Los nombres propios no castellanos en los medios de comunicación - Antropónimos (nombres de personas) (I)

2 - Antropónimos (nombres de personas) (I)

Monografía creado por Ana M. Vigara Tauste. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/ortoideo.html
30 de Agosto de 2006

Uno de los criterios en los que se alcanzó consenso muy amplio con cierta rapidez fue en el de respetar escrupulosamente la escritura original de los antropónimos (o nombres propios de personas) extranjeros, así como catalanes, gallegos y vascos (es decir, españoles no castellanos). Salvo excepciones (que se han ido, además, suavizando con el tiempo –caso del ABC, por ejemplo), fueron desapareciendo las traducciones, transliteraciones y acentuaciones castellanizadas de estos nombres [2].

Aunque la norma era sencilla y aparentemente fácil de seguir, no estaba exenta de problemas: los lectores, por ejemplo, no confundirían la k con ningún otro sonido que no fuera el suyo, pero tendrían que acostumbrarse a leer ch donde ponía tx (vasco Txiki), gui donde ponía gi (vasco Egiluz; léase «eguiluz»), ya, yo donde ja, jo (catalán Jaume, Jordi), ch suave o sh donde encontraba la x del gallego (Xacobeo)...; y a poner el acento tónico donde correspondiera en nombres como cat. Maria, vasc. Arzalluz (llana), Aoiz o Andoain (agudas, con diptongo: /a-óiz/, /an-do-áin/)... Claro que acostumbrarse es, en principio, solo una cuestión de tiempo... Cuantas más veces los leamos así escritos y de este otro modo los oigamos leídos o dichos, más fácil será nuestro aprendizaje, más rápidamente conseguiremos acostumbrarnos a esas grafías. Pero así simplificadas, las cosas son demasiado sencillas (o al menos mucho más sencillas que en la realidad)...

«Induráin lleva acento, si él quiere», rezaba, muy gráficamente, un titular de Álex Grijelmo en El estilo del periodista (Taurus, Madrid, 1997). Porque, claro, si hemos de ser respetuosos con los nombres propios de nuestros conciudadanos, deberíamos saber si, independientemente de su procedencia, ellos quieren llamarse (en su vida pública) José o Josep, Cipriano o Ciprià, Andoni o Antonio, Benito o Bieito, Anna o Ana o Anne, Mari Carmen o Mayka...; y si acaso solo es vasco (o catalán o gallego o extranjero) uno de sus apellidos y no el otro ni el nombre (o solo el nombre, y no los apellidos, etc.); si han cambiado de opinión en un momento dado y desean cambiar la versión pública de su nombre (lo hizo Luis María Ansón cuando decidió escribir Anson y explicó que su apellido se escribe así porque es de origen británico); si querrían llamarse con una versión del nombre aquí y con la otra allá... Y aun sabiendo todo esto, para escribir bien sus nombres tendríamos muchas veces que conocer también ciertas reglas ortográficas de sus respectivas lenguas. Y aun sabiendo todo esto también, ¿será posible preguntar a cada uno de los personajes públicos cómo quiere que escribamos su nombre, si castellanizado o no, si con acento o sin él?; y aun haciéndolo, ¿sería razonable esperar de ellos (que no suelen ser ni lingüistas ni filólogos, ni tienen por qué estar especialmente preocupados por estas «menudencias») un criterio bien definido o suficientemente fundamentado al respecto? Y sobre todo, ¿podemos esperar del periodista, que es quien se enfrenta a diario a la responsabilidad de escribir estos nombres propios, que cumpla a rajatabla con tantas y tantas precauciones?

Así que –y no puede extrañarnos demasiado–, allí donde no hay un criterio claro desde el punto de vista ortográfico (la Academia ha evitado cuidadosamente pronunciarse al respecto y, vistas las cosas, justo es reconocer que no sin cierta razón), ni unánime desde el punto de vista ideológico (para algunos, escribir Eguíbar en vez de Egibar es una grave falta de respeto; para otros, un modo de facilitar la lectura adecuada de este apellido vasco), ni riguroso en la adopción de las diferentes normas relativas a una lengua particular ni en la extensión a todas las secciones y a todos los profesionales de una determinada opción, reina la confusión...

Los nombres propios son –no lo olvidemos– como «etiquetas sociales» que aplicamos a las cosas (y a las personas) para poder referirnos a ellas y hacerlas inequívocamente identificables y reconocibles de forma rápida y «económica». Así que, en principio, parece razonable respetar la etiqueta que otras personas han recibido o elegido para sí mismas, la que quiera que esta sea, como nos gustaría que se respetara la propia; más aún: en estos momentos parece lo razonable y lo único «políticamente correcto» y socialmente aceptable. Y esto, en general, parecen tenerlo claro nuestros medios de comunicación tanto escritos como audiovisuales (cadenas de televisión), aunque siga, en parte, reinando la confusión (ortográfica).

Respetar la etiqueta, lógicamente, implica respetar su grafía literal (las letras) y su acentuación originales. Salvo excepciones, por lo que puede verse en los medios, parece más fácil cumplir con lo primero que con lo segundo en el caso de los nombres gallegos, catalanes y vascos; y bastante difícil llegar a un acuerdo que permita la unidad en la (necesaria) adaptación de los nombres extranjeros que proceden de lenguas con alfabeto no latino.

 

1. a. Antropónimos vernáculos

En efecto, los antropónimos vernáculos aparecen escritos de la misma forma (con las mismas letras) en prácticamente todos los medios de comunicación (incluida la televisión, cuando los reproduce escritos). De los periódicos nacionales, el ABC es el que muestra más titubeos en este terreno, titubeos que afectan solamente a los nombres vascos y que no creo que puedan atribuirse actualmente a motivos ideológicos ni políticos (quizá sí a falta de coordinación entre las diferentes secciones del periódico). De hecho, el periódico conserva sistemáticamente la tx y la k del vascuence, así como su ausencia de tilde (como en Ibarretxe, Txiki y Arzalluz, que, españolizados, serían Ibarreche, Chiqui y Arzálluz o Arzallus), pero a veces (y como lo hace solo a veces, no es fácil saber por qué) la ge, gi las convierte en gue, gui, además de adaptar siempre el nombre del cargo (lehendakari ‘presidente’) como lendakari:

La concentración [en protesta por el asesinato de Jesús María Pedrosa], que tuvo lugar en la plaza de Txiki y Otaegui –dos miembros de ETA ejecutados en 1975, al final del régimen de Franco– [...] (ABC, 6-6-2000, pág. 20).

A este mismo periódico corresponde también una curiosidad que además se ha contagiado a otros diarios de nuestro país y a la televisión: cuando todavía solía castellanizar los nombres vascos, respetaba, sin embargo, en lo esencial el apellido de una de sus colaboradoras, la escritora Lucía Etxebarría, que durante algún tiempo se había presentado en sociedad como Lucía Echevarría. Y el periódico lo escribía (y lo escribe) así, Etxebarría, y así lo escriben también la mayoría de los medios, sin percatarse –al parecer– de la incongruencia de utilizar la grafía vasca del apellido con la tilde castellana (en vascuence no existe acento ortográfico). Pero este es uno de esos casos en que la persona utiliza nombre castellano (Lucía) y apellido vasco (Etxebarria) y es posible que el híbrido Etxebarría sea también elección explícita de la autora y por eso lo escriba así el periódico. Es posible. Pero ¿cómo saberlo? Y aun siéndolo –y sabiéndolo–, ¿justificaría esta elección «personal» que le presentemos un híbrido ortográfico (vascuence-castellano) al lector? Mi primera tentación es contestar inmediatamente que sí, puesto que la tilde no solo no estorba a los lectores castellanohablantes, sino que les facilita la lectura correcta de la palabra, como, de acuerdo con las antiguas normas de ortografía académicas, ocurría cuando se le ponía la correspondiente tilde a (al.) Wágner[3], aunque este se considera ya un argumento anticuado. Pero, claro, exactamente lo mismo ocurre con otros muchos nombres vascos como Indurain y Arzalluz, y nadie les pone la tilde; y como la apariencia también cuenta, y mucho, en asuntos de ortografía, la tilde en Egíbar, sin duda, dificultaría nuestra percepción de este apellido vasco que tendría plena apariencia de castellano... Y en estos casos, además, si el híbrido respondiera al deseo expreso del personaje que lleva el apellido, algunos periódicos (los que lo escriben sin tilde) no estarían siendo fieles a su principio de respetar la elección personal de los afectados... Dicho de otro modo: los que son fieles a la ortografía no pueden serlo al principio de respeto a la elección personal, y viceversa. Por extensión, estos días en que se juega la Eurocopa de fútbol, en algunos periódicos y en algunos informativos de televisión escriben también con tilde el nombre del jugador vasco (de la selección española) Etxeberria.

La misma o muy similar duda puede surgir –y se ve que surge, a juzgar por los dobletes que con frecuencia aparecen– con cualquier antropónimo que sume nombres en dos o más idiomas diferentes: el tenista catalán Carlos Moyà (damos por supuesto que este es el nombre con que se presenta él mismo) aparece algunas veces «catalanizado» como Carles Moyà y alguna otra «castellanizado» como Carlos Moyá; es más que probable que Miguel Indurain (ciclista) no tenga ningún inconveniente en que se presente castellanizado su apellido (con la tilde: Induráin), o incluso lo prefiera, como su nombre (acaso tampoco el tenista), pero lo cierto es que ni siquiera cuando los periódicos lo castellanizaban se la ponían (entonces por error)...; y si se la pusieran ahora, ocurriría como con Etxebarria, que desde el punto de vista ortográfico no tendría mucho sentido que estos dos apellidos la llevaran y otros similares (Etxeberria, Lizasoain...) no.

Y es que, como se ve, para escribir correcta y coherentemente estos antropónimos no basta con conocer la elección del afectado y respetarla. Primero, porque hacer todo eso o dejar de hacerlo supone muchas veces tomar decisiones (a veces contradictorias) de carácter ortográfico o «ideológico» que quizá no correspondan al periodista en particular, aunque sean él y el medio para el que trabaja quienes acaben asumiendo esa responsabilidad. Y además porque, si no se conocen bien ciertas reglas de escritura de los idiomas implicados, es fácil que haya interferencias (¿no es posible que la inclinación a poner la tilde en Etxebarría venga inducida también por la proximidad del nombre, que tiene el mismo esquema tónico, -ía?) o se cometan errores.

No poner la tilde a Indurain cuando era considerado simplemente un nombre «español» era un error (muy similar al de buscais en lugar de buscáis o teneis en lugar de tenéis, tan común, aunque poco presente en los medios, dado que se trata de la segunda persona del plural), es decir, un deficiente conocimiento de la norma ortográfica del castellano. El mismo quizá que subyace en el hecho de convertir Moyà en Moyá (pero en este caso, de la norma del catalán, que aplica siempre acento abierto, y no cerrado o agudo, a la a, que es la vocal más abierta). El mismo seguramente –pero quizá no– que nos conduce a poner la tilde a Etxebarría y violentar la regla de que no hay acento ortográfico en vascuence. El mismo, casi seguro, que ha difundido hace no mucho entre nosotros, en todos los periódicos (al menos en todos los que cayeron en mis manos) y en todos los titulares televisivos (que vi) el «caso Cuiña» y su protagonista, que le da nombre: Xosé Cuiña. Fieles a su principio de respetar escrupulosamente el nombre original, nuestros medios escribieron José en gallego (Xosé), pero seguramente casi todos (los no gallegos, supongo) desconocían la regla de acentuación de esta lengua que dice que en las palabras llanas lleva tilde la combinación vocal débil (i, u)+vocal débil (miúdo ‘menudo’; muíño ‘molino’), y escribieron el apellido gallego a la castellana: Cuiñ en vez de Cuíña, que sería lo correcto (y lo coherente tras Xosé).[4]

Moyá, Etxebarría, Cuiña... Naturalmente, el lector podrá preguntarse siempre (a sí mismo) si el castellanizar el apellido o el nombre ha sido deseo expreso de quien lo lleva (respetado, entonces, por unos, pero no por otros), decisión del periódico (sin consulta previa, lo cual presupondría una elección tan política e ideológica como ortográfica) o error del periodista (desconocimiento más o menos justificado de la norma). Y como raramente trasladará esta pregunta al periodista, al periódico o al personaje afectado (y, si lo hiciera, muchas veces no podría obtener cumplida respuesta), el lector difícilmente podrá sentirse seguro de qué criterios han guiado la elección y de si estos son o le parecen correctos o adecuados...

¿Y qué hacer cuando aparecen nombres nuevos? Porque, errónea o correctamente escritos, los apellidos de que hemos tratado hasta ahora llevan ya cierto tiempo apareciendo en nuestros medios de comunicación y podemos considerarlos «asentados» en ellos. ¿Pero qué puede/debe hacer el periodista cuando tiene que hablar en un breve (que además le ha llegado normalmente de agencia) de la tenista Cristina Torrens (El País, 21-5-2000, pág. 54) o del futbolista Guimerans, jugador del Depor (que «ortográficamente» debería ser Dépor, como se explica en otro cajetín) en la liga 1949-1950 (ABC, 20-5-2000, pág. 62)? ¿Son Torrens y Guimerans apellidos castellanos, gallegos, catalanes o vascos? Porque si son castellanos, catalanes o vascos no deben llevar tilde, pero si son gallegos ... El periodista, al pronto, no puede saberlo; y la mayoría de los lectores, por fortuna, tampoco... Porque para un lector observador y consciente, podría resultar desconcertante encontrar Torrens sin tilde (porque es catalán, por ejemplo) y Guimeráns, en cambio, con ella (porque es gallego)[5]. Y darle todas estas explicaciones podría resultar complicadísimo... Por otra parte, si yo, lector, sé que Guimeráns es gallego y debe llevar su tilde, y el periódico no se la pone, ¿debo pensar que este es estrictamente respetuoso con el catalán, pero no con el gallego? Y si lo pienso, ¿estoy en lo cierto? Y si estoy en lo cierto, ¿debo interpretar que se trata de una actitud intencional por parte de los responsables del periódico (o de la televisión) o de una simple omisión por ignorancia? Y si considero, generosamente, que se trata de esto, simple omisión por ignorancia, ¿debo aceptar y disculpar sin más que los medios de comunicación ignoren precisamente lo relativo al gallego y no al catalán? (o al contrario, que sería igualmente válido para el argumento)...

He puesto puntos suspensivos, pero las preguntas podrían aún multiplicarse. En realidad, de fondo subyace otro motivo más para tanta confusión (y discusión). Mi amigo Antonio Aguirre, que ha escrito toda su vida su apellido con gui a pesar de ser de origen vasco(sus bisabuelos paternos lo eran), no ha cambiado ni piensa cambiar la ortografía de su apellido; para hacerlo, necesitaría una buena razón y, puesto que no la tiene, ni siquiera se lo ha planteado. Y a la inversa: los hijos de unos amigos de Bilbao eliminan sistemáticamente la tilde de su apellido (Lopez, escriben) porque así lo sienten más acorde con su entorno y así es como lo prefieren. Y es innegable que esto representa una opción personal (política, ideológica y social) muy respetable, pero no ayuda mucho a la clarificación ortográfica. Si somos (o queremos ser), y nuestros apellidos son, de donde estamos o de donde nos sentimos, conviene proclamar la no estabilidad (gráfica, sonora) de los antropónimos. En España confunden a veces mi apellido, Vigara (llana), con Viguera o con Vígara (esdrújula), alguna vez incluso con Viagra, y cada vez que esto ocurre me tomo la molestia de corregirlo; no me atrevería a hacer lo mismo, sin embargo, en Francia, donde mis primos pasean y difunden un apellido de apariencia muy diferente al mío, aun siendo el mismo: allí nuestro apellido, escrito Vigara, suena aproximadamente /bigagá/, pero yo no puedo ni debo considerar un error ese /bigagá/... Para el mismo lector que, acostumbrado a leer Aguirre durante tantos años, ha acabado aceptando que de este apellido se puede encontrar otra versión ortográfica (que tiene exactamente la misma lectura), resulta todavía muy difícil aceptar Lopez como versión ortográfica válida de López...

Por lo demás, el problema, aunque agudizado desde la llegada de la democracia, es antiguo, y no se le ven trazas de rápida ni fácil solución. Cuando, todavía en época franquista, todos los nombres propios terminados en diptongo iu tónico se escribían sin tilde (Feliu, Codorniu), el que lucía la familia del propio Francisco Franco se escribía, y se sigue escribiendo, siempre con tilde (a la castellana): Carmen Martínez Bordiú, por ejemplo. Quizá tal excepcionalidad no fuera inocente, pero no olvidemos que –como ya hemos advertido en otras ocasiones– el oído y la vista influyen también en nuestra ortografía y en nuestros hábitos ortográficos: por alguna curiosa razón (probablemente cercana a la que subyace en que escribamos Depor, super, hiper, sin tilde), escribimos con mucha frecuencia Miriam en lugar de Míriam (nombre que pronunciamos como llana en -m), Jonatan o Jonathan en lugar de Jónathan (quizá la pronunciación de la j- y la presencia de th nos induzca a considerarlo extranjero y a no tener en cuenta que es esdrújulo), como hemos podido ver recientemente con las noticias sobre un niño desaparecido; y durante muchos años (todos los que estuvo en activo) hemos escrito como Michel el nombre del exjugador del Real Madrid (hoy comentarista deportivo en televisión), aunque siempre lo hemos pronunciado igual que el de Míchel Salgado, jugador actual del Real Madrid también, que lleva siempre su tilde. Y hoy, un nombre nuevo (es decir, nacido para la prensa ya en la democracia) se ha convertido en el mejor ejemplo de la rebeldía ortográfica de nuestros medios, que –con extraño acuerdo también– escriben, en contra del criterio de la Academia[6], Rociíto (y no «Rociito»), como escriben priístas y chiíta, llevando a sus últimas consecuencias la contrarregla de acentuación...

1 opinión

Muy interesante.

Interesante trabajo sobre las curiosidades y las contradicciones que se dan en el uso de los nombres propios no castellanos en la prensa escrita. Muy recomendable.

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Autor y licencia de 'Los nombres propios no castellanos en los medios de comunicación'


Monografía de Ana M. Vigara Tauste. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/ortoideo.html CopyLeft
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