4 - Topónimos (nombres de lugar)

Monografía creado por Ana M. Vigara Tauste. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/ortoideo.html
30 de Agosto de 2006

Todo lo que hemos dicho para los antropónimos extranjeros y los vernáculos no castellanos, y algo más, sirve también para los topónimos; y para los nombres de instituciones y de equipos deportivos; y, en general, para los nombres propios (y algunos comunes). Con un importante añadido en el caso de los topónimos que contribuye también, y mucho, a la confusión: una norma de uso antigua (que afecta a la mayoría de los idiomas, no solo al español) que casi nadie discute explícitamente, pero difícil de seguir con objetivo rigor:

cuando un lugar tiene ya un nombre conocido (históricamente, por tradición) en español, debe seguir usándose este; por ejemplo, Londres, Nueva York, París, Múnich, Oporto, Florencia..., y no London, New York, Paris, München, Porto, Firenze...

Cierto que la regla parece también sencilla y fácil de cumplir, pero tampoco aquí (por motivos ideológicos, políticos, ortográficos...) parece posible, por el momento, el acuerdo.

Curiosamente, tras publicar la nueva versión de la ortografía, la Española ha recibido muchas críticas airadas, algunas formales (de las academias catalana, gallega y vasca), por su apéndice 3, donde incluye una lista de los «topónimos cuya versión tradicional en castellano difiere de la original». ¿Debemos esperar de la Academia que ignore (y ni siquiera mencione) que tradicionalmente, en castellano, hemos dicho y escrito Baviera y no Bayern (al.), Braganza y no Bragança (port.), Champaña y no Champagne (fr.), Carballino y no O Carballiño (gall.), Carcagente y no Carcaixent (val.), Figueras y no Figueres (cat.), Fuenterrabía y no Hondarribia (vasc.)...? En realidad, la docta institución no se pronuncia explícitamente sobre la conveniencia, obligación o posibilidad de seguir llamándolos así; simplemente, proporciona en su apéndice una información lingüística, información que no es bien recibida por todos.

¿Sería disparatado deducir que igual que la Academia defiende que no digamos ni escribamos Bayern (sino Baviera), defiende que no digamos ni escribamos Hondarribia (sino Fuenterrabía), por el mero hecho de aparecer ambos topónimos en el mismo apéndice, bajo el mismo rótulo? Ciertamente, la deducción no parece disparatada, pero se plantea directamente otra pregunta: ¿por que nos parece a todos (tan radicalmente) bien seguir utilizando Baviera o Londres y en cambio a unos cuantos, quizá no tan pocos, parece (tan radicalmente) mal Lérida, Fuenterrabía, La Coruña, Elche, Baracaldo, Gerona...?[9] También aquí son posibles argumentos (ortográficos e ideológicos, inevitablemente imbricados además) para todos los gustos, y cualquiera que sea la postura que adoptemos o la preferencia que sigamos, esta excluirá a otra u otras y a casi nadie le parecerá «inocente» la elección hecha...

Para unos, lo adecuado es utilizar el nombre castellano (tradicional) cuando la comunicación se realiza en castellano, lo cual significa que los topónimos vernáculos reciben, como no castellanos, el mismo tratamiento ortográfico que los extranjeros (Baviera en vez de Bayern, y Lérida en vez de Lleida, por ej.) y son, por tanto, tratados con el mismo respeto. Para otros, tratar como «extranjeros» nombres de lugar que son «españoles, aunque no castellanos» es en sí mismo una falta de respeto, una exclusión que de ninguna manera debería aplicarse a nuestros topónimos: lo adecuado sería, pues, escribirlos en la lengua correspondiente, como siempre se ha hecho con los castellanos (españoles). Para otros se trata, simplemente, de respetar las «etiquetas», dejar que cada uno sea nombrado como dice llamarse, sin entrar en su origen (para no crearse problemas innecesarios); pero estos mismos escriben Lleida y Baviera, dando diferente tratamiento a unos y otros topónimos (es decir, implicándose también inevitablemente con su elección). Para otros, la distinción entre escribir el topónimo en castellano o mantenerlo en la otra lengua debe tener en cuenta la categoría del topónimo: tradicionalmente, se han traducido o adaptado los topónimos extranjeros «mayores» (es decir, importantes), que eran los más usados, pero no los «menores», y así debería hacerse también con nuestras lenguas vernáculas (luego Lleida no, porque es topónimo mayor y debe castellanizarse, y Fuenterrabía tampoco, porque, por ser topónimo menor, debe mantenerse en vascuence: Hondarribia). Ya en este terreno, sin embargo, a otros les parece que si decimos y escribimos Londres (que es la capital del Reino Unido) y Aquisgrán (al. Aachen) es porque así los conocemos (no importa si son o no objetivamente importantes en sus respectivos países) y así los usamos en castellano, lo mismo que ocurre con otros catalanes, gallegos o vascos...

Si la Academia no tiene autoridad (política) para decidir qué criterio ortográfico debería imponerse, de hecho tampoco los periódicos ni los usuarios tienen autoridad (lingüística) para imponer una opción que parezca a todos (o al menos a la mayoría) política o ideológicamente preferible. Todo el mundo parece tener algo que decir al respecto y sentir que «la» razón no puede estar más que de su parte... Así que no puede extrañarnos que algún lector un poco despistado considere que actualmente están vigentes dos pactos en relación con el terrorismo: el llamado de Estella y el llamado de Lizarra; ni que alguno, más enterado, le explique que se trata del mismo pacto, que en realidad se llama deEstella-Lizarra, interpretando literalmente la solución intermedia que consiste en citar en primer lugar el nombre tradicional castellano del topónimo que nomina al pacto y a continuación, unido a él mediante guión, el vasco, con la intención de facilitarle el reconocimiento al lector sin resultar del todo «políticamente incorrecto».

Por lo demás, algunos topónimos extranjeros sufren también la falta de acuerdo de nuestros medios de comunicación acerca de cómo deben escribirse. Significativamente, además de Sidney (que encontramos también como Sydney), sede de los próximos juegos olímpicos, dos que apenas presentan vacilación en nuestra lengua hablada: Rumanía, que algunos medios escriben siempre Rumania (sin tilde) o incluso Romania, y la capital de China, Pekín, nombre que procede de una lengua con alfabeto no latino, que algunos escriben siempre Beijing. Creo que la pronunciación claramente mayoritaria del primero es con hiato (Rumanía) y que, salvo excepciones, nadie diría Beijing (ni /beijíng/ ni /beiyíng/) sabiendo que se trata de Pekín... No parece claro en estos casos que haya un motivo «ideológico» detrás, pero la falta de unidad es, como en los topónimos de lenguas vernáculas, un hecho.

1 opinión

Muy interesante.

Interesante trabajo sobre las curiosidades y las contradicciones que se dan en el uso de los nombres propios no castellanos en la prensa escrita. Muy recomendable.

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