Los nombres propios no castellanos en los medios de comunicación - Antropónimos (nombres de personas) (II)

3 - Antropónimos (nombres de personas) (II)

Monografía creado por Ana M. Vigara Tauste. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/ortoideo.html
30 de Agosto de 2006

1.b. Antropónimos extranjeros

El principio del respeto ortográfico al original de la «etiqueta nombre propio» o a la elección personal de quien la ostenta no siempre puede ser cumplido a rajatabla cuando se escriben nombres extranjeros que proceden de alfabetos no latinos (el cirílico, por ejemplo).

Puesto que no es adecuado conservar la grafía del nombre en un alfabeto ilegible para el público, la regla aceptada por todos es, en estos casos, su adaptación-transliteración de modo que la ortografía española que le demos se aproxime lo más posible a la pronunciación original (al menos tal como la oímos, con el acento en la sílaba correspondiente). Como las noticias internacionales suelen llegar a través de las agencias internacionales de prensa, los libros de estilo de los periódicos suelen advertir a sus autores contra la posibilidad de adoptar mecánicamente la transliteración de otras lenguas, el inglés y el francés sobre todo. Aun así, ni el público (que solo accede a estos antropónimos por lo que ve u oye en los medios de comunicación) puede saber normalmente si la versión del nombre que le proporciona el periódico es la más adecuada a la norma ni los medios de comunicación consiguen tenerlo del todo claro. Veamos algunos ejemplos.

Aunque se pronuncia (y los medios escriben) mayoritariamente Vladimir (aguda) y Boris (llana), El País escribe Vladímir Putin y Borís Yeltsin (pero Boris Izaguirre, que es de origen venezolano; quizá por contagio, Borís Izaguirre lo escribió ABC en su edición del 6 de junio pasado, pág. 84). En la Eurocopa 2000, que se juega estos días (junio), participa Mijatovic, que fue jugador del Real Madrid, cuyo apellido creo que nunca escribimos con tilde, a pesar de que siempre lo pronunciamos esdrújulo (y con la -ja- como -ya-: /miyátovic/); su reaparición en los medios españoles nos da ahora tres versiones distintas de su nombre: Pedja (pronunciado /pédia/, la más común), Pedrag, Predrag (de los tres modos lo he visto escrito en televisión), sin tilde en los dos últimos casos, a pesar de leerse también como llanos...[7]

¿Quién tiene razón? ¿Cuál de las versiones es la buena? Sin duda, para que unos medios escriban Vladimir y otros Vladímir tiene que haber una buena razón; sobre todo teniendo en cuenta que si el nombre nos llega transcrito del inglés, esta lengua no tiene tildes, y si nos llega del francés, no la necesitaría, como palabra aguda, en español. Quizá en ruso se pronuncie Vladímir, y en este caso quien así lo escriba está en lo cierto; pero cierto es también que en español decimos Vladimir

(incluso, como he podido comprobar en una prueba con mis alumnos, cuando leemos en voz alta la palabra con la tilde en la segunda sílaba), así que respetar la pronunciación del ruso significaría traicionar la del castellano (y a la inversa, claro), y al fin y al cabo nuestros lectores son españoles, no rusos... Como ocurre en otros casos, ninguna de las dos opciones es realmente buena, así que cualquier elección podrá ser discutida.

A veces parece que el problema es más estrictamente ortográfico: decidir, por ejemplo, si los usos no específicos de algunos nombres propios (los de las ganaderías para referirse a sus toros, los de los autores para sus obras de arte, etc.) los convierte en nombres comunes: si han de escribirse o no con mayúscula inicial, en singular o en plural, de este modo o de este otro. El uso demuestra que no es fácil anticipar una norma válida para todos los casos ni para todos los usuarios. Así, por ejemplo, aunque parece que nuestros periódicos aceptan con normalidad utilizar ciertos nombres propios como comunes (en minúscula, generalmente en cursiva o entrecomillados), como en

Los miura y los pablorromeros dieron buen juego

Diecisiete picassos en el MOMA,

el uso vacila de hecho entre aplicarles o no el plural cuando pueden llevarlo (miura> miuras; velázquez> ?) e incluso entre conservarlos o no como nombres propios cuando el de origen es invariable: «Los velázquez/los Velázquez han vuelto a su sitio en El Prado». Tal vez por eso, los famosos óscars (así solemos decir en lengua hablada) de Hollywood, cuya denominación proviene, según la leyenda, del nombre propio del tío de una secretaria que participaba en su creación, hemos podido verlos escritos en casi todas las versiones (con y sin mayúscula inicial, con y sin tilde en la o, con y sin -s de plural): los «oscar» (también cursiva, en lugar de las comillas), los «óscar», los «Oscar», los «Óscar», los «Óscars», los «óscars»... (nunca, curiosamente, con plural regular: los «óscares»). Naturalmente, en inglés el nombre no lleva la tilde que nosotros le pondríamos, y la duda aquí estriba, sin duda, en decidir hasta qué punto «óscar=estatuilla-premio» es nombre propio (del galardón: con mayúscula inicial y sin tilde, para respetar su carácter de nombre extranjero) o nombre común (de un galardón: en minúscula, con tilde, pluralizable), aunque provenga de nombre propio. ¿Quién debe decidir esto y cómo debe decidirse?[8]

 

1.c. Y volviendo a Bernabéu...

En tal océano de dudas y vacilaciones estábamos cuando comenzó a prodigarse Bernabéu (con tilde) en nuestros periódicos, que casi no nos sorprendió el repentino cambio acentual en nuestros medios de comunicación ni hemos podido casi percatarnos bien de que parece definitivamente asentado en ellos. Cuando apareció la nueva Ortografía académica, tuvimos la curiosidad de comprobar si nuestros medios de comunicación se habían adelantado a la nueva norma o simplemente habían instituido un modo diferente de escribir el nombre, una convención nueva, con criterio ideológico-ortográfico propio. Y lo cierto es que todavía no sabemos qué responder si se nos pregunta...

En su Ortografía de la lengua española (Espasa Calpe, Madrid, 1999), la Academia ha eliminado todo vestigio del párrafo que citábamos al principio de este trabajo, pero, en el apartado de acentuación dedicado a diptongos (pág. 43), concluye explícitamente:

A efectos ortográficos, para que haya diptongo debe darse una de estas dos situaciones:

    1. Que se sucedan una vocal abierta (a, e, o) y una cerrada (i, u), o viceversa, siempre que la cerrada no sea tónica. En consecuencia, son diptongos las siguientes combinaciones: ai, au, ei, eu, oi, ou, ia, ie, io, ua, ue, uo. Ejemplos: aire, causa, peine, Ceuta, oiga, bou, viaje, ciego, quiosco, suave, fuerte, cuota.

    2. Que se combinen dos vocales cerradas (i, u) distintas: ui, iu. Ejemplos: ruido, diurético, etc.

Algunas de estas combinaciones vocálicas pueden articularse como hiatos (es decir, en dos sílabas), dependiendo de distintos factores: [...].// Sin embargo, a efectos de la acentuación gráfica, se considerará siempre que se trata de diptongos.

Ningún ejemplo, como puede verse, parecido a Aribau, Bayeu, Salou, Feliu... Quizá con buen criterio, la Academia renuncia a pronunciarse sobre cómo deben escribirse en español estos nombres propios no castellanos, entre otros motivos –supongo– porque seguramente alguna vez ha recibido el reproche de haberse interesado (en la edición de 1969) solo por los nombres catalanes y no por los gallegos ni por los vascos...

Y así llegamos de nuevo al punto «ortográfico» en que estábamos y enlazamos con el tema de la escritura de topónimos y nombres de equipos deportivos, que tratamos en el punto siguiente. Bernabéu se nos ha quedado huérfano porque la Academia no dice ya absolutamente nada sobre este tipo de nombres acabados en diptongo tónico, seguramente porque, en general, no son castellanos, y la Academia establece su norma para el castellano, y no para otras lenguas (y parece que el mínimo roce con ellas puede provocar fricción). Pero a Bernabéu le ponen todos los periódicos tilde, y de esto quizá podamos deducir que están considerándolo como «castellano» ya, y, puesto que los madrileños y los madridistas parecen habérselo apropiado, esto podría servir de justificación... Algo parecido ocurrirá pronto –supongo–, si no ha ocurrido ya, con el Lopez de los hijos de mis amigos, que por más apariencia que tenga de castellano, deberemos considerar vasco, sin la tilde (a su vez, sus padres, que se lo han transmitido, probablemente seguirán escribiéndolo con ella). La ideología, la política, la rivalidad deportiva, etc., tomando al asalto la ortografía; o, visto de otro modo: las personas decidiendo (no es fácil estar seguro de con qué grado de libertad o de coherencia) qué etiqueta quieren usar y que se use. Y ahora podríamos hacernos otra vez aquí muchas de las preguntas que nos hemos hecho ya a lo largo del trabajo, y quedarnos, una vez más, sin las respuestas. Parece claro que si reina en estos y tantos otros casos no mencionados en este trabajo, la confusión es solo porque, de momento, es imposible el acuerdo...

1 opinión

Muy interesante.

Interesante trabajo sobre las curiosidades y las contradicciones que se dan en el uso de los nombres propios no castellanos en la prensa escrita. Muy recomendable.

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