabajodores de empresas públicas como privadas nos pudimos ver en ese espejo, no en el de hacer una labor titánica contra potencias extranjeras, sino en el hecho de tener que desarrollar una labor diaria, tan titánica como la de los espías, aunque tal vez menos espectacular, con unos presupuestos exiguos y que llevan a una agudización del ingenio para sacar el máximo partido posible a los exiguos presupuestos. Por supuesto, la fantasía de los neoliberales es que la empresa, sobre todo la pública, es manirrota derrochando unos supuestos interminables presupuestos que pagan los contribuyentes. En este lugar se encuentra la antítesis de Smiley, que es el antipático James Bond, un personaje carente de todo mérito ya que sus hazañas se consiguen gracias a que dispone de un presupuesto que no tiene límite y de un equipo que le proporciona unas herramientas infalibles para desarrollar su trabajo. Esto queda muy claro en la metáfora erótica, los funcionarios de presupuesto exiguo tienen una vida sexual pobre por no decir nula, mientras que Bond tiene acceso a las modelos internacionales más espectaculares. Al igual que Smiley o Plinio, Vila es consciente de la clase social desde la que se desarrolla su trabajo:
El del polo amarillo se había quedado paralizado, incapaz quizá de asimilar que el aparato policial naturalmente destinado al azote de yonquis, okupas y chorizos acabara de colocarlo a él en el punto de mira. (106)
Esto viene a cuenta cuando Vila intimida a un tipo rico que está molestando a una trabajadora de Iberia que está lidiando como puede un grupo de pasajeros que protesta por un atraso. En otro contexto Vila reconoce que lleva ropa de supermercado (118) porque ésa es la que se puede costear con su suedo de sargento.
Cuando Vila conversa con la esposa del ingeniero asesinado ésta dice “tampoco el Estado hizo nunca gran cosa por nosotros” (148), lo cual es falso, porque la riqueza de la pareja venía tanto del puesto en la central nuclear, altamente subvencionada por capital público, como por las comisiones de contratas municipales. Lo que se denuncia aquí es el intento por un gran sector de la burguesía de no querer reconocer que deben su bienestar a la acción del Estado, entidad a quien se le niega toda posibilidad de bien, mucho menos de bien común. Teniendo en cuenta que Díez y su esposo vienen de un periodo en que las universidades privadas casi no existían en España, hay que deducir que ellos vienen del sistema público universitario español, que es muy barato comparado a otros sistemas universitarios tanto públicos como privados. La postura de Vila es inequívoca:
En tanto que es el Estado el que me paga el sueldo que me protege del hambre y de algunas otras adversidades, no me era posible compartir aquella filosofía. (148).
Esta defensa de lo público podrá parecer trivial, pero cuando estamos asfixiados por la falsa defensa de lo privado con la que los medios de comunicación nos atosigan a diario, es un alivio encontrar estos pequeños homenajes literarios a lo público, esta legitimación de lo público desde la literatura. Pero Vila va más allá, recuerda al lector, quien seguramente pertenece a su misma clase social, que tenga cuidado cuando alguien poderoso muestre deferencia hacia él: “los poderosos sólo muestran deferencia hacia los destripaterrones cuando esperan sacarles algo” (176). Estos consejos crean una complicidad entre el personaje y el lector, ya que ambos comparten la misma situación.
La novela no desaprovecha ocasiones para contrastar las diferencias de clase. En una ocasión Vila está haciendo un servicio de escucha en un restaurante de lujo y compara la pequeña fortuna que cuesta la comida y la bebida en ese establecimiento con el bocadillo de tortilla (193) que él se come mientras realiza el servicio. Al final de la novela cuando el millonario Zaldívar es detenido, un guardia civil de Vallecas pone la sirena, sólo por el gusto de hacer ruido en una de las urbanizaciones más exclusivas y caras de España: “Me encanta hacer ruido en un barrio como éste. Aunque sea por una vez, que se jodan. Para que luego digan que la chusma vive en Vallecas” (265). Y la palabra clave en esta oración es chusma, la auténtica chusma es la que no respeta la legalidad democrática vigente, como los empresarios que extorsionan o no pagan sus impuestos.
