



Según esta fórmula, en la resolución del conflicto la clave es la armonía “armonía que parece ser una invitación lanzada a los cuatro vientos de ese sector de la sociedad que en España tiene tiempo y dinero para ir al teatro.”1 Como en tiempos de La Regenta2 y a principios de siglo, la clase burguesa va al teatro porque es de buen tono, para ver y ser vista y para entretenerse.
Las señoras de la burguesía urbana se componen, se ponen sus joyas o bisuterías más vistosas y acuden al teatro: exhiben a sus hijas solteras. Luego, las madres se juntan en California -entre tortitas con nata y chocolate, o cocacola y sandwich- y empiezan comentando lo divertida que es la obra, lo bien hecha que está y a quiénes saludaron -y cómo iba vestida y con quién cada una de estas conocidas-. Daba mucho juego una sesión de teatro, además, de ser una manera de estar a la última3. Tal vez estemos ante uno de los reflejos de la literatura con finalidad ajena a sí misma: el espectáculo transcurre y pervive después del telón caído.
Víctor Ruiz Iriarte estrenó su primera comedia en 1943 y en 1969 ya ha representado una treintena. Puede, incluso, poner en escena dos comedias en un año.
Si examinamos las reseñas de G. Torrente Ballester, respecto a Juegos de niños -1952-, comenta la “convencionalidad” y “las concesiones al público”; a propósito de La soltera rebelde:”la maestría del género en que parece haberse especializado4, permite a Ruiz Iriarte instalarse cómodamente en una fórmula”. De Cuando ella es la otra: “Se trata de situaciones que están en el aire, que pertenecen a la moda”. Y en El pobrecito embustero, 1953, señala “el juego de elementos cómicos y sentimentales” y que algunos personajes “más se inclinan a lo típico que a lo individual”. De La vida privada de mamá, 1960, “el clima de esta comedia es la intrascendencia.”5 En todas ellas, destaca “es divertida”.
Estos juicios, válidos también para los textos que vamos a examinar en este estudio, serán la guía e iremos interpretándolos.
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