Pues si, mucha gente piensa que funcionan. Es más, jurarán que sus males fueron exitosamente tratados (y, de paso, causalmente) por el pseudomédico de turno (ya sea este homeópata, electroacupuntor, cristaloterapeuta o reflexoterapista). Pero la cuestión no es tan simple: antes de salir a proclamar a los cuatro vientos que una terapia funciona, debe demostrarse rigurosamente que si lo hace, y para eso existen las herramientas de investigación adecuadas, la principal de las cuales es el ensayo clínico controlado. ¿Hacen esto los médicos alternativos? De vez en cuando, y siempre a desgano. Sus estudios no suelen aparecer en revistas reconocidas, y cuando lo hacen siempre terminan desmoronados por la crítica que les señala crasas fallas metodológicas. Aparte de que existe la persistente sospecha de que los estudios con resultados desfavorables nunca salen a la luz pública. ¿Fuera de esto que queda? Solo la evidencia anecdótica, pilar fundamental de todas las pseudomedicinas.
La evidencia anecdótica se refiere a casos aislados de aparentes curaciones debidos a una terapia determinada. Existen excelentes razones por las que la evidencia anecdótica no pueden jamás tomarse como evidencia científica: no existe control adecuado, se depende de apreciaciones subjetivas tanto del médico como del paciente, los casos con resultado negativo pasan desapercibidos o no se toman en cuenta, la información por lo general es imprecisa o insuficiente, no existe nada con que comparar. Un ejemplo: en mi consulta le aplico los milagrosos cristales a quince pacientes; de ellos siete no regresan, dos empeoran, cuatro siguen igual, dos se «curan». Entonces voy y exhibo urbi et orbi a estos dos como prueba contundente de los pavorosos poderes de mis cristales de cuarzo. Incluso es muy probable que sean los mismos pacientes los que lo hagan. Pero, ¿qué he demostrado desde el punto de vista científico? Absolutamente nada. Y si lo dudan, vayan y pregúntenle su opinión a los siete pacientes que no regresaron.
¿De donde salen estos casos anecdóticos? Algunos son simples invenciones; esto se da particularmente en las ramas más rastreras de las pseudomedicinas, donde «terapeutas» advenedizos no sienten el menor escrúpulo de saltar de lo meramente no convencional al fraude sin atenuantes. Pero dudo que esto se aplique a muchos de los practicantes de las medicinas alternativas, ya que entre ellos pesa por lo general más la ignorancia y el autoengaño que el afán de lucro (aunque puedo estar equivocado). Otros casos se explican por información deficiente: ¿fue realmente diagnosticada una enfermedad? ¿y por quién? ¿y cómo? ¿se verificó la curación? ¿era la enfermedad de una naturaleza tal que se excluye la resolución espontánea o la remisión temporal? ¿la «curación» persistió en el tiempo o el enfermo recayó? Todas estás preguntas suelen quedar sin respuesta. En otras ocasiones hablamos de enfermedades que se autolimitan, que hubieran sanado con o sin tratamiento, y esto puede ser válido incluso para enfermedades que en un momento dado pueden ser muy severas y comprometer la vida del paciente. O de enfermedades puramente imaginarias, en las que el efecto placebo resultará determinante. También se dan con frecuencia pretendidas curaciones en las que la historia inicial, por lo general muy anodina, va siendo embellecida y aumentada con el paso de un relator a otro, e incluso multiplicándose, según el mismo mecanismo por el que se producen las oleadas de OVNIs: de golpe, un solitario caso dudoso se transforma en diez o quince «comprobados».
Todas las pseudomedicinas tienen siempre bajo la manga sus casos anecdóticos, para presentarlos como «evidencia irrebatible» de sus pretensiones a la menor oportunidad. Lamentablemente, lo único que demuestran es su analfabetismo científico.